Historia
JESUITAS
- Cualificaciones de los candidatos
- Análisis de la Constitución
- Sobre la virtud de la obediencia
- Reglas y otros manuales
- Privilegios y exenciones
- Primeros logros en Italia, Portugal y Francia
- En Alemania y Austria
- En Bélgica, Holanda e Inglaterra
- Obra misionera en América
- Prácticas y enseñanza poco éticas
- Desarrollo interno y declive moral
- Declive y proscripción
- Continuidad ilícita y restauración
- Órdenes femeninas en imitación de los jesuitas

La Constitutiones Societatis Jesu cum earum declarationibus, habiendo sido aprobada por Pablo III, Julio III y Pablo IV y recomendada tras cuidadoso examen por el concilio de Trento, fue de nuevo enfáticamente aprobada y confirmada por Gregorio XIII (febrero de 1582) y registrada en Roma en 1583. El texto está acompañado por declaraciones marginales o notas explicativas impresas en itálicas, con un índice alfabético completo. El fin de la Compañía es la salvación y perfección de las almas de sus miembros así como de los hombres en general. Los votos ordinarios de obediencia, pobreza y castidad se exigen a todos los miembros y el de pobreza se interpreta en el sentido de excluir no sólo las posesiones individuales sino también las colectivas. Quedaba absolutamente prohibido recibir compensación por misas, sermones, conferencias o cualquier clase de servicio religioso, incluso en la forma de limosnas (Examen i. 3). Se hace una excepción en el caso de colegios y casas de prueba con sus edificios e ingresos. Los estudiantes realizan los tres votos ordinarios de pobreza, obediencia y celibato y prometen entrar a los rangos más elevados de servicio si la gloria de Dios lo requiere. Los coadjutores o ayudantes, ya sean en cosas espirituales o temporales, hacen lo mismo. Su promoción al rango de los profesos depende de su fidelidad y eficiencia en las cosas que les han sido encomendadas. Los profesos, o miembros del círculo interior, quienes poseen los secretos de la orden y de los cuales son escogidos los oficiales, toman además de sus votos uno especial hacia el papa, de que viajarán sin negociar y sin pedir para los gastos del viaje, a donde él quiera ordenarlo, ya sea entre creyentes o no creyentes. Se constituye una cuarta clase de aquéllos cuya posición en la orden no ha sido todavía determinada, pero que están dispuestos a entrar en cualquier grado que el superior pueda mandar. Un período de prueba (noviciado) que dura usualmente dos años y en el cual el candidato es preparado en obediencia y completamente probado en cuanto a actitud mental, física, moral y espiritual, para los propósitos de la orden, precede a la entrada en cualquiera de los grados mencionados (Examen, i. 12). Se hace una investigación de cada candidato por si hubiera sido separado de la Iglesia por razón de negación de la fe o por haber caído en el error o en el cisma, si ha perpetrado un homicidio o se ha convertido en infame a causa de pecados gravosos, si ha pertenecido a cualquier otra orden, si ha estado comprometido por el vínculo del matrimonio o la servidumbre. Si las respuestas a estas preguntas son afirmativas se le descalifica para la admisión (Examen, ii). Una cuidadosa investigación se hace respecto al nombre, edad, lugar de nacimiento, legitimidad del nacimiento, carácter religioso de sus progenitores, nombres, ocupaciones y condición de los parientes (investigaciones similares también se hacen hacia hermanos y hermanas). Si está bajo obligación de casarse, si tiene algún hijo, si está en deudas o tiene responsabilidades civiles, si tiene un comercio y puede leer y escribir, si tiene alguna enfermedad, si ha recibido la ordenación eclesiástica o está bajo un voto; cuáles han sido sus hábitos de devoción religiosa, lectura y meditación; si sostiene alguna opinión religiosa diferente de la Iglesia, si está dispuesto a dejar el mundo y a seguir los consejos de Nuestro Señor Jesucristo, si se ha propuesto plenamente vivir y morir en la Compañía; y cuándo, dónde y por quién fue movido a tomar esa posición. Las respuestas esperadas a esas preguntas son manifiestas (Examen iii). Al candidato se le exige que renuncie a sus posesiones, si no inmediatamente, al menos después de un año. La relación con parientes queda restringida y prácticamente prohibida. Debe estar de acuerdo en que todos sus defectos y errores le señalan a él. Debe someterse al entrenamiento en los "Ejercicios Espirituales" y pasar un mes haciendo obra práctica en un hospicio y otro mes viajando como mendicante. Durante el resto de los dos años de prueba puede ser sometido a otros exámenes, siendo el principal el de ser un "cadáver o un cayado" en manos de su superior. El candidato debe expresar su voluntad a convertirse en un coadjutor secular o cualquier cosa que sus superiores pueden determinar para la mayor gloria de Dios y estar dispuesto en todo a someter su propio sentimiento y juicio al de la Compañía (Examen v). Para los coadjutores y estudiantes hay una prueba añadida de obediencia absoluta (Examen v.-viii).

