Historia

MÉRITO

Mérito es uno de esos conceptos que señalan una oposición fundamental entre catolicismo y protestantismo.

Definición; origen de la idea.
Mientras que el catolicismo reconoce el mérito en el establecimiento de una relación entre Dios y el hombre, el protestantismo lo niega absolutamente. En la idea católica, la religión tiene que ver con la seguridad de la salvación eterna tras la muerte del hombre, concedida por Dios como una recompensa por sus méritos, entendiéndose bajo "méritos" las obras hechas voluntariamente en el servicio a Dios que dan derecho a ser recompensadas por su parte. Relacionado con esto está la idea más estrecha de mérito como algo hecho más allá de la medida del deber ordinario normal. El origen de la idea religiosa de mérito se halla en la piedad práctica judía y en el pensamiento de una relación legal entre Dios y la humanidad. Pero en el judaísmo post-exílico la idea se convierte en una retribución tras la muerte por el servicio a Dios, limitada, sin embargo, a los buenos y piadosos. El ejemplo clásico de esta idea se encuentra en el libro de Tobías: "Si sirves a Dios, serás recompensado." (4:14). El servicio a Dios consiste principalmente en la oración y la limosna. El gran principio de la relación religiosa del hombre con Dios era que obtiene del juez divino una recompensa primero por guardar los mandamientos y segundo por las buenas obras que no están incluidas en la observancia de la ley. Se implicaba que se podía hacer lo suficiente para satisfacer las demandas de Dios y que por tanto reclamar la recompensa era legítimo. Llevar cuenta de los actos, tanto buenos como malos, desde el lado humano como el divino era una característica principal de la piedad farisaica. Una idea similar se encuentra en las obras de Filón de Alejandría, entremezcladas con tendencias de platonismo, pues Platón en muchos lugares habla de recompensas dadas a los hechos buenos y castigos a los malos. En la antigua idea cristiana esas ideas judaicas no fueron recibidas, pues la salvación del hombre surge de la gracia de Dios en Cristo; a pesar del carácter paradójico de la enseñanza de Jesús en varios lugares, sus declaraciones tienden a rechazar el pensamiento de que alguien pueda reclamar ante Dios por sus méritos (Entonces llamando a sus doce discípulos, Jesús les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.[…]Mateo 10:1 y sig.; Entonces, volviendo en sí, dijo: "¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre![…]Lucas 15:17 y sig.). El reino de los cielos no está basado en la justicia de los hombres sino en la gracia de Dios. La posición de Pablo estuvo naturalmente en línea con esto, ocupándose en muchos lugares de demostrar que Dios no recompensa al hombre según sus méritos, sino que da de acuerdo a su gracia.

Ideas de los Padres apostólicos.
Aunque el cristianismo farisaico fue firmemente combatido por Pablo como una perversión de una idea fundamental del evangelio, sin embargo es en las obras más antiguas de los Padres apostólicos y de los apologistas donde aparece la introducción de la idea del mérito en el sistema eclesiástico. Los pecados de la pasada vida son perdonados en el bautismo (Hermas, Mandatos, IV, iii; Justino 1 Apol., lxi; Tertuliano, De baptismo, i). En esto y en la promesa de las bendiciones futuras, la gracia de Dios queda agotada (comp. Clemente, I, vii. 4). El bautizado tiene el gran deber de evitar los pecados y cumplir los mandamientos de Dios, observando la nueva ley de Cristo para que en la retribución en la resurrección muertos pueda heredar la vida eterna (Hermas, Visión, I, iii. 4a; Clemente, II, viii. 4). Por supuesto la condición para ello es la libertad de la voluntad humana, por la que se puede escoger lo bueno y cumplir la ley de Dios (Hermas, Mandatos, XIII, iii-v; Justino, 2 Apol., vii. 14; Tertuliano, De anima, xxi). En Hermas (Similtudes, V, iii. 3) la idea del mérito también aparece como un acto que va más allá de lo que está mandado: "Si deseas algo bueno aparte de los mandamientos de Dios ganarás para ti mismo gloria más abundante y serás de más reputación para con Dios de lo que habrías sido." Fue Tertuliano quien introdujo la estricta idea jurídica de mérito: "Desde el principio él [Dios] envió al mundo mensajeros dotados con el Espíritu Santo... para predicar que hay sólo un Dios... para declarar las normas señaladas por él para obtener su favor y qué recompensas ha destinado para aquellos que las ignoran, abandonan o cumplen." (Apol., xviii). Tertuliano puso al cristianismo en un marco de obras y recompensas que se convirtió en característica del catolicismo occidental. Cipriano sigue estrechamente a su maestro: "Es de justicia que cualquiera puede conseguir mérito ante Dios nuestro juez; sus preceptos y avisos deben ser obedecidos para que nuestros méritos puedan recibir recompensa." (De ecclesiæ unitate, xv). Y de nuevo, "Qué será la gloria de aquellos que trabajan, cuán grande y exaltado el gozo cuando el Señor comenzará a contar a su pueblo y distribuir las recompensas prometidas a nuestros méritos y obras, dando cosas celestiales por terrenales, eternas por temporales, grandes por pequeñas... algo poderoso y divino... una operación saludable... el don auténtico y más grande de Dios, necesario para el débil, glorioso para el fuerte, porque el cristiano que es ayudado muestra una gracia espiritual, merece el mérito de Cristo el juez, recibe reconocimiento de Dios su deudor... el Señor no dejará de recompensar nuestros méritos." (De opere et eleemnos., xxvi). Las obras de los cristianos que merecen tales méritos son, en general, la limosna, el ayuno y el celibato, pero particularmente el martirio.

