Historia
MONOTELITAS
- Surgimiento bajo Sergio
- Unión de monofisitas y monotelitas
- La declaración de Sofronio; la Ekthesis
- Surgimiento de la oposición a la doctrina
- Los concilios de Trullo
- Bases en la dogmática patrística
- Relación con las declaraciones del Nuevo Testamento
Surgimiento bajo Sergio.
El impulso para esta reconciliación fue doble. Durante la época de Justiniano el desarrollo de la teología había tendido hacia la cristología de Cirilo, a quien los monofisitas habían apelado siempre. El emperador Heraclio (610-641) tenía razones políticas para animar el movimiento. Las provincias asiáticas del imperio estaban siendo invadidas por persas y árabes y se hacía necesario consolidar a la población para la defensa. El emperador estaba poderosamente respaldado por el patriarca Sergio, cuyas simpatías estuvieron con el programa de la unión desde el principio. Fue la discusión teológica en Alejandría la que primero sacó al frente los términos "una energía" y "una voluntad" o al menos "un estado de voluntad", descriptivos de las ideas monofisitas. A esta enseñanza se había opuesto el patriarca Eulogio, pero Sergio no se sintió impedido por esto para establecer relaciones con los seguidores alejandrinos de "una energía" y "una voluntad". Solicitó al dirigente monofisita, Jorge Arsas, que le supliera las pruebas a las que pudiera apelar para la enseñanza de "una voluntad." Su carta conciliadora provocó el desagrado del patriarca Juan Eleemon, que fue impedido sólo por la captura de Alejandría por los persas de dar pasos para protestar contra el plan de Sergio (Máximo Confesor, xci. 333). Durante los siguientes años Sergio ganó al emperador para su plan de unión basado en la enseñanza de "una energía"; más de una vez durante su residencia en el este, Heraclio intentó atraer a los obispos prominentes a la nueva enseñanza. Más tarde, el metropolitano Ciro de Fasis le escribió a Sergio pidiéndole información adicional sobre este asunto (Mansi, Concilia, xii. 525 y sig., 560-561). Éste remitió al patriarca a la carta del papa León Magno, como testimonio de que la enseñanza de las dos "energías" no había formado parte del dogma ortodoxo. También citó una carta que ahora no existe del patriarca Mennas de Constantinopla al papa Vigilio, que contiene la expresión "una voluntad de Cristo" y "una vida hacedora de energía." Utilizó los mismos argumentos con varios otros obispos para ganarles a su plan.
Unión de monofisitas y monotelitas.
Hay oscuridad durante algunos años sobre los sucesos del movimiento. Pero en 631, Ciro fue designado patriarca de Alejandría bajo la condición distintiva de que trabajaría por la reunión con los monofisitas. Las condiciones se llevaron a cabo, pues el 3 de junio de 633 los principios de la unión fueron formulados sobre la base de que un Señor Jesucristo actúa en un modo humano y divino con una energía humano-divina (Mansi, Concilia, xi. 564 y sig.). Se apeló a la enseñanza de Cirilo sobre una naturaleza encarnada; los reconocidos principios teopasquitas de la Iglesia fueron especialmente subrayados. El resultado fue que Ciro informó de la adhesión de miles de monofisitas. Hacia el mismo tiempo los armenios se unieron con la Iglesia ortodoxa en un sínodo en Karim, en el que el emperador estuvo presente. En 634 Heraclio estaba trabajando para la unión con el patriarca monofisita de Antioquía, Atanasio, a quien estuvo de acuerdo en designar como patriarca ortodoxo a condición de que aceptara el concilio de Calcedonia con la interpretación monotelita (Vita Maximi, xc. 76-77). En este punto surgió una nueva dificultad por la interferencia del monje Sofronio, quien vino de Tierra Santa a Egipto para protestar contra los términos de la unión con los monofisitas (Mansi, xi. 532-533, x. 690-691). El patriarca Ciro defendió su política conciliatoria, apelando en su defensa a precedentes históricos. Sofronio, todavía descontento, apeló a Constantinopla e intentó inducir a Sergio a quitar la expresión "una energía" del acta de la unión. Sergio rechazó la propuesta, pero instó a Cirilo a no permitir ninguna disputa sobre una o dos energías, sino que insistió en el hecho de que uno y el mismo Logos encarnado fue la fuente de cada acción divina y humana. Especialmente había que evitar la enseñanza de las dos voluntades. En 634 el patriarca de Constantinopla presentó al emperador pasajes de los escritos de Mennas que demostraban la posición de la única energía. Sergio aconsejó que se abandonara la especulación sobre este asunto. Expuso la situación ante el papa Honorio, quien, en un escrito existente ahora sólo en una traducción griega, concordó con la posición del patriarca, acusando a Sofronio de levantar cuestiones ociosas y expresando la opinión de que la controversia sobre una o dos energías debía abandonarse o ser dejada a los lógicos. El uso de cualquier expresión, declaró, podría oler a nestorianismo o bien a eutiquianismo. En un punto él fue perfectamente concreto: "Confesamos una voluntad del Señor Jesucristo." "No hay lugar" dijo, "para una segunda diferente u opuesta voluntad." Incluso pasajes como Yo no puedo hacer nada por iniciativa mía; como oigo, juzgo, y mi juicio es justo porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.[…]Juan 5:30 y Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras .[…]Mateo 26:39, donde Cristo parece colocar su propia voluntad y la divina en contraste, realmente no prueban una voluntad diferente, sino que se refieren sólo a la "economía" de la humanidad asumida. En esos lugares, argumenta, Cristo está hablando como nuestro ejemplo, para que podamos seguir sus pasos y que podamos escoger no nuestra propia voluntad sino la voluntad de Dios.
