Historia

INMACULADA CONCEPCIÓN

Inmaculada concepción es la doctrina y dogma de la Iglesia católica que declara que la madre de Jesús fue concebida absolutamente libre de toda implicación en la caída de Adán y sus consecuencias.

Inmaculada Concepción de Soult, por Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado, Madrid
Inmaculada Concepción de Soult,
por Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado
Preparación para el dogma.
Como la mayoría de las doctrinas fue resultado de un largo desarrollo e incorpora en su historia el debate entre las facciones tomista y escotista que no acabó hasta 1854. En el concilio de Trento los franciscanos exigieron que María fuera explícitamente declarada exenta en el decreto dogmático sobre la universalidad del pecado original, encontrando valioso apoyo de los entendidos jesuitas en Laínez y Salmerón. Los dominicos protestaron vehementemente y cuando los perplejos delegados pidieron instrucciones a Roma se les ordenó que intentaran satisfacer a ambas partes. En este espíritu fue elaborado el decreto sobre el pecado original, publicado el 17 de junio de 1548. Durante un tiempo la sobriedad, incluso entre los jesuitas, mantuvo el decreto. Bellarmino declaró que el objeto de la festividad era simplemente la concepción, no la inmaculada concepción, de María. Petavius, aunque personalmente creía en la inmaculada concepción, negó que fuera asunto de fe. Incluso cuando al principio del siglo XVII los franciscanos españoles, ayudados por los jesuitas, provocaron una renovada agitación sobre la cuestión y Felipe III y Enrique IV enviaron embajadores a Roma, la sede apostólica mantuvo su actitud diplomática. En 1617 Pablo IV prohibió a ambas partes enzarzarse en disputas públicas sobre esta cuestión y Gregorio XV extendió esta prohibición incluso a las disputas privadas, respondiendo al rey de España que la sabiduría eterna no había revelado todavía el corazón del misterio. Pero la tendencia en Roma favorecía las ideas escotistas. Alejandro VII denominó a la idea muy antigua y piadosa, mientras que rehusaba declarar herética a la idea opuesta. Clemente IX hizo una octava en la fiesta de la concepción de María, elevando la festividad de 1708 al rango de día sagrado de obligación para toda la Iglesia. Bajo Gregorio XVI aparece una fuerte inclinación hacia la definición dogmática. Varios obispos franceses y uno alemán recibieron permiso en 1844 para insertar el término "Inmaculada" en la misa de la festividad y Pío IX tenía una especial, casi romántica, devoción hacia María, a cuya protección atribuyó su preservación con ocasión de su huida del Vaticano en 1848. Mientras estaba todavía en el exilio pidió a los obispos, en su encíclica del 2 de febrero de 1849, que se pronunciaran sobre si estaba dentro de sus deseos una definición dogmática. Varias voces se levantaron en aviso y sólo tres cuartas partes de los obispos estuvieron de acuerdo con el deseo del papa, pero la influencia de los jesuitas era demasiado poderosa para ser resistida. Perrone ya había publicado (1847) un extenso tratado para demostrar que la cuestión estaba madura para una decisión. En 1850 Pío IX nombró una comisión para investigar la cuestión, en la cual Perrone y su compañero jesuita, Passaglia, fueron los miembros más influyentes. No se alcanzó un resultado hasta 1853, cuando se informó que la no evidencia en la Escritura era necesaria para una declaración dogmática, pero que la tradición sola era suficiente y que incluso esta necesidad no tenía que ser demostrada en una línea ininterrumpida hasta el tiempo de los apóstoles.

El dogma.
Ya que esas ideas estaban en armonía con la inclinación del papa, éste convocó en el otoño de 1854 a un número de prelados (54 cardenales y 140 obispos), quienes, en una reunión preliminar, saludaron la decisión papal con un fuerte aplauso. El 8 de diciembre el papa solemnemente tomó su lugar en San Pedro, poniéndose el deán del sagrado colegio delante y en nombre de toda la Iglesia le rogó que pronunciara una decisión final sobre la cuestión que había sido tan largamente discutida. Los términos del decreto, hecho público por la bula Ineffabilis Deus el 10 de diciembre son los siguientes:

