Historia

MÁRTIRES Y CONFESORES

Mártires y confesores fueron los nombres aplicados en la Iglesia antigua a los que entregaban su vida por la fe cristiana o soportaban grandes sufrimientos por la misma causa.

Esteban apedreado
Esteban apedreado
El nombre "mártir" (griego martyr, testigo) se aplica en el Nuevo Testamento a los que fueron testigos directos de la vida y resurrección de Jesús y a los que sellaron su testimonio con su sangre ("Y cuando se derramaba la sangre de tu testigo Esteban, allí estaba también yo dando mi aprobación, y cuidando los mantos de los que lo estaban matando."[…]Hechos 22:20; 'Yo sé dónde moras, donde está el trono de Satanás. Guardas fielmente mi nombre y no has negado mi fe, aun en los días de Antipas, mi testigo, mi siervo fiel, que fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás.[…]Apocalipsis 2:13; 17:6; comp. 6:9; 20:4). Tales testigos bajo la persecución nunca faltaron; desde el tiempo de la lapidación de Esteban y la degollación de Santiago y hasta mediados del siglo tercero no hubo una década, y escasamente un año, sin mártires. A través de la literatura antigua hay un hilo continuo de color escarlata; se pueden citar numerosos pasajes que muestran cuán gozosamente los discípulos iban a la muerte, aunque les estaba expresamente prohibido buscarla. El relato completo de los mártires de Lyón dado por Eusebio (Hist. eccl., V, i-iii) muestra la actitud de la Iglesia. Dios da a los mártires fuerza, sufre en ellos y mediante ellos vence al adversario; en ellos, los atletas de Cristo y de su bella esposa, hay un suave aroma que agrada a Dios. Como prueba de su humildad se menciona que no pretenden el nombre de mártires, sino que se llaman a sí mismos sólo confesores, estando necesitados de la gracia de la perfección. El derecho de su intercesión por los pecadores se reconoció muy pronto, aquí y en otras partes (comp. Eusebio, Hist. eccl., V, xviii. 7; Tertuliano, Ad martyres, i). Tertuliano habla de su prerrogativa para obtener glorificación inmediata tras la muerte. El número de mártires ha sido disputado; Dodwell fue el primero en deducir un pequeño número, que extrajo de las leyendas y de las primeras actas. El trato que se había de dar a aquellos que habían retrocedido bajo el temor a la tortura se convirtió en una cuestión urgente, con la cual estuvo relacionada el privilegio intercesor de los confesores; las cartas de Cipriano (Epist., xv. 22, ii. 23, 27) muestran cuán fuertemente esta pretensión se difundió, sintiéndose él obligado a oponerse a la extensión de la práctica. El origen del cisma donatista fue el procedimiento de Ceciliano contra la facción que exageraba el deber de sufrir el martirio y el honor dado a los mártires de Cartago. Las evidencias de veneración supersticiosa dada a los mártires comenzaron a aparecer (Optato, i. 16; Eusebio, Hist. eccl.,, VIII, vi); la posesión de sus reliquias fue causa de gran rivalidad, asumiendo la posición casi de divinidades tutelares a los ojos incluso de hombres tales como Basilio y Gregorio de Nacianzo. El martirio fue designado desde el principio como un "bautismo de sangre", supliendo el lugar del de agua e incluso según Cipriano (Ad Fortunatum, iv), "mayor en gracia, más exaltado en poder, más precioso en honor." En el aniversario de la muerte de los mártires, considerado su cumpleaños en una vida superior, se traían oblaciones especiales ya en los días de Tertuliano (De corona, iii) y Cipriano prescribe las observancias especiales que han de ser practicadas (Epist., xii. 2, xxxix. 3).

¿Diana o Cristo?, óleo sobre lienzo de Edwing Long (1829-1891), Blackburn Museum and Art Gallery, Lancashire, Gran Bretaña, Bridgeman Art Library, Londres/Nueva York
¿Diana o Cristo?, óleo sobre lienzo de Edwing Long (1829-1891),
Blackburn Museum and Art Gallery, Lancashire, Gran Bretaña,
Bridgeman Art Library, Londres/Nueva York
Cuando el cristianismo fue proclamado religión estatal el martirio se convirtió en cosa del pasado y al mismo tiempo la influencia de la superstición pagana dejó su huella en la Iglesia, incrementándose grandemente el honor dado a los mártires. Prudencio y Fortunato celebraron sus hechos en verso; se construyeron altares sobre sus lugares de sepultura y se puso gran confianza en su intercesión ante Dios, aunque incluso entonces Joviniano protestó contra la exagerada devoción a ellos y Vigilancio se opuso a la veneración de sus reliquias (Jerónimo, Adversus Jovinianum, II, xx; Advesus Vigilantium, i).