Scolasticat des Fontaines
El cuerpo de la obra consiste de ocho libros. La parte primera trata de la "admisión para prueba." Al general pertenece la decisión final de si un solicitante será aceptado o rechazado. Las cualidades en aquellos que han de ser admitidos se dan en detalle: buena apariencia, salud, juventud, fuerza y resistencia física, sana doctrina o aptitud para aprenderla, discreción al hacer la cosas o buen juicio para adquirirlas, buena memoria, avidez por toda virtud y perfección espiritual, tranquilidad, constancia, vigor en el servicio, celo por la salvación de las almas, conversación agradable, apariencia honorable, nobleza, riqueza, buena reputación (estas últimas no necesarias, pero altamente deseables). Se dan instrucciones precisas (parte I) sobre la manera de admitir a aquellos que parecen tener suficiente medida de las cualidades deseadas. La parte segunda contempla la despedida de aquellos que han sido recibidos a prueba y no han sido hallados apropiados. Lo principal aquí es hacer comprender a la persona que es despedida no por una injusticia que se le hace, sino que la mayor gloria de Dios así lo requiere y para retener su amistad y satisfacer al resto de la casa de que no ha sido arbitrariamente tratado. La parte tercera trata de la preparación y promoción de aquellos que permanecen a prueba. El cultivo de todos los elementos mentales, morales y espirituales que son considerados deseables, especialmente la obediencia pronta y alegre y el interés profundo en los propósitos de la Compañía y las medidas higiénicas para conservar e incrementar la actitud física de los probados, se explican en detalle. No se subraya el ascetismo, sino que se procura la condición física perfecta. La parte cuarta tiene que ver con la educación de los miembros y la educación como medio de influencia sobre aquellos que están sin ella. Las condiciones de admisión, disciplina y currículum, con textos prescritos, en teología y artes liberales, ciencia y filosofía, se detallan minuciosamente. Las escuelas públicas abiertas a los no jesuitas han de ser dirigidas en conexión con los colegios. Las universidades serán establecidas bajo los auspicios de la Compañía, pero no se estima sabio que la Compañía se encargue de facultades de leyes o medicina. El último objetivo de todo el esfuerzo educativo era evidentemente tener un dominio total sobre el candidato y la devoción de sus poderes a los propósitos de la Compañía. La parte quinta trata de las cosas que pertenecen a la admisión en el seno de la Compañía, esto es, en el rango de los "profesos." El derecho de admisión pertenece al general, pero puede delegarlo en subordinados cuando él crea apropiado hacerlo. Sólo son admitidos en el círculo interior los que han manifestado la posesión en un alto grado de los dones y gracias, las adquisiciones, el entusiasmo, la eficacia y la devoción absoluta por los intereses de la orden. Aparte de este organismo están los oficiales, incluyendo al general. La parte sexta trata con el comportamiento y deberes de los profesos. Se pone el mayor énfasis en la obediencia y la ejecución escrupulosa de la constitución y reglas de la Compañía. Deben amar la pobreza como el muro más fuerte de la religión y preservarla en su pureza. La parte séptima trata de las cosas que pertenecen a la distribución de los profesos en la viña del Señor para el bien de la humanidad (proximorum). Su obligación de ir sin cuestionar adonde el papa o el general puedan dirigirlos y dedicarse incansablemente al cumplimiento de lo mandado. La parte octava trata con los métodos a ser empleados para mantener las partes de la organización en estrecho contacto con la cabeza y entre sí. Se da la mayor importancia a la unidad vital de la organización y se insiste en la frecuente y plena correspondencia con la cabeza y entre aquellos encargados de diversas empresas. Se hace también provisión para las congregaciones generales, para la discusión y resolución de asuntos importantes. Se considera que es de importancia para la unidad que el general resida en Roma, donde puede ser siempre localizado y que cada provincial resida continuamente en el punto determinado de su provincia. En caso de muerte o retiro del general, se convocará una congregación general para la elección de su sucesor, dándose instrucciones detalladas para la elección. Se espera que el general nombre un vicario para ayudarle y para convocar a la congregación general en caso de su fallecimiento. La parte nueve trata con las funciones y autoridad del general y de la autoridad y cuidado supervisor de la Compañía sobre el general. La Compañía controla los gastos y manera de vivir del general, que está sometido a constante vigilancia, amonestación y a destitución en caso de que su conducta o enseñanza lo exigiera. Debe confesarse regularmente con un confesor apropiadamente autorizado. Los provinciales dirigen los procedimientos contra el general. La parte décima (y última) trata de la manera en la que la organización en conjunto puede conservar e incrementar sus pertenencias. El voto tomado por los profesos cierra la obra. Prometen que nunca consentirán cambiar las ordenanzas sobre la pobreza, "a menos que en algún tiempo por causa justa o materia exigente pareciera que la pobreza debería ser restringida", que nunca, ni directa ni indirectamente, se esforzarán para procurar su propia elección o promoción a cualquier oficio o dignidad en la Compañía, que nunca buscarán o consentirán ser elegidos para cualquier oficio o dignidad fuera de la Compañía, a menos que sean obligados por la obediencia a una autoridad más elevada, que informarán de cualquier hermano que conozca o procure un oficio o promoción, que si aceptan una posición eclesiástica deberá ser en constante estimación a la obediencia debida al general.

