Historia

LECTOR

Lector (griego, anagnōstēs) en la Iglesia antigua era un eclesiástico de órdenes menores designado para leer a la congregación la Escritura y otros escritos religiosos.

Lector, en Historia del vestido por Albert Racinet
Lector, en Historia del vestido
por Albert Racinet
Desde el mismo principio la lectura oral de las Sagradas Escrituras ocupó un lugar especial en los servicios religiosos y durante mucho tiempo fue el único, o al menos el principal medio, para impartir conocimiento bíblico a la congregación. Ya que durante los primeros dos siglos el cristianismo se difundió especialmente entre las clases más pobres y las congregaciones eran frecuentemente pequeñas, no siempre fue fácil encontrar un lector competente de los libros sagrados, escritos como estaban sin espacios entre palabras. La posición del lector en la congregación por tanto era importante. Además de leer, a veces exponía los pasajes de la Escritura, especialmente al no ser el sermón todavía un deber oficial. Alfeo, lector y exorcista en Cesarea († 303), fue "predicador y maestro de la palabra de Dios" en ese lugar "y tuvo gran fortaleza ante cualquiera" (Eusebio, De martyribus Palestinæ, i). Durante los primeros siglos el lector aparece reconocido junto a los dirigentes espirituales de las congregaciones, con los profetas, evangelistas y maestros que solían dirigir la adoración divina. Ciertas expresiones en las liturgias de tiempo posterior reflejan la antigua estimación del oficio de lector; por ejemplo la Statuta ecclesiæ antiqua (viii) observa que el eventual lector "ha de tomar parte con aquellos que ministran la palabra de Dios", consecuentemente el lector ocasionalmente tomó precedencia sobre el diácono y el subdiácono. El desarrollo de la política en la Iglesia desde el siglo segundo en adelante fue desfavorable sobre la dignidad del cargo de lector. El obispo y el presbítero quedaron a cargo del sermón y a veces el predicador incluía la lectura bíblica como parte de sus funciones, con el resultado de que el lector era superfluo. En la ceremonialmente ordenada adoración pública del siglo cuarto en adelante, la lectura del evangelio quedó reservada regularmente para los diáconos o presbíteros y el lector quedó reconocido con los clerici minores, siendo el siguiente en el rango más inferior en el orden de promoción eclesiástica (Siricio, Ad Himerium, xiii). En muchos distritos eclesiásticos los niños e incluso los catecúmenos fueron admitidos al rango de lector, una impropiedad que Justiniano procuró corregir. El ritual para la encomendación del lector lo proporcionaban las liturgias. Usualmente consistía en la entrega del códice de las Sagradas Escrituras. En la Iglesia católica el ordo de lector todavía existe, pero en un sentido meramente formal.