Historia

MATERIALISMO

Materialismo es el término por el que usualmente se quiere significar que el fundamento de todo lo que existe es la materia, o que nada sino la materia existe.

Origen en la filosofía griega.
El materialismo parece haber sido históricamente más antiguo en Grecia que su opuesto, el espiritualismo, o que el dualismo, que reconoce tanto la materia como el espíritu. En los más antiguos filósofos griegos se haya el postulado de que todo se originó de una materia primordial y que todos los fenómenos no son sino transformaciones de ella y un día regresarán a la misma, tras lo cual comenzarán nuevos cambios y así ad infinitum. El concepto de espíritu, como objeto de percepción interior, y todavía más, el espíritu como principio cósmico, vino posteriormente. E incluso donde, cómo con Anaxágoras, el espíritu aparece como creador del mundo, se puede tomar materialmente concebido. Platón es el primero en llegar al concepto de un principio cósmico inmaterial. Con él el mundo espiritual o inteligible es de un orden más elevado que el mundo de los fenómenos organizados por los sentidos, que llega a la existencia a través de la operación del primero. Mientras que todo verdadero materialismo es en un sentido monista, no reconociendo sino un solo principio como esencia del mundo, esta esencia puede diferenciarse en una materia más elevada y otra más ordinaria, influenciándose entre sí. La filosofía griega comienza con un monismo estrictamente materialista; Tales reconoció el agua y Anaxímenes el fuego, como fuente de todas las cosas. Pero en Heráclito, aunque todos los fenómenos son transformaciones del principio del fuego y aunque el Logos que produce la armonía de todo no es un segundo principio sino inmanente con la materia, sin embargo el fuego mismo está en contraste, como un elemento más elevado y espiritual, con los dos inferiores, agua y tierra, desarrollados de sí mismos. Esta idea dualista fue plenamente expuesta posteriormente por los estoicos

Materialismo humanista.
Hablando en términos generales, el materialismo de tiempos modernos, que desciende de Hobbes y ganó adherentes al principio más en Francia que en Inglaterra o Alemania, había sido monista, en tanto todos los procesos espirituales son concebidos meramente como funciones de la materia. Esta idea fue expuesta por Lamettrie (1709-51), cuya obra mejor conocida es L'Homme machine (Leiden, 1748) y por Holbach en el Système de la nature. La gran Encydopédie fue en gran medida un producto del materialismo, aunque el positivismo, que es a veces confundido con él, contribuyó también. Alemania produjo muchos materialistas monistas en el siglo XIX. La controversia más fogosa surgió hacia mediados de ese siglo por la publicación de una conferencia del psicólogo Rudolf Wagner, Ueber Menschenschöpfung und Seelensubsianz (Gotinga, 1854), a la que Karl Voigt replicó en su famoso panfleto satírico Köhlerglaube und Wissenschaft (ib. 1854). A la difusión añadida de las ideas materialistas contribuyeron especialmente Jakob Moleschott, en su Der Kreislauf des Lebens (5ª edición, Maguncia, 187&-1885) y Ludwig Büchner, con su popular tratado Kraft und Stoff (1855; 21ª edición, Leipzig, 1904). Büchner hizo más para la difusión de esta idea que Ludwig Feuerbach, quien a veces es etiquetado como materialista, o que David Friedrich Strauss, quien en Der alte und der neue Glaube (Leipzig, 1872) se inclina fuertemente hacia el materialismo sin estar totalmente libre del panteísmo hegeliano. Sistemas más o menos afines al materialismo fueron expuestos en tiempos posteriores por Heinrich Czolbe y Eugen Dühring, sin obtener amplios resultados; un ensayo comparativamente moderado en la misma dirección se encuentra en la conferencia bien conocida de Du Bois-Reymond Ueber die Grenzen des Naturerkennens (Leipzig, 1872) y su libro Die sieben WeUrdted (ib. 1882). Menos moderada es la muy discutida obra de Ernst Hackel, Die Welträtsel (Bonn, 1899). Todas esas teorías materialistas son monistas y usualmente más o menos relacionadas con la doctrina de la evolución. Monista es también el materialismo atomicista, aunque muchos de sus defensores han intentado darle un colorido dualista, tal como puede apreciarse en la enseñanza de Demócrito y de sus sucesores los epicúreos.