El tratado de Ignacio "sobre la virtud de la obediencia" está a la par junto con los Ejercicios Espirituales y la Constitución es uno de los libros fundacionales de la Compañía. Es una carta de menos de 4.000 palabras dirigida en abril de 1553 a "los hermanos de la Compañía de Jesús que están en Lusitania." Desea que sus hermanos, a la vez que son perfectos en todos los dones y ornamentos espirituales, sean eminentes en la virtud de la obediencia:
"La única virtud que inserta las otras virtudes en la mente y guarda las que ya han sido insertadas. Mientras ésta florece, más allá de toda duda, el resto florecerá... Nuestra salvación fue traída por el que "se hizo obediente hasta la muerte."... Podemos fácilmente sobrellevar ser superados por otras órdenes religiosas en ayunos, vigilias y otras austeridades de alimento y vestido, que cada una por su propia disciplina y ritual recibe; yo quisiera, hermanos queridos, que vosotros que servís a Nuestro Señor Jesucristo en esta Compañía seáis conspicuos verdaderamente en verdadera y perfecta obediencia de aplicación de voluntad y especialmente de juicio, y para la verdadera y sana progenie de esta misma Compañía os distingáis por esta característica, que nunca miréis a la persona misma que obedecéis, sino en ella ver a Cristo Señor por cuya causa obedecéis. Incluso si el superior está adornado e investido con prudencia, bondad y cualquier otro don, él no ha de ser obedecido a causa de esas cualidades, sino únicamente porque es el vice-regente de Dios por cuya autoridad realiza sus funciones, pues dice "el que os oye a mí me oye" y "el que os rechaza a mí me rechaza"; ni, al contrario, aunque el superior fuera deficiente en consejo y prudencia, se le debe retirar la obediencia por esa causa, pues él es superior, ya que tiene referencia hacia la persona de Cristo, cuya sabiduría no puede fallar y él suplirá todo lo que falta a su ministro, sea en probidad o en otros ornamentos, viendo que cuando Cristo ha dicho en palabras expresas "los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés" inmediatamente añadió "todas las cosas que os digan hacedlas, pero rechazad hacer conforme a sus obras."

Curia generalicia de la Compañía de Jesús, Roma
Desde el principio en la historia de la Compañía se imprimió un conjunto de reglas para la guía de los miembros en la vida privada y pública. La edición de 1616, publicada en Roma por Barnardus de Angelis, secretario de la Compañía, abarca ediciones hechas por la séptima congregación general. Comienza con un resumen de la Constitución. Primero vienen las "Reglas Generales" a ser observadas por todos, referentes al comportamiento general, ejercicios religiosos, lectura, etc. Luego siguen las "Reglas del provincial", el dirigente responsable en una provincia, y sus ayudantes; las del preboste de la casa de los profesos, las del rector del colegio; las del examinador que ha de juzgar las cualificaciones de los candidatos para la admisión en la Compañía; las del maestro de los novicios (con una lista de libros ascéticos disponible para su uso); continuando con la instrucción para someter la propia conciencia, comprendiendo catorce preguntas a ser respondidas en confesión e intentando cubrir todas las experiencias del alma durante seis meses (un año en caso del profeso). Reglas para aquellos que van en peregrinación, para ayudantes de preboste y rectores, consultores (expertos sin oficio disponibles para la resolución de dificultades que puedan surgir en cualquier institución de la Compañía), el monitor (cuya función es amonestar a los superiores e informar a los consultores, recoger las cartas de éstos y enviarlas a los superiores, etc.). Una fórmula para escribir cartas mediante los superiores provinciales y por éstos al general y directrices para la preparación del catálogo anual de cada institución, con información plena sobre cada miembro. Reglas para prefectos, sacerdotes, predicadores, bibliotecarios, supervisores, sacristanes, los que cuidan de los enfermos, etc.
La Institution Societatis Jesus (Roma, 1606, Lyón, 1607) y el Corpus Institutionum S. J. (Amberes, 1709) incluyen una colección de las obras ya mencionadas, con los "Decretos y cánones de las congregaciones religiosas", las "Ordenanzas de los generales" y algunas obras ascéticas. En 1614 se publicó en Cracovia lo que se proponía que fueran las instrucciones secretas para los miembros de la Compañía, como medio a ser usado para adquirir influencia sobre los ricos y nobles y conseguir ventaja sobre los miembros de otras órdenes y los sacerdotes seculares en el confesionario y en otras clases de servicio. Abunda en consejos de sabiduría mundana y recomienda el uso de toda clase de argucias para el enriquecimiento y engrandecimiento de la Compañía. Consiste de 17 cortos capítulos. Ha sido reimpresa frecuentemente y traducida a muchas lenguas, por lo que ha adquirido amplia difusión. Es muy probable que Hieronymus Zahorowski, quien había cortado recientemente su relación con la Compañía, publicara el libro con la cooperación del conde George Zbaraski y otros enemigos polacos de la orden. El repudio de la obra por la Compañía no es concluyente evidencia de su falsificación. Ha sido siempre su política desde el principio negar todo informe de descrédito y exponer las oportunidades que demuestran su insinceridad. Si el Monita Secreta fue realmente escrito por jesuitas es probable que nunca fuera impreso por ellos y que esas copias en manuscrito fueran guardadas muy celosamente antes y especialmente después de la publicación de 1614. Por otro lado, no hay prueba concluyente de la autenticidad de la obra. Incorpora en verdadero estilo jesuita lo que se creía era práctica auténtica de sus miembros y si fue una fabricación, fue escrita por alguien que estaba perfectamente al tanto de la literatura de la Compañía en modo de pensamiento y práctica. No hay nada en la obra que sea más cínico o inmoral que mucho de lo que se encuentra en otros escritos jesuitas reconocidos.

