Historia
MONASTICISMO
- Práctica ante-nicena
- Estatus oficial
- Motivo
- Orígenes egipcios; Antonio y Ammonio
- Otras fundaciones egipcias
- En Tierra Santa y Siria
- En Asia Menor
- Historia posterior del monasticismo oriental
- Relaciones con la Iglesia y el Estado
- Comienzos en Italia, Galia y Alemania
- Las reglas
- Relación con la civilización
- Las órdenes mendicantes
- Órdenes posteriores
- Intentos monásticos bajo el protestantismo

Práctica ante-nicena.
Un atisbo de la actitud que posteriormente caracterizaría a este sistema se puede hallar en la referencia dada por Pablo respecto al estado de soltería sobre el del matrimonio (38 Así los dos, el que da en matrimonio a su hija virgen, hace bien; y el que no la da en matrimonio, hace mejor. 40 Pero en mi opinión, será más feliz si se queda como está; y creo que yo también tengo el Espíritu de Dios. […]1 Corintios 7:38,40) y a su consejo de no casarse en vista del esperado regreso del Señor (versículo 26). En la iglesia de Roma del período apostólico apareció una tendencia encratita que enseñaba la abstinencia de carne y vino (2 Uno tiene fe en que puede comer de todo, pero el que es débil sólo come legumbres. 21 Es mejor no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece. […]Romanos 14:2,21). Los Hechos, también, caracterizan a las cuatro hijas de Felipe el diácono como vírgenes y el libro de Apocalipsis designa como "primicias para Dios y el Cordero" a los 144.000 "que no se han contaminado con mujeres" (14:4). Hegesipo señala que Jacobo, el hermano del Señor, vivió como nazareo en completa abstinencia de carne y vino (Eusebio, Hist. eccl., II, xxiii). Las obras de los Padres apostólicos y apologistas están llenas de referencias a hombres y mujeres que vivieron una vida ascética. Ignacio menciona como motivo de su renuncia al matrimonio "el respeto por el cuerpo que es del Señor" y Atenágoras la esperanza de una recompensa más elevada en los cielos. La afirmación de que los ascetas están en la primera fila en la Iglesia sobre la tierra, en cuanto a la perfección cristiana, se oye ya desde antiguo. Clemente de Roma les avisa a no jactarse e Ignacio rechaza a algunos que se consideraban superiores a los obispos. Había perfecta libertad en la vida ascética en este período antiguo. Algunos se abstenían meramente del matrimonio, otros de carne y vino también. La renuncia a la propiedad no siempre iba con la del matrimonio; Cipriano (De habitu virginum, vii) conocía a algunas vírgenes consagradas que retenían sus propiedades. Algunas continuaban viviendo en sus propias casas, otras vivían en común en moradas especiales llamadas parthenoses. Lo mismo se puede decir de los ascetas varones. Orígenes permaneció soltero, sin propiedad, en constante oración y meditación, absteniéndose de carne y vino e imponiéndose severas disciplinas; de hecho, su vida varió de la de los monjes posteriores sólo en que la pasó en medio del mundo. Una separación enclaustrada estricta no se encuentra en el ascetismo antiguo, aunque un cierto grado de retiro se exigía de las mujeres que adoptaban esta vida. Los ascetas varones iban de lugar en lugar, según el modo de los apóstoles, "confirmando a las iglesias." Su actividad de renuncia y cuidado por los enfermos y abandonados durante la persecución de Diocleciano es alabada por Eusebio (De martyribus Palæstinæ, x, xi).
Estatus oficial.
El primer testigo de un voto público de virginidad por las mujeres es Tertuliano (De virgine velanda, xiv). Sin embargo, este voto no tenía fuerza legal; un matrimonio contraído por alguien que lo hubiera hecho era válido (Cipriano, Epist., lxii). Pero pronto se decretaron castigos sobre los que lo quebrantaran; el concilio español de Elvira (306) impuso la excomunión perpetua, mientras que el de Ancira (314) sólo exigió la misma penitencia por bigamia o la excomunión por un año. Hacia mediados del siglo cuarto parece haberse introducido la costumbre de que el sacerdote ante el cual el voto era pronunciado daba a la virgen un velo y un atuendo especial (Ambrosio, De virginibus, I, xi). Por otro lado, los hombres, en el tiempo de Basilio no hacían voto público y no se distinguían por ningún atuendo especial. A pesar de la alta estima sentida hacia los ascetas, la Iglesia de los primeros siglos se vio obligada por su oposición a los gnósticos, encratitas y montanistas a una cierta reserva sobre el asunto. Mientras algunas de esas sectas exigían a sus adherentes completa abstinencia de carne y vino e incluso del matrimonio, en la Iglesia sólo se hicieron provisionales esfuerzos para imponer el ideal ascético en todos sus miembros con referencia al alimento. De hecho, Orígenes exhortó a los sacerdotes cristianos a la perpetua continencia y el concilio de Elvira amenazó con destitución a los obispos, sacerdotes y diáconos que no se abstuvieran de relaciones con sus esposas; el primer concilio de Nicea (325) se declaró contra la imposición del celibato clerical. A finales del siglo tercero por primera vez se menciona la fundación de una asociación de ascetas (Epifanio, Hær., lxvii). Se originó con Heraclas, un discípulo de Orígenes, quien venía de Leontópolis en Egipto. Abarcaba tanto a hombres como mujeres, quienes vivían en perpetua abstinencia del matrimonio, de carne y vino.
Motivo.
