Historia
ITALIA, LA REFORMA EN
- Dos períodos
- Venecia
- Nápoles
- La Inquisición en Nápoles
- En Italia central y meridional
- Período posterior en Italia
Dos períodos.
Las primeras huellas destacables de la Reforma en Italia aparecen en el norte, en Venecia, pero la culminación se alcanzó en el sur, en Nápoles. El primer y creciente período se sitúa entre 1520, cuando los escritos de la Reforma alemana cruzaron por vez primera los Alpes, y 1540 o 1541, el año de la muerte de Valdés, quien creó un selecto círculo en Nápoles que fue la mayor fuerza intelectual y original de los reformadores italianos. Casi simultáneamente con el nacimiento del círculo evangélico en Nápoles se produjo (1542) la sistemática y deliberada reacción instigada desde Roma; la bula de Pablo III, Licet ab initio, por cuyos términos la Inquisición quedaba organizada según el modelo español y se extendía por toda Italia (salvo Nápoles), fue el estallido de la tormenta. Con actividad incansable hasta 1570, este tribunal, dirigido personalmente por los papas, utilizó toda la influencia política de la curia y realizó su trabajo, obligando a varios defensores principales de la Reforma a huir y mediante las mazmorras, el fuego y el agua aniquiló el movimiento. Lo que todavía sobrevivió en la senda de la tendencia evangélica durante los años posteriores de este segundo período, quedó despojado de todos los esfuerzos por una reforma interior de la Iglesia y permaneció en deliberada, casi mordaz, oposición a Roma, entrando en ciertas tendencias radicales que se manifestaron en Alemania, pero particularmente en los Países Bajos, donde los dirigentes de una Reforma conservadora evangélica resistieron férreamente con fuerza.
Venecia.
En Venecia hasta 1527 no hubo evidencia de medidas represivas más allá de la repetida quema de escritos reformadores de origen alemán; pero hacia finales de 1530 el nuncio papal, Caraffa (posterior Pablo IV), se interpuso contra los "herejes" con gran firmeza e incluso sentenció a un franciscano, Girolamo Galateo (nacido en Venecia en 1490), a la muerte, sin obtener confirmación para la ejeceución del Senado. Quedó encarcelado durante siete años, luego fue liberado, pero en 1540 fue arrestado de nuevo y, quebrantado por sus anteriores sufrimientos, murió al año siguiente. Su "Apología", dedicada al Senado, impresa en Bolonia en 1541, bosquejaba un notorio plan de reforma interna de la Iglesia, que delata la influencia de doctrinas alemanas y sobre la cuestión del libre albedrío, los sacramentos, la veneración de los santos y otros puntos es auténticamente bíblico. En un informe que Caraffa preparó para la curia se mencionaban otros dos herejes destacados. Bartolomeo Fonzio era un veneciano que incurrió en la suspensión del oficio sacerdotal en 1529, escapando a Alemania y estando presente en Marburgo en 1530. Se escribió con Bucero en 1531. Fue probablemente Fonzio, a pesar de su posterior negativa, quien tradujo el tratado de Lutero An den christlichen Adel al italiano. Posteriormente estuvo de nuevo activo en Italia y en 1558 fue arrestado en Cittadella, no lejos de Venecia; fue sentenciado a muerte y abogado, por 44 "erróneas doctrinas" extraídas de sus escritos. Cuando Caraffa preparó el informe ya mencionado, en 1532, vivía también en Venecia el fugitivo florentino, Antonio Bruccioli, quien prestó al movimiento de la Reforma grandes servicios al elucidar e imprimir escritos bíblicos en lengua italiana. Quedó bajo sospecha y así continuó y a pesar de una retractación ocasional fue repetidamente llevado a juicio. Murió en prisión en 1566. Como es su caso fue también el de Fra Baldo Lupetino de Albona en Istria y Baldassare Altieri, de Aquila, en territorio napolitano, perteneciendo su actividad religiosa y su secuela tanto al primer como segundo período de la historia de la Reforma italiana.

