Historia

MONOFISITAS

Monofisitas es el apelativo que define a aquellos que confiesan una sola naturaleza (physis) en Cristo.

Árbol de ortodoxos, nestorianos y monofisitas

El decreto de Calcedonia.
El 25 de octubre de 451 el concilio de Calcedonia proclamó una nueva definición dogmática, para que todos los fieles reconocieran "un Señor Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre... de una sustancia con el Padre respecto a su Deidad y de una sustancia con nosotros respecto a su humanidad... en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin mezcla, sin separación", en tal manera que "la diferencia de naturalezas no queda abolida en ninguna manera por la unión, sino más bien las propiedades de cada naturaleza son preservadas y unidas en una persona y un modo de ser." Los políticos concordaron con esta definición en la esperanza de conseguir la paz. El edicto de 7 de febrero de 452 emitido conjuntamente por Marciano y Valentiniano III, impuso severos castigos a todos los que públicamente discutieran los puntos de controversia. Pero esto lo pudieron imponer sólo en las inmediaciones de la corte.

Estallido en Tierra Santa.
La primera señal del problema que llegaba apareció en Tierra Santa, donde una revolución surgió bajo el liderazgo de monjes fanáticos. El obispo Juvenal de Jerusalén, quien había sido un activo partidario de Dióscuro, había sido inducido en Calcedonia, por el miedo al peligro de su posición eclesiástica, no meramente a romper con los alejandrinos y su protegido Eutiques, sino a apoyar la definición, en la formulación final en la que él participó. Este cambio de frente le costó la confianza de los monjes, quienes eran especialmente numerosos e influyentes en Tierra Santa. Cuando tras su regreso declaró su adhesión a los decretos del concilio, un monje llamado Teodosio fue elegido obispo rival y Juvenal se vio obligado a huir. Un curso similar se siguió en otros lugares; los obispos de la facción ortodoxa fueron expulsados, algunas veces con derramamiento de sangre, y sus posiciones ocupadas por sus oponentes. El más destacado intelectualmente de ellos era Pedro el Ibero, quien, llevado a la corte de Teodosio II, se había hecho monje y luego fue hecho obispo de Majuma. Estaban apoyados por la viuda del emperador Teodosio, Eudoxia, quien entonces vivía en Jerusalén. Cirilo afirma que casi todos los palestinos fueron arrastrados por el movimiento. Juvenal regresó a Constantinopla para pedir ayuda. Marciano, subestimando la fuerza de la revuelta, procuró suprimirla mediante simples edictos, pero al ver que eran inútiles tomó medidas más vigorosas. El comes Doroteo fue enviado con tropas, quien, tras un intento de compromiso que fracasó, aplastó duramente la insurrección. Entre los monjes que tuvieron que huir estaba Teodosio, quien posteriormente fue capturado, sufriendo un largo encarcelamiento en Constantinopla, siendo liberado bajo León Magno sólo para morir como resultado del trato que había recibido. Pedro el Ibero escapó a Alejandría, pero el movimiento ni siquiera se suprimió provisionalmente antes de julio de 453.

Mapa de difusión del monofisismo en Oriente
Mapa de difusión del monofisismo en Oriente

Sucesos en Egipto.
Todavía más importante fue el curso de los acontecimientos en Egipto, donde estalló un irreconciliable conflicto. Una gran parte del pueblo, aparentemente los monjes y las clases inferiores, sostuvieron a Dióscuro tras su destitución, eligiendo la otra facción a Proterio, quien parece haber estado personal e intelectualmente aliado con Dióscuro hasta la decisión del concilio que le obligó a cambiar su actitud. Apoyado por las autoridades civiles, impuso esas decisiones por medio de la confiscación y el destierro, lo que provocó tumultos y excesos. Un edicto imperial de 28 de julio de 452 condenó en el lenguaje más duro a aquellos que mantenían los errores eutiquianos y rechazaban reconocer a Proterio. Dos mil soldados fueron enviados a Alejandría y la paz pareció estar al alcance tras sus vigorosas medidas represivas. Pero la muerte de Dióscuro en su exilio en Gangra en Paflagonia (septiembre de 454) provocó una nueva excitación. En la corte había una poderosa facción indispuesta a las medidas duras y esa tendencia ganó fuerza a la muerte de Marciano y la sucesión de León Magno (febrero de 457). La facción de Dióscuro en Alejandría se fortaleció y eligió como patriarca a Timoteo Ælurus (el Gato), quien había seguido a Dióscuro al destierro. Fue consagrado en forma tumultuosa e irregular. La ayuda militar le permitió a Proterio expulsarle, pero tras sangrientas revueltas sus partidarios ganaron la partida, cuando él regresó, y Proterio fue asesinado por la turba en la Pascua de 457. Timoteo entonces tomó enérgicas medidas para confirmar su poder y expulsó a varios obispos ortodoxos, quienes apelaron al papa y al emperador. León ordenó una investigación del asesinato de Proterio e infligió severos castigos a los que fueron hallados responsables, pero no actuó contra Timoteo, a pesar de las peticiones urgentes desde Roma. Pensó convocar otro concilio, pero le disuadió Anatolio, quien le sugirió que mandara una carta circular pidiendo a todos los obispos del imperio su opinión sobre los decretos de Calcedonia. Tal carta fue enviada, probablemente en octubre de 457, y las réplicas, tal como se esperaba, fueron en su mayor parte desfavorables a Timoteo, incluso donde una cierta falta de entusiasmo por los decretos de Calcedonia se podía leer entre líneas. El papa León respondió el 17 de agosto de 458 en una larga carta (Epist., clxv) que debía ser leída en relación con su famoso "Tomo". Mientras tanto Anatolio había muerto (3 de julio de 458), siendo sucedido por el entendido Genadio, un decidido adherente de la definición de Calcedonia. Sin embargo, él no cumplió el destierro de Timoteo Ælurus hasta el comienzo de 460, cuando otro Timoteo, conocido como Salofaciolus, fue escogido en su lugar.