Materialismo dualista.
En el siglo XVII el atomismo epicúreo fue revivido por Pierre Gassendi, quien abrió el camino para una concepción mecánico-física del mundo y por tanto del materialismo moderno. Pero mientras Gassendi fue incapaz de incluir a la Deidad en su concepción materialista del universo, colocando a Dios más bien por encima de este mundo de fenómenos en el que sólo las causas secundarias son operativas, mucho tiempo antes de su tiempo los estoicos habían hecho su notorio intento de incluir a Dios como factor en el mundo material, desembocando de esta manera en un materialismo dualista. Al enfatizar tan fuertemente un idealismo ético que es equivalente al rigorismo, fueron en buena medida olvidados por los historiadores del materialismo, aunque sin embargo ellos han marchado a través de un materialismo total y lógico. Toda la realidad para ellos es corporal; la Deidad existe, por tanto debe ser corporal, es decir, material, y por tanto así debe ser el alma e incluso las virtudes y efectos del alma. Es verdad que a veces hablan de dos principios, siguiendo a Platón o Aristóteles, pero un escrutinio más profundo de sus ideas muestra que el principio activo formativo es considerado definitivamente material. Los cuatro elementos no son eternos, ni surgen de fuentes diferentes, sino que todos vienen de una materia primordial, que los estoicos, siguiendo a Heráclito, estimaron que era el fuego. Este fuego, el artífice del mundo, penetra todo el universo y es llamado Dios. También llamaron a la realidad anima mundi, el mundo-alma o Logos, pero su Logos es material, no espiritual. En la evolución del mundo, el Logos, spermatikos, seminal, está en contraste con los otros dos elementos ordinarios. Abarca los simples logoi spermatikoi, que son también concebidos como sustancias materiales. Pero la clase de materialismo de los estoicos por su carácter lógico no halló seguidores, una vez que el último estoico auténtico ocupó el trono imperial. La filosofía cristiana dio un cierto lugar a las rationes seminales, pero las estimó como espirituales más que materiales; hay huellas de materialismo estoico en algunos de los Padres, pero la metafísica platónica ganó la preeminencia, estando más en armonía con las ideas cristianas espirituales. En el Renacimiento y tiempos posteriores la filosofía estoica ha tenido más influencia de lo que generalmente se supone, pero su sistema natural ha tenido pocos seguidores y sin importancia y el monismo ha triunfado generalmente en la esfera del materialismo.

Materialismo mecánico y orgánico.
Pero además de la distinción ya tratada entre materialismo monista y dualista, hay otra de importancia más profunda entre materialismo orgánico y mecánico. El segundo rechaza todas las consideraciones teológicas, mientras que el primero es al menos paciente con ellas. Los filósofos griegos más antiguos, al ser materialistas, estimaron la materia como poseedora de vida, si no de alma. Heráclito puede ser tomado como tipo del antiguo materialismo orgánico, estimando la materia como eternamente en movimiento y movida por ciertas leyes, de acuerdo a la razón. Pero su Logos no es consciente, y todavía menos un agente auto-consciente y por lo tanto es distinguible del nous inteligente y omnisciente de Anaxágoras, que influenció en la doctrina de Dios platónica y aristotélica. Los principales representantes del materialismo orgánico como del dualista fueron los estoicos, con su decidida tendencia teleológica. Para ellos el fin de todas las cosas es el regreso al fuego primordial; pero en el mundo existente el principio formativo es racional. Todo está lógicamente ordenado por una inteligencia providencial. El materialismo mecánico moderno está todavía basado sobre la teoría atomista, establecida por Leucipo y Demócrito. Este movimiento eterno de los átomos no está condicionado por ninguna causa definida y no procede en un orden definido; casualmente, aunque todavía por necesidad, los átomos se agrupan desde varios lados, de una parte y otra del espacio infinito y así se produce un movimiento rotatorio del que el universo en última instancia procede. Ya que el alma está compuesta de átomos, sus procesos también deben ser puramente mecánicos. Demócrito incluso consideró la percepción de los sentidos como algo mecánico, siendo una emanación de los átomos que se desprenden de los objetos y afectan a los sentidos. Su sistema atomista es estrictamente lógico y científico, no dependiendo de poderes invisibles tales como el nous de Anaxágoras o el amor y el odio de Empédocles. La percepción de los sentidos para él es engañosa, un conocimiento oscuro, contrastado con el verdadero, que es obtenido por la razón; aunque de acuerdo a su enseñanza total el pensamiento debe estar basado sobre la percepción de los sentidos y no puede ser independiente de ella. Epicuro, aunque en líneas generales siguiera a Demócrito, introdujo una variación peculiar en la enseñanza, no una moción primaria o rotación de átomos, sino un tipo de movimiento por el cual caen por su propio peso y descienden un poco de una línea recta, por una especie de auto-determinación. Esta declinación explica sus combinaciones, así como los movimientos verticales y horizontales por los que el mundo llega a ser. Este elemento de determinación arbitraria ayuda a Epicuro a explicar la libertad de la voluntad, que él acepta en un cierto sentido, pero daña la consecuencia estricta lógica de un materialismo que niega cualquier libertad o determinación arbitraria.