Los papas desde Pablo III a Urbano VIII otorgaron uno tras otro casi cada imaginable privilegio y exención a la Compañía, incluyendo la realización de servicios religiosos de toda clase, sin contemplación de los derechos del clero y de otras órdenes, incluso cuando un entredicho estuviera en vigor. Nada parece haberse omitido que añadiera a su influencia y autoridad (comp. Litterae apostolicae, quibus imtitutio, confirmatio, et varia privilegia continentur Societatis Jesu, Amberes, 1635, y a veces, con documentos posteriores y Compendium privilegiorum et gratiarum Societatis Jesu, Amberes 1635). Esos privilegios esenciales cubrían casi todos los casos reservados ordinariamente a los papas y todos los casos reservados ordinariamente al obispo, ordenación, unción, crisma, exorcismo, confirmación, distribución de indulgencias, concesión de divorcios, consagración de campanas, hacer nuevos estatutos, dispensa de ayunos y alimentos prohibidos para los miembros de la orden y otras órdenes, incumplimiento de las obras canónicas en la adoración y las misas, y actuar como abogados, jueces y guardianes en toda suerte de casos, criminales, civiles o mixtos. Gregorio XIII ordenó que quien rechazara ayudarles en esta obra fuera excomulgado. Expresamente mandó a los arzobispos, obispos y otro clero ayudar a los jesuitas a trabajar dentro de su jurisdicción con su poder y recursos y que nunca fueran impedidos, molestados, expulsados o privados de sus posesiones. En 1575 designó a los jesuitas como bibliotecarios pontificios y les encomendó la censura de libros. Armados con tales privilegios y con los recursos de toda la Iglesia papal no es sorprendente que se multiplicaran y fundaran instituciones de saber y casas religiosas por todo el mundo, ni que se volvieran arrogantes y opresivos. Que incurrieran en el celo y odio de otras órdenes religiosas, del clero secular y de los prelados y que sembraran el terror en los corazones de los protestantes en las regiones expuestas a su dominio. Un entendido escritor católico (Caspar Scioppius [?] En su Anatomia Societatis Jesu, n.p., 1668) les acusa de intentar establecer un monopolio de las cosas de mayor necesidad y dignidad:
"De la gracia con Dios, que nadie pueda estar en gracia de Dios ni obtener indulgencia o absolución de pecados salvo a través de los jesuitas; de la gracia con los príncipes y dignatarios, que nadie pueda obtener honores, oficios o riqueza de ellos, salvo a través de los jesuitas; de la fe católica, que nadie pueda pasar de ser pagano a ser cristiano o de ser hereje a ser católico, salvo por medio de la obra de los jesuitas; de la perfección, que nadie pueda ser capaz de ser perfecto salvo a través de los jesuitas es decir, a menos que sea recibido en su Compañía; del saber, que nadie pueda ser capaz de entender las cartas divinas y humanas, a menos que se someta a los maestros jesuitas; de la virtud o bienes morales, que nadie pueda llegar a estar bien moralizado, a menos que sea por el ejemplo de los jesuitas; de la reputación o buen nombre, que nadie pueda ser estimado bueno o entendido, salvo por sus votos, o al menos con la aquiescencia de los jesuitas."
(página 11; para otras declaraciones clasificadas y tabuladas contra la Compañía comp. 9-23).
Habiendo aprobado la constitución de la Compañía y otorgado extensos privilegios, Pablo III procedió a emplear a sus miembros en las más difíciles y responsables empresas. De hecho su entusiasmo para enviarlos a misiones le resultó incómodo al fundador, quien temía que tal prominente servicio interfiriera con el mantenimiento de la obediencia, humildad y pobreza que él consideraba esenciales. Pronto entraron en franca rivalidad con los dominicos, dirigentes reconocidos en filosofía y teología, y antiguos promotores y oficiales ejecutivos de la Inquisición. En el concilio de Trento, especialmente en las sesiones postreras, eran los portavoces confidentes de la enseñanza y política papal y tomaron una parte prominente en el avivamiento y establecimiento de la Inquisición donde fuera practicable. En Italia la influencia de la Compañía pronto hizo sentir su protagonismo. El Collegium Romanum, dotado con privilegios especiales y apoyado muy generosamente por el papa y sus amigos llevó a cabo la obra educativa de la Compañía con el mayor entusiasmo y éxito (1550 en adelante). Además se fundó el Collegium Germanicum por Gregorio XIII (1753) para la educación de aquellos que acometieran la Contrarreforma en los países de habla alemana. La política del papa y de la administración jesuita era llenar este colegio con estudiantes de noble nacimiento, si bien no se encontró práctico hacer la restricción absoluta. Hacia mediados del siglo XVII los nobles eran la mayoría. El rey de Portugal invitó a Francisco Javier y a Simon Rodriguez d'Azendo, dos de los primeros y más celosos compañeros de Ignacio, a su corte y se comprometió a apoyar la Compañía. Rodríguez se convirtió en su principal consejero y Francisco Javier fue a su gran misión en la India y China bajo el patrocinio del rey. Los jesuitas se hicieron enseguida con el control del colegio de Coimbra y hasta una reacción que sucedió en 1578 virtualmente controlaron el Estado. En España su conquista fue menos rápida y completa. Se les presentó oposición por la política de conciliación en relación al protestantismo que había sido adoptada por Carlos V. Los dominicos, quienes habían ganado gran prestigio en España por su liderazgo en las drásticas medidas contra musulmanes y judíos así como contra el naciente protestantismo, se opusieron firmemente a la Compañía, parcialmente por sus tendencias pelagianas. Melchor Cano denunció a los jesuitas como los precursores del Anticristo (Porque los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes,[…]2 Timoteo 3:2). Felipe II, aunque estaba de acuerdo con su hostilidad sin compromiso hacia el protestantismo e influenciado en alguna medida por ellos, nunca se sometió completamente a su dominio.