Fue en la segunda mitad del siglo tercero cuando el monasticismo propiamente dicho se originó y el ideal de una separación total del mundo se realizó. La causa del nuevo movimiento, que hizo que grandes números dejaran el mundo para vivir una vida ascética y contemplativa en el desierto, se ha buscado, sobre la autoridad de Jerónimo (Vita Pauli, i), en la persecución de Decio; pero la prueba histórica no confirma esa teoría. La misma falta de evidencia debilita la teoría de la imitación de la práctica no cristiana, como la del budismo (Hilgenfeld) o la del culto egipcio de Serapis (Weingarten). La teoría de Keim de la influencia del neoplatonismo es igualmente insostenible. Aunque este sistema indudablemente influyó en la Iglesia, no puede haber sido un factor determinante en el crecimiento del monasticismo y no pudo tener una influencia especialmente fuerte sobre la población rural de Tebaida. La fuente real del movimiento monástico hay que buscarlo en el desarrollo del ideal cristiano. En la descripción que Clemente de Alejandría hace del "verdadero gnóstico" y todavía más claramente en Orígenes, se puede trazar la concepción del perfecto cristiano como uno que vive apartado del mundo y sus pasiones. Es verdad, por supuesto, que las perturbadoras circunstancias sociales y políticas de Egipto en el siglo tercero contribuyeron al crecimiento del heroísmo cristiano y a la tendencia a huir del mundo, tal como similares condiciones más al oeste provocaron el movimiento de los circumcelliones en relación con la controversia donatista. Pero el principal motivo del monasticismo cristiano fue el deseo de obtener la felicidad eterna y la perfección moral huyendo del mundo.

Colmar, Unterlindenmuseum, AKG Londres/Erich Lessing
Algunos ejemplos individuales de esta huida ya existen a principios del siglo tercero. En relación con la Vita Pauli (ut supra.) de Jerónimo fue costumbre encontrar el origen del monasticismo cristiano en Pablo de Tebas, como resultado de la persecución de Decio. Esta idea estaba sustanciada por el relato en Eusebio (Hist. eccl., VI, xlii) de "huir a las regiones desérticas y montañosas" en ese tiempo. Pero la historicidad de la Vita Pauli ahora no se reconoce. Como consecuencia, si únicamente ha de ser considerada la evidencia histórica satisfactoria, el título del primer ermitaño se debe asignar a Antonio, cuya vida fue escrita, por el conocimiento de una relación estrechamente personal, por Atanasio (poco después de la muerte de Antonio, o entre 356 y 362). Antonio nació de padres ricos en Coma, en las fronteras del alto Egipto, hacia el año 250, perdió a sus padres cuando tenía 18 años y seis meses más tarde dio todos sus bienes a los pobres, dejando a su hermana al cuidado de una piadosa mujer y se retiró primero a una tumba y luego a una fortaleza en ruinas cerca del Nilo, donde vivió solo durante 20 años. En ocasiones abandonó su retiro para instruir a las multitudes que se acercaban para escucharle y algunas veces visitó a los cristianos de Alejandría para consolarles en tiempos de dificultad. Después se retiró a la soledad cerca del Mar Rojo, donde murió a la edad de 105 años, asistido sólo por dos discípulos, Amathas y Macario. No parece haber creado ninguna organización regular; las colonias de ermitaños que fueron conocidas como monasteria estaban unidas únicamente por lazos de libre comunión bajo su dirección espiritual. La "regla" atribuida a él no es suya, aunque es de origen egipcio y muy antigua. Trazando el desarrollo posterior del monasticismo egipcio, especialmente en la Historia Lausiaca de Paladio y la Historia monachorum de Rufino, durante la vida de Antonio surgieron colonias independientes de ermitaños que se establecieron en el bajo Egipto por Ammonio o Amón, padre del monasticismo de Nitria. Se había casado contra su voluntad y tras una vida de continencia que duró 18 años, su esposa regresó a su casa en un hogar para vírgenes consagradas, mientras que él se fue al desierto, a 40 millas romanas del sur de Alejandría y congregó (según Paladio) a no menos de 500 discípulos a su alrededor. Vivían ya fuera en soledad o en pequeñas comunidades, y se congregaban cada sábado y domingo en la iglesia, servidos por ocho sacerdotes, para la comunión. El día fue dividido entre trabajo y oración, prevaleciendo la más estricta disciplina. Tras 22 años en este estilo de vida, Ammonio murió antes del año 356, mientras que Antonio todavía vivía. Entre sus discípulos estuvieron Arsisio, Serapión, Cronio, Putubasto, Asión y Dídimo, mientras que la generación más joven de la colonia de Nitria incluía a Pambo, Benjamín, Apolonio y los cuatro "hermanos largos": Ammonio, Dióscuro, Eusebio y Eutimio. Los monjes de Nitria eran verdaderamente devotos de la teología de Orígenes y cuando él fue declarado hereje por Teófilo de Alejandría en 399 tuvieron que enfrentar la persecución.
