Kulturkampf es el nombre dado en Alemania a la lucha del Estado contra la Iglesia católica en el último tercio del siglo XIX. Virchow empleó por primera vez en 1873 el vocablo, en un programa electoral del partido progresista. Con Federico Guillermo III se produjo una honda perturbación entre la Iglesia católica y el gobierno, con motivo de la enseñanza de teología en la universidad de Bonn. Fueron tan hondas las divergencias, que se llegaron a dar órdenes de detención contra los arzobispos de Posen y Colonia. En cambio, cuando subió al trono Federico Guillermo IV, devolvió la libertad a los prelados, dejando al dominio del clero las relaciones espirituales con los fieles. Después agradecido a sus súbditos católicos por la conducta observada por ellos durante la revolución de 1848, dio estado constitucional a que la Iglesia católica gozase en Prusia de la más completa autonomía y absoluta independencia en sus relaciones con Roma. Excluida Austria de la confederación germánica después de Sadowa, los protestantes consiguieron la hegemonía en la misma y las cosas variaron de aspecto. De un lado los luteranos y de otro los católicos, adheridos al recién definido dogma de la infalibilidad papal, se suscitaron incidentes a diario, en los que acabaron por intervenir la Iglesia católica y el poder civil. Los diputados católicos acordaron combatir firmemente al gobierno, subiendo tan de punto la situación, que el canciller Bismarck solicitó la intervención del cardenalAntonelli (5 de julio de 1871). Éste esquivó prudentemente el requerimiento, no queriendo caer en ninguna celada del astuto canciller. Poco después el obispo de Emerland excomulgó al doctor Wollmann, profesor de religión del instituto de Brannsberg.
Otto von BismarckEntonces Bismarck tomó su defensa, alegando que no era culpa del catedrático si la Iglesia católica había querido modificar su doctrina. Apoyándose en esta alusión a los nuevos dogmas a la sazón promulgados, particularmente el de la infalibilidad, Wollmann continuó enseñando. De otra parte, Bismarck había visto más que una coincidencia en el concilio Vaticano I que proclamó la infalibilidad papal y la declaración de guerra de Francia en 1870, sospechando que todo ello era una agresión contra la Prusia protestante, de la que era a la sazón portaestandarte la emperatriz Eugenia. El incidente con Wollmann fue la chispa que determinó el incendio.
En febrero de 1872 fue suprimida la división católica del ministerio de cultos, siendo aceptada por la Cámara una ley que sustituía a los inspectores de escuelas, hasta entonces eclesiásticos, por seglares nombrados por el Estado. Poco después se decretó que podían ser expulsados los jesuitas, en virtud de una simple orden policial. El Vaticano protestó enérgicamente, intentando entonces establecerse una Iglesia nacional cuyo jefe fuera el emperador, de la misma manera que lo era el zar en Rusia. Sin embargo, Bismarck había enviado a Roma para comenzar negociaciones para lograr un acuerdo, al cardenal Hohenlohe. El papa se negó a recibirlo y el 23 de diciembre promulgó una encíclica contra el Imperio alemán. Dos semanas después Bismarck presentó a la Cámara, por mediación del ministro de cultos, doctor Falk, una leyes radicales contra la Iglesia católica, que por haber sido aprobadas en el siguiente mes de mayo, fueron conocidas después como Leyes de mayo. Mientras tanto, se intentaba la constitución de una comunidad religioso-política de Antiguos Católicos, opuestos a la infalibilidad, separados de Roma y protegidos por el canciller. Las Leyes de mayo fijaban los límites de cómo debía ejercerse la disciplina eclesiástica; regulaban los requisitos obligatorios para separarse de una comunidad religiosa; ordenaban que los candidatos a los puestos eclesiásticos debían haber recibido instrucción universitaria completa; y venían a suprimir la jurisdicción del papa sobre el clero alemán.
Pío IX, Museo del Risorgimento, MilánEl 21 de noviembre de 1873 publicó Pío IX otra encíclica, defendiendo las prerrogativas de la Iglesia católica y considerando las que se atribuía el gobierno alemán como atentatorias al espíritu divino de dicha Iglesia. Entonces Bismarck hizo promulgar una ley poniendo a las Iglesia católica y evangélica bajo la supremacía directa del Estado, al mismo tiempo que prohibía las comunidades religiosas en Prusia. Al resistirse los obispos, se les impusieron las sanciones penales que las propias leyes señalaban y en 1877, de doce prelados prusianos, siete habían sido desposeídos y algunos estaban en prisión. Con todo, la inmensa mayoría de clérigos católicos se mantuvieron firmes contra el gobierno. "No iremos a Canosa", dijo Bismark, aludiendo a la humillación de Enrique IV ante Gregorio VII. E hizo grabar la frase en un monumento de granito. Pero antes de terminar 1877 comenzaron a mostrarse síntomas de cansancio en el gobierno alemán. La facción de los Antiguos Católicos resultó un fracaso, se recrudeció la agitación socialista ya al año siguiente se produjeron dos atentados contra el emperador, que si bien resultaron frustrados, sembraron la alarma en las clases conservadoras. Todo esto coincidió con la muerte del enérgico Pío IX y la elevación del sagaz y diplomático León XIII. Con el nuevo papa las negociaciones entraron en un tono conciliador. Empeñado Bismarck en su campaña contra el librecambio, creyó necesario el concurso de los católicos para tener mayoría en el parlamento y para ello sacrificó al doctor Falk, autor de las Leyes de Mayo, sustituyéndolo por un ministro contemporizador. Se reanudaron en 1882 las gestiones de arreglo, concediéndose el emperador un poder discrecional para aplicar o no las leyes contra la Iglesia católica, lo que significaba su abolición tácita. El 18 de diciembre de 1883 visitó el príncipe imperial al papa, lo que selló definitivamente las paces, hasta el extremo que poco después el propio Bismarck invocó el arbitraje de León XIII en las diferencias de Alemania con España por la posesión de las Carolinas.