Alemania y Austria fueron el escenario de sus mayores triunfos. El primer jesuita en entrar en Alemania fue Lefèvre, quien, en 1540, acompañó a Ortiz, diputado de Carlos V a la dieta de Worms. En esa ciudad solamente halló solo un sacerdote que no estaba en concubinato o corrompido por el crimen, por lo que con un celo raramente sobrepasado se propuso recuperar a los desmoralizados católicos, e inspirar a los pocos sacerdotes y laicos que se prestaron a su influencia en el amor por su Iglesia y en el odio hacia el protestantismo. Participó en la dieta de Regensburgo (abril de 1541), en la que Bucero y Melanchthon representaban los intereses evangélicos. Lamentando profundamente la falta de celo y eficacia en los católicos presentes, invitó a obispos, prelados, electores, embajadores, vicarios generales, teólogos y otros a sus cursos en la preparación de los Ejercicios Espirituales. Fue nombrado confesor del hijo del duque de Saboya. Alemanes, portugueses, españoles e italianos procuraron con entusiasmo su guía espiritual. Extendió sus esfuerzos a Nuremberg. Habiendo sido ordenado por el general para Portugal su lugar fue ocupado por LeJay, cuya principal obra fue entrenar a los sacerdotes para hacer obra agresiva contra la herejía e inspirar a los nobles con la convicción de que la herejía debía ser exterminada a cualquier costo. Pronto se vio reforzado por Bobadilla, quien en 1541 había alcanzado un gran éxito en la diócesis de Viterbo, formado una íntima relación en Innsbruck con Fernando I, rey de los romanos, ganándole para la causa jesuita y acompañándole a Viena, consiguiendo el apoyo para la causa católica en varias dietas. En Viena fundó un colegio, que pronto se hizo afiliado de la universidad. LeJay logró inspirar el celo entusiasta contra el protestantismo en muchos sacerdotes, quienes habían sido ociosos e indiferentes y alistó a muchos nobles en las medidas educativas y coercitivas propuestas por la Compañía. Lefèvre regresó a Alemania en 1642 y dejó sentir su poderosa influencia en Spira, Maguncia, Brandeburgo y otros lugares. Pedro Canisio fue más importante que Lefèvre o LeJay en organizar la obra jesuita en Alemania y en establecer escuelas de instrucción para la propagación de los principios jesuitas. Desde 1559 en adelante Munich fue el principal centro jesuita y llegó a ser conocido como la "Roma alemana"; el colegio fundado allí atrajo a muchos jóvenes nobles protestantes, quienes fueron ganados por sus instructores. Todas las principales ciudades de Alemania donde los católicos habían retenido la ascendencia y muchas donde el protestantismo había tenido gran impacto sintieron la influencia de esos entusiastas e incansables misioneros. Bajo su guía, Alberto V de Baviera dio a sus súbditos protestantes la elección de convertirse en católicos o dejar el país. Con su ayuda Baden quedó limpia de protestantes en dos años (1570-71). Medidas similares se llevaron a cabo en el territorio del abad de Fulda, en Colonia, Münster, Hildesheim, Paderborn y Würzburgo. En 1595 el obispado de Bamberg quedó limpio de herejes y hacia 1602 la obra quedó terminada en el arzobispado de Maguncia. Desde 1578 los jesuitas llevaron adelante la obra de exterminar el protestantismo en las provincias austriacas. La Contrarreforma había realizado en gran medida su obra en Austria y sus dependencias antes del estallido de la Guerra de los Treinta Años (1618). Desde entonces fue rápidamente impulsada para terminarla.
En Bélgica, Holanda e Inglaterra.
Desde 1542 los jesuitas habían estado activos en Bélgica. Fueron expulsados del país durante los primeros años de la guerra con España, pero fueron readmitidos bajo el patrocinio de Alejandro Farnesio, una vez que la autoridad española había sido restablecida y fueron protegidos por Felipe II, quien antes se les había opuesto (1581-1584). En el plazo de dos años habían tomado posesión del territorio y lo habían hecho base de una eficaz propaganda en los Países Bajos protestantes. En 1692 veintidós jesuitas y 220 sacerdotes seculares, la mayoría de los cuales habían sido educados en sus colegios, estaban trabajando en los Países Bajos Unidos y la membresía católica se había incrementado de unos pocos millares dispersos y desanimados a 345.000 personas. El asesinato de Guillermo de Orange (1584) se atribuyó comúnmente a la influencia jesuita sobre la base de que, como se afirmó, Balthasar Gerard pidió la bendición del rector del colegio jesuita en Tréveris antes de cometer el crimen.


Grabado del siglo XVI
Los esfuerzos misioneros de los jesuitas, bajo patrocinio francés, en Norteamérica entre los indios y los colonos franceses fueron desde su punto de vista altamente satisfactorios. En Florida, México, Sudamérica y América Central y California establecieron grandes bases misioneras donde capturaron nativos, a veces vigilados y obligados por las tropas españolas y portuguesas, siendo empleados como braceros y obligados a conformarse a la observancia católica. Su obra entre los indios de Norteamérica, así como entre los nativos de la India, China y Japón mostró un heroico auto-sacrificio del orden más elevado, junto con una disposición a recibir un superficial conocimiento del cristianismo como evidencia de su aceptación. A quienes ellos bautizaban, incluso clandestinamente, los consideraban miembros de la Iglesia.