El siguiente texto de Jerónimo discute los diferentes tipos de monjes que habitaban en Egipto:
'Tres géneros de monjes hay en Egipto: los cenobitas, a quienes en la lengua del país llaman sauhes, y nosotros podemos llamar «los que viven en comunidad»; los anacoretas, que moran solos por los desiertos y reciben su nombre del hecho de retirarse de entre los hombres; el tercer género es el que llaman remnuoth, el más detestable y despreciado, y que en nuestra provincia (i.e. Italia) es el único y el principal. Estos habitan de dos en dos o de tres en tres o poco más, viven a su albedrío y libertad, y del fruto de su trabajo depositan una parte para tener alimentos comunes. Por lo general, habitan en ciudades y villas y, como si fuera santo el oficio y no la vida, ponen a mayor precio lo que venden. Hay entre ellos frecuentes riñas, pues viviendo de su propia comida no sufren sujetarse a nadie. Realmente suelen rivalizar en ayunos, y lo que debiera ser secreto ellos lo convierten en competición abierta. Entre ellos todo es afectado: anchas mangas, sandalias mal ajustadas, hábito demasiado basto, frecuentes suspiros, visitas a vírgenes, murmuración contra los clérigos, y, cuando ocurre una fiesta algo más solemne, comen hasta vomitar.
Dejemos a éstos a un lado, como a la peste, y vengamos a los que en número mayor habitan en comunidad, es decir, a los que hemos dicho que llaman cenobitas. El primer compromiso entre ellos es obedecer a sus su superiores y hacer cuanto se les manda. Están divididos por decurias y centurias, de manera que al frente de cada nueve hombres hay un decano y, a su vez los nueve decanos están bajo las órdenes de un centurión. Viven separados, pero en celdas contiguas. Hasta la hora nona hay una especie de vacación judicial: nadie puede ir a la celda de otro, excepto los que hemos llamado decanos, que, si ven que alguno fluctúa en sus pensamientos, lo consuelan con sus palabras. Después de la hora de nona se juntan todos, se cantan los salmos, se lee según costumbre las Escrituras y, terminadas las oraciones, se sientan todos, y el que está en medio y ellos llaman padre les comienza a hacer una plática. Mientras él habla reina tal silencio que nadie se atreve a mirar a otro ni a escupir. El reconocimiento hacia el orador consiste en las lágrimas de los oyentes. Calladamente van rodando sus lágrimas por la cara, sin que el dolor rompa nunca en sollozos [...] Después de esto se disuelve la asamblea, y cada decuria, con su padre, se dirige a la mesa, a la que todos sirven sucesivamente por semanas. Durante la comida no se produce ruido alguno, nadie habla mientras come. Se vive de pan, legumbres y hortalizas, que se condimentan con sal y aceite. Vino sólo lo beben los viejos. A éstos y a los más jóvenes se les pone a menudo un desayuno, a los unos para sostener su edad ya fatigada y a los otros para que no se les quebrante en los mismos comienzos. Después se levantan todos a una y, rezando el himno de acción de gracias, vuelven a sus estancias. Allí, hasta el atardecer, cada uno habla con los suyos [...] La tarea del día está fijada, y una vez hecha se entrega al decano, y éste la lleva al mayordomo, el cual, a su vez, cada mes, rinde cuentas con gran temor al padre de todos. El mayordomo es también el que prueba las comidas una vez preparadas. Y como a nadie es lícito decir: «No tengo túnica ni capa ni jergón de juncos», él lo dispone todo de manera que nadie tenga que pedir nada ni a nadie le falte nada. Si alguno se pone enfermo, se le traslada a una sala más amplia, donde es atendido por los viejos, con tan solícito cuidado, que no echa de menos las comodidades de la ciudad ni el cariño de la propia madre. Los domingos se dedican exclusivamente a la oración y la lectura. Cosa, por lo demás, que hacen el resto de los días una vez terminadas las tareas. Cada día aprenden algo de las Escrituras. El ayuno es igual todo el año, excepto la cuaresma, en que se permite mayor rigor. Por Pentecostés, las cenas se convierten en comida de mediodía, a fin de satisfacer a la tradición eclesiástica y no cargar el vientre con doble comida. Así describen a los esenios Filón, imitador del estilo platónico, y Josefo, el Livio griego, en la segunda historia de la cautividad judaica.
Y ya que tratando de las vírgenes he introducido casi innecesariamente el tema de los monjes, voy a pasar al otro género, a los llamados anacoretas, los cuales, saliendo de los cenobios, se van por los desiertos sin más viático que pan y sal. El iniciador de este género de vida fue Pablo; Antonio lo perfeccionó, y, remontándonos más arriba, el primero de todos fue Juan Bautista [...] En otra ocasión, si lo deseas, te explicaré en detalle los trabajos y manera de vida de estos que, estando en la carne, no pertenecen a la carne.'
(Jerónimo, Ep. 22,34-36. Trad. de J. B. Valero, volumen I, páginas 248-252).

Otras fundaciones egipcias.
A 24 horas de viaje hacia el sur, en el desierto de Scetis cerca de un lugar llamado Cellia, estuvo otra famosa colonia. Las celdas incluso eran más primitivas que las de Nitria y el silencio perpetuo era la regla, salvo cuando los monjes iban juntos los sábados y domingos a la adoración pública. Según Casiano, Macario, llamado el Grande fue el primero en asentarse allí. Paladio afirma que lo hizo a la edad de 13 años y que poseía los dones de sanidad y profecía. Sus dichos en los Apophthegmata y las 50 homilías todavía preservadas dan la idea de un carácter piadoso y humilde y un importante representante del primitivo misticismo cristiano. Murió a la edad de 90 años, en el 387 o en el 383. Sus principales asociados fueron el etíope Moisés, Pacon y Macario el Joven. Dos de sus discípulos, Evagrio Póntico y Marcos el Ermitaño, lograron algo de importancia como escritores. Hacia finales del siglo cuarto Egipto estaba lleno de eremitas, viviendo en soledad o en comunidades. Las cifras atribuidas pueden estar exageradas (por ejemplo, 20.000 mujeres y 10.000 hombres en Oxyrhynchus en Egipto central); pero la extensión del movimiento está atestiguada no sólo por Atanasio en más de un pasaje, sino por el edicto del emperador Valente en 365 y por su reclutamiento de 5.000 monjes de Nitria como soldados en el año 375. La amplia comunión de los ermitaños egipcios fue organizada por Pacomio, quien rodeó las dispersas celdas por una valla y dio a los monjes una regla común de vida. Esta primera regla monástica es primitiva e incompleta, pero impone el deber de trabajar, se esfuerza por sistematizar la vida devocional, contiene provisiones sobre ropa, alimento y horas de sueño y por prohibir la recepción de extraños, para aislar al monasterio del mundo. Mientras que la antigua clase de colonias de ermitaños todavía mantuvo su existencia, el sistema cenobita se difundió rápidamente por todo Egipto. La vida del ermitaño estaba menos adaptada para las mujeres. Pacomio fundó el primer convento para su hermana María y la vida en el claustro se adaptó por un constante incremento de mujeres ascetas. Al mismo tiempo un número de comunidades de mujeres continuaron existiendo en el que una regla menos estricta de ascetismo y reclusión del mundo prevaleció.

