Historia

INSCRIPCIONES CRISTIANAS

Por inscripciones cristianas se entienden los escritos no literarios realizados o proporcionados por cristianos y que tienen alguna relación con la fe cristiana. La epigrafía cristiana tiene que ver con inscripciones grabadas, pintadas, talladas o acuñadas en diversos materiales, como piedra, metal, barro, marfil y madera, y también con documentos que, a causa del interés general o permanente, están inscritos en material duradero, normalmente piedra o metal. Esta rama de la ciencia se ha dedicado principalmente a los días de la Iglesia antigua, pero sin olvidar el estudio de las inscripciones medievales y posteriores que están en peligro de perecer con el paso del tiempo.

Inscripciones cristianas antiguas

Inscripción romana con símbolos cristianos
Inscripción romana con símbolos cristianos
Métodos de escritura.
(1) Letras y cifras. Los artesanos que elaboraron las primeras inscripciones cristianas adoptaron las letras y sistema numérico de sus predecesores, que ya era antiguo, y continuaron su desarrollo sostenidamente, salvo en casos de deliberado arcaísmo. De esta forma surgieron nuevas formas gradualmente, más lentamente en algunos lugares que en otros y usualmente más tarde en las provincias que en Roma. En la fecha de las inscripciones cristianas más antiguas hubo tres tipos principales de caracteres: El usado para grabar sobre piedra o mental, el usado para pintar sobre paredes o madera, que se corresponde con el utilizado sobre pergaminos o papiros, y la escritura vulgar o cursiva, que se usó en materiales blandos como cera, barro fresco o yeso, o grabada en una superficie dura, especialmente paredes (los denominados graffito). Esos tres tipos no siempre están claramente distinguidos y la epigrafía cristiana muestra ejemplos que pueden con dificultad ser asignados a una de las tres clases y otros en los que las formas aparecen en una mezcla confusa, a veces incluso estando la mitad de una letra en escritura monumental y la otra mitad pintada. La clase más importante de letra, en las inscripciones paganas así como en las cristianas, es la capital, incluyendo el mayor número de símbolos para letras y números. Además estaba la forma uncial, desarrollada de la capital mediante el redondeo de los ángulos agudos, y la forma cursiva, que procuraba ganar velocidad en la escritura usando los mínimos trazos posibles. Esta forma aparece en las inscripciones fechadas en Roma ya en el año 291.
(2) Ligaduras. En la formación de las palabras las letras están a veces separadas y a veces dos o más unidas en un solo símbolo. Esas ligaduras eran originalmente peculiares de las monedas, donde el limitado espacio las hacía útiles y luego fueron utilizadas en las inscripciones. La norma para leerlas era que cada elemento que entraba en su composición había de ser leído sólo una vez. De las ligaduras se desarrollaron los signos monogramáticos, que continuaron hasta la Edad Media siendo empleados para firmas imperiales y semejantes.
Phabianos episkopos Martyr. Las letras MR significan mátir. Epitafio griego del obispo Fabián en la catacumba de San Calixto
Phabianos episkopos Martyr. Las letras MR significan mátir.
Epitafio griego del obispo Fabián en la catacumba de San Calixto
(3) Abreviaturas. Las palabras pueden estar escritas completas o abreviadas, a veces con una sola letra. La omisión de las letras está indicada por trazos o proyecciones encima, debajo o al lado de las letras, o por períodos y otros signos que le siguen. Relacionados con esos signos están los trazos frecuentemente, aunque invariablemente, puestos sobre los números para distinguirlos de las letras ordinarias.
(4) Puntuación. Se usaron un gran número de signos de puntuación. El más común es el período, usualmente escrito, no en la línea, sino un poco por encima de las letras; su forma es generalmente redonda o algo que se aproxima; algunas veces está representado por un pequeño círculo y en menos ocasiones por dos lados de un triángulo en diversas posiciones. De esta última forma se desarrollaron las hojas, a veces como hojas de hiedra que eran consideradas como corazones rotos, y por tanto como signos de martirio. Ocasionalmente la cruz griega, o incluso la Xi-Ro, se usaron como signos de puntuación. Fue normal en el periodo clásico colocar los signos de puntuación sólo dentro de las líneas, no al final, pero en muchos monumentos cristianos esta norma no se observa; de hecho, en muchos de ellos todo el sistema de puntuación es irregular, siendo colocados los puntos incluso en medio de las palabras, aunque esto ha de distinguirse de la "puntuación silábica", donde las sílabas estaban divididas para facilitar la lectura.
(5) Dirección de la escritura. La escritura de derecha a izquierda era rara entre los griegos y romanos en la fecha de las primeras inscripciones cristianas y sólo aparece en unos pocos ejemplos. Aunque no hay un ejemplo cierto en la antigua forma en bustrófedon, hay varios que se leen verticalmente hacia abajo, habiendo otros arreglos menos usuales, dictados a veces por la forma del espacio, pero en otros casos probablemente por nada más que un amor a la singularidad.