Entre 1583 y 1605 los jesuitas crearon un sistema de reservas indias auto-suficientes que ofrecían refugio a los indios guaraníes de Paraguay y Brasil, que habían sido esclavizados por los colonos españoles y aunque éstos se opusieron a la labor de los jesuitas, Felipe III de España les ayudó mediante subsidios y medidas legales, siendo este proyecto tan venturoso que el gobierno español no tuvo luego necesidad de subvencionarlo. Los jesuitas establecieron unas treinta de esas reservas, llamadas 'reducciones', que incluían hospitales, escuelas y medios de trabajo y entretenimiento. Los lugares para tales establecimientos estaban en sitios de clima saludable y con acceso al agua, planificados según un modelo cuadrado con la iglesia en el centro.

Prácticas y enseñanza poco éticas.
Ya se ha mencionado la obligación de la absoluta e incuestionable obediencia inculcada por Ignacio para la supresión o destrucción de la conciencia individual. La doctrina del probabilismo no se originó en los jesuitas, pero fue expuesta por sus escritores durante el siglo XVII, con más precisión que por ningún escritor católico anterior. Según esta enseñanza se está en libertad de seguir una opinión probable, es decir, una que tenga dos o tres escritores católicos reputados en su favor, contra una más probable o una opinión altamente probable en cuyo favor una multitud de las más altas autoridades concurra. Para justificar cualquier práctica, por más inmoral que pudiera ser estimada, eran suficientes unas pocas frases de escritores católicos, y a veces distorsionadas. Algunos jesuitas y algunos papas repudiaron esa doctrina. En 1680 González, un oponente de la doctrina, fue hecho general de la Compañía por presión papal, pero fracasó en purificar a la Compañía del probabilismo y estuvo a punto de ser destituido por su oposición. Otra maniobra antiética ampliamente aprobada y empleada por miembros de la Compañía es la reserva o restricción mental, de acuerdo a la cual, cuando importantes intereses están en juego, una cláusula negativa o modificada puede dejarse sin declarar, lo que invierte completamente la declaración efectuada. Este principio justificaba la mentira sin límite cuando el interés o la conveniencia lo exigía. Donde la misma palabra o frase tenía más de un sentido, podía emplearse en un sentido inusual con la esperanza de que sería entendida en el usual (anfibología). Tales evasiones se pueden usar bajo juramento en un tribunal civil. Igualmente destructiva de la buena moral era la enseñanza de muchos jesuitas casuistas de que la obligación moral se puede eludir si dirige la intención de la comisión de un acto inmoral hacia un fin digno en sí mismo, como asesinar para la vindicación del honor, robar para suplir las necesidades propias o del pobre o fornicar o adulterar para el mantenimiento del propio bienestar o salud. Nada hizo más para crear desconfianza y temor hacia la Compañía en las naciones e individuos que la justificación y recomendación por varios de sus escritores del asesinato de tiranos, entendiéndose por el término "tirano" a toda persona en autoridad que se opusiera a la obra de la Iglesia católica o de la orden. Se ha discutido la cuestión, tomando siempre los jesuitas el lado negativo, de si ellos han enseñado que "el fin justifica los medios." No es posible encontrar esta máxima con esas palabras exactas en los escritos jesuitas; pero siempre han enseñado que para la "mayor gloria de Dios", identificada por ellos con la extensión de la influencia católica (jesuita), los principios de moralidad ordinaria pueden ser puestos a un lado. La doctrina del pecado filosófico, de acuerdo con la cual la atención verdadera a la pecaminosidad de un acto cuando está siendo cometido es requisito para su pecaminosidad por la persona que lo comete, fue ampliamente defendida por miembros de la Compañía. El repudio de algunas de las más escandalosas máximas de los escritores jesuitas por escritores posteriores, o la consignación de libros que contienen máximas escandalosas en el Índice, no libera a la Compañía o a la Iglesia católica de la responsabilidad, al haber recibido tales libros aprobación autorizada antes de ser publicados y su censura no necesariamente envuelve una actitud adversa hacia la enseñanza misma, sino una mera medida de conveniencia.

Lainez, quien sucedió a Ignacio en el cargo de general (1558-65), manifestó en la administración de los asuntos de la Compañía más sabiduría mundana y menos entusiasmo piadoso que el fundador. Pablo IV se sintió alarmado ante el notable crecimiento y empuje de la Compañía. Procuró (1558) restringir el casi irresponsable poder de los generales, limitando el desempeño de su oficio a tres años y limitando la libertad de la organización, exigiendo la observancia de las horas canónicas en el coro. Esos cambios habrían colocado a la Compañía de alguna manera en la misma base que las otras órdenes y la habrían despojado de la mitad de su poder. Tales medidas fueron resistidas y la muerte del papa (1559) impidió la calamidad. Pío V permitió que Lainez siguiera su propósito ambicioso y agresivo y empleó sus servicios en las últimas sesiones del concilio de Trento. Francisco de Borja gastó su fortuna en fundar un colegio en Gandía y el Collegium Romanum, siendo general (1565) con todo el entusiasmo ascético de Ignacio, pero con poca de su sabiduría mundana. Fue sucedido en 1572 por Mercuriano, cuya administración fue relativamente débil. El más grande de todos los generales fue el napolitano Claudio Acquaviva (1581-1615). Tuvo que luchar contra una poderosa y determinada facción española en la Compañía que se resintió por el control italiano. Los jesuitas españoles procuraron el apoyo de la Inquisición, de Felipe II y de Clemente VIII. Este último convocó una congregación general (1592) para tratar con las dificultades. Acquaviva manejó la convocatoria con tal habilidad que fue triunfalmente vindicado y establecido completamente en su cargo. La enseñanza pelagiana de Molina provocó un renovado ataque dominico contra la Compañía.