Desde Egipto el monasticismo se difundió a la península del Sinaí, que produjo dos importantes escritores ascetas en Nilo Sinaíta y Juan Clímaco, y a Tierra Santa, en la parte meridional en la que Hilarión de Gaza, discípulo de Antonio, introdujo la vida ermitaña en la segunda mitad del siglo cuarto. Sozomeno y Paladio mencionan un número de ermitaños en Tierra Santa y que numerosos monasterios surgieron hacia mediados del siglo cuarto. Melania, una rica dama romana y amiga de Rufino, fundó un convento en el Monte de los Olivos y otra romana, Paula († 404) hospedaba tanto a monjes como a monjas en Belén. Otra joven Melanina († 439) fue también una notable fundadora. Los monjes y monjas occidentales vivían allí en el espíritu de sus modelos egipcios y Jerónimo tradujo la regla de Pacomio para el convento de Paula. Sin embargo, Siria fue, después de Egipto, el país en el que el monasticismo antiguo floreció más destacadamente. Los hombres y mujeres que estaban asociados con Afraates no dejaron el mundo y eran "solitarios" (como él los llama en la sexta homilía, de 337) sólo en el sentido de haber tomado un voto de celibato. Pero Jacobo de Nisibis parece haber llevado una vida de ermitaño con Eugenio, el fundador del monasticismo persa, antes de que fuera obispo de Nisibis en 309. Según el relato que escribió de Eugenio, éste parece haber venido de Egipto, trayendo con él la tradición cenobita de los monasterios de Pacomio. Ha de ser tal vez identificado con el Aones a quien Sozomeno llama (VI, xxxiii. 4) el fundador en Siria de la vida ermitaña estricta, igual que Antonio lo fue en Egipto. Entre los pioneros monásticos de Edesa y Osrhoene, Jerónimo nombra primero a un cierto Juliano, un contemporáneo de Juliano el Apóstata; Efrén Sirio fue uno de los famosos ascetas de esta región. En Cilicia oriental y en la vecina Antioquía florecieron colonias de ermitaños que existieron desde mediados del siglo cuarto en el desierto de Calcis y que adquirieron el nombre de sirios tebaidas. Aquí vivió Jerónimo como ermitaño desde 373 a 380. En Siria septentrional la peculiar forma de ascetismo representada por los "santos estilitas" se hizo común en el siglo quinto. Su ejemplo más antiguo se supone que fue Simeón, quien moró en lo alto de una columna cerca de Antioquía, incrementando gradualmente su altura y tras 36 años murió hacia 460. Esta forma de mortificación está aparentemente relacionada con prototipos paganos sirios. Practicantes dispersos se encontraron en el este hasta el siglo XV. El más famoso de ellos fue el joven Simeón († 596), quien vivió durante 68 años en lo alto de un pilar cerca de Antioquía.
En Asia Menor.
La información de Galacia procede de Paladio, nativo de esa región. En la Armenia romana, Paflagonia y el Ponto el monasticismo debió su origen a Eustacio de Sebaste, cuyos asociados semi-arrianos, como los obispos Maratonio y Macedonio, fueron celosos ayudantes del movimiento. Asumió un carácter fanático en Armenia, produciendo conflictos con la jerarquía; el concilio de Gangra (¿343?) se vio obligado a intervenir contra el exagerado ascetismo de los eustacianos. Un fenómeno similar es la facción de los equitas o mesalianos en Siria septentrional y Panfilia en la segunda mitad del siglo IV. Eran todavía más radicales en su insistencia sobre una vida de oración ininterrumpida, rechazando los sacramentos y fiestas de la Iglesia y mostrando claras tendencias maniqueas. Reprimidos por los obispos, desaparecieron con el tiempo, resurgiendo de nuevo en las sectas medievales de los bogomiles. El monasticismo fue domesticado en Capadocia primero por Basilio el Grande y luego por Gregorio de Nacianzo y Gregorio de Nisa. La obra de Basilio hizo época. Las dos reglas, una más larga y otra más corta, que llevan su nombre, aunque son más bien catecismos sobre las virtudes y deberes monásticos que reglas formales, son actualmente la única norma del monasticismo griego. Su ideal es esencialmente idéntico con el de Antonio. El monje es el cristiano perfecto; la vida ascética consiste no en prácticas específicas de negación propia sino en la santificación de toda la personalidad; el monje debe ejercer, junto al amor de Dios, el del prójimo, aunque prácticamente esto se limitaba a sus compañeros monjes y no contemplaba una influencia de largo alcance sobre la Iglesia en conjunto ni sobre la sociedad. Según Basilio, la vida monástica significa no una supresión de la naturaleza, sino el regreso a ella, no la oposición, sino el complemento de la antigua sabiduría. En cuanto a la vida en detalle, al candidato para admisión a un monasterio se le exigía renunciar a sus propiedades y pasar por un período de prueba. No se hacían votos obligatorios; el apotage era una renuncia a todas la relaciones con el mundo, pero no un acto externo. El proestos o cabeza del monasterio tenía plenos poderes disciplinarios. La vida diaria de los monjes estaba dividida entre la oración, para la cual había seis horas fijadas y el trabajo, especialmente la agricultura. No había prescripción alimenticia salvo que debería ser con moderación y no servir para halagar el paladar; el uso de vino estaba prohibido. Ninguna indumentaria especial se prescribió.
