Historia
LOLARDOS
- Origen de los lolardos
- Wycliffe y los primeros lolardos ingleses
- Difusión del lolardismo en Inglaterra
- Memorial lolardo de 1395
- Oposición eclesiástica al lolardismo
- Sir John Oldcastle
- Supresión y declive del lolardismo
- Principios del lolardismo
- Oposición lolarda a las doctrinas católicas
- Idea lolarda de la eucaristía

Los lolardos de Brabante son mencionados por J. Hocsem, canónigo de Lieja hacia 1350, en una mención a la guerra de 1309 y de su relato se desprende que recibieron su nombre del holandés medio loellen ("cantar suavemente, tararear"), por sus monótonos tonos en los enterramientos. Primero aparecen prominentemente cuando la peste irrumpió en Amberes hacia 1350, dedicándose al cuidado de los enfermos y al entierro de los muertos y recibiendo el nombre de alexianos de su santo patrón, Alejo. Sospechosos de herejía desde el mismo principio, fueron tolerados condicionalmente después de 1347 y su dudosa reputación trasladó su nombre a los seguidores de Wycliffe, cuando él comenzó en 1380 a atacar las enseñanzas aceptadas de la Iglesia católica tocante a la eucaristía. El término lo usó también por vez primera Thomas Walden y el cisterciense Crompe en 1382, quien lo aplicó a los amigos de Wycliffe, Hereford y Repington. Cinco años más tarde a cinco predicadores itinerantes se les describe como lolardos y a partir de ahí el nombre aparece frecuentemente en documentos ingleses, perdiendo el nombre finalmente toda huella de su origen holandés y convirtiéndose en el término nacional despectivo para los seguidores de Wycliffe desde el siglo XIV al XVI.
Wycliffe y los primeros lolardos ingleses.
National Galleries of Scotland

Este fue el comienzo del movimiento lolardo, que sacudió Inglaterra hasta sus cimientos durante casi un siglo y medio y formó la base esencial de la Reforma. Las filas de los "sacerdotes pobres" se vieron pronto incrementadas por muchos laicos, que se atrevieron a oponerse a la autoridad de la Iglesia, mientras que algunos de la nobleza que no temían la ira del poderoso Juan de Gante, tales como el conde de Salisbury, igualmente se unieron a ellos. Entre el pueblo común su éxito fue enorme, hasta llegar al punto de que se consideraba que el número de sus seguidores era al menos la mitad de la población, si bien este número es demasiado alto, no siendo probable que llegara a uno de cada diez personas. Su arma era la Biblia en la lengua vernácula y coherentes con su doctrina de que cada sacerdote tiene el mismo poder de atar y desatar que el papa o el obispo, ellos ordenaban a otros para extender su obra. Hacia mediados del siglo XIV los lolardos estaban en su pináculo, al menos numéricamente, pero incluso durante la vida de Wycliffe experimentaron un rudo golpe cuando en 1382 Courtenay, arzobispo de Canterbury, exhortó al parlamento a tomar medidas contra los "sacerdotes pobres" a quienes acusó de desobediencia a sus superiores eclesiásticos, provocar la hostilidad entre clases y propagar la herejía. A esto se opuso Ricardo II, pero ante la insistencia del primado puso el asunto bajo la jurisdicción de los ordinarios, que procederían contra los lolardos por sus propios oficiales episcopales. El resultado fue la excomunión de Aston y la suspensión de Hereford, Repington y Bedeman de los privilegios universitarios. El 31 de diciembre de 1384 murió Wycliffe, pero el movimiento que él había inaugurado vivió y creció.

Unos pocos años más tarde los lolardos eran numerosos en Londres, Lincoln, Salisbury y Worcester y sus principios, no sólo restringidos a la religión, se extendieron a la vida económica y política. En 1395, envalentonados sin duda por el rechazo frontal del parlamento a aprobar la propuesta del arzobispo para destruir las traducciones de la Biblia que Wycliffe había hecho, los lolardos se sintieron lo suficientemente fuertes para presentar un memorial al parlamento y exigir la cooperación de ese organismo para llevar a cabo sus reformas. Las 12 cláusulas de este memorial eran las siguientes: la fe, el amor y la esperanza habían desaparecido de la Iglesia inglesa desde que se había hundido en la riqueza mundana por su asociación con su madrastra de Roma; el sacerdocio católico no era de Cristo; la ley sacerdotal del celibato resultaba en vicios antinaturales; la transubstanciación era un imaginario milagro y conducía a la idolatría; las oraciones por el pan, la sal, el vino, el agua, el aceite, la cera y semejantes eran ritos mágicos ilegales; era contrario a la palabra de Cristo (Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.[…]Mateo 6:24) tener rey y obispo o prelado y juez en una persona; las oraciones por los muertos eran ineficaces; las peregrinaciones e invocación de imágenes eran casi idolatría; la confesión auricular no era esencial para la salvación sino una fuente de arrogancia sacerdotal y de permisión para el pecado; la guerra era contraria al Nuevo Testamento y causa de muerte y pillaje para los pobres; los votos de monjas llevaban al infanticidio y a la impureza antinatural y el arte era innecesario y conducía al lujo y la extravagancia. Sin embargo, en este memorial los lolardos habían sobreestimado su fuerza y el rey, que no había tomado parte en los procedimientos episcopales contra ellos, los amonestó ahora fuertemente.