Mientras tanto, la doctrina había encontrado su auténtico y vital centro en Italia en el círculo de Juan de Valdés en Nápoles. El biógrafo de Caraffa (Caraccioli, Vita di Papa Paolo IV, manuscrito en el Museo Británico) con buenas razones declara que Nápoles era el "nido de la herejía"; pero es falsa la tradición que afirma que la creencia luterana fue llevada allí por soldados alemanes tras el saqueo de Roma en 1527. Desde 1536 en adelante hay un grupo que incluye a Valdés mismo, dedicado a las doctrinas fundamentales de la Reforma alemana e influenciado por el misticismo, y en el que estaban incluidos los más importantes miembros de la Reforma italiana: Bernardino Ochino, Pietro Martire Vermigli, Pietro Carnesacchi, Benedetto di Mantua (revisor del pequeño libro "Del beneficio de la muerte de Cristo", probablemente de A. Palerio), Mario Galeata, Francesco d'Alvise de Caserta, Giovanni Bugio, Galeazzo Caraccioli, Marcantonio Flaminio y otros que parcialmente, es verdad, nunca fueron más allá de intentar una reforma desde dentro de la Iglesia. El artículo central en el que todos convergían en doctrina era el principio de la justificación por la fe. Para Valdés no era importante la estructura externa de la Iglesia, estando lejos de intentar elevar el nivel de la revuelta contra las instituciones eclesiásticas, al no ser un organizador; sus enseñanzas se abrieron paso más allá del círculo cuyo centro estaba marcado por su personalidad, iluminada por una piedad profunda, siendo sólo por accidente que sus escritos fueran preservados como legados preciosos por sus amigos. El principal servicio en este sentido lo realizó la más noble de sus discípulos, Giulia Gonzaga, duquesa de Traetto.

Entre los discípulos de Valdés que no sobrepasaron los límites de una Reforma desde dentro de la Iglesia estaba Marcantonio Flaminio de Imola, extraordinariamente capacitado como poeta, siendo él quien dio al libro "Del beneficio de la muerte de Cristo" la forma bajo la cual, según el testimonio de Vergerio, circuló por el país en más de 40.000 copias, aunque ni una sola biblioteca italiana actualmente tiene una edición de ese período. Los primeros golpes de la reacción, que fue introducida en 1542 por la reorganización de la Inquisición en Roma, fueron dirigidos contra los dos más eminentes miembros del círculo que rodeaba a Valdés: Ochino y Vermigli. Ochino fue suspendido del oficio de predicar y evitó, huyendo, una citación a aparecer en Roma para explicarse. Al mismo tiempo, Vermigli, que había ascendido a un alto rango en la orden de los canónigos agustinos, tuvo que huir, entregando a sus asociados un testimonio de la fe evangélica en su Semplice dichiaragione sopra i dodici articoli della fede cristiana. Entonces la reacción se dirigió contra un tercer miembro del círculo napolitano, Pietro Carnesecchi (nacido en Florencia en 1508), quien había desempeñado altos puestos bajo la curia. Tras haber evitado la Inquisición durante una estancia de varios años en el extranjero y en Venecia, fue llevado a juicio por el papa Pablo IV, pero escapó tras haber sido citado dos veces, una por la muerte del papa y otra por la destrucción de los cargos documentales contra Carnesecchi, con ocasión de la revuelta contra el edificio de la Inquisición en 1559. Pío IV retomó el asunto y Carnesecchi, cuya correspondencia con Giulia Gonzaga fue el fundamento de un segundo juicio, fue ejecutado con otros "herejes" en octubre de 1567.

En Italia central y meridional.
Con referencia a las víctimas adicionales capturadas en el sur, se da alguna información en la obra de Luigi Amabile, II santo offizio della inquisizione in Napoli (2 volúmenes, Cittià di Castello, 1892). Durante los años 1560 y 1561 los habitantes evangélicos de San Sisto y La Guardia fueron cruelmente perseguidos. Más aún, el Santo Oficio intervino regularmente entre Nápoles y Ostia, trayendo incesantemente nuevos "sospechosos" ante el tribunal. El número de emigrantes, o más bien fugitivos, por la fe desde Sicilia y el reino continuó creciendo, pudiendo determinarse su cuantía en Ginebra, adonde muchos buscaron refugio (comp. J. Galiffe, Le Refuge italien de Genève, Ginebra, 1881). Para Italia meridional y central alguna información aceptable la proporciona un protocolo de la Inquisición romana de los años 1564-67, que contiene las sentencias decretadas contra los herejes durante ese periodo. Cómo eran las cárceles de la Inquisición romana lo describe el joven Camerarius, quien estuvo bajo arresto allí, en 1565, cuya Relatio vera, fue impresa por J. G. Schelhorn (De vita, fatis ac meritis Philippi Camerarii, Nuremberg, 1749). Frecuentemente los monjes, dominicos en su mayor parte, venían para intentar convencer a los presos, aunque una vez fue Pedro Canisio, el jesuita. Entre sus compañeros cautivos había espías. Camerarius y su compatriota, Peter Rieter, fueron liberados por la intercesión rigurosa del emperador Maximiliano II, a quien habían apelado. El 23 de junio de 1566 hubo una "abjuración pública" de 23 que estaban acusados, quienes, en su mayor parte habían sido sentenciados a cadena perpetua o al rigor de las galeras. Tras ello, la sentencia fue pronunciada sobre el noble napolitano, Pompeo de' Monti, que fue decapitado cerca del puente de Santángelo el 4 de julio de 1566. Otras víctimas que fueron ejecutadas en Roma se encuentran en la lista de mártires reformadores italianos; tres de ellos bajo Julio III: Fanino de Faenza, Domenico de Bassario y el agustino Giuliano; posteriormente otros dos, Giovanni Buzio (también llamado Mollio), de Montalcino y un desconocido de Perugia; bajo Pablo IV, el joven noble Pomponio Algieri de Nola fue quemado y cuántos en ese tiempo iban a enfrentar un destino similar se puede deducir del hecho de que a la muerte de este papa en 1559, cuando la furia del pueblo abrió las puertas de la prisión, no menos de 70 herejes fueron liberados.