Historia posterior del monasticismo oriental.
A pesar de la influencia de Basilio en favor de un sistema cenobita, la vida ermitaña continuó siendo tenida en alta estima. Parecía a muchos que el ideal monástico de devoción ininterrumpida podía ser solo obtenido por los anacoretas. Pero las dos clases de monjes vivieron pacíficamente juntas, comenzando a ser el claustro estimado como una escuela de preparación para la etapa más elevada. Durante los siglos quinto y sexto, Tierra Santa fue lugar especial del monasticismo, parcialmente a causa de sus asociaciones, que atraían a un creciente número de devotos peregrinos. Poco después del comienzo del siglo quinto se hizo un intento para relacionar las diversos monasterios y colonias de ermitaños en una organización. Cada una de esas clases tenía un archimandrita propio, escogido por el conjunto y confirmado por el patriarca de Jerusalén. Esos cargos asumieron considerable importancia cuando el capadocio Teodosio (414-519), cabeza del monasterio fundado por él y nombrado por su nombre en Jerusalén, fue archimandrita de los monasterios y otro capadocio, Sabas (439-532), tuvo la posición correspondiente entre los ermitaños. Sabas fundó siete lauras o colonias de ermitaños en Tierra Santa, de las cuales la de Jerusalén, bajo su propia guía fue la principal. Incluso tras la conquista musulmana en el siglo séptimo, el monasticismo mantuvo su presencia en Tierra Santa; pero su aislamiento consecuente causó gradualmente su declive. Una vez que Egipto y Tierra Santa hubieron cesado de ser los centros del monasticismo oriental, su lugar fue tomado por Constantinopla. Hacia el año 430 el sistema de akoinotœ (monjes que mantenían oración incesante día y noche en tres divisiones que se sustituían entre sí) fue introducido por Alejandro, un abad de un monasterio en el Éufrates. El monasterio de esta clase fundado hacia 460 por el cónsul romano Studius y conocido por su nombre como Studion obtuvo especial importancia en la época de la controversia iconoclasta por la obra de su abad Teodoro el Estudita, quien reformó el monasticismo bizantino adaptando la regla de Basilio a las condiciones alteradas. Sus "Constituciones", que, si no elaboradas por él representan su obra, dan información precisa sobre la vida en su propia casa y fueron aceptadas por muchas otras. La recepción de un monje, con el voto obligatorio que había sido requerido desde el concilio de Calcedonia, fue un acto solemne, considerado casi un segundo bautismo por su poder para limpiar el pecado. Era realizado al pie del altar durante la liturgia y en presencia de todos los hermanos. Tras recibir la tonsura y el hábito el nuevo monje participaba de la comunión. Además de la economía y agricultura doméstica los monjes se ocupaban en teología, filosofía y gramática, por lo que sus casas se convirtieron en semilleros de teología ortodoxa. Al abad se le exigía dar una lectura catequética tres veces a la semana. Tenían que vivir sencillamente y con dominio, pero el uso de carne estaba permitido. La distinción entre makroschemoi y mikroschemoi parece haber sido introducida hacia el tiempo de la controversia iconoclasta. Los segundos, correspondiéndose a los hermanos laicos en el oeste, realizaban los deberes domésticos; los primeros, a los hermanos del coro occidentales, vivían en completa abstracción de las cosas mundanas, dedicados totalmente a la contemplación y el estudio. Esta graduación, aunque debilitaba el sentido de la unidad, servía para facilitar la entrada en el monasterio de aquellos que no se sentían llamados a acometer obligaciones extremas. El otro gran centro fue el Monte Athos, que fue habitado por ermitaños desde mediados del siglo noveno, aunque el primer monasterio regular no fue fundado hasta 963. En la controversia hesicasta el elemento fanático en el monasticismo oriental halló expresión una vez más. Los monjes se juzgaban a sí mismos como inspirados y dotados con los dones de milagros y de profecía, de manera que suponía un nuevo desarrollo en la revelación. Las colonias en el Monte Athos incrementaron su número hasta 1045, cuando hubo 180. Con sus numerosos ermitaños y monasterios de constitución combinada aristocrática y democrática, Athos es todavía la sede más famosa del monasticismo griego.

Relaciones con la Iglesia y el Estado.