Entonces comenzó el declive del lolardismo. En 1396 Thomas Arundel, un hostil oponente del movimiento sucedió a Courtenay como arzobispo de Canterbury y tres años más tarde Ricardo II fue asesinado. El trono fue entonces ocupado por Enrique IV de la casa de Lancaster, quien halló apropiado para sus intereses seguir a la facción jerárquica y aristocrática que le había dado la corona. En enero de 1400 los obispos declararon que ellos eran incapaces de derrotar a los herejes, aprobándose el estatuto De hæretico comburendo como consecuencia. El primero en ser ejecutado bajo sus provisiones fue W. Sawtrey (Chartris), quien murió en la hoguera al mes siguiente. El acta fue reforzada con especial severidad en los condados meridionales y centrales de Inglaterra, mientras que aquellos que no eran quemados eran torturados hasta retractarse o acababan sus vidas en prisión. Sin desmayar por esas medidas los lolardos procuraron apoyo en sus luchas por la libertad religiosa y política entre los campesinos oprimidos por los sacerdotes que vivían en el lujo. Tanto el clero secular como regular, y especialmente los frailes, eran estimados desde hacía tiempo como desertores de los principios de sus fundadores y perseguidores de sus propios hermanos, los fraticelli, begardos y lolardos, por permanecer fiel a las enseñanzas de sus padres. En Piers The Plowman's Creed (c. 1394) un hombre en busca de la verdadera doctrina de Cristo es representado inquiriendo a las cuatro órdenes mendicantes una tras otra, sólo para descubrir que las palabras de Jesús ya no se recuerdan, no obteniendo respuesta hasta que encuentra a los "sacerdotes pobres". Sin embargo, la aprobación popular de los lolardos poco podía contra el poder del arzobispo, quien en 1408 arrancó de la convocación de Oxford, entonces centro del movimiento, las Constitutiones Thomæ Arundel, que iban destinadas a aplastar los principios de Wycliffe. Entre otras provisiones esas regulaciones prohibían predicar sin permiso del obispo, así como el castigo de los pecados del clero por el laicado y exigían que los escritos de Wycliffe y los lolardos fueran destruidos. Igualmente imponían la inspección periódica de las residencias de los estudiantes de Oxford, siendo rudamente extirpada toda sospecha de lolardismo. El éxito de la medida fue completo y en el plazo de unos años la universidad era uno de los principales bastiones de la ortodoxia católica.

El movimiento de represión se extendió y la población en la ciudad y en el campo quedó en peligro de galeras, espada y hoguera. Por otro lado, muchos de la nobleza permanecieron fieles a sus principios. Prominente entre estos fue Sir John Oldcastle, Lord Cobham, quien dio libre curso a los lolardos en sus posesiones de Kent, especialmente al estar protegido contra Arundel por su amistad con Enrique IV y el príncipe de Gales, posterior Enrique V. Se desconoce la fecha de su conversión al lolardismo, pero fue antes de 1410, cuando él estaba favorecido por el príncipe, a quien incluso procuró ganar para el grupo. Durante el reinado de Enrique IV no tuvo temor de la hostilidad de los obispos, quienes le odiaban por su negación de la transubstanciación y su oposición a la confesión auricular, peregrinaciones y la adoración de imágenes, así como porque su riqueza la gastaba en la preparación y mantenimiento de los predicadores itinerantes. Sin embargo, Enrique V, prestó oído a las quejas del arzobispo. Oldcastle rechazó ser convencido de sus errores por el rey y dejó la corte sin permiso, retirándose a su castillo de Cowley en Kent. Ignorando las citaciones de Arundel, fue condenado por contumacia y arrestado mediante una garantía real. Entonces formuló una réplica a un comité consistente de Arundel y los obispos de Winchester y Londres, pero su respuesta sobre la transubstanciación y la confesión no fue satisfactoria. Tras gran presión, finalmente se declaró dispuesto a aceptar la enseñanza de la Iglesia, pero negó que el papa, los cardenales o los prelados tuvieran el derecho de definir esas materias.