La declaración de Sofronio; la Ekthesis.
Mientras tanto, Sofronio había sido elevado a la sede patriarcal de Jerusalén. Tuvo ocasión inmediata de publicar el denominado Synodikon (MPG, lxxxvii. 3, cols. 3148-3200), en el que establece los dos siguientes principios: Que de las dos naturalezas, divina y humana, proceden dos energías y que la condición humana de la vida del Hijo de Dios era real. Se dejó sitio a la naturaleza humana para que hiciera y sufriera, lo que es peculiar a esa naturaleza. Esto fue voluntario, pero el proceso tuvo lugar de un modo natural. Todas las palabras y obras de ambas naturalezas se han de referir a la persona del Dios-hombre, pero la unidad no es simple. Sofronio lo aplica a la expresión de Dionisio "una nueva y divino-humana energía"; no hace mención de dos voluntades. Intentó conseguir el apoyo de Honorio contra los monotelitas. El papa intentó salvar sus dificultades apelando a las Escrituras donde nada se dice acerca de una o dos energías, señalando que ambas naturalezas estuvieron naturalmente unidas en el único Cristo (Mansi, xi. 579-581). Sofronio estuvo de acuerdo en rechazar la expresión "dos energías" y Ciro de Alejandría consintió en dejar de hablar de "una energía." Sobre esta base Sergio en el año 636 preparó la denominada Ekthesis (Mansi, Concilia, x. 991-998), que fue firmada por el emperador en 638. Éste dictaminó que no se debía hablar ni de una ni de dos energías. Aunque había un precedente para el uso de "una energía" en los escritos de los Padres, el término puede ser considerado una negación de las dos naturalezas; "dos energías" no estaba apoyado por la autoridad y podía ser interpretado como el establecimiento de dos voluntades contradictorias. Hay una voluntad en Cristo; en ningún momento del tiempo tiene su cuerpo, dotado de razón y alma, una moción separada completamente contraria al impulso del Logos divino con quien está unido hipostáticamente, sino sólo en el momento y forma y grado que el Logos mismo quiere. Esto significaba un abandono práctico del monergismo, pero era una declaración enfática del monotelismo.
La Ekthesis del emperador Heraclio sancionaba el monotelismo de este modo:
'Exposición de la fe ortodoxa, hecha por el piísimo señor nuestro, que Dios lo conserve, el gran príncipe Heraclio, en ocasión del altercado promovido por algunos, al requerimiento de proceder de acuerdo en todo con los cinco concilios santos y universales, la cual con mucha satisfacción y con la gracia divina formularon los prelados de las sedes patriarcales, y de buen grado consintieron en ella, con objeto de llevar la paz a las santas iglesias de Dios.
Creemos en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, trinidad consustancial, una deidad o naturaleza y esencia, y fuerza y potestad en tres subsistencias o personas, reconociendo en cada una de ellas una familiaridad de subsistencia, la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad; unidad, ciertamente, en razón de la esencia de su divinidad; trinidad, asimismo, según las subsistencias o personas. Y ni por confesar que son uno según la esencia, suprimimos la diferencia de personas, ni por confesar la trinidad de personas, negamos una única deidad. Un Dios Padre, un Dios Hijo, un Dios Espíritu Santo, un solo Dios en estos tres, por razón de su misma e inmutable deidad. Pero, la diferencia de personas, no implica la división de deidad o de esencia [...] Confesamos, pues, en la santa Trinidad un Hijo de Dios unigénito, Verbo de Dios, engendrado por el Padre ante todos los siglos, luz de luz, esplendor de gloria, hecho de la misma sustancia del Padre, por el cual son hechas todas las cosas, que en los días finales descenderá del cielo por nosotros y por nuestra salvación, y que se dignó habitar en el útero intacto de la santísima engendradora de Dios y siempre Virgen María, y que mezcló con su carne la de ella en una sustancia, teniendo alma racional e intelectual, y que nació de ella, y permaneció siempre perfecto Dios, y que se hizo perfecto hombre de modo inconfuso e indiviso, consustancial a Dios y al Padre según deidad, consustancial asimismo a nosotros según la humanidad, y en todo semejante a nosotros sin pecado [...]