Aunque el monasticismo permaneció originalmente en claro contraste con la Iglesia en medio del mundo, se evitó el conflicto abierto. Los obispos, especialmente Atanasio, lograron dominar las tendencias anticlericales del monasticismo, que por su lado preservó un mantenido respeto hacia la Iglesia y sus instituciones, por lo que las relaciones entre el clero secular y regular en el este finalmente fueron muy amistosas, hasta que por la creciente imposición del celibato y la elección de dignatarios de rangos monásticos la oposición fue casi enteramente removida. El problema que la Iglesia tuvo en el siglo quinto con el fanatismo monástico desembocó en la estricta regulación del concilio de Calcedonia (cánones 4,8,23,24). Los monasterios y todos los monjes de una diócesis estaban sujetos al obispo, sin el cual no se podían construir nuevos monasterios; los esclavos no serían recibidos sin el consentimiento de sus amos; a los votos ordinarios se añadió la obligación de "estabilidad" o continuidad en una residencia fija, para impedir el vagabundeo desordenado. La misma línea fue seguida por Justiniano en su legislación monástica, que se convirtió en modelo para toda la regulación posterior estatal en el este. El segundo sínodo de Trullo de 692 incrementó la libertad de entrada en el estado monástico, que Justiniano había facilitado para esclavos, ordenando a los ermitaños vagabundos que entraran en monasterios o se retiraran al desierto, estableciendo el principio de que sólo el que se había probado a sí mismo como cenobita podría ser un ermitaño. Bajo los emperadores iconoclastas los monjes dirigieron la defensa de las imágenes, con Juan de Damasco, que pertenecía al monasterio de San Sabas en el Mar Muerto, a su cabeza. Los monasterios soportaron grandes pruebas durante este período y hay alguna razón para pensar que los emperadores contemplaron su total supresión. El segundo concilio de Nicea (787) permitió la fundación sin restricciones de monasterios (aunque el de Constantinopla, 861, restauró la exigencia del permiso episcopal), y reiteró la prohibición de que los monjes y monjas dejaran sus conventos. Ya que el sínodo de Trullo de 692 había limitado la exigencia del celibato, los obispos fueron usualmente tomados de los monasterios, lo que dio gran poder al monasticismo. Esto se vio incrementado por el hecho de que los monjes, que habían dado a la práctica de la confesión su desarrollo sistemático, fueron sus principales ministros. El principal servicio del monasticismo griego en conjunto fue el avivamiento de la conciencia de la Iglesia hacia las necesidades prácticas. El esfuerzo constante de los monjes para la santificación de sus propios corazones les había dado una profunda percepción de la vida interior y los grandes predicadores del este, como Basilio, Crisóstomo y Gregorio de Nacianzo, habían aprendido a conocer la naturaleza humana por el monasticismo, mientras que su influencia se puede stimar también por la atención dada a los problemas psicológicos en la teología dogmática de Juan de Damasco.

El monasticismo en el oeste fue totalmente de origen oriental. En su exilio romano (341-343) Atanasio difundió las noticias de la obra de Antonio y Pacomio y según Paladio (Historia Lausiaca, i), un monje llamado Isidoro visitó Roma hacia el año 350. Pedro, sucesor de Atanasio, quien halló refugio en Roma en 373, tal vez determinó el movimiento de ascetas hacia el este ya notado. Los primeros monasterios occidentales parecen haberse originado entre 373 y 380; pero el movimiento hizo lento progreso y fue impedido más que ayudado por la institución más antigua de las comunidades de vírgenes consagradas. Durante su estancia romana (382-385), Jerónimo trabajó por la promoción del monasticismo; pero cuando la hija de su discípula Paula murió en 385 como resultado de su extremo ascetismo, la población estalló en violenta oposición y él se vio obligado a dejar Roma, siguiéndole Paula y su otra hija Eustoquia al este, terminando sus vidas en un convento en Belén. Sin embargo, cuando Agustín estuvo en Roma en 388, encontró un número de "moradas de los santos" monásticas allí y señala que los internos de los conventos romanos se procuraban su sustento hilando y tejiendo. En el norte de Italia, Ambrosio fue el más prominente promotor del monasticismo; él fundó en los suburbios de Milán un monasterio modelado sobre el tipo oriental, aunque lo mantuvo de sus propios recursos, lo que era apartarse del modelo. Eusebio de Vercelli merece especial mención al ser, con Agustín, el primer organizador de una comunidad de vida de un tipo más o menos monástico para el clero. En el sur de Italia, Paulino, posterior obispo de Nola, fue un pionero del nuevo movimiento. Fue para el monasterio de Pinetum, probablemente cerca de Terracina, que Rufino tradujo la regla de Basilio. En el año 412 Jerónimo pudo jactarse de "muchos conventos de vírgenes y una innumerable multitud de monjes" en Italia. En la Galia, Martín de Tours continuó el movimiento fundando, poco después de 360, los monasterios de Ligugé cerca de Poitiers y Marmoutiers cerca de Tours. En el sur una asociación de ermitaños fue fundada a comienzos del siglo quinto por Honorato sobre la isla de Lérins y otras dos en Marsella por Casiano hacia el mismo tiempo, seguidas por un gran número en el transcurso del mismo siglo. La nueva institución echó pronto raíces en suelo alemán, debido posiblemente al impulso dado por Atanasio durante su exilio en Tréveris. Cuando el oficial Ponticiano vino de esa ciudad a Milán en 387 habló a Agustín de la Vita Antonii, que había conocido allí y de los ermitaños que vivían en las inmediaciones de la ciudad. Parece que también se fundó en España por un tal Donato del norte de África, donde Agustín había sido su más influyente promotor, pero donde, como en Italia, había encontrado fuerte oposición.

