Historia

LAPSED

Lapsed, en un sentido general, se refiere a los cristianos caídos en pecado mortal y, por tanto, culpables de excomunión o penitencia.

Libellus que reza: "Aquí presente, y según la orden,
he hecho una libación. Yo, Aurelio Demos, presento
esta declaración. Yo, Aurelio Irenaco,
la escribí por ser él analfabeto."
Sin embargo, comúnmente el término se restringe a los cristianos (o catecúmenos) que, en periodos de persecución, negaban su fe pública y explícitamente, o, por medios no reconocidos por la moral cristiana, eludían su deber profesante. En la Iglesia antigua hubo diferentes opiniones con respecto a la definición del acto mismo y al tratamiento que había que darles. La cuestión pasó por un largo desarrollo y no se decidió hasta mucho después del tiempo de Diocleciano, pero la controversia alcanzó su cima en el siglo III, especialmente en los años de las persecuciones de Decio y Valeriano.

Apostasía bajo la persecución.
La profesión abierta de la fe está mandada en los evangelios, donde se pronuncia un juicio de condenación contra los que niegan la fe (Pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.[…]Mateo 10:33; Porque cualquiera que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.[…]Marcos 8:38; Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y la del Padre, y la de los santos ángeles.[…]Lucas 9:26; 12:9). La epístola a los Hebreos y la primera de Pedro, así como el mensaje a las siete iglesias de Apocalipsis, exhorta a la constancia bajo el sufrimiento de la persecución. Durante el primer siglo, sin embargo, el peligro de vuelta al paganismo o al judaísmo no fue grande. Los apologistas cristianos tras Justino señalan que, en general, los cristianos fueron fieles y los escritores romanos y griegos del siglo II, como Marco Aurelio, Luciano, Celso y otros, a veces hablan del fanático desprecio hacia la muerte de los cristianos. De hecho, la pasión por el martirio creció en las congregaciones, aunque fue vista con desagrado por los miembros más sobrios y prudentes. Ese martirio que podía ser un deber era generalmente aceptado por la Iglesia, siendo la única diferencia de opinión respecto al punto en el que comienza el deber. Algunos consideraban legítimo huir de la persecución y del martirio, mientras que los montanistas declaraban que cada verdadero cristiano debería buscar el martirio. Hay que tener en cuenta que durante los siglos II y III el peligro de caída aumentó. Muchos lo hicieron y su número aumentó con cada nueva persecución. El Pastor de Hermas contiene muchas ilustraciones del efecto que las persecuciones de Trajano y Adriano tuvieron sobre la congregación en Roma, enumerando los motivos de la apostasía y destacando que las caídas también ocurrieron en tiempos de quietud. Las persecuciones de Antonio Pío y Marco Aurelio igualmente tuvieron sus lapsed, escribiendo Tertuliano De fuga in persecutione, De corona y otras obras con especial referencia a la persecución de Septimio Severo. Las persecuciones de Decio y Valeriano ejercieron una influencia desorganizadora, según se aprecia por las cartas de Cipriano y su tratado De lapsis. Eusebio cubre con un velo a los lapsed en la persecución de Diocleciano, aunque es evidente que el número de los apóstatas fue grande y la negación fue demasiado frecuente en la última persecución, instituida por Juliano, aunque a los lapsed se les permitió pronto reingresar en las iglesias.

Sacrificio en el altar, por John William Waterhouse
Sacrificio en el altar, por John William Waterhouse
Clases de lapsed. Su tratamiento.
Tras el año 250 se pueden distinguir varias clases de lapsed: Sacrificati, que habían sacrificado a los dioses; thurificati, que habían quemado incienso ante ellos; libellatici, que mediante soborno habían conseguido un certificado mostrando que habían cumplido con todas las exigencias requeridas y traditores, que o bien habían entregado sus libros y utensilios sagrados o habían pretendido hacerlo mediante su sustitución por otros. Al mismo tiempo tuvo lugar un cambio en el tratamiento disciplinario de los lapsed. En el siglo II la Iglesia generalmente aceptaba que un cristiano que había caído en la idolatría no podía ser readmitido a la congregación. El más sincero arrepentimiento no era suficiente, solo la profesión abierta bajo un nuevo juicio y el martirio podían borrar la culpa. A mediados del siglo III se adoptaron ideas más suaves. En el año 250 Cipriano y el clero romano todavía sentían incertidumbre hacia la cuestión, pero gradualmente una práctica más ligera prevaleció en las iglesias de Cartago, Roma, Alejandría y Antioquía, elaborándose entre los años 251 y 325 un sistema completo de normas penitenciales por los obispos. No solo había una distinción entre nacrificati y libellatici, sino que se puso cuidado en las circunstancias individuales de cada caso, transformándose gradualmente el sistema de penitencia en uno de casuística. Las más antiguas e importantes de esas decisiones penitenciales son el Liber de pœnitentia de Pedro de Alejandría, los primeros cuatro cánones del sínodo de Elvira (306), los primeros nueve del sínodo de Ancira (314), el decimotercero del sínodo de Arlés (314 o 310) y del décimo al decimocuarto del concilio de Nicea (325).