Existe mejor información sobre lo que ocurrió desde el principio de la enérgica reacción en Venecia y en sus dominios que en referencia a los sucesos y alcance de la represión en la Italia meridional y central. En Venecia el movimiento estuvo relacionado con la situación política general y el Senado, desde el tiempo de la caída de la facción protestante en Alemania por la Guerra de Esmalcalda, cambió su actitud y se mostró mucho más dócil con la curia de lo que anteriormente había sido. Mientras tanto un nuevo movimiento religioso había surgido en Venecia. En 1550 Julio III afirmó que podría haber 1.000 venecianos que pertenecieran a la secta anabaptista. De este modo salió a la luz un nuevo grupo, ya que los anteriores defensores de la Reforma no pertenecían a la reforma radical, sino a la conservadora, tal como era promulgada por Lutero. Ambas tendencias fueron colaterales en progreso desde mediados de siglo y ambas contaron con nombres eminentes, pero la actitud de mutuo antagonismo por parte de sus dirigentes contribuyó aún más a que la fuerza bruta de su enemigo común anulara el movimiento. Entre los defensores de la Reforma conservadora hay que citar a hombres como Pietro Speziali (en Cittadella) y Francesco Spiera. Entonces el ya mencionado Fra Baldo Lupetino se vio atrapado por su destino y sólo durante un poco más de tiempo pudo Baldassare Altieri de Aquila, que había estado en correspondencia con Lutero, Bullinger y otros, trabajar en el frente de la derrotada facción de Esmalcalda una vez que se vio obligado a dejar Venecia en 1529. Una transición al constante crecimiento de la facción anabaptista lo proporciona Francesco Negri de Bassano, así como Celio Secondo Curione. Sin embargo, el padre propiamente dicho de los anabaptistas italianos fue Camillo de Sicilia, quien, tras su conversión, se denominó a sí mismo "Renato." Su sistema es bastante espiritualista; cualquiera que es elegido recibe el "Espíritu"; los hijos del "Espíritu" meramente duermen al morir, para entrar en una forma más elevada de ser posteriormente; el resto perecerán en la destrucción. Los sacramentos son sólo emblemas, Cristo es por encima de todo un hombre divinamente favorecido, etc. Sus fundamentos teológicos estaban fijados en un "concilio" organizado, por 70 de sus representantes, en Venecia en 1550, aunque no sin la separación de una facción radical más moderada, por lo que hubo tres grupos distintos, en lugar de dos, como previamente, en el protestantismo en Italia. En el destino posterior de las congregaciones anabaptistas, que estaban estrechamente asociadas con el centro de la causa anabaptista moderada en Nikolsburg en Moravia, se encuentran dos brillantes mártires en el período en el que la tormenta comenzó a rugir: Giulio Gherlandi y Francesco della Saga, que fueron víctimas de la Inquisición veneciana en 1555. Entre los defensores de la Reforma en territorio veneciano se puede finalmente citar al obispo Pier Paolo Vergerio, porque, según su propia afirmación, la verdad del evangelio quedó impresa indeleblemente en él en Padua, en el lecho de muerte del desafortunado Spiera y porque la Inquisición en Venecia le sometió a un tedioso juicio. Estas disputas le proporcionaron una fuente inagotable de armas contra la Iglesia católica extraídas del armamento de su propia experiencia y conocimiento exacto de la jerarquía, si bien no se puede comparar con los hombres de la primera generación en devoción desinteresada por la verdad, valentía y gozo en el sacrificio. Tampoco sus escritos pueden equipararse con los otros frutos del movimiento, tal como algunos de ellos se muestran en la Biblioteca della Riforma Italiana (6 volúmenes, Florencia, 1881-86).