A pesar del deseo de imitar los modelos egipcio y palestiniense, las diferencias hacia ellos pronto aparecieron en las instituciones monásticas occidentales. Prevalecía gran libertad; cada monasterio seguía su propia regla; en algunos era observada más de una, en otros las directrices del abad eran la regla. Casiano fue el primero en acometer (en su De institutione cænobiorum) la codificación de esos sistemas diversos, hablando fuertemente en favor del desarrollo independiente en el oeste, sobre la base de las diferencias del clima, entorno y orden social. La indumentaria de los monjes orientales la consideró inapropiada para los occidentales y se opuso al uso del cilicio al ser un impedimento para los monjes en su trabajo y tentarles al orgullo espiritual. Mitigó la regla en cuanto al alimento permitiendo dos comidas, una a las tres y la otra por la tarde. Tuvo el antiguo carácter eremítico del monasticismo en mente, como se muestra por su mandato de que los monjes trabajaran solos en sus celdas y evitaran en todo lo posible la relación con el mundo externo. En una condensación por una mano posterior de los primeros cuatro libros de los Instituta, la denominada "regla de Casiano" sirvió como norma hasta el siglo noveno; otras reglas empleadas fueron las de Basilio en la traducción de Rufino, la de Pacomio traducida por Jerónimo y la de Macario. Los conventos de mujeres frecuentemente siguieron la denominada "regla de Agustín", realmente un tratado escrito por él en una ocasión especial para una comunidad de monjas africanas. Ésta la usó Cesáreo de Arlés († 542) como base para su propia Regula ad virgines. Hay otras de los siglos sexto y séptimo que son independientes de la regla benedictina, pero fueron sólo locales en su autoridad mientras que la de Benito se difundió ampliamente desde Montecassino hasta que se introdujo en los demás. La regla benedictina estaba marcada no tanto por su originalidad como por su moderación razonable y su sabia elasticidad. Intentaba educar a los monjes en los principios de la obediencia estricta, estabilidad y trabajo ordenado. Se debió a Casiodoro que el estudio sistemático formara parte del plan. El obstáculo más serio para su adopción general se halló por la competencia de la regla del misionero celta Columbano, el fundador de las abadías de Luxeuil y Bobbio, que fue usada en muchos monasterios de Francia y el norte de Italia. Pero el crudo rigorismo de esta regla no pudo permanecer frente a la mayor suavidad de la de Benito, que Gregorio II, Gregorio III y Bonifacio hicieron norma para el imperio franco. Su obra fue continuada por Carlomagno y Ludovico Pío, con la ayuda de Alcuino y Benito de Aniano. Al crecer el número e importancia de los monasterios, se convirtió en interés de los obispos que se sujetaran a la jurisdicción episcopal. El carácter clerical del abad le hizo en un sentido dependiente del obispo, quien, sin embargo, por su parte, no podía ordenar a ningún monje sin el consentimiento del abad. Aunque la regla benedictina prescribía la elección de abades por los monjes, los fundadores frecuentemente se reservaron para ellos mismos el derecho de nombramiento. Desde el siglo sexto el abad tomó posesión de su cargo por la bendición episcopal. Hacia finales de siglo muchos monasterios procuraron levantar una barrera a la intromisión de los obispos poniéndose ellos mismos bajo la protección especial de los reyes o el papa.

Desde el tiempo de Bonifacio el monasticismo occidental fue el transmisor de la civilización. Los monjes benedictinos transformaron los bosques en campos cultivables, llevaron el mensaje del cristianismo al norte de Europa y propagaron la antigua teología y parte de la antigua civilización. Los monasterios eran los puntos centrales de la vida religiosa diaria y las escuelas surgían en conexión con ellos. Sin embargo la acometida de la obra civilizadora general, junto con el crecimiento de sus posesiones tendió a la secularización de la vida monástica. El primero de muchos intentos para restaurar la exigencia antigua se conecta con el nombre de Benito de Aniano. Hay que mencionar en este sentido la reforma de Cluny en los siglos X y XI, a la que la participación de los príncipes temporales y el patrocinio de los papas dio un significado universal y les capacitó para reformar no sólo su orden sino la Iglesia en conjunto. La reforma cluniacense, sin embargo, por la fundación de una congregación separada con el abad de Cluny a su cabeza, comenzó el proceso de desintegración del monasticismo occidental, que había estado en todas partes unido bajo la regla de Benito, primero en congregaciones y luego en órdenes separadas. En el siglo XII la mayor influencia fue ejercida por la nueva congregación de los cistercienses que acometió el objetivo de reforma cuando la congregación cluniacense se vio a su vez infectada por la mundanalidad. Su éxito se debió, en no poca medida, a su abandono del anticuado sistema económico del antiguo monasticismo. Ellos labraron sus propias tierras y combinaron la actividad industrial con la agricultura. Aunque todas esas congregaciones todavía se adherían a la regla de Benito como fundamento y meramente la desarrollaron para sus constituciones particulares, los premonstratenses fueron una orden de clérigos que vivían mediante la regla agustina e intentaron combinar la rigidez monástica con los deberes del clero secular. El movimiento de reforma del siglo XI dio un poderoso impulso a las cruzadas y creó, como producto de las mismas, las órdenes de caballeros en las que los ideales temporales y espirituales de la Edad Media se unieron singularmente. Nuevas órdenes y congregaciones se multiplicaron en tal medida que finalmente se puso freno a su crecimiento en el cuarto concilio de Letrán de 1215 (canon 14).

