Historia

LETRÁN, CONCILIOS DE

La iglesia de San Juan de Letrán en Roma es el lugar donde se celebraron los concilios que llevan ese nombre. El palacio fue residencia oficial de los papas durante más de mil años. Originalmente fue propiedad de la rica familia patricia de Plantinus Lateranus, pero fue confiscado por Nerón y posteriormente hecho residencia imperial. Una porción del mismo, otorgado por Maximiano a su hija Fausta, segunda esposa de Constantino, llegó a ser conocido como Domus Faustæ, y allí vivió hasta que su marido la decapitó. Constantino entonces lo dio (312) al papa Melquíades, confirmando la donación de Silvestre, en cuyo pontificado se construyó la primera basílica que fue consagrada en 324. Fue destruida por un terremoto en 896 y reconstruida por Sergio III (904-911). Esta segunda iglesia fue destruida por un incendio en 1308 y una tercera en 1360. La cuarta fue construida por Urbano V (1362-70) y todavía contiene restos de los edificios del siglo cuarto y décimo. La iglesia de San Juan de Letrán es propiamente hablando la catedral de la diócesis de Roma; aquí el papa es el obispo de Roma, mientras que San Pedro es la sede de su jurisdicción universal. De ahí la inscripción en la fachada occidental que la designa "madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo."

De los numerosos concilios y sínodos celebrados en la basílica de Letrán, cinco son designados ecuménicos por la Iglesia católica. Son los siguientes:

(1) El primer concilio general celebrado en el oeste, reconocido como el noveno ecuménico, bajo Calixto II (1123), al que asistieron más de 300 obispos; su principal propósito fue la resolución de la controversia de las investiduras por la confirmación del concordato de Worms.

(2) El décimo concilio ecuménico, bajo Inocencio II (1139), con unos 1.000 miembros; su propósito fue sanar el cisma causado por el antipapa Anacleto II y condenar las herejías de Pedro de Bruys y Arnaldo de Brescia.

(3) El undécimo ecuménico, bajo Alejandro III (1179), al que asistieron 400 obispos y 600 abades y otros dignatarios. Pretendía acabar con el cisma causado por Federico Barbarroja y condenar las doctrinas valdense y albigense.

Ilustración del cuarto concilio de Letrán en uno de los márgenes de la Chronica Maiora de Matthew Paris
Ilustración del cuarto concilio de Letrán en uno de los márgenes
de la Chronica Maiora de Matthew Paris
(4) El duodécimo ecuménico, bajo Inocencio III (1215), al que asistieron 412 obispos y 800 abades y priores, tenía como misión recuperar Tierra Santa y la mejora general de la Iglesia, incluyendo la condenación de los cátaros y albigenses. Es notable por contener en sus decretos la primera sanción oficial del término transubstanciación y la exigencia de la confesión anual.

(5) El decimoctavo ecuménico, bajo Julio II y León X (1512-17), llevó a cabo un concordato con Francisco I para la regulación del estatus de la Iglesia galicana. Comenzó con escasísimos concurrentes, prelados italianos en su mayoría. También demostraron los españoles interés por llevar adelante la obra de la reforma, según demostró el notable anónimo Brevis Memoria, publicado por Döllinger; pero no tomaron parte en el concilio. Antes de la apertura del quinto concilio Lateranense, se había suscitado una controversia acerca de las atribuciones que caían dentro del campo de los concilios. Defendieron las opiniones del concilio de Pisa el jurista milanés Decio, el autor anónimo del Status Romani Imperii, publicado en Nardouin, y Zacarías Ferreni de Vicenza; el principal paladín de la curia fue Tomás de Vio (Cayetano).

