Limosna es una dádiva que el receptor no tiene derecho a reclamar y que no está obligado a devolver, hecha puramente por generosidad y deseo de aliviar la necesidad.
Fragmento de un retablo del siglo XIV, procedente del municipio ilerdense de Preixana. Museo episcopal de Vic
La idea judaica de la limosna como acto de mérito y satisfacción entró en la Iglesia antigua por los cristianos judíos. Una expresión clásica de ese pensamiento está en 2 Clemente xvi. 4: 'La limosna, por tanto, es una buena cosa, tanto como el arrepentimiento por el pecado. Hacer ayuno es mejor que la oración, pero la limosna es mejor que ambos. Y el amor cubre multitud de pecados, pero la oración surgida de una buena conciencia libra de la muerte. Bendito es el hombre que está repleto de ello. Pues la limosna aligera la carga del pecado.' La idea es completamente dominante en Cipriano (De opere et eleemosynis), siendo de hecho inevitable en los apócrifos del Antiguo Testamento, que fueron aceptados a la par que los canónicos. Salvo el valor propiciatorio que luego se asignaría al sacramento de la penitencia, la posición católica ha permanecido siendo la misma que la de Cipriano. Agustín concedió la mitigación de las penas del purgatorio por las limosnas y las Sentencias de Pedro Lombardo, manual dogmático de la Edad Media, subrayan la idea más allá de toda proporción.
La pobreza fue tan altamente apreciada en la Iglesia antigua que las Homilías pseduo-clementinas (XV. vii. 9) consideran la posesión de la propiedad una contaminación con las cosas de este mundo o un pecado. En el siglo IV la pobreza, a través del monasticismo, se convirtió en factor de la vida cristiana ideal. Y en el siglo XIII el mendigar, a través de Francisco de Asís, recibió una idealización religiosa que fue en alto grado perniciosa para el buen orden social. El monje mendicante no es más que un grosero carácter inmoral. La Reforma rechazó todos esos errores, exigiendo alguna forma de trabajo al cristiano por su pertenencia a la sociedad y procurando el cuidado organizado de los pobres, en lugar del método de dar y recibir limosnas. Los teólogos protestantes no conceden a las limosnas parte alguna en la doctrina de la salvación. Muy por encima del ejemplo individual de la limosna está el espíritu de benevolencia, que no pretende mérito en la dádiva y busca un beneficio permanente, no la satisfacción de una necesidad temporal. Los esfuerzos humanitarios y la legislación que procuran prevenir las causas de la pobreza son una extensión de los principios enunciados por la Reforma. Las iglesias deberían aceptar el principio racional que evita las limosnas indiscriminadas y poco inteligentes, que tienden a la pauperización y al estímulo de la ociosidad.