Historia
MATANZA DE SAN BARTOLOMÉ

El 18 de agosto de 1572 la hija de Catalina, Margarita de Valois, se casó con el príncipe hugonote Enrique de Navarra (futuro Enrique IV de Francia), yendo una gran parte de la nobleza hugonote a la boda en París. El atentando que sufrió el almirante Coligny cuatro días después fracasó, al ser solamente herido. Para aplacar los enfurecidos hugonotes el gobierno acordó investigar el intento de asesinato. Temiendo que su complicidad fuera descubierta Catalina se reunió secretamente con un grupo de nobles en el palacio de Las Tullerías para tramar el exterminio completo de los dirigentes hugonotes, que estaban todavía en París para las festividades nupciales. Carlos fue convencido para que aprobara el plan, y la noche del 23 de agosto miembros de la municipalidad de París fueron convocados en el Louvre, dándoseles las órdenes oportunas. Poco antes del amanecer del día 24 las campanas de Saint-Germain-l'Auxerrois comenzaron a repicar, siendo la señal convenida para la matanza. Una de las primeras víctimas fue Coligny, quien fue asesinado bajo la supervisión de Enrique de Guisa. Incluso dentro del Louvre los miembros del séquito de Enrique de Navarra fueron asesinados, aunque Enrique mismo y Enrique de Borbón, segundo príncipe de Condé, fueron perdonados. Los hogares y tiendas de los hugonotes fueron saqueados y sus ocupantes brutalmente asesinados; muchos cuerpos fueron arrojados al Sena. La carnicería continuó en París incluso después de que una orden real mandara detener la matanza el 25 de agosto, esparciéndose por otras provincias. Los hugonotes en Rouen, Lyón, Bourges, Orleáns y Burdeos estuvieron entre las víctimas. Las estimaciones del número que perecieron en los disturbios, que duraron hasta octubre, varían desde los 2.000, según un apologista católico, hasta los 70.000, del contemporáneo hugonote duque de Sully, quien a duras penas escapó de la muerte. Escritores modernos cifran el número en 3.000, solamente en París.
Las noticias de la matanza fueron bien recibidas por Felipe II de España y el papa Gregorio XIII, quien acuñó una medalla para celebrar el suceso. Las naciones protestantes quedaron horrorizadas. Para explicar la matanza, Carlos asumió la responsabilidad, afirmando que había un plan hugonote contra la corona. En lugar de aplastar la facción hugonote, como Catalina había esperado, la matanza reavivó el odio entre católicos y hugonotes y provocó renovadas hostilidades. A partir de ahí los hugonotes abandonaron el principio calvinista de obediencia a los magistrados civiles, es decir, a la autoridad real, y adoptaron la idea de que la rebelión y el tiranicidio eran justificables bajo ciertas circunstancias.