El discurso de apertura del concilio lo pronunció el pensador más brillante y piadoso que a la sazón existía en Roma. Desde el año 1508 venía trabajando enérgicamente Egidio de Viterbo, general de la orden agustina, en la reforma de la misma. Bembo y Sadoleto encomiaron su inteligencia y erudición, llegando a decir este último que, aun cuando el género humano perdiese el humanismo y las artes humanitatis, quedaba Egidio, quien solo, y sin auxilio ajeno, era bastante para devolvérnoslas. En su discurso de apertura, exteriorizó Egidio los pensamientos más profundos y las frases más elocuentes. Desgraciadamente no correspondió el concilio a las esperanzas que el discurso inaugural hiciera concebir. Cuando León X abrió la sexta sesión (27 de abril de 1513), formaban la asamblea, aparte de 22 cardenales y 94 abades, solamente obispos. El obispo de Módena, Simón, conjuró a los prelados para que principiaran por reformarse a sí mismos. En la sesión séptima resucitó el predicador Río la teoría de las dos espadas. El 19 de diciembre de 1513 envió Francia representación oficial, y en la sesión octava condenó el concilio las herejías tomadas de los árabes respecto al alma humana, que era explicada como humani corporis forma. Ya habían sido denunciadas antes en Viena. A continuación emprendieron los teólogos la poda de «las infectas raíces de la filosofía y la poesía». Los filósofos debían desplegar como bandera la verdad del cristianismo. Se opusieron a esta medida el obispo Nicolás de Bérgamo y el cardenal Cayetano: el primero opinaba que no debían imponerse restricciones a los filósofos y teólogos, y el segundo no quería que la filosofía abrazase la causa de la defensa de la fe para evitar la confusión que de seguro nacería entre la filosofía y la teología, y el daño consiguiente a la libertad de la primera. En la sesión novena habló el curialista Antonio Pucci de la necesidad de la reforma. Dijo que el clero había perdido el amor de Dios y que la tiranía y los deseos desordenados habían venido a reemplazarlo; que sus costumbres y vida eran opuestas a las enseñanzas y cánones de la Iglesia. La bula de reforma que como consecuencia fue publicada, Supernæ dispositionis arbitrio, se refería a las altas dignidades de la Iglesia, a las elecciones, postulaciones, provisiones, deposiciones y traslados de prelados, encomiendas, uniones, dispensas, reservas; a los cardenales y a la curia; a la reforma de costumbres de los clérigos y seglares; a las rentas e inmunidades de los clérigos; a la propagación de las supersticiones y falso cristianismo. También se debatió la reforma del calendario, pero la sesión décima (mayo de 1515) declaró no ser ocasión oportuna para la discusión, en vista de lo cual, fue consagrada a las disputas y contiendas de los obispos y el clero regular; se dictaron disposiciones respecto a los prestamistas y la bula de León aludió a la obligación de fomentar y mejorar las instituciones benéficas modernas. Tiene gran interés la bula que se refiere a la impresión y publicación de libros y atribuye la invención de la imprenta a favor especial de los cielos, pero añade que lo que para honra y gloria de Dios ha sido inventado, no debe utilizarse para combatirle, por cuya razón, todos los libros nuevos deben quedar sujetos a la censura de los obispos y los inquisidores.

Se trató en la sesión de las quejas de los obispos contra los regulares, a los cuales defendió Egidio de Viterbo (19 de diciembre de 1516). Se declaró contrario a la ley predecir desde el púlpito infortunios futuros, sobre todo, especificando fecha determinada; disposición, que fue probablemente censura tardía contra Savonarola. Fue promulgada la bula Pastor Aeternus decretando la abolición de la Pragmática Sanción. León la declaró nula y sin valor, y confirmó la decisión de la bula Unam sanctam de Bonifacio VIII, según la cual todos los cristianos estaban sujetos al papa. En este punto fueron leídas las disposiciones por las que debería regirse el clero y los privilegios de éste. En la sesión duodécima Pico della Mirandola presentó al papa su Oratio de Reformandis Moribus; en ella anuncia a León que si deja restañar las heridas de la sociedad, Aquel cuyo representante es el papa separará a fuego y filo de espada a los miembros corrompidos, y los anejará de su seno sometiéndolos al terrible juicio de la Iglesia. Cristo (añade) arrojó los pichones y palomas que eran vendidos en el templo: ¿por qué no ha de desterrar León a los muchos adoradores de varios becerros de oro que no sólo residen, sino que desempeñan cargos de autoridad en Roma? Esta frase fue reminiscencia de los sermones de Savonarola. Pico se había constituido en biógrafo y apologista de aquél. Fue verdaderamente extraño que las palabras fogosas del profeta se alzasen una vez más desde su tumba en el momento en que sus terribles profecías iban a cumplirse en Alemania.

Se cerró el concilio el día 16 de marzo de 1517 con la sesión duodécima. Había dictado muchas y muy útiles disposiciones y dado pruebas de abrigar buenos propósitos para corregir y cortar varios abusos. Se abandonó por completo la implantación de las reformas de la curia. Todas las disposiciones del concilio, desde la primera hasta la última, resultaron letra muerta, y aun cuando sus resoluciones hubieran sido llevadas a la práctica, seguramente no habrían impedido la catástrofe del norte. Era ya muy antigua, seguramente desde los días de Luis el Bávaro, la enajenación de las voluntades con respecto a Roma, siendo necesario muy poco para que el descontento interior se tradujera en hechos exteriores consumados. Ni León ni el concilio de Letrán se dieron cuenta del estado de los asuntos por el norte de los Alpes.

Otros importantes sínodos en Letrán fueron los celebrados por Melquídes en 313 sobre la cuestión donatista; por Martín I en 649 contra el monotelismo; por Esteban IV en 769 contra los iconoclastas y varios sínodos reformistas en la época de Hildebrando, de los que el celebrado bajo Nicolás II en 1059 es notorio por su regulación de las elecciones papales y su imposición del celibato clerical.