Historia
LEYENDA, LEGENDARIO

1539-1543. British Library, Londres, Ms. Or. 2265
La leyenda cristiana es tan antigua como el cristianismo mismo. Como un vino añejo circuló a la vez que los evangelios y creó una historia apócrifa de los apóstoles, por la que son héroes del ascetismo y el martirio. Transformó el auténtico martirologio según el gusto de tiempos posteriores y creó increíbles cuentos monásticos. Los productos de los siglos cuarto y quinto constituyen el fundamento histórico, el fondo común de la hagiografía cristiana, pero la creación legendaria continuó, encontrando nuevos motivos en cada nuevo santo, en cada traslado de reliquias y en cada fundación de iglesias.
De afinidad literaria con la ficción, la leyenda procura entretener, pero a la vez edificar según líneas religiosas y morales definidas. Se supone que el héroe ha de servir como modelo de beneficencia, renuncia, auto-sacrificio, constancia y triunfo sobre el diablo. Lo invisible aparece tangible: la provisión de Dios hacia el devoto, la escucha de sus oraciones, la recompensa de los justos y el castigo de los impíos. Los milagros muestran la intervención de Dios en su luz más amplia. En su autodefensa la leyenda también se apropia de tratados racionalistas y procura fortalecer su credibilidad al proclamar la refutación y castigo de los que dudan.

La leyenda se incorporó muy pronto a la literatura. Hubo registros de martirios que se recopilaron para ser leídos, del mismo modo que Eusebio y posteriormente Paladio, Rufino y otros recogieron narrativas ascéticas para la edificación de los monjes. De esos comienzos surgen las grandes obras colectivas. Las leyendas se incorporaron en los sermones (Simeón Metafrastes, Sermones de sanctis) y también fueron utilizadas grandemente en la poesía (Prudencio, Peristephanon; Paulino de Nola, Carmina natalicia (i). En la era medieval la rapsodia de la Madonna y la alabanza de la renuncia heroica aparecen como la contraparte de las aventuras caballerescas y de trovadores. Los siglos catorce y quince convirtieron toda la Legenda aurea de Jacobo de Vorágine en verso, siendo representada teatralmente. El arte gráfico, especialmente la pintura eclesiástica, consideró su más importante objetivo la ilustración de la leyenda. De este modo la leyenda envolvió toda la vida intelectual de la Edad Media.
En el catolicismo posterior la leyenda tuvo todavía su sitio, aunque la crítica ha eliminado muchas. Lutero difamó las leyendas como Lügenden ("embustes"), aunque apreció su utilidad práctica. De ahí que una historia evangélica de mártires pudiera echar raíces en suelo luterano, mientras que el calvinismo asumió una actitud de áspero rechazo. Aunque la Ilustración no vio en las leyendas nada más que superstición y astucia sacerdotal, el romanticismo vio en ellas la revelación de los secretos más profundos del alma popular. La moderna investigación histórica y filológica ha descubierto ricas minas en este campo. De hecho, la historia eclesiástica misma está tomando más y más en cuenta el hecho de que la leyenda, con la ceremonia y la costumbre, ofrece la mejor expresión de la teología popular.