Antioquía y Constantinopla.
Incluso en Antioquía, el lugar donde en general la teología alejandrina fue más desfavorablemente recibida, el problema vino ahora por instigación de Pedro el Obeso, un presbítero de Calcedonia, quien estaba apoyado por el yerno del emperador Zenón. Era celoso por la proposición "Dios fue crucificado" y por la inserción en el Trisagion de las palabras "quien fue crucificado por nosotros", en tal forma que hicieran constar que el Hijo de Dios en su Deidad sufrió por nosotros. Él usurpó la sede, expulsando al legítimo obispo Martirio, pero él mismo fue expulsado por el emperador aconsejado por Genadio no mucho después. Mientras tanto las intrigas políticas eran activas en la corte y tras la muerte de León I (3 de febrero de 474) y su nieto de siete años León II (noviembre de 474), Zenón se aseguró el trono, teniendo prácticamente el poder durante algún tiempo. Sin embargo, sólo unas pocas semanas más tarde fue derrocado a su vez por Basilisco, otro yerno de León I. En el séquito del usurpador, Timoteo Ælurus tuvo un lugar prominente, y a pesar de los esfuerzos del patriarca de Constantinopla, Acacio, quien había sucedido a Genadio en septiembre (¿?) de 471, persuadió a Basilisco para que enviara una carta circular o encíclica condenando el "Tomo" de León y la definición de Calcedonia y amenazando a sus adherentes con los castigos más severos. La debilidad de los obispos orientales se muestra por el hecho de que al menos 500 de ellos aceptaron este pronunciamiento. Timoteo Ælurus pudo ahora volver a Alejandría, de cuya sede su nombre ya había sido borrado. En el camino consagró a un obispo de su propia facción para Éfeso y presidió un sínodo que envió una solemne exhortación al emperador, amonestándole a que permaneciera constante en la buena obra y destituyera a Acacio, por indigno, del patriarcado de Constantinopla.

Mapa de la ortodoxia y la herejía hacia el año 450
Mapa de la ortodoxia y la herejía hacia el año 450

Intentos de paz.
Pero el tiempo de Timoteo casi había pasado, aunque Antioquía y Jerusalén estaban ocupadas por obispos monofisitas. Acacio estaba absolutamente firme e hizo todo lo que pudo para soliviantar la capital contra el usurpador. El pueblo respondió a sus esfuerzos; una gran demostración eclesiástica fue organizada y Daniel el estilita bajó de su pilar para dar testimonio de la fe ortodoxa. Basilisco se vio obligado a abandonar la ciudad y Zenón, reuniendo fuerzas según llegaba, se aproximó a ella. Como último medio de frenar la contra-revolución se intentó la retirada de la encíclica, pero no sirvió de nada y Zenón ocupó de nuevo el trono, anulando las actos de su oponente (17 de diciembre de 476). Los obispos de Asia Menor se apresuraron a declarar con la mayor pesadumbre que su asentimiento a la encíclica les había sido arrancado a la fuerza. El papa Simplicio ya había escrito a Basilisco y ahora escribió de nuevo a Zenón exigiendo la destitución de Timoteo Ælurus, pero éste murió el 31 de julio de 477. La facción monofisita eligió a Pedro Mongo (el Tartamudo), entonces archidiácono, para sucederle, pero el gobierno restauró a Timoteo Salofaciolus por la fuerza militar. Sintiendo que su fin se aproximaba, exhortó al emperador a que solo un obispo ortodoxo debería ser escogido para sucederle. Cuando murió (probablemente en junio de 482) su oeconomus Juan Talaja se las ingenió para lograr la sucesión, pero no fue mucho antes que Zenón vio apropiado restaurar a Pedro Mongo, a condición de su asentimiento al documento (posteriormente famoso bajo el nombre de Henoticon) expuesto por Acacio con la idea de procurar la paz.