El monasticismo tomó una nueva forma en la obra de Francisco de Asís. El antiguo voto de pobreza se convirtió en una renuncia absoluta a todas las posesiones, no sólo para el individuo sino para la orden. El enclaustrado retiro de las órdenes existentes dio lugar a un vigoroso intento de influencia en la vida diaria mediante la predicación y el confesionario. El monasticismo occidental había sido aristocrático hasta el fin del siglo XII; ahora se hizo popular. Un poderoso espíritu de nueva devoción surgido de Asís tomó posesión de la Iglesia, inspirando un aire renovado en la predicación, música eclesiástica, arte y saber. Junto a la orden franciscana surgió la dominica, destinada originalmente a la conversión de herejes, pero conformándose pronto al espíritu de los franciscanos y convirtiéndose en orden mendicante. Estas dos asociaciones, en la Edad Media tardía, produjeron los principales representantes de la teología escolástica, mientras que el misticismo que floreció entre ellas despertó el espíritu religioso del individuo y reavivó el ideal de la vida cristiana en una nueva forma, que aspiraba a una reforma. El siglo XIII vio el desarrollo de dos comunidades mendicantes que habían comenzado como asociaciones de anacoretas, los carmelitas y los ermitaños de San Agustín. A ellos les siguieron otras órdenes mendicantes: los servitas, jerónimos, minoritas, trinitarios y la orden de Nuestra Señora de la Merced. Sin embargo, la mundanalidad penetró en ellas como lo había hecho en el claustro. Los franciscanos quedaron divididos por la controversia sobre el voto de pobreza y la brecha entre la facción extrema o "espiritual" y el papa mostró una vez más la antigua antinomia entre el monasticismo y la Iglesia en el mundo. Los intentos de reforma en el siglo XV tuvieron sólo un éxito temporal y a pesar del vasto número de monasterios y fraternidades religiosas de toda clase, el monasticismo parecía condenado a una caída en un estado de improductividad ociosa.
Órdenes posteriores.
La era de la Contrarreforma, sin embargo, trajo nueva vida a algunas de las antiguas órdenes en la obra de los teatinos y capuchinos, los carmelitas descalzos y la reforma de los cisterciense franceses en los feuillants. Pero más importancia tuvieron las nuevas fundaciones, especialmente los jesuitas, quienes desarrollaron una nueva fase del monasticismo. Permaneciendo entre el clero secular y el monasticismo, consideraban las prácticas ascéticas y la renuncia el mundo sólo medios para la implantación del dominio de la Iglesia. Este propósito está expresado en un cuarto voto, "dedicar la vida al perpetuo servicio de Nuestro Señor Jesucristo y al romano pontífice." Otras nuevas órdenes surgieron entonces que reemplazaron el antiguo ideal monástico de perfección y retiro del mundo, adaptándose a una variedad de fines prácticos, tales como la educación del clero, la de los laicos en el confesionario, el púlpito, la escuela y el cuidado de los enfermos. El servicio femenino quedó especialmente organizado para la obra de la Iglesia católica. La mayoría de esas nuevas fundaciones tomaron la forma más libre y elástica de congregaciones; en algunas los votos eran sólo temporales o eran simples en lugar de solemnes. Sólo unas pocas de esas instituciones se citan aquí, tales como las ursulinas (1535), piaristas (1600), la gran fundación de Vicente de Paúl de los lazaristas y las Hermanas de la Merced y los Hermanos de las Escuelas Cristianas (1681). El saber teológico y la devoción popular fueron promovidos por el oratorio de Felipe Neri y el oratorio francés (1611). En los trapenses el antiguo espíritu de ascetismo severo revivió, basándose en la regla benedictina. La Orden de la Visitación (1610) es la única fundación importante del siglo XVII. Los jesuitas tuvieron varios imitadores, de los cuales el más prominente fue la orden redentorista fundada por Alfonso de Ligorio. La Reforma había disminuido grandemente la esfera de influencia del monasticismo, pero el efecto de la Revolución Francesa fue todavía más radical. Su obra fue anunciada ya por la de José II, quien en 1782 suprimió en sus dominios varias órdenes contemplativas y gradualmente redujo el número de otras, lo que fue seguido por la secularización de los monasterios alemanes en 1803. Con el resurgimiento de los jesuitas en 1814 comenzó la restauración del monasticismo católico, que sin embargo, quedó penetrado en las antiguas órdenes o en las nuevas fundaciones, por el espíritu de los jesuitas. Sólo la orden benedictina ha sido capaz de preservar una adhesión independiente a los antiguos ideales y en Solesmes (restaurado en 1833), Beuron (1863) y Maredsous (1872) alcanzó una destacada obra en muchos aspectos del saber.
Intentos monásticos bajo el protestantismo.
En las iglesias protestantes, antes del siglo XIX, el celo ascético fue suficientemente fuerte para impulsar a sus miembros a una vida monástica formal sólo entre los denominados "precisianos" de la Iglesia reformada. De este modo Johannes Gennuvit, de Vennigen sobre el Ruhr († 1699), intentó restaurar la vida en el claustro. En 1728 Johann Conrad Beissel, un pietista alemán, quien había emigrado a América y se había unido a los dunkers en 1724, se retiró a vivir en soledad, uniéndosele otros que formaron una comunidad y adoptaron un hábito semejante al de los capuchinos. En la segunda mitad del siglo XIX el movimiento de la Alta Iglesia en la comunión anglicana produjo la fundación de un gran número de comunidades cuasi-monásticas para hombres y mujeres, muchas de ellas modeladas en su organización sobre el tipo del monasticismo católico, aunque como norma sin votos obligatorios, siendo el principal propósito de casi todas la obra misionera o caritativa, en el interior o el exterior.