De donde [se deduce que] confesamos un Cristo de dos naturalezas, un hijo, un señor, una persona, una sustancia compuesta y una naturaleza del Verbo Divino encarnada en un cuerpo animado intelectualmente, como Cirilo el Magno supo y enseñó, y glorificamos que hay en él mismo dos naturalezas: de modo que confesamos que en la deidad y en la humanidad reconocemos un señor nuestro Jesucristo que es verdadero Dios; pero la diferencia de naturalezas la significamos sólo de este modo, porque de ella inconfusamente fue hecha la inefable unidad. Y ni la deidad transmigró a la carne, ni la carne transmudó en deidad, sino que una y otra permanecieron en su propiedad natural y en pro de la unidad de subsistencia de cada una de ellas. De ahí que reconocemos a un solo hijo señor nuestro Jesucristo [que procede] del Padre sin tener principio, y de madre intacta, constituido antes de los siglos y en los últimos tiempos, impasible y pasible, visible e invisible, de quien predicamos milagros y padecimientos, y toda la operación divina y humana la atribuimos a uno e idéntico Verbo de Dios encarnado, y le ofrecemos una sola veneración espontánea y veraz porque se crucificó por nosotros en la carne y, resucitando de entre los muertos, ascendió a los cielos, y reside a la diestra del Padre y vendrá de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos; y no consentimos que nadie diga o enseñe jamás que hubo una o dos operaciones (energeia) en la divina encarnación del Señor, sino que, tal como decretaron los santos y universales concilios, debe confesarse que el único y el mismo hijo unigénito señor nuestro Jesucristo es verdadero Dios, que obra como Dios y como hombre, y toda operación congrua del Dios y del hombre procede de un solo y mismo Verbo de Dios encarnado, de forma indivisa e inconfusa; y que es hecha por Él en su unidad y en sí mismo, de modo que por parte de algunos padres se ha hablado como si se tratara de una operación sola y esto turba y extraña a ciertos oídos, que piensan al instante que esta operación debería decirse que es obra de dos naturalezas; las cuales, en una subsistencia, se hallan unidas en Cristo Dios nuestro.
De modo parecido, también la expresión de las dos operaciones o energías puede escandalizar a muchos, puesto que no se encuentra en ninguno de los santos y venerandos padres [de la Iglesia]: de modo que si confesamos [la existencia de] dos voluntades en el Verbo de Dios, se sigue de ello que ambas pueden ser, a la vez, contradictorias, deseando por una parte cumplir su salutífera pasión, y resistiendo, por otras, la encarnación en Él producida, obviamente de acuerdo con su propia voluntad; y, por tanto, el querer introducir dos [voluntades] contrarias es impío y extraño al dogma cristiano. Si, pues, el insano Nestorio se permitió dividir la divina humanidad de nuestro Señor, introduciendo dos hijos, no se atrevió a hablar de las voluntades de éstos y, por el contrario, confesó [la existencia de] una voluntad consonante en Él, una vez constituidas las dos personas: ¿Cómo es posible, confesando la fe ortodoxa, y glorificando a un hijo señor nuestro Jesucristo verdadero Dios, aceptar en él dos voluntades, contrarias entre sí?
De donde, consecuentes con los santos padres en todo y en esto, confesamos una voluntad en nuestro señor Jesucristo verísimo Dios; de manera que, en ningún momento, de su cuerpo animado intelectualmente, por separado y por su propio ímpetu, ninguna moción contraria puede producir su sustancia natural en unión mutua con el Verbo de Dios, sino sólo cuándo, cuál y cuánta el mismo Dios Verbo quisiera. Estos dogmas de piedad nos transmitieron quienes desde los inicios [de la Iglesia] los vieron presencialmente y fueron hechos ministros de la palabra, y sus discípulos y sucesores; y, a continuación, los doctores de la iglesia inspirados por Dios, y también los cinco santos sínodos universales: el de Nicea, el de esta regia ciudad [de Constantinopla], el primero de Éfeso, el de Calcedonia, y de nuevo el de Constantinopla que fue el quinto de los concilios [ecuménicos] celebrados. Y siguiendo en todo a estos concilios, y aceptando sus divinos dogmas, todo cuanto promulgaron lo promulgamos; y a quienes rechazaron los rechazamos; y anatematizamos, principalmente, a los Novacianos, Sabelianos, Arrianos, Eunominos, Macedonianos, Apolinaristas, Origenistas, Avagrienos, a Dídimo, a Teodoro de Mopsuestia, a Nestorio, a Eutiques, a Dióscuro, a Severo y los impíos conscriptos de Teodoreto que [iban] contra la fe recta del primer sínodo efesino y de los doce capítulos de san Cirilo, y cuanto se escribió a favor de Teodoro y de Nestorio, y la epístola llamada de Ibla. Y exhortamos a todos los cristianos a pensar del modo [expuesto] y a glorificar así [a Dios], nada añadiendo ni nada sustrayendo, ni nada transmutando de lo que queda escrito: las definiciones eternas que, inspiradas por Dios, prefijaron los sacerdotes de la Iglesia para la salvación de todos juntos.
Suscripción del príncipe:
Heraclio, fiel en Jesucristo, emperador para Dios