Inscripción de la catacumba de San Calixto. Roma
Inscripción de la catacumba de San Calixto. Roma
Lenguas empleadas.
La gran mayoría de las inscripciones cristianas antiguas existentes están en latín, viniendo luego en griego. Incluso en el oeste hay un considerable número de inscripciones griegas, hechas generalmente por personas que no eran griegas, sino romanas. Este fenómeno encuentra paralelo en el hecho de que la literatura cristiana más antigua fue en griego, aun cuando los autores vivieran en el oeste. Sin embargo, el paralelo no debe ser exagerado, ya que había hombres educados, mientras que la mayoría de aquellos a quienes las inscripciones se deben pertenecían a las clases inferiores. El número de inscripciones griegas, incluso en Roma, se explica porque en la Iglesia primitiva el griego fue la lengua oficial. Todos los papas del siglo tercero que fueron enterrados en las catacumbas de San Calixto llevan inscripciones griegas, mientras que la de Cornelio, cuya tumba está en la posesión familiar, es latina. La mezcla de griego y latín en varias inscripciones se debe no tanto a la defectuosa educación como a una oposición instintiva en la mente de la gente al uso de una lengua que realmente era extraña para ellos. De este modo se arroja una interesante luz sobre la batalla final de las dos lenguas en el oeste, que comienza mientras el griego era todavía la lengua eclesiástica. Tras el siglo segundo las inscripciones griegas y las que muestran una mezcla de griego y latín son cada vez más raras, usando el papa Dámaso solo el latín. Las cualidades lingüísticas de las inscripciones merecen un estudio cuidadoso, al dar una percepción, que no puede obtenerse por la literatura, de la lengua del pueblo común. Aunque las desviaciones de la ortografía clásica se han de atribuir parcialmente a la ignorancia o descuido, ese no es tanto el caso con el vocabulario y la gramática, que en muchas de las inscripciones latinas posteriores muestran claramente la transición a las lenguas romances. Las inscripciones están, como las paganas, en prosa o en verso, siendo las primeras las más numerosas, especialmente en el primer período. La lengua hebrea, salvo en el caso de amuletos, que son más bien judeo-paganos que cristianos, es muy rara; sólo se ha descubierto una inscripción cristiana en esa lengua en Roma.

Inscripción de la catacumba de San Calixto. Roma
Inscripción de la catacumba de San Calixto. Roma
Contenido.
(1) A las inscripciones en el sentido más estrecho pertenecen las de carácter honorífico, habiendo una enorme clase de eulogías de santos y mártires, especialmente las de Dámaso. Parcialmente a esta clase y parcialmente a la dedicatoria pertenecen numerosas inscripciones en edificios públicos, especialmente iglesias y partes de iglesias, tales como altares y ambones. Pero la clase más grande está compuesta de inscripciones funerarias sobre tumbas, sarcófagos o lápidas. Las que están hechas sobre piedra están normalmente grabadas o talladas, a veces pintadas en adición, la mayoría en rojo. Relativamente hay pocas con la escritura pintada en rojo, negro y ocasionalmente blanco. Las lápidas de madera, que los cristianos egipcios y los no cristianos colocaban cerca de las momias de los fallecidos, están usualmente inscritas con tinta negra o pintadas. Se emplearon ocasionalmente otros métodos, tales como el uso frecuente del mosaico en el norte de África y España. Una diversidad igualmente grande es visible en el estilo de las inscripciones, aunque un estudio cuidadoso revela un desarrollo más o menos regular de fórmulas definidas. En muchos casos se discierne la influencia de la costumbre y gusto del periodo o localidad, mostrando otros huellas de una adhesión consciente a la tradición antigua. De este modo la frase Dis Manibus, tan frecuentemente usada en las tumbas paganas para dedicarlas a los manes de los fallecidos, ocurre en unos doscientos casos de inscripciones indudablemente cristianas, no por supuesto, con el antiguo sentido, sino meramente como una fórmula tradicional y lo mismo es cierto de las frases domus aeterna, aeternalis, perpetua para la tumba. Perteneciente también a la clase de inscripciones en el sentido más reducido son el gran número en objetos de uso doméstico; pero su infinita variedad hace imposible entrar en una discusión sobre ellos.
(2) De las inscripciones en el sentido más amplio (documentos) las más numerosas en el período cristiano primitivo son las atestaciones de la compra de una tumba o acuerdos entre parientes del fallecido y los fossores u otros oficiales eclesiásticos. Algunas veces son extremadamente explícitas, dando los nombres de testigos, el precio de compra y la localización de la tumba. Los documentos que expresan un otorgamiento en nombre del donador se hicieron frecuentes en la Edad Media, pero no faltan ejemplos en el periodo antiguo. Otra clase de inscripciones proporcionan las fechas, calendarios, ciclos o listas de santos; de esta clase una de las más famosas es el ciclo de Pascua sobre la base de la estatua de Hipólito. Bajo este encabezamiento general también vienen los graffiti, o inscripciones inscritas sobre las paredes de las catacumbas.