Idea mecánica en la filosofía moderna.
En tiempos modernos, sin saber nada de Epicuro, Galileo revivió la concepción mecánica del universo de Demócrito, negando, en oposición a la filosofía escolástico-aristotélica, cualquier venida a la existencia o aniquilación, al referir todos los cambios al desplazamiento de las partes, a las relaciones cuantitativas y no cualitativas. La idea mecánica de la naturaleza, si no del universo, fue dominante al principio de la filosofía moderna con el más supuestamente opuesto de los pensadores, René Descartes, así como Thomas Hobbes, quienes, contemplando la filosofía como la ciencia de los cuerpos, consideraron la sustancia incorpórea un absurdo y explicaron los procesos mentales en una forma puramente mecánica. Según Descartes la materia consiste de corpúsculos, no los átomos absolutamente indivisibles de Demócrito, sino partes indivisibles para nosotros. La masa de la materia y la moción originalmente establecida por Dios es un todo incapaz de incrementar o disminuir. Igualmente con Hobbes, Descartes explicó los procesos mentales, es decir, la asociación de ideas, en una forma puramente mecánica por cambios materiales particulares en el cerebro que surgen de la afección a través de los sentidos y por la generación de nuevos conceptos como resultado de esos cambios. Descartes es pues uno de los fundadores de la escuela mecánico-materialista en lo que a la antropología concierne. Solo hizo falta dejar que el alma pensante alcanzara la idea de Lamettrie, quien creía que lo que había que hacer no era, con Leibniz, espiritualizar la materia, sino materializar el alma. Para él el alma es la conciencia material; él halla el principio de la vida no en ella sino en todas las partes separadas, ya que cada partícula, por más pequeña que sea del cuerpo organizado, está obligada a moverse por un principio innato. Ideas similares las sostienen la mayoría de los fisiólogos y biólogos en el día actual.

Debilidad de la teoría.
La justificación más obvia del materialismo yace en el hecho de que la base de nuestro conocimiento es de percepción sensorial, que nos muestra lo real en tres dimensiones y esto nos lleva a considerar esas tres dimensiones existentes parte de nosotros mismos y constituyentes de los objetos del mundo intuitivo. Está también la experiencia de que el proceso mental no ocurre sin una base material. Aunque puede admitirse que hasta donde nuestra experiencia está ligada a lo material es un sine qua non para el fenómeno mental, nadie ha logrado deducir lo segundo de lo primero o explicarlo. A pesar de los progresos en anatomía cerebral y los logros en la localización de las actividades mentales, todavía queda la cuestión sin responder de cómo surge de lo que es visible y tangible, cognoscible por los sentidos externos, lo que es invisible e intangible, cognoscible sólo por el sentido interior. Más aún, toda la concepción de la materia es vaga e indeterminada, resistiéndose a un análisis exacto. Lo primero que captamos no es materia, eso es secundario, sino sensaciones o percepciones. Si intentamos hallar causas externas para ellas, todavía no llegamos a la materia, como usualmente se asume, sino a fuerzas que trabajan sobre nosotros. De esa manera somos llevados a una especie de dinamismo, según la cual la materia es una fuerza operativa general, cuya esencia se encuentra en la operación. Este dinamismo extremo está representado por Leibniz y muchos de sus seguidores. Otra objeción al materialismo ordinario es que hasta donde nuestras percepciones llegan se presentan como algo inmanente y espiritual, que es para nosotros el dato, lo conocido, de lo cual debemos proceder en todo nuestro filosofar, incluso hasta la aceptación de un mundo externo; y es una completa inversión para el materialismo poner ante nosotros primero el mundo externo que nos es desconocido y explicar lo que es conocido a nosotros de ello. Esas y otras objeciones son tan concluyentes que el materialismo puede ser considerado filosóficamente insostenible, a pesar del número de físicos que lo aceptan, porque armoniza con sus tendencias o pre-concepciones.

Sin embargo, el materialismo teórico no es inconsistente con las ideas morales estrictas y no necesariamente desemboca en la absorción en lo puramente material, es decir, en lo sensual. No sólo los estoicos sino también Demócrito y Epicuro pueden ser citados para demostrar esto, como puede serlo Tertuliano en el lado cristiano. En los más decididos materialistas de los tiempos modernos se puede encontrar la inculcación de una virtud que es, de hecho, primeramente amor propio, pero que da al interés público la preferencia sobre el individual. Incluso algunos de los más radicales reconocen la regla de oro: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." El altruismo está tan profundamente implantado en la mente de la humanidad que las tendencias teóricas más extremas, incluso aquellas que afirman el egoísmo más extremo en la esfera de la moral, están obligadas a concederle un lugar predominante en sus consejos prácticos.