La creciente secularización de la Compañía y su necesidad de amplios recursos para el mantenimiento y extensión de su obra de alcance mundial y la disminución de las donaciones voluntarias que habían sido suficientes en los tiempos cuando el entusiasmo religioso estaba en su apogeo, llevaron a la Compañía a involucrarse en grandes empresas financieras especulativas, como las dirigidas en Paraguay y la Martinica, resultando en desastres para muchos inocentes inversores (1753 en adelante) y trayendo sobre la Compañía muchos reproches en Portugal y Francia. En Portugal el marqués de Pombal, uno de los más destacados estadistas de su tiempo, quedó convencido de que la liberación del país del gobierno eclesiástico, en el que los jesuitas habían sido predominantes, exigía la exclusión de éstos. Una insurrección en el Paraguay portugués por los nativos proporcionó la ocasión a Pombal para denunciar a los jesuitas ante el rey y para exigir la prohibición papal de sus empresas comerciales. La prohibición papal fue publicada en 1758 y los privilegios sacerdotales les fueron retirados en Portugal. Un atentado contra el rey (3 de septiembre de 1758) se atribuyó a la influencia jesuita y desembocó en un decreto de expulsión de la Compañía y en la confiscación de sus propiedades (3 de septiembre de 1759). El papa intentó en vano protegerlos y su nuncio fue expulsado del país. Malgrida, un jesuita, fue quemado en la hoguera en 1761. Las especulaciones de los jesuitas en la Martinica, en las que ciudadanos franceses perdieron grandes sumas de dinero, desembocaron en una investigación pública de los métodos de la Compañía y el 10 de abril de 1761 el parlamento de París decretó la supresión de los establecimientos jesuitas en Francia y el 8 de mayo declaró a la orden entera responsable de las deudas del principal promotor de la fracasada empresa. Otros parlamentos siguieron el ejemplo del de París. El rey, el papa y muchos obispos protestaron en vano. Ochenta de sus colegios fueron cerrados en abril de 1762. Su constitución fue denunciada como impía, sacrílega y traicionera y los votos tomados por los jesuitas fueron declarados nulos y vacíos. El 26 de noviembre de 1764 el rey accedió al decreto de expulsión. En España 6.000 jesuitas fueron súbitamente arrestados por la noche y conducidos a territorio papal (2-3 de septiembre de 1768). Al rechazar ser admitidos por el papa hallaron refugio en Córcega. Una medida similar de captura y transporte de 3.000 había ocurrido en Nápoles (3-4 de noviembre de 1767). Parma trató con ellos de forma similar (7 de febrero de 1768), y pronto fueron expulsados de Malta por los Caballeros de San Juan. Los príncipes Borbones exhortaron a Clemente XIII a que aboliera la Compañía. Él lo rechazó y cuando murió (2 de febrero de 1769) había mucha intriga entre los amigos y enemigos de los jesuitas, procurando que la elección del nuevo papa protegiera o aboliera la Compañía. El cardenal Ganganelli fue elegido, siendo altamente probable que él estuviera en connivencia con los Borbones para la destrucción de los jesuitas. Desde el principio de su pontificado se ejercieron sobre él poderosas presiones desde España, Francia y Portugal para la abolición de la orden. Él dio promesas de una pronta acción, pero vaciló largamente para dar el golpe fatal. Comenzó sometiendo los colegios jesuitas en Roma y sus alrededores a una investigación. Rápidamente fueron suprimidos y sus internos expulsados. María Teresa de Austria, quien había sido grandemente devota de los jesuitas, ahora los abandonó y se unió con los Borbones demandando la abolición de la Compañía por el papa. Esta presión combinada de los principales poderes católicos fue más de lo que el papa podía soportar ("Coactus feci" se dice que dijo poco después). El 21 de julio de 1773 firmó el breve Dominus ac Redemptor noster, que abolía la Compañía y el 16 de agosto el general y sus principales ayudantes fueron encarcelados y todas sus propiedades en Roma y los Estados de la Iglesia confiscadas. El breve expone en extensión las acusaciones de enseñanza inmoral y entrometimiento intolerable en asuntos de la Iglesia y el Estado, el abuso de los privilegios ilimitados que la Compañía había disfrutado, admitiendo virtualmente que se había convertido en una molestia universal y totalmente depravada. Para restaurar la paz a la cristiandad su abolición era necesaria. Una moneda papal se acuñó el mismo año en conmemoración del evento, con Cristo sentado como juez y diciendo a los padres jesuitas congregados a su izquierda: "Apartaos de mí todos vosotros, no os conozco."
Continuidad ilícita y restauración.