Inscripción de la catacumba de San Calixto. Roma
Inscripción de la catacumba de San Calixto. Roma
Valor del material.
Las inscripciones cristianas, especialmente las de la Iglesia antigua, merecen especial atención para los estudiantes de la historia. Aunque no existe un solo manuscrito original de este período y una sucesión de copistas ha introducido una variedad de dificultades en el texto de las obras literarias, las inscripciones están prácticamente en su forma original. Se ha admitido desde hace tiempo, en teoría al menos, que las inscripciones merecen el primer lugar entre las fuentes para la historia de su período. Mientras que la literatura de un período es prácticamente obra exclusiva de los entendidos o al menos de los hombres bien educados, y proporciona sólo un relato secundario de los pensamientos y sentimientos del pueblo, las inscripciones, la mayoría de las cuales proceden de las clases inferiores, lo presentan directa y fielmente, al menos en asuntos religiosos y éticos. Mucho material histórico valioso se encuentra en ellas, que casi es desconocido a partir de fuentes literarias. De este modo el cisma de Heraclio en Roma se conoce únicamente por una inscripción en la catacumba de San Calixto y el conocimiento de una comunidad cismática africana y su dirigente, Trigario, está reducido a la noticia de otra inscripción. La historia del establecimiento y primer crecimiento de la Iglesia en la Galia, según lo narran los historiadores, es fragmentaria, pudiéndose obtener sólo una idea completa por las inscripciones. Durante mucho tiempo casi nada se supo de la historia del cristianismo en las islas del mar Egeo en el siglo segundo; pero gracias a las inscripciones allí descubiertas se muestra no solamente la existencia del cristianismo allí, sino incluso se determina su naturaleza, con una mezcla de elementos cristianos, judíos y paganos. Una lista completa de los escritos de Hipólito sólo se obtiene con la ayuda de la inscripción en la base de su estatua. El uso frecuente de la Escritura en las inscripciones proporciona no sólo indicaciones valiosas de la forma en la que fue empleada en la Iglesia antigua, sino también puntos útiles de distinción para la crítica textual. No pocos detalles del sistema matrimonial se obtienen en la misma forma, especialmente en cuanto a la edad legal, nuevo casamiento y el matrimonio de los clérigos. Las inscripciones son una autoridad más confiable para la nomenclatura cristiana antigua que los manuscritos y por supuesto las costumbres relacionadas con la muerte y enterramiento se conocen mejor de esta forma.

Inscripciones medievales y posteriores.