El Henoticon.
Acacio era un consumado político, como se demuestra suficientemente por su habilidad para mantenerse durante 18 años (471-489) entre todos los cambios y conflictos del tiempo. Desafortunadamente las fuentes son incompletas sobre los preliminares para la publicación del Henoticon, pero debe haber habido negociaciones en las que Acacio se propuso conseguir la buena voluntad de Pedro Mongo, evidentemente su candidato para Alejandría y como él mismo un político. La Fórmula de unión, dirigida a los obispos, clero, monjes y pueblo de Alejandría, Egipto, Libia y Pentápolis, es una obra maestra de habilidad táctica. Está basada en la fe de Nicea, Constantinopla y Éfeso; condena a Nestorio y Eutiques, adopta los dos artículos de Cirilo contra este último y aunque no repudia expresamente las decisiones de Calcedonia, rechaza la declaración de "cualquiera que ahora o en cualquier lugar, en Calcedonia o donde sea, ha pensado o piense de otra manera." Por el lado positivo, afirma la consustancialidad del Hijo de Dios con el Padre y el hombre, continuando en la insistencia de que fue una y la misma persona quien realizó milagros y soportó sufrimientos, aceptando así virtualmente al "Dios crucificado" de los monofisitas. Repudió toda separación como confusión (de las naturalezas, aunque el término es cuidadosamente evitado), así como cualquier cosa que sonara a docetismo. El texto de la Fórmula de unión es el siguiente:

«Confesamos, pues, a nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, Dios perfecto y hombre perfecto, de alma racional y cuerpo, engendrado antes de los siglos del Padre, según la divinidad, y el mismo que en estos postreros días, por nosotros y nuestra salvación (fue engendrado) de María según la humanidad; el mismo consubstancial al Padre según la divinidad, y consubstancial a nosotros según la humanidad; quien es una unión de dos naturalezas; por lo cual confesamos un Cristo, un Hijo, un Señor. Siguiendo esta doctrina de la unión sin confusión, confesamos que la santa Virgen es Madre de Dios (theotókos), puesto que el Verbo de Dios se encarnó y se hizo hombre, y desde la concepción unió a sí mismo el templo que tomó de ella. En cuanto a los dichos evangélicos y apostólicos acerca del Señor, sabemos que los teólogos dan a algunos un sentido común, como refiriéndose a la persona (prosopon), que es una, y en otros establecen distinción como refiriéndose a las dos naturalezas; y aplican los que convienen a la divinidad a la naturaleza divina de Cristo, y los más bajos (o humildes) a la humanidad».
El primer resultado fue la resolución de las dificultades alejandrinas, hasta donde podía esperarse en el acalorado estado de la mente popular. La posición de Pedro no era fácil y pudo sortearla sólo por algunos diestros malabarismos con las palabras. Incluso entonces una facción irreconciliable quedó dirigida por un tal Nefelio, quien hizo todo lo posible para excitar los ánimos; pero la mayoría estuvo satisfecha y, lo que fue de mayor importancia, Constantinopla y Alejandría tuvieron una vez más buenas relaciones. En Antioquía la situación parecía mejorar. Pedro el Obeso había sido destituido tras la caída de Basilisco y cuando el siguiente titular, Esteban, hubo sido asesinado, Acacio se aprovechó de la oportunidad para nombrar, de su propia iniciativa, a un tal Calandio como patriarca (probablemente a finales de 481). Calandio entró en alianza con los oponentes calcedonianos al Henoticon y con Roma. En consecuencia fue destituido en 485 y Pedro regresó por tercera vez, en medio de gran entusiasmo según se dice, aceptando el Henoticon, como hizo también Martirio de Jerusalén, con lo que los gobernantes principales de la Iglesia oriental parecían estar ahora unidos.