Agustín y otros.
El pensamiento occidental no fue ciertamente lógico, pues tanto Cipriano como Ambrosio señalan que la vida marcada por las virtudes es posible sólo por el Espíritu Santo. Agustín fue el primero en echar fuera de esta enseñanza la idea dominante del mérito. Negó que las bases del mérito surjan de la libertad de la voluntad (Enchiridion, xxxii), sosteniendo que la gracia divina produce la buena voluntad sin ninguna obra previa de mérito. El proceso está fundado en la inspiración del amor, que es sinónimo de gracia. Esto no solo es necesario para el comienzo sino para los actos separados (De gestis Pel., lvi). Relacionada con el rechazo del mérito estuvo la enseñanza de Agustín de una predestinación absoluta, de lo irresistible de la gracia de Dios y del don de perseverancia recibido por los elegidos. Sin embargo él muestra tendencias a caer en la antigua enseñanza de que Dios corona los méritos del hombre: "Pero Dios no corona tus méritos como méritos tuyos, sino más bien como sus dones." (De gratia et libero arbitrio, VI, xv; comp. Enchiridion, cvii). Posteriormente en el desarrollo teológico católico por su adopción de una predestinación condicional en lugar de una absoluta ("Pues aquellos cuyos méritos él previó los predestinó a recompensa", Ambrosio, De fide, V, vi. 83) se regresó en principio a la teoría antigua. Gregorio Magno se adhiere a la predestinación de Agustín, pero reconoce el mérito: "La gracia precede y la buena voluntad sigue, lo que es de Dios se convierte mérito en nosotros." (Hom. in Ezek., I, ix. 2). La gracia es concebida no como salvación sino como limpieza del fundamento para la fructífera operación del libre albedrío. Los grandes filósofos escolásticos de la Edad Media sistemáticamente trabajaron esta tendencia semiagustiniana, poniendo Pedro Lombardo el fundamento con su teoría de la cooperación de la gracia y la voluntad en la producción de buenas obras. Declara que no hay mérito en el hombre que no sea del libre albedrío y hace que la esperanza del futuro dependa de la gracia de Dios y los méritos precedentes: "Pues sin méritos la esperanza de algo no puede ser llamada esperanza, sino presunción." ("Sentencias" IV, xxvi. i).

Tomás de Aquino.
Tomás de Aquino hace del mérito el fin de la religión, aunque aparentemente sostiene la enseñanza agustiniana (comp. Summa, II, i. 109-114). Distingue entre dos clases de gracia, una que pertenece a la esfera de la salvación y la otra que se extiende sobre todo el campo de la actividad de Dios. Este segundo tipo de gracia no da a los actos del hombre carácter meritorio, aunque a través de ella puede amar a Dios sobre todas las cosas. Para heredar la vida eterna el hombre, que no es capaz de producir méritos proporcionados a la misma, necesita una virtud más elevada, la virtud de la gracia. Ya que su naturaleza está corrompida, debe ser sanada por la gracia. Esta gracia es llamada operativa, en tanto sana o justifica el alma, y desde el otro punto de vista cooperativa, en tanto marca el principio de la acción meritoria que procede del libre albedrío. El mérito producido por la gracia operativa es la moción del libre albedrío por el cual accedemos a la justicia de Dios al hacernos rectos. Estrictamente hablando, el mérito no puede ser predicado del hombre en relación con Dios, pero según el arreglo de la ordenanza divina está establecido que el hombre pueda obtenerlo de Dios a través de su propia operación, una recompensa por lo que Dios le otorgó a él, esto es, la virtud de actuar. En relación al libre albedrío Tomás distingue el mérito de congruo del mérito de condigno, que viene de la gracia del Espíritu Santo. El hombre puede prepararse para recibir la gracia por la acción de su libre albedrío, aunque no, sin embargo, sin la ayuda de Dios que lo mueve. Su acción es imperfecta comparada con lo que puede hacer cuando está lleno de gracia, pero la infusión de la gracia necesariamente sigue a esta cooperación entre el libre albedrío del hombre y la moción de Dios.