En el tiempo de la abolición la Compañía tenía unos 22.000 miembros. Hubiera sido irrazonable esperar que tan gran conjunto de hombres preparados, adeptos a métodos secretos y evasivos de trabajo y con siglos de logros tras ellos, desaparecieran súbitamente en respuesta a un breve papal impuesto por las potencias católicas. Miles de ellos, sin cambiar de principios, se convirtieron en miembros de las sociedades del Sagrado Corazón de Jesús, otros de la sociedad de los Padres de la Fe, fundados por Nicolo Paccanari; otros se hicieron redentoristas o ligoristas. Federico II de Prusia les estimuló y protegió con la idea, sin duda, de usar su conocimiento político y habilidad contra los Borbones, los Habsburgo y el papa. Catalina II de Rusia esperó al mostrarles favor reconciliarse con sus nuevos súbditos polacos y usarlos contra los Borbones y los Habsburgo. En Nápoles y Francia el decreto papal fue sólo imperfectamente ejecutado. Pío VI dio plena aprobación papal (1783) a la perpetuación de la Compañía en Rusia, mientras que Pío VII (1801) aprobó la designación de su vicario general como general. El mismo papa aprobó la restauración de la Compañía en Nápoles y Sicilia (julio de 1804), por lo que la cabeza de la Compañía se convirtió ahora en "General para Rusia y Nápoles." Al llegar a su fin la perturbación napoleónica en Europa y habiendo sido Pío VII liberado de su cautividad francesa, la recuperación de la Compañía para un liderazgo en un momento crítico para la restauración de la Iglesia católica a su antiguo poder fue profundamente deseada por la curia. El 7 de agosto de 1814 Pío VII emitió la bula Solicitude omnium ecclesiarum, por la que restauró la Compañía. Desde ese tiempo sufrió muchos reveses y mucha persecución. La mayoría de los Estados de Europa expulsaron repetidamente a sus miembros. Sin embargo, su crecimiento en poder fue sostenido y durante casi un siglo dictó la política de la administración papal. La promulgación del dogma de la inmaculada concepción de María (1854), la encíclica y el Syllabus de 1864, el concilio Vaticano I con su decreto de la infalibilidad papal (1869-70) y las drásticas medidas contra la crítica bíblica en oposición a la libertad de investigación y la libertad de enseñanza y publicación, se atribuyen comúnmente a la influencia jesuita.
Órdenes femeninas en imitación de los jesuitas.
La Compañía de Jesús no tiene compañías afiliadas reconocidas de mujeres. Antes de su primera peregrinación a Jerusalén, Ignacio conoció en Barcelona a Isabel de Rosella, una inteligente y rica mujer a la que interesó en sus planes y propósitos. Cuando regresó en 1524 ella suplió sus necesidades durante un considerable tiempo. En 1543, una vez que la Compañía había conseguido la aprobación papal y cuando él estaba ocupado con los planes de alcance mundial para el dominio de las naciones, ella le visitó en Roma, con otras dos mujeres del mismo sentir y le suplicaron que fuera su guía espiritual. Él no estaba dispuesto a asumir esta carga añadida, pero las persistentes mujeres consiguieron del papa una orden (1545) para que Ignacio accediera a sus deseos. Con gran vacilación se sometió, pero pronto descubrió que esas mujeres, con la pequeña fraternidad que habían congregado, le daban más problemas que la administración de los asuntos de toda la Compañía y ante su sincera petición el papa le liberó de la obligación (1547). No fue objetivo fácil conseguir el consentimiento de Isabel y sus compañeras para liberarle de las obligaciones a las que ellas le habían comprometido con tanto entusiasmo; pero él fue inexorable e Isabel tuvo que contentarse con ser una "madre" más que una "hija" del gran dirigente. Las damas inglesas, fundadas por Mary Ward, en St. Omer en Flandes en 1609, procuraron afiliarse con los jesuitas, pero no consiguieron el reconocimiento permanente de esa característica. Una fraternidad femenina similar fundada en 1607 por Juana, marquesa de Montserrat, se puso en contacto estrecho con los jesuitas sin llegar a ser identificada con la Compañía. Lo mismo se puede decir de las hermanas del Sagrado Corazón y de la Fe de Jesús. La política de los jesuitas es influenciar y controlar muchas de estas fraternidades femeninas sin asumir ninguna responsabilidad hacia ellas y sin confiarles los secretos de la Compañía.
El siguiente pasaje, tocante a los jesuitas, procede de un estudio de las ideas políticas del siglo XVI, realizado por J. Neville Figgs, Historia del mundo en la edad moderna. Las guerras de religión. Editorial Ramón Sopena.
'De la Compañía de Jesús tenían mucho que aprender los políticos. Constituía en realidad una monarquía absoluta y era un ejemplo práctico de socialismo, porque siempre se guió por sus propios designios como una comunidad, no por los deseos personales del gobernante del momento. El deber de «caece obedientia» fue proclamado por revelaciones e inculcado en toda su disciplina. La famosa frase de que el individuo se convierte en «quasi cadaver» en las manos de la corporación, y la cláusula añadida relativa a las infracciones de la moral para los fines de la Compañía, dan una idea bien clara de la significación de ésta. La Orden debió su vida a haber desterrado de la conciencia de sus individuos toda idea que no fuese la de ella misma. A semejanza del Estado moderno, la Compañía de Jesús no reconoce otro lazo de unión que el que liga al individuo con la comunidad. Tomáronse toda clase de precauciones para asegurar el cumplimiento del principio de que la voluntad del general debe ser también la voluntad de todos los miembros de la Orden. La Compañía adoptó todas las medidas conducentes a evitar que aquél la apartase de sus propios fines, e impedir espectáculos como los dados por los papas Borgias y Farnesios que trataron de fundar dinastías. Excepción hecha de la Iglesia, de la cual forma parte, no existe ninguna institución política que tantas enseñanzas reporte a los aficionados al estudio de la historia como la Compañía de Jesús, aun prescindiendo de su actividad religiosa y política. Rindió culto al principio de Maquiavelo de que no hay nada comparable con la actividad; y aún más activa que él, apoderóse de la conciencia, la voluntad y el pensamiento de sus individuos, en provecho de la comunidad.'