Ruptura con Roma.
Pero ese reconocimiento era sin Roma. El papa se ofendió no sólo por el desprecio de sus deseos en Alejandría sino por la arbitraria acción de Acacio en la elección de Calandio. En este caso quedó apaciguado por la seguridad de que había sido hecho meramente por necesidad, mediante la convocatoria de un sínodo y con la notificación formal de la elección por parte de Calandio y sus sufragáneos. Es incierto si Simplicio había oído del Henoticon; en su última carta extensa se queja meramente del silencio de Acacio sobre lo que estaba sucediendo en Alejandría. Murió el 10 de marzo de 483 y fue sucedido por el más determinado Félix III, quien envió dos largas epístolas al mismo tiempo a Constantinopla. Avisaba a Zenón de no quebrantar la fe de Pedro y tener en mente el destino de Basilisco; amonestaba a Acacio en el tono de un superior a que no permaneciera recalcitrante sino que expiara los malos hechos pasados mediante celo redoblado. Apenas habían sido enviadas cuando supo por Juan Talaja, quien en su expulsión había buscado finalmente apoyo en Roma, más de la situación oriental. Con gran disgusto envió nuevas cartas citando a Acacio a que se presentara en Roma e informando al emperador de este procedimiento. Pero Acacio retuvo a los enviados papales y o los intimidó o los engatusó. Félix se apresuró a convocar un sínodo en el que destituyó a sus indignos legados, excomulgó a Acacio y lo notificó al pueblo de Constantinopla el 28 de julio de 484, así como al emperador el 1 de agosto. Acacio no se dio por aludido por la sentencia, sino que tomó represalias borrando el nombre de Félix de los dípticos con lo que la ruptura entre Roma y buena parte de la Iglesia oriental fue completa. Es usual presentar esta ruptura y el cisma de 35 años que siguió como resultado del Henoticon y a este documento como una medida totalmente dañina. Por supuesto, superficialmente esta idea es correcta; si los decretos de Calcedonia y la sumisión a las directrices de Roma hubieran sido seguidas no habría habido cisma. Pero no es menos cierto que tal sometimiento incondicional a la voluntad de Roma habría sido posible o deseable. Es evidente por las cartas de Félix que él tenía una convicción de la supremacía del papa que estaba en irreconciliable conflicto con la solución de la cuestión de la precedencia oriental expuesta en el canon 28 de Calcedonia y el edicto de Zenón de 476, en el que confirmó vigorosamente las prerrogativas del patriarca de Constantinopla. El desarrollo de este poder había sido aceptado con complacencia en el este y un patriarca que asoció tanta importancia a ello como lo hizo Acacio lo estimó probablemente vital para el mantenimiento de un buen entendimiento con Roma. Él estuvo en posición de llevar a cabo su idea hasta donde el gobierno de Constantinopla estuviera absorto en procurar la posición en el este; fue sólo cuando, una generación más tarde, la ambición imperial intentó abarcar todo el mundo conocido que la cuestión de la reunión con Roma se hizo prominente, pues cualquiera que deseara gobernar en el oeste estaba obligado a tener al papa en cuenta. Sin embargo, mientras tanto lo principal era establecer la unidad eclesiástica y dogmática entre las grandes sedes del este. Esto no se podía hacer mediante una fórmula que estuviera centrada alrededor de la definición de Calcedonia, ni por un rechazo absoluto de la definición y el concilio. El método adoptado en el Henoticon fue el único practicable, aunque no sin dificultades; no era útil intentar reconciliar a los fanáticos monofisitas extremos y por otro lado la oposición ortodoxa en Constantinopla se mantenía en los monasterios, accesible a la influencia romana y proporcionando al papa información constante sobre los sucesos, aunque los sucesores de Acacio no fueron iguales en su propósito y derribaron muchos obstáculos en el camino de la política imperial de unión.

Apoyo oriental al Henoticon.
Acacio murió probablemente a finales de 489. Su sucesor Fravitas (probablemente un godo) notificó a Pedro Mongo su elección en una carta que definitivamente se adhiere al statu quo, y escribió a Félix en la forma usual, aunque, por la respuesta de Félix, sin hacer ninguna promesa distintiva sobre su futura conducta. Sin embargo, su titularidad de la sede patriarcal duró sólo cuatro meses. Su sucesor fue Eufemio, quien deseaba estar entre los que dieran una interpretación ortodoxa hasta donde fuera posible al Henoticon, si no desecharlo totalmente. Esto le puso en conflicto con Pedro Mongo, a quien estaba intentando destituir en un sínodo cuando Pedro murió, siendo sucedido por Atanasio II. Eufemio anunció su elevación al papa, quien rechazó el reconocimiento sobre la base de que no borró los nombres de Acacio y Fravitas de los dípticos. Un año más tarde (9 de abril de 491) murió el emperador Zenón, siendo el trono ocupado por el antiguo silentiarius Anastasio, quien se propuso seguir en la senda de Zenón manteniendo el Henoticon y la misma actitud de resistencia hacia Roma. Personalmente era un monofisita convencido, siendo dirigido, especialmente hacia el fin de su reinado, al ala extrema de la facción. Pero al principio Eufemio se opuso a su elevación al trono imperial y logró obligarle a firmar una resolución para no introducir innovaciones y reconocer las decisiones de Calcedonia. Durante la guerra Isáurica el patriarca entró en relaciones traidoras con el enemigo, lo que dio al emperador una excusa para destituirle y desterrarle al Ponto (probablemente en el verano de 496). El nuevo patriarca fue Macedonio, un nieto de Genadio. Fue obligado a firmar el Henoticon, pero su corazón estaba en el otro lado, y bastó sólo un poco de presión de los monjes ortodoxos para que se alineara definitivamente con ellos.