Fue llevado ante otro tribunal episcopal el 25 de septiembre. Rechazó retractarse de sus opiniones y bruscamente reprendió al papa y al clero, por lo que el arzobispo le entregó como hereje al brazo secular. Enrique procuró en vano convencerle de que se retractara, pero él firmemente se negó por lo que fue encarcelado durante semanas en la Torre. Sin embargo, el 10 de octubre se escapó, esparciéndose rumores por el país de que los lolardos habían resuelto matar al rey y a sus hermanos, así como al arzobispo y al clero, para destruir todos los edificios eclesiásticos y hacer regente a Oldcastle. No hay evidencia de que tal trama se hubiera formado, pero el 11 de enero de 1414, un centenar de amigos de Oldcastle, ignorantes de su huída, se congregaron bajo el liderazgo de Sir Roger Acton en St. Giles para lograr su liberación. Fueron dispersados sin derramamiento de sangre, pero algunos de los dirigentes fueron capturados y ejecutados, mientras que se publicaron dos edictos, uno prohibiendo la lectura la Biblia bajo pena de muerte y otro declarando a todos los lolardos herejes. Escondido por sus amigos, Oldcastle eludió la captura durante cuatro años, pero fue apresado en Gales por los Lores Jeuan ab Gruffydd y Gruffydd Vychan de Garth. Fue llevado a Londres y encerrado en la Torre, donde fue condenado a muerte el 14 de diciembre de 1417 por los cargos de alta traición y herejía, teniendo su ejecución lugar el mismo día.

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Con la muerte de Oldcastle las esperanzas del lolardismo desaparecieron. Recalcitrantes menores fueron obligados a escoger entre la retractación y la ejecución y todas las aspiraciones políticas y sociales, si alguna vez habían existido, desaparecieron. Además, el concilio de Constanza (1414-18) acabó con el Cisma de Occidente y la Iglesia católica pudo de nuevo dedicar sus energías a la supresión de la herejía, obligando a los lolardos a buscar refugio en el secreto y esconderse en lugares ocultos. Expulsados de los campos y las calles, se escondieron en cuevas, cisternas y tugurios, reemplazando los conventículos en las casas a la predicación en las calles. Sus números al principio permanecieron los mismos y en algunas parroquias formaban tan gran proporción que las peregrinaciones y procesiones, así como la observancia de los días de los santos, fueron puestos a un lado. Algunos del clero estaban entre ellos, pero tras la ejecución de Oldcastle el liderazgo desapareció, si bien el odio de los lolardos por la Iglesia se manifestó ocasionalmente en erupciones violentas por parte de algunos. Las ejecuciones de lolardos continuaron largo tiempo tras mediados del siglo XIV y en 1476 la universidad de Oxford tuvo que proceder de nuevo contra algunos de sus miembros por la herejía de Wiclyf. En 1485 y 1494 los obispos predicaron en Coventry y Kyle contra los "hombres de la Biblia" y en la primera década del siglo siguiente, antes de que los pensamientos de Lutero hubieran cruzado el Canal de la Mancha, un número creciente fue condenado y quemado por poseer los escritos de Wycliffe, leer la Biblia en lengua vernácula y rechazar la transubstanciación, confesión auricular, la invocación de los santos y las peregrinaciones, las mismas cosas que habían formado el punto a debate en 1395. En Amershman, un centro de lolardos, 30 hombres fueron ejecutados en 1506 y once años más tarde los denominados "hermanos en Cristo" o "hombres conocidos" (este último nombre deriva de una traducción errónea de Pero si alguno no reconoce esto, él no es reconocido.[…]1 Corintios 14:38) fueron citados ante los tribunales. Por tanto, en un cierto sentido el lolardismo, heredado por generaciones, fue un precursor real, aunque secreto, de la Reforma en Inglaterra. Sin un Hus o un Lutero que los guiara, lograron lo que ningún otro movimiento religioso de la Edad Media pudo hacer, cuando despertaron y mantuvieron un deseo por la Biblia en la lengua vernácula. Los repetidos esfuerzos para procurar una Biblia inglesa que fueron hechos por Tyndale, Coverdale, Taverner, Cranmer, los fugitivos de Ginebra y Parker estuvieron inspirados principalmente por los lolardos, los "hombres de la Biblia." De Inglaterra el lolardismo se esparció a Escocia. Oxford contagió a St. Andrews y los profesores fueron repetidamente acusados de seguir las doctrinas de los seguidores de Wycliffe, mientras que Knox expresamente denominó a los lolardos de Kyle, Ayrshire, los precursores de la Reforma y los descendientes de los lolardos del siglo XV.

