Kere y
Ketib son dos palabras arameas en forma de participio empleadas por los
masoretas para distinguir el texto puntuado o vocalizado del texto sin puntuar del Antiguo Testamento.
Ketib "escrito" o "lo que está escrito", designa la forma original del texto del Antiguo Testamento en el que las palabras estaban representadas por sus consonantes solamente;
kere "leído" o "lo que es leído" se refiere al texto vocalizado completamente. Del
ketib es necesario decir sólo que procuraba representar la forma en la que todas las
Escrituras hebreas estaban escritas (sin vocales) por sus autores y que fue adoptado como el texto autorizado, no siendo permitida alteración en las palabras o letras. El
kere sirve a dos propósitos principales. Proporciona la lectura o pronunciación exacta de las palabras perfectamente claras al insertar sus vocales y se usa para corregir los posibles errores que, tal vez desde el mismo principio, se observaron en el
ketib o texto tradicional. Ya que el segundo propósito no se puede obtener por la introducción de notas en el cuerpo del texto, las divergencias del
kere sobre el
ketib se señalaron en el margen por métodos característicos, que se pueden observar en cualquier copia actual de la Biblia hebrea. Como ayuda para su entendimiento, varias ediciones modernas contienen una clave masorética.
El kere, cuando es citado en el margen, no siempre tiene como propósito sustituir al ketib o lectura oficial. A veces meramente recoge una lectura variante tradicional. Ni, por otro lado, es el ketib un texto inmutable como si fuera infalible. El texto oficial (autorizado poco después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C.), fue escogido no porque fuera perfecto sino porque se pensaba que era el más correcto y porque se estimaba necesario que hubiera un solo arquetipo. Esto se demuestra por el hecho de que las peculiaridades accidentales de la copia escogida quedaron retenidas y todavía permanecen. Por otro lado, los masoretas o editores judíos no establecieron ni procuraron influenciar el kere o la lectura tradicional al marcar los signos vocálicos. La forma recibida de las palabras retrocede a varios siglos antes de que los masoretas comenzaran su obra. Fue perpetuada principalmente en los servicios de las sinagogas y, por supuesto, sin la pronunciación de las palabras el ketib mismo no habría podido ser preservado.