"En honor de la Santa e indivisa Trinidad, para la gloria de la Virgen madre de Dios, para la exaltación de la fe católica y la religión cristiana, mediante la autoridad del Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y de nuestro propio oficio, declaramos, pronunciamos y decidimos la doctrina que sostiene que la muy bienaventurada Virgen María quedó desde su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso, con vistas a los méritos de Jesucristo el Salvador del género humano, preservada de toda mancha de pecado original, lo cual ha sido revelado por Dios y por lo tanto ha de ser firme y constantemente creído por todos los fieles."
El dogma no fue sancionado por un concilio ecuménico, pero ya que el concilio Vaticano I de 1870 declaró al papa infalible, independiente de un concilio, el decreto de 1854 debe ser recibido como una proclamación infalible y no puede ser cambiado. Pío IX previamente, por una encíclica del 2 de febrero de 1849, invitó a los obispos a dar su opinión sobre el asunto y recibió más de 600 respuestas afirmativas; sólo cuatro difirieron de la idea del papa y 52 concordaban con él en el dogma mismo, aunque estimaban inoportuno definirlo y proclamarlo. El dogma de la inmaculada concepción es la culminación de la constante y creciente veneración de María, que aparece también en la multiplicación de sus festividades. Este dogma y el de la infalibilidad papal son las características peculiares del catolicismo moderno, en tanto se distinguen del catolicismo del concilio de Trento y han ampliado la brecha doctrinal entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxa y protestante.

Falta de apoyo bíblico y patrístico.
No hay ningún pasaje en favor del dogma ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo; la interpretación del proto-evangelio (Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar.[…]Génesis 3:15), que fuerza la referencia a María y Cristo, está descartada por el texto hebreo. La Biblia declara que todos los hombres son pecadores y están en necesidad de redención, quedando Cristo únicamente exento de esta norma universal. María llama a Dios su Salvador (y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.[…]Lucas 1:47), por lo que se incluye ella misma en el número de los salvados, lo que implica un sentido de pecado y culpa personal. Con esto se corresponde el predicado dado a ella por el ángel (Y entrando el ángel, le dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor está contigo; bendita eres tú entre las mujeres.[…]Lucas 1:28) "llena de gracia". Los padres antiguos, aunque muchos de ellos (incluso Agustín) excluyeron a María de trasgresión actual, nada sabían de su libertad del pecado original, sino que siempre implican y a veces expresamente enseñan lo contrario. Algunos (como Ireneo, Tertuliano, Orígenes y Crisóstomo) interpretan las palabras de Cristo en la boda de Caná (Y Jesús le dijo*: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí en esto ? Todavía no ha llegado mi hora.[…]Juan 2:4) como una reprensión por su prisa e inmoderada ambición. El origen del dogma hay que buscarlo en los evangelios apócrifos, siendo su desarrollo favorecido por el sentimiento medieval de caballerosidad.

Eclesiásticos arrodillados ante la Virgen y el Niño
Eclesiásticos arrodillados ante la Virgen y el Niño
Opiniones escolásticas.
Los escolásticos concordaron todos en que María estaba exenta de pecado actual, pero estaban divididos en la cuestión de si ella fue concebida sin pecado y por tanto si era inmaculada desde el mismo momento de su concepción o si tuvo desde el primer instante la mancha de pecado original y fue hecha inmaculada mientras estaba todavía en el vientre de su madre. Esta última idea fue tomada por Anselmo, Hugo de San Víctor, Alberto Magno, Tomás de Aquino y Buenaventura (In sententias, iii. 5, iv.3). Bernardo de Clairvaux († 1153) reprendió a la iglesia de Lyón por celebrar una festividad de la concepción en base a que faltaba la aprobación de la Iglesia, de la razón y de la tradición. Si María, escribió, fue concebida sin pecado, por qué no podemos afirmar la concepción impecable de todos sus ancestros desde el principio. Sin embargo, él expresó su disposición a someterse, en caso de que la Iglesia señalara la festividad (Epist. clxxiv). Buenaventura y otros se opusieron a la doctrina sobre la base de que la concepción del cuerpo precede a su "animación" (es decir, a la primera asociación del alma y el cuerpo). En la concepción del cuerpo hay siempre concupiscencia y la que hubo en el cuerpo de María al recibirlo en la forma usual fue pecaminosa y contaminó al espíritu cuando el espíritu entró contacto con el cuerpo. Duns Escoto († 1308) argumentó sobre la exención de María del pecado original desde el primer momento de su concepción por una triple cadena de conjeturas: (1) La gracia de Dios sería enaltecida al liberar a un individuo de toda mancha de pecado original desde el mismo principio. (2) Al conferir este beneficio a María, Dios la une con Cristo por el lazo más fuerte. (3) El hueco, dejado por los ángeles caídos del cielo, puede ser mejor llenado por María si quedaba preservada desde el principio. Así como el segundo Adán fue preservado inmaculado, era apropiado que la segunda Eva lo fuera. Duns expresó su conclusión en estas palabras: "Si no contradice a la Iglesia ni a la Escritura, realmente parece probable, porque es más excelente afirmar de María que ella no fue concebida en pecado." (In sententias, iii. 3). Una ardiente controversia se desató sobre la inmaculada concepción entre los seguidores de Tomás de Aquino y los de Duns Escoto. El sínodo de París en 1387 se decidió en favor de la posición escotista, pero la controversia se enconó tanto que Sixto IV en 1483 amenazó con la excomunión a cualquier parte que denunciara a la otra. El concilio de Trento dejó la doctrina sin definir e hizo referencia al decreto de Sixto IV. Los jesuitas tomaron el asunto y se convirtieron en sus infatigables campeones contra los jansenistas y otros oponentes. A su celo y su influencia sobre Pío IX se debe grandemente el triunfo de la idea escotista.