Los principios de los lolardos deben ser extraídos de los procedimientos legales contra ellos, los relatos contemporáneos, el memorial de 1395, Piers Plowman's Creed, Piers Plowman's Complaint, The Lanthorn of Light, The Plowmoan's Paryer y el Repressor de R. Pecock, pero esos documentos hay que usarlos con precaución. La escasa literatura de los lolardos mismos, por otro lado, no muestra huellas del sistema. Es obvio que de esas fuentes, de las cuales la más importante es el Repressor, el lolardismo estaba basado en las enseñanzas de Wycliffe y centrado en la Biblia, derivándose de ahí todos los argumentos y postulados lolardos. Según el franciscano W. Wordford su principal dogma era que sólo lo que el papa y los cardenales pudieran deducir de la Biblia era verdadero, siendo falso todo lo demás, mientras que si ellos podían ser convencidos de la naturaleza errónea de este principio rápidamente regresarían a la Iglesia católica. The Plowman's Prayer hace consistir la verdadera religión en el amor, temor y confianza en Dios sobre todas las cosas y también declara que el alma del hombre, más que un templo terrenal, es el lugar de morada del Señor. Pecock, en manera semejante, describe su fe basada en tres postulados: Sólo lo que puede ser encontrado en la Biblia (especialmente el Nuevo Testamento) se puede estimar mandato de Dios; cada cristiano de alma humilde y deseosa de conocer las Escrituras puede comprender su verdadero significado; cualquiera que haya entendido el significado de la Biblia debe rechazar aceptar cualquier argumento opuesto, se derive de la Biblia o de la razón. También añade que los lolardos fueron llamados "hombres de la Biblia" porque memorizaban el Nuevo Testamento en su lengua materna y hallaban la lectura de la Biblia tan provechosa que la preferían a la instrucción de los eruditos o sacerdotes.
Oposición lolarda a las doctrinas católicas.
Sobre la base de esas ideas, los lolardos protestaron contra una serie de exigencias eclesiásticas que no tenían autoridad en la Biblia. Rechazaron el uso de imágenes en las iglesias, peregrinaciones a lugares santos, el derecho del clero a poseer tierra, las órdenes jerárquicas, el poder legislativo del papa y los obispos sobre la Biblia, la institución de órdenes espirituales y la mediación sacerdotal, la invocación de los santos, la extravagante decoración de iglesias, la misa y los sacramentos, la obligación de tomar juramentos y la justificación de la guerra y la pena de muerte. Esas once tesis se derivan todas primordialmente de Wycliffe y están penetradas del principio, común tanto a Wycliffe como a Lutero, de que la Biblia es la única fuente de verdad religiosa. Sin embargo, el Antiguo Testamento era muy inferior, en su opinión, al Nuevo, por lo que todo aparte del Nuevo Testamento era estimado erróneo y dañino. De ahí que los lolardos se apartaran de la actitud conservadora de Wycliffe y Lutero respecto al Antiguo Testamento, lo que les situaba en el mismo plano que a evangélicos continentales tales como los valdenses o los anabaptistas del siglo XVI. Este principio explica la negaciones ya mencionadas. La doctrina de Dios y el hombre, así como la de la persona y oficio de Cristo, se diluyen en la intensidad de su oposición a las enseñanzas católicas sobre los medios de gracia y la función sacerdotal, aunque esto frecuentemente desemboca en una espiritualidad que era diametralmente opuesta a su objetividad bíblica, ya que lo espera todo del espíritu, aunque destruye los medios de intercomunicación.
Idea lolarda de la eucaristía.
La defectuosa presentación en la escasa literatura de los lolardos hace difícil decir si ellos poseían un sistema claramente definido opuesto a la enseñanza católica. Incluso su doctrina de la eucaristía está lejos de recibir una demostración completa, salvo que Oldcastle sostuvo que en la forma de pan y vino el cuerpo y sangre de Cristo está presente en la eucaristía tras la consagración aunque los elementos todavía existen. Esta idea representa la doctrina de la presencia real enseñada a veces por la Iglesia anglicana y se aproxima a la posición de Lutero más que a la de Calvino. Por otro lado, Walter Brute, de quien poco se sabe, sostuvo que la presencia del cuerpo de Cristo en la eucaristía es sacramental (es decir, simbólica) y no sacrificial, atacando la doctrina católica de la misa. Esto no se encuentra en las obras de Wycliffe. La idea que también se halla es que Cristo ha escrito su ley en los corazones de los creyentes y cumple mediante la gracia lo que la ley no puede cumplir por la justicia, por lo que el creyente queda justificado por la fe y no por las obras, un principio casi idéntico al de Lutero.