La historia de los caracteres empleados se divide en tres grandes períodos. Hablando generalmente, el tipo conocido como mayúscula prevalece hasta el siglo XIV, aunque con muchas variantes. Ya en el siglo X tomó la forma romana; en el XI y XII fue influenciado por el arte románico y adaptado a los principios góticos para su propio uso en el período del dominio posterior. Pero la mayúscula gótica gradualmente dio paso a la minúscula gótica, que fue la forma prevaleciente desde 1350 a 1500. En el siglo XVI el carácter usado en las inscripciones (aparte de arcaísmos conscientes) comenzó a ser asimilado al tipo de escritura ordinaria. En cuanto a los números, la numeración romana fue regularmente usada hasta el siglo XIV, cuando la árabe comenzó a ser común, sin excluir nunca totalmente el antiguo estilo. Las ligaduras son frecuentes en la Edad Media, especialmente cuando las minúsculas góticas muestran la tendencia a abrirse paso hasta donde es posible con espacios entre letras; pero se hicieron cada vez menos usuales desde el siglo XVI en adelante. Las abreviaturas también fueron muy comunes en la Edad Media, pero posteriormente fueron mucho menos usuales. La puntuación no fue sistemática hasta tiempos comparativamente modernos; en la Edad Media las marcas más comunes fueron los puntos mitad arriba de las letras, aunque se usaron ocasionalmente cruces y otros signos. La lengua empleada hasta la Edad Media tardía fue casi siempre el latín, raramente la lengua vernácula y todavía menos el griego o el hebreo. El latín continúa siendo usado en las tumbas de los eruditos y en lugares similares hasta hoy, emergiendo el uso del griego en el Renacimiento, especialmente en el siglo XVI. Las inscripciones medievales, igual que las antiguas, muestran muchas peculiaridades en vocabulario, pronunciación y gramática.

Historia de la epigrafía

Graffitis en las catacumbas de San Sebastián
Graffitis en las catacumbas de San Sebastián
Primer período.
La primera colección demostrable de inscripciones se asigna a varias fechas entre el período desde 550 a 839, pero varias colecciones proceden del renacimiento carolingio, encabezado por el Codex Einsidlensis, cuyo desconocido autor destacó en el siglo octavo o principios del noveno. Esas colecciones incluían ejemplos cristianos y no cristianos y tenían como propósito la instrucción en latín. Tras ello hay un paréntesis, cerrado por el avivamiento del saber clásico en el Renacimiento. Cola Rienzi y Giovanni Dondi en el siglo XIV, Ciriaco de' Pizzicolli en el XV y en el siglo XVI Felice Feliciano, Giovanni Marcanuova, Johannes Jucundus y Petrus Sabinus fueron los principales coleccionistas. En el XVII se descubrió mucho material, especialmente en las catacumbas romanas, abiertas en 1578 por Antonio Bosio. Los investigadores principales de este siglo fueron Aldo Manucio el Joven y Martin Smetius, mientras que Melanchthon hizo no poco por el estudio, escribiendo la introducción al Inscriptiones sacrosanctae vetustatis de sus amigos Apian y Amantius (Ingolstadt, 1534), además de hacer investigaciones interdependientes propias. El material descubierto fue reunido por Gruter, Scaliger y Velser en Inscriptiones antiquae totius orbis Romani (Heidelberg, 1602-03). Más material cristiano habría sido incluido en la obra de Giovanni Battista Doni, Inscriptiones antiquae, si hubiera vivido para terminar su publicación, pero al ser publicada por Gori y otros (Florencia, 1731) una gran parte del mismo fue pasado por alto. Bosio también murió (1629) antes de poder publicar los resultados de sus trabajos, pero cayeron en mejores manos y aparecieron en Roma sotterranea (Roma, 1632). Un suplemento a la colección de Gruter fue publicado por Reinesius, un médico de Leipzig (Leipzig, 1682), mientras que Spon, Mabillon y Montfaucon trabajaron no sólo en su país, sino que emprendieron viajes fuera de Francia con el propósito de recoger inscripciones. El siglo XVIII hizo menos por la epigrafía cristiana en cuanto a grandes colecciones generales que en cuanto a publicaciones y monografías locales, particularmente por eruditos italianos como Muratori, Maffei, Zaccaria, Gori, Rivaute la Ricolvi y De Vita.