La fiesta.
La festividad de la Inmaculada Concepción, de importancia desde la Reforma, es puramente occidental; la fiesta de la concepción de Santa Ana, que el emperador Emanuel Comneno († 1180) mandó celebrar el 9 de septiembre y para la cual Jorge de Nicomedia (c. 880) escribió una homilía, fue más bien una conmemoración de la milagrosa liberación de la esterilidad de Ana, tal como está narrada en los evangelios apócrifos. La historia de la fiesta está estrechamente relacionada con la del dogma. Aunque Agustín declara (De natura et gratia, xlii) que por la reverencia hacia el Señor intenta excluir a la madre de Cristo del pecado, se discute, por otros pasajes, que está pensando sólo en el pecado actual. Sin embargo, algunos interpretaron que la Escritura, al hablar de Jeremías (Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones.[…]Jeremías 1:5) y Juan el Bautista (Porque él será grande delante del Señor; no beberá ni vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre.[…]Lucas 1:15) como santificados antes de su nacimiento (lo que obviamente se refiere sólo a su preparación para el oficio profético), quería decir su purificación del pecado original. Cuando María fue puesta por encima de todos los otros santos, era natural que al menos una prerrogativa igual le fuera adjudicada. Esta pretensión ya se halla en Pascasio Radberto (De partu virginis). Anselmo (Cur Deus homo, II, xvi) dice que María no sólo fue concebida, sino nacida en pecado como todos hemos nacido. En 1140 ciertos canónigos en Lyón defendieron la teoría de su inmaculada concepción y celebraron una festividad especial (festum conceptionis, no immaculatæ conceptionis) en su honor. Bernardo (Epist., clxxiv) contradijo su opinión al oponerse a la Escritura y la tradición, afirmando que la prerrogativa dada por ellos a María sólo pertenecía a Cristo, aunque admitiendo la impecabilidad de María sólo desde su nacimiento. Alejandro de Hales, Alberto Magno, Buenaventura y Tomás de Aquino similarmente se limitaron a afirmar su santificación antes del nacimiento. Un sínodo de Oxford, 1222, declaró la fiesta innecesaria. La creencia en la inmaculada concepción, no obstante, se difundió cada vez más y fue respaldada especialmente por la orden franciscana. La autoridad de Tomás de Aquino fue primero definitivamente contestada por Duns Escoto († 1308) quien enseñó la absoluta preservación de María del pecado original como altamente probable. Esta doctrina se convirtió en uno de los principales puntos de controversia entre dominicos y franciscanos, tomistas y escotistas. La disputa fue especialmente acalorada en la universidad de París, que se pronunció en su favor en 1380. Las proposiciones en las cuales el dominico Johannes de Montesosno († 1412) atacó la doctrina escotista como contraria a la fe, fueron condenadas por la universidad y el papa en 1389 y Pierre d'Ailly y el canciller Gerson se declararon en favor de la enseñanza franciscana. El concilio de Basilea (17 de septiembre de 1439) la afirmó como dogma de la Iglesia, en armonía con la Escritura, la tradición y la costumbre; pero ya que en ese momento el concilio había tomado una actitud cismática, su decisión no tuvo efecto. La política papal tampoco favoreció demasiado rápidamente una decisión en la controversia que tanto enfrentaba a dos poderosas órdenes. Incluso el papa franciscano, Sixto IV, quien antes de su elevación había escrito un tratado en apoyo de la teoría de su orden y como papa había confirmado la misa y oficio de la concepción, dotó a la festividad con una indulgencia plenaria, aunque amenazó a ambas partes con la excomunión en 1483 si se atrevían a acusarse mutuamente, ya que la Iglesia no había formulado la cuestión. El 3 de marzo de 1496, la Sorbona resolvió no recibir en su membresía a quien no hiciera juramento en defensa de la doctrina, tomando inmediatamente 112 doctores en teología el juramento.