Ideas católicas posteriores.
Los nominalistas criticaron esta teoría del mérito, aunque la tendencia había sido desde la Edad Media enfatizar el mérito y más aún conferir mérito sólo a aquellas obras que tenían el sello eclesiástico, introduciendo como factores principales los sacramentos del bautismo y la eucaristía. Los escolásticos también introdujeron el pensamiento de los méritos supererogatorios de los santos. En el tiempo de la Reforma la posición católica sobre el mérito se intensificó por el conflicto con el protestantismo. Esto se aprecia en los documentos confesionales incluso antes del concilio de Trento. Sus decretos (sesión sexta) establecen la posición de que por la justicia de Cristo todos merecemos la gracia de la justificación, la cual es dada a cada individuo. La justificación viene por los sacramentos y la recompensa se da a las buenas obras, pues Dios es tan bueno para con los hombres que quiere que lo que son realmente dones de él sean méritos de ellos. Sin embargo, el espíritu esencial del mérito permanece. Bellarmino señala claramente que las buenas obras de los justos son verdadera y propiamente méritos y merecen vida eterna (Disputationes, V, i. 6). La enseñanza católica distingue entre gracia auxiliar o actual y gracia santificante o habitual. La primera es impartida temporalmente al hombre, pero es necesaria para toda buena obra. La segunda es dada por los sacramentos, bautismo y penitencia, pero se pierde por el pecado mortal. Entre las obras buenas especialmente meritorias están la oración, el ayuno y la limosna. La gracia que se pierde por el pecado mortal se recupera por la penitencia. La idea general es que el sistema eclesiástico actúa como un factor, junto con el libre albedrío humano, en la obtención de la salvación.

Ideas protestantes.
La Reforma fue especialmente un conflicto contra la teoría del mérito, pero la posición final de Lutero sobre esta cuestión fue el resultado de un desarrollo. En sus primeros años habló de mérito de congruo y aceptó los términos "preparación" y "disposición" para la salvación. Posteriormente todavía continuó usando la palabra mérito, pero vaciándola de su significado. No reconoció nada en el hombre que incremente el valor de las obras humanas. No hay sitio para el mérito, ya que los justos lo son por la justicia de Cristo. Las obras no merecen el cielo, sino que los hombres, recibiendo el cielo, por la fe hacen buenas obras. Melanchthon incorporó en la Confesión y Apología de Augsburgo (comp. Apología, lxii. 17 y sig.) una clara línea de la posición de Lutero, en la que ataca la distinción entre mérito de congruo y de condigno y desarrolla la enseñanza de la justificación, en oposición a la teoría del mérito, negando especialmente la posibilidad de la transferencia de los méritos de los santos. Los méritos de Cristo nos son dados para que podamos ser reputados justos por nuestra fe en los méritos de Cristo cuando creemos en él, tal como si nosotros tuviéramos nuestros propios méritos (Apología, ccv. 14 y sig.). El uso de la palabra mérito en la teología protestante está asociado con la satisfacción de Cristo, no con los méritos individuales que capacitan al hombre para presentarse ante Dios. Kant discutió la cuestión del mérito, pero en un sentido desfavorable, diciendo que el impulso al mismo se debe al egoísmo y que tiene alguna relación con la sensualidad. Paulsen se aproxima a la ética católica al distinguir entre acciones que están de acuerdo con el deber y otras que merecen el mérito. Stange se opone a esta clasificación de una moralidad ordinaria y extraordinaria, como si hubiera algo más elevado que el deber. El elemento deficiente en la enseñanza católica es que hace depender la esencia de la moralidad del acto separado, en lugar de la totalidad y dirección de la voluntad personal.