Inscripción del tiempo de Constantino en la sepultura de Pablo. La inscripción en rojo en latín dice: 'A Pablo, apóstol y mártir
Inscripción del tiempo de Constantino en la sepultura de Pablo.
La inscripción en rojo en latín dice: 'A Pablo, apóstol y mártir
Siglo XIX.
Desde el periodo carolingio hasta el siglo XIX la epigrafía cristiana fue una ciencia muy atrasada respecto a la epigrafía clásica. Pero el siglo XIX marcó un punto decisivo. Las inscripciones cristianas se manejaron con el mismo cuidado y exhaustividad que las clásicas, debido en parte a la iniciativa de August Böckh y Theodor Mommsen, quienes encontraron en Giovanni Battista de Rossi un maestro que elevó el estudio de ellas de un mero entretenimiento a una ciencia seria. Una vez que Gaetano Marini hubo publicado, en 1785, sus Iscrizioni antiche delle mile e de' palazzi Albani y 10 años después Gli atti e monumenti de' fratelli Arvali, los eruditos procuraron la publicación de su gran colección de inscripciones cristianas, que ocupa 31 volúmenes en la Biblioteca Vaticana. Pero murió en 1815 y ninguno de ellos vio la luz hasta que en 1831 Angelo Mai publicó uno de los cuatro volúmenes pensados por él (Nova collectio, v), habiendo en algunos lugares condensado el manuscrito y en otros ampliado de su colección. El erudito alemán Böckh, insistiendo en el ordenamiento geográfico, persuadió a la Academia de Ciencias de Berlín para que acometiera la gigantesca tarea de unificar todas las inscripciones griegas. En el gran Corpus inscriptionum Graecarum (Berlín, 1825 y sig.) algunas inscripciones cristianas dispersas aparecieron en los primeros tres volúmenes, pero el principal conjunto de las mismas quedó unido a la segunda parte del volumen cuarto, bajo la edición de Adolf Kirchhoff. En la forma revisada de esta gran obra, las partes de especial valor para las inscripciones cristianas son las que incluyen las de Italia, Sicilia, Galia, España, Italia y Alemania (edición de Kaibel, 1890), y las de las islas del Egeo (edición de Hiller de Gaertringen, 1895-98). Incluso más que lo que Böckh realizó para la epigrafía griega, lo hizo Mommsen para la latina. Aunque no fue el primero en concebir la idea de un Corpus inscriptionum Latinarum, en su memorial (1847) sobre su plan y alcance estableció las líneas apropiadas para su ejecución y desarrolló una gran parte de la obra él mismo, siendo el resto hecho por sus amigos y alumnos.

Inscripción de principios del siglo III con los nombres de Rufino e Irene y una cruz, en las catacumbas de Roma
Inscripción de principios del siglo III con los nombres de
Rufino e Irene y una cruz, en las catacumbas de Roma
Mucho antes de que De Rossi fuera solicitado por la Academia de Ciencias de Berlín para que tomara parte en el Corpus inscriptionum Latinarum (desde 1854 hasta su muerte fue uno de los editores del volumen sexto sobre las inscripciones latinas de Roma), había planeado y comenzado a hacer preparativos para una colección de las inscripciones cristianas antiguas de la ciudad. Los resultados aparecieron en Inscriptiones christianae urbis Romae septimo saeculo antiquiores (volumen i, Roma, 1861, volumen ii, part 1, 1888). El primer volumen contiene las inscripciones fechadas, un prefacio que repasa la epigrafía del pasado y establece su propio plan y un prólogo extenso que trata especialmente con la cronología cristiana antigua. La primera parte del segundo volumen reproduce las colecciones manuscritas de los denominados pergaminos de Scaliger hasta Petrus Sabinus con admirable seguridad y perspicacia crítica. Otra obra de semejante interés es Museo epigrafico cristiano Pio-Lateranense (1877), que contiene reproducciones fotográficas de los ejemplos de la galería lapidaria en Letrán, junto con destacados ensayos sobre varios asuntos relacionados. Otras numerosas contribuciones a la epigrafía cristiana están contenidas en su Roma sotterranea cristiana (3 volúmenes, 1804-77), en el Bollettino d'archeologia cristiana (1863 y sig.) y Musaici delle chiese di Roma, 1872-1900. Aunque la empresa de De Rossi era demasiado grande para ser realizada incluso en una vida larga y ocupada, no fue abandonada. La continuidad de las Inscriptiones se encomendó a su antiguo amigo y fiel colaborador Giuseppe Gatti; el (Nuovo) Bollettino fue editado, desde 1895, primero por el hermano de De Rossi, Michele Stefano y sus discípulos personales, Stevenson, Armellini y Marucchi, a los que se añadieron desde la muerte de los tres primeros, G. Bonavenia, P. Crostarosa, G. Gatti, R. Kantzler y J. Wilpert.