Historia
LAVAMIENTO DE PIES

Los reformadores, especialmente Lutero (comp. su sermón del Jueves Santo sobre el lavamiento de pies en Hauspostille), lo combatió "porque el lavamiento de pies es hipócrita, en el que uno se agacha para lavar los pies de su inferior, pero espera todavía más humildad recíproca." La Iglesia evangélica se ha esforzado para imprimir el significado del acto de Cristo sobre los corazones de los hombres mediante la proclamación diligente del evangelio. La Iglesia de Inglaterra al principio observó la letra del mandamiento, pero la práctica cayó después en desuso. Los anabaptistas se declararon más decididamente en favor del lavamiento de pies, apelando a Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros.[…]Juan 13:14 y también que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos, si ha mostrado hospitalidad a extraños, si ha lavado los pies de los santos, si ha ayudado a los afligidos y si se ha consagrado a toda buena obra.[…]1 Timoteo 5:10, considerándolo un sacramento instituido por Cristo mismo, "por el que nuestro ser es lavado por la sangre de Cristo y su ejemplo de humillación profunda es impreso sobre nosotros" (Confesión de los bautistas unidos o menonitas, 1660). Los moravos con los ágapes revivieron también el lavamiento de pies, aunque sin imponerlo estrictamente ni confinándolo al Jueves Santo. Era realizado no sólo por los dirigentes hacia sus seguidores, sino también por éstos entre ellos mismos, mientras se cantaba un himno explicatorio del simbolismo. Esta práctica fue finalmente abolida por el sínodo moravo en 1818. En la Iglesia luterana, durante el período de la ortodoxia, el lavamiento de pies fue considerado "una abominable corrupción papal." En el año 1718 el alto consistorio en Dresden condenó a 12 ciudadanos luteranos de Weida a penitencia pública por haber permitido al duque Mauricio Guillermo (en ese tiempo todavía católico) que lavara sus pies.