No faltaron mártires en épocas posteriores de la Iglesia. En Persia, Armenia, Arabia y otros lugares los cristianos fueron objeto de persecución pagana poco después de la conversión de Constantino y posteriormente en otras partes del mundo sufrieron a manos de los germanos arrianos y de los musulmanes, mientras que la Iglesia dominante hizo lo mismo con los herejes. Los donatistas argumentaron que esto era una prueba de que la Iglesia católica no era la verdadera Iglesia. El espíritu de persecución llena la Edad Media y marca con sangre la historia de los valdenses, los franciscanos estrictos, los Hermanos Apostólicos, los lolardos y los discípulos del martirizado Hus. Tras la Reforma, Lutero tuvo pronto ocasión de escribir himnos en celebración de esos mártires y los anabaptistas nos han dejado un número de los suyos que atestiguan del gozo que soportaron en la persecución. La Iglesia reformada de Francia fue una Iglesia mártir. En los campos de misión, especialmente en Japón y China, muchos cristianos de obediencia católica sellaron su testimonio con su sangre y en el lado evangélico la sangre de los mártires ha demostrado, en frase de Tertuliano, que es "semilla de la Iglesia". La Iglesia evangélica no canoniza a los mártires y cree que es tan grande vivir por Cristo como morir por él; pero aprecia los ejemplos de aquellos que han sido, en un sentido literal, "fieles hasta la muerte."

El siguiente relato, de las Actas de los mártires escilitanos, da una idea del proceso judicial al que eran sometidos los cristianos:

'Siendo cónsules Presente, por segunda vez, y Claudiano, dieciséis días antes de las calendas de agosto, en Cartago, llevados al despacho oficial del procónsul Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Segunda y Vestia, el procónsul Saturnino les dijo:
-Podéis alcanzar perdón de nuestro señor, el emperador, con sólo que volváis a buen discurso.
Esperato dijo:
-Jamás hemos hecho mal a nadie; jamás hemos cometido una iniquidad, jamás hablamos mal de nadie, sino que hemos dado gracias del mal recibido; por lo cual obedecemos a nuestro emperador.
El procónsul Saturnino dijo:
-También nosotros somos religiosos y nuestra religión es sencilla. Juramos por el genio de nuestro señor, el emperador, y hacemos oración por su salud, cosa que también debéis hacer vosotros.
Esperato dijo:
-Si quisieras prestarme tranquilamente oído, yo te explicaría el misterio de la sencillez.
Saturnino dijo:
-En esa iniciación que consiste en vilipendiar nuestra religión, yo no te puedo prestar oídos; más bien, jurad por el genio de nuestro señor, el emperador.
Esperato dijo:
-Yo no reconozco el Imperio de ese mundo, sino que sirvo a aquel Dios a quien ningún hombre vio ni puede ver con estos ojos de carne. Por lo demás, yo no he hurtado jamás; si algún comercio ejerzo, pago puntualmente los impuestos pues conozco a mi Señor, Reyes de reyes y Emperador de todas las naciones.
El procónsul Saturnino dijo a los demás:
-Dejaos de semejante persuasión.
Esperato dijo:
-Mala persuasión es la de cometer un homicidio y la de levantar un falso testimonio.
El procónsul Saturnino dijo:
-No queráis tener parte en esta locura. Citino dijo:
-Nosotros no tenemos a quien temer, sino a nuestro Señor que está en los cielos.
Donata dijo:
-Nosotros tributamos honor al César como a César; mas temer, sólo temernos a Dios.
Vestia dijo: -Soy cristiana.
Saturnino procónsul dijo a Esperato: -¿Sigues siendo cristiano? Esperato dijo:
-Soy cristiano.
Y todos lo repitieron a una con él. El procónsul Saturnino dijo:
-¿No queréis un plazo para deliberar?
Esperato dijo:
-En cosa tan justa, huelga toda deliberación. Fl procónsul Saturnino dijo:
-¿Qué lleváis en esa caja?
Esperato dijo:
-Unos libros y las cartas de Pablo, varón justo. El procónsul Saturnino dijo:
-Os concedo un plazo de treinta días para que reflexionéis. Esperato dijo de nuevo:
-Soy cristiano.
Y todos asintieron con él.
El procónsul Saturnino leyó de la tablilla la sentencia:
-Esperato, Nartzalo, Citinio, Donata, Vestia, Segunda y los demás que han declarado vivir conforme a la religión cristiana, puesto que habiéndoseles ofrecido facultad de volver a la costumbre romana se han negado obstinadamente, sentencio que sean pasados a espada.
Esperato dijo:
-Damos gracias a Dios. Nartzalo dijo:
-Hoy estaremos como mártires en el cielo. ¡Gracias a Dios! El procónsul Saturnino dio orden al Heraldo que pregonara: -Esperato, Nartzalo, Citinio, Veturio, Félix, Aquilino, Letancio, Jenaro, Generosa, Vestia, Donata, Segunda, están condenados al último suplicio. Todos a una voz, dijeron:
-¡Gracias a Dios!
Y en seguida fueron degollados por el nombre de Cristo.'
(Actas de los Mártires. Trad. de D. Ruiz Bueno, Madrid, 1987, páginas 352-355).