Monofisismo radical.
La batalla entró en una nueva fase cuando, hacia el mismo tiempo, los monofisitas sirios intentaron ir más allá del Henoticon al estimarlo una confesión inadecuada. Flaviano, obispo de Antioquía desde 498 (o 499), había sido aprobado por el emperador y había firmado el Henoticon, aunque de corazón favorecía el credo ortodoxo. Los monofisitas de su provincia se levantaron en contra de él bajo el liderazgo de Filoxeno, hecho obispo de Hieráppolis por Pedro el Obeso y lograron inducirle para que condenara (en un sínodo en Antioquía, 508-509) a Diodoro, Teodoro y otros del mismo grupo y que expresara su propia creencia en cuatro proposiciones marcadamente monofisitas. No contento ni siquiera con esto, en un sínodo celebrado en Sidón, 511-512, Filoxeno exigió el repudio explícito del concilio de Calcedonia. Sin embargo, Flaviano fortalecido por la presencia del menos flexible Elías, patriarca de Jerusalén, rechazó hacerlo en el sínodo, pero más tarde se sometió a la presión imperial y popular y anatematizó el concilio de Calcedonia. Su sumisión le aprovechó poco, pues en 512 fue desterrado por el emperador a Petra en Arabia. El cambio en la política de Anastasio es asignado por Teodoro Lector (ii. 20) al período que sigue tras el fin de la guerra persa en 506, en cuyo tiempo estuvo bajo la influencia personal no sólo de Filoxeno sino de Juan III (Nicetas), patriarca de Alejandría 505-511, y todavía más del inteligente Severo, quien desde 510, como muchos otros monjes de Tierra Santa, estuvo presente en la capital. La posición de Macedonio se hizo extraordinariamente difícil; sus oponentes estaban continuamente hallando nuevas causas de queja contra él y al final fue desterrado (7 de agosto de 511) a Euchaita, como su predecesor. Su lugar fue ocupado por Timoteo Litrobulbes o Celon, quien interpretó el Henoticon en un sentido monofisita; pero la inquietud no se apaciguó y finalmente una acalorada revuelta estalló por la interpolación monofisita en el Trisagion, cuando Anastasio se volvió timorato. Sin embargo la facción monofisita del este estaba a un paso de su triunfo. Flaviano fue sucedido por Severo el 6 de noviembre de 512. Convocó un sínodo en Tiro en 513 (o 515, según Diekamp), en el que Calcedonia fue repudiada y el Henoticon, con la exposición monofisita de Filoxeno y la suya propia, afirmado. Poco después (en 514 según la cronología usualmente aceptada; en agosto de 516 según Diekamp), Elías de Jerusalén fue desterrado a Aila en el Mar Rojo, donde murió en 518; siendo mantenido su sucesor, Juan, por la obra de Sabas, el pilar de la ortodoxia palestiniense. En Egipto, bajo el ilegalmente escogido patriarca Dióscuro II, el monofisismo se mantuvo fuerte y a la muerte de Anastasio (9 de julio de 518) la facción moderada de los adherentes estrictos del Henoticon había desaparecido prácticamente.

Intentos de reconciliación.
Ningún cambio real tuvo lugar en las relaciones con la sede romana bajo Anastasio. El papa Gelasio I (492-496) ya era conocido antes de su elevación como un determinado oponente del monofisismo y de la política de Acacio, manteniendo como papa la misma actitud. Su sucesor Anastasio II (496-498) fue un hombre de diferente temperamento que notificó al emperador su elección, lo que Gelasio había pasado por alto hacer, y en muchas maneras mostró un deseo de reconciliación, ya que el patricius Festo le envió una embajada al emperador tanteándole sobre la posibilidad de ganar su asentimiento al Henoticon. Su pontificado fue demasiado corto para el desarrollo de eas esperanzas, pero a pesar de los esfuerzos de Festo para procurar la elección de su candidato, la mayoría ortodoxa escogió a Símaco (498-514), quien escribió al emperador en términos enérgicos. Ya era demasiado tarde para cualquier pensamiento de someter el papado a los ideales del imperialismo oriental, como se muestra claramente por los primeros procedimientos en el pontificado de Hormisdas (514-523). En ese tiempo la posición de Anastasio quedó amenazada peligrosamente por la revuelta de Vitaliano, quien promovió la fe ortodoxa como pretexto para su movimiento. En las negociaciones entre ellos, el emperador expresó su disposición a buscar la mediación del papa a fin de terminar la controversia religiosa. En dos cartas (28 de diciembre de 514 y 12 de enero de 515) invitó formalmente a Hormisdas a un sínodo que sería celebrado en Heraclea. Hormisdas devolvió una respuesta cortés, expresando su benevolente interés en la propuesta, pero instruyó a sus enviados a no hacer nada que pudiera involucrarle en una reanudación de la comunión. Exigió un pleno reconocimiento del concilio de Calcedonia y un repudio de Acacio; sobre estas condiciones estaba dispuesto a asistir en persona. Sin embargo, Anastasio no estaba preparado para ir tan lejos en la dirección de la sumisión y envió a los legados de vuelta con una carta negando que él hubiera repudiado los decretos de Calcedonia y diciendo que era incapaz de dar solución a la cuestión de Acacio, ya que hacer eso provocaría serios problemas entre sus súbditos. En otras dos cartas expresó un deseo de reconciliación, pero Hormisdas permaneció firme y el emperador rompió las negociaciones en una carta el 11 de julio de 517.

Comienzo de la victoria para la ortodoxia.
A la muerte del emperador un año más tarde, el trono fue ocupado por Justino, capitán de la guardia, un hombre tosco, lleno de celo por la ortodoxia y desde el principio mero instrumento en manos de su inteligente y ambicioso sobrino Justiniano. Los ortodoxos por todo el este comenzaron a levantarse contra sus últimos opresores. Cinco días después de la ascensión de Justiniano, una turba entró en la catedral y el patriarca Juan II (el Capadocio, quien había sucedido a Timoteo el 17 de abril) fue obligado a anatematizar al "maniqueo", al "nuevo Judas", Severo de Antioquía y prometer al pueblo que confirmaría solemnemente los decretos de Calcedonia, lo que hizo al día siguiente. Cuatro días más tarde un sínodo se reunió e hizo la solicitud formal al emperador y a la emperatriz para la restauración de la ortodoxia. Esto se repetió desde Jerusalén el 6 de agosto y desde Tiro el 16 de septiembre. En la provincia de Antioquía, donde el monofisismo había mantenido un control indisputable, Severo fue desterrado en septiembre y huyó a Alejandría, donde Timoteo IV, patriarca desde el anterior octubre, le recibió y le apoyó. Justino, que ya había notificado al papa su ascenso, escribió otra vez el 7 de septiembre para expresar su voluntariedad y la del sínodo de Constantinopla de retomar las negociaciones. Hormisdas envió primero un reconocimiento formal y luego envió delegados con instrucciones detalladas, dirigiéndoles para que evitaran tener relación con el patriarca hasta que hubiera firmado una fórmula condenando a los dirigentes monofisitas con Acacio y sus "seguidores", queriendo decir Eufemio y Macedonio. El 28 de marzo de 519 el patriarca firmó la fórmula y en presencia de los legados borró los nombres de Anastasio y Zenón de los dípticos. Se hicieron promesas de sumisión, pero la ejecución fue de alguna manera decepcionante. En Tesalónica el metropolitano Doroteo se opuso a la unión, apoyado por el pueblo que asesinó al anfitrión de un legado romano; otro legado fue gravemente herido. Hormisdas exigió que Doroteo fuera enviado a Roma para ser juzgado, pero fue puesto en libertad. Hubo también algo de retraso en ocupar la sede de Antioquía con un candidato ortodoxo, aunque la elección finalmente recayó en Pablo, un presbítero de Constantinopla, quien procedió con tal severidad contra los monofisitas que fue obligado a dimitir dos años después. Su sucesor Eufrasio había estado en el lado monofisita pero regresó a la fe y aparentemente continuó persiguiendo a sus antiguos asociados, mientras que el siguiente patriarca, Efraín (526-545), salió también en apoyo de la ortodoxia oficial. La misma política gobernó en Constantinopla, donde Epifanio fue patriarca desde 520 a 535 y la capital fue testigo de un espectáculo sin precedentes cuando el sucesor de Hormisdas, Juan I (523-526), asistió en persona a la misa oriental de 525, al lado del patriarca local pero en un trono más elevado.

Justiniano I, en un mosaico del siglo VI en la basílicade San Vitale en Rávena, Italia
Justiniano I, en un mosaico del siglo VI en la basílica
de San Vitale en Rávena, Italia
Sucesos bajo Justiniano.
Justiniano fue proclamado co-emperador el 1 de abril de 527 y cuando su tío murió, exactamente cuatro meses más tarde, comenzó su gobierno absoluto. Estaba probablemente más deseoso de restaurar la unidad en la Iglesia que de dar la victoria a ninguna facción particular de doctrina, mientras que su esposa Teodora, una mujer de gran fuerza de carácter e influencia, se cree que favorecía a los monofisitas. Él organizó conferencias entre obispos católicos y monofisitas, pero sin resultado. El 15 de marzo de 533 publicó una edicto declarando a Calcedonia, con los tres concilios anteriores, la norma de la ortodoxia. Todavía hubo negociaciones con los monofisitas; una larga correspondencia fue sostenida con Severo, el verdadero cabeza de la facción, quien, sin embargo, declinó ir a Constantinopla hasta 525. Antimo, quien fue hecho patriarca hacia el mismo tiempo, era un favorito de Teodora, y, aunque de vida devota y ascética, estaba fuertemente inclinado hacia Severo, quien anunció el hecho con gozo a sus amigos en Alejandría. Pero su gozo duró poco tiempo; Efraín de Antioquía, quien conocía a Antimo desde hacía tiempo, se apresuró a poner el asunto ante el papa Agapito, y él, llegando a Constantinopla a suplicar por el rey godo Teodahado, que entonces estaba presionado por Belisario, tuvo suficiente influencia para provocar la desgracia de Antimo. Mennas fue elevado al trono vacante (13 de marzo de 536), y fue consagrado por el papa mismo, quien murió en Constantinopla un mes más tarde. En mayo o junio Mennas celebró un importante sínodo en el que Antimo, Severo y sus principales partidarios fueron excomulgados. Otro, celebrado en Jerusalén en septiembre, aprobó la destitución de Antimo, sin tocar el caso de los demás; y Efraín de Antioquía sometió a los monofisitas de su jurisdicción a una severa persecución. En Alejandría, durante el episcopado de Timoteo IV, los monofisitas se habían dividido en dos facciones conflictivas de severianos y julianistas, cada una de las cuales presentó un candidato para la sede vacante a la muerte de Timoteo (8 de febrero de 535). Finalmente ambos fueron descalificados y Pablo, un abad de Tabena, fue consagrado por Mennas en Constantinopla y dotado de grandes poderes por Justiniano. Parece que no tuvo éxito en el uso de ellos y es posible que su posición dogmática no fuera totalmente satisfactoria. En cualquier caso, cayó en desgracia ante la corte y Justiniano, por el legado papal Pelagio (posterior papa) lo destituyó mediante los otros patriarcas orientales en un sínodo celebrado en Gaza no después de Pascua de 542.

La emperatriz Teodora
La emperatriz Teodora, detalle de un mosaico del siglo VI. Iglesia de san Vital, Rávena.
Los esfuerzos de Teodora por los monofisitas.
Pero Teodora había estado ocupada en la línea de Roma también. Ella obtuvo influencia sobre el diácono Vigilio, quien había llegado a Constantinopla, con Agapito, y se dice haberle prometido que si era elegido papa pondría a un lado el sínodo constantinopolitano y mantendría comunión con Antimo y Severo. Pero en su ausencia Silverio había sido escogido papa en Roma; mas a instigación de Teodora, Belisario, que entonces tenía todo el poder en Italia, le encarceló y desterró bajo la acusación de relación traidora con los godos y procuró la elección de Vigilio (29 de marzo de 537). Vigilio envió a Teodosio, Antimo y Severo una confesión de fe que rechazaba las dos naturalezas y condenaba la teología antioquena, solicitándoles, sin embargo, que mantuvieran en secreto que él podía trabajar más efectivamente por su causa. Al mismo tiempo declaraba oficialmente su adhesión a la fe de Calcedonia y en sus cartas a Justiniano y Mennas (17 de septiembre de 540) formalmente aprobó las anatemas del sínodo de 536 contra los tres patriarcas monofisitas. Los monofisitas mantuvieron su existencia como facción en Constantinopla hasta el fin del reinado de Justiniano y tuvieron una influencia preponderante en Siria y Egipto. A instigación de Teodora, Jacobo Baradeo fue consagrado obispo en Constantinopla por Teodosio, el patriarca Severiano de Alejandría en el tiempo del conflicto con los julianistas y comenzó su carrera como organizador del monofisismo oriental. Justiniano mismo se interesó cada vez más en discusiones teológicas y hacia el fin de su vida ofendió a los ortodoxos por su apoyo a los aftartodocetas. Eutiquio, patriarca de Constantinopla desde 552, fue destituido y desterrado por rechazar concordar con tal apoyo (22 de enero de 565) y Anastasio el Sinaíta, patriarca de Antioquía, escapó solo por la muerte del emperador (13 de noviembre de 565).

Cisma final de las iglesias monofisitas.
El sobrino de Justiniano, Justino II, quien le sucedió (565-578), fue un instrumento en las manos del patriarca Juan III Escolástico y desde 571 hubo severas persecuciones de los monofisitas en la capital. Sin embargo, hubo largas negociaciones con los dirigentes de la facción, de los cuales los principales eran ahora Juan III y Pablo el Negro obispo nominal de Antioquía. Se hizo una operación diplomática para la Fórmula de unión de 433 y la autoridad de Cirilo en su favor. Los obispos monofisitas desconfiaban y vacilaron largo tiempo; cuando estaban al borde de prometer su disposición a reinstaurar la comunión con la Iglesia, el patriarca les sorprendió al decir que el asunto debía ser primero referido a Roma. El sentimiento de que habían sido engañados y malogradas sus concesiones, les hizo retroceder y tras ser citados ante el emperador fueron desterrados. Pocos de los egipcios aceptaron al patriarca de Alejandría que había sido nombrado bajo la influencia de Justiniano; la gran mayoría escogió un patriarca propio y formó una Iglesia cismática que nunca se reconcilió, echando su suerte la Iglesia etíope con la alejandrina. En Armenia también la facción monofisita, favorecida por los gobernantes persas del país, ganó el poder hacia finales del siglo quinto. A principios del sexto el sínodo de Teoría se declaró en favor de las ideas monofisitas y hacia el año 600 la Iglesia armenia cesó de tener comunión con la íbera que mantuvo los decretos de Calcedonia. En Siria y Mesopotamia los monofisitas, perseguidos y prohibidos, estuvieron a punto de desaparecer, cuando fueron reavivados por el extraordinario celo y energía de Jacobo Baradeo, tras lo cual fueron llamados jacobitas.

Varios aspectos del monofisismo.
Como fue en el caso con otras facciones opositoras en la Iglesia, los monofisitas quedaron unidos sólo por su repudio a la fórmula ortodoxa; entre ellos mismos diferían amplia y fuertemente. La facción cuyo representante más prominente era Severo siempre protestó enérgicamente contra la imputación de eutiquianismo y apolinarismo; de hecho ellos acusaron a los adherentes de Calcedonia de ser nestorianos y se llamaron a sí mismos ortodoxos, subrayando la idea de que su fe era la de los Padres de Nicea, que fue confirmada en Constantinopla y Éfeso, e hicieron del rechazo de la definición de Calcedonia y del "Tomo" de León un asunto de principios, mientras que aceptaron el Henoticon de Zenón únicamente poniendo su propia interpretación sobre el pasaje relativo a Calcedonia. Severo y otros teólogos de mente similar estaban lejos de querer reducir el elemento humano en el Logos a mera apariencia, e igualmente de sostener la idea de una mezcla o transustanciación. Según ellos, Cristo vino a ser por la unión de las dos naturalezas, cuyos atributos eran en abstracto distinguibles, pero rechazaron hablar de dos naturalezas después de la encarnación, porque la concepción de dos factores independientes les parecía necesariamente que involucraba dos sujetos o seres individuales. Siguiendo la fraseología de Cirilo y del Areopagita, Severo habló de una naturaleza y persona divina del Logos completa en sí misma, que por la asunción de la carne, junto con un alma racional, se hizo carne y hombre; los elementos unidos formaron una naturaleza e hipóstasis divino-humana a la que todas las actividades del Salvador han de ser referidas. Los monofisitas radicales, por otro lado, se adherían a una expresión de Eutiques, que rechazaba hablar del cuerpo de Cristo consustancial con nosotros; nada meramente humano había que asociar a la persona del Verbo encarnado. Esta facción fanática de extremistas fue siempre poderosa en Alejandría y estuvo constantemente recibiendo apoyos del bajo clero y de los monjes. Fue de tales elementos que la facción de los julianistas o gaianitas creció allí en contradicción a los teodosianos. De la doctrina de Juliano de la aphtarsia, de que la naturaleza humana de Cristo estaba tan absorbida en lo divino que él no estaba sujeto a los accidentes de humanidad o corrupción, recibió su facción el nombre de aftardocetas o fantasiastas, no teniendo nada en común con la afirmación de consustancialidad de los ortodoxos y severianos, aunque Severo se vio obligado por la necesidad de apoyo contra los sostenedores de Calcedonia a hacer causa común con él. Una sección de los julianistas incluso fue más lejos hasta decir que el cuerpo de Cristo, desde el momento de la encarnación, fue increado, de ahí que tuvieran el nombre de actistetas. También hubo división entre los severianos. Contra el patriarca Timoteo IV de Alejandría se levantó un diácono, Temistio, con la afirmación (apoyada en pasajes como Pero de aquel día o de aquella hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.[…]Marcos 13:32 y Juan 14:34) de que como el cuerpo de Cristo estaba sujeto a condiciones naturales, no podía ser concebido como omnisciente. La doctrina de los temistianos, o agnoetas, debió causar no poca agitación, pues incluso hacia finales del siglo sexto los monjes ortodoxos en Tierra Santa estaban hablando sobre el asunto con el legado papal en Constantinopla, quien no sólo informó del asunto a Gregorio I, sino que solicitó un pronunciamiento formal de Eulogio, el patriarca ortodoxo de Alejandría. Fue más allá de los estrictos límites del monofisismo cuando Esteban Niobes, un sofista alejandrino, fue llevado por su sentimiento de la contradicción entre la afirmada unidad de naturaleza y el intento de mantener las diferencias naturales entre lo divino y humano, a decir que tras la encarnación no hubo en Cristo distinción de naturalezas en ninguna manera. Contra él y sus seguidores, llamados niobitas, el patriarca Damián y Pedro de Antioquía se posicionaron decididamente. Además de todas las diferencias, la facción monofisita fue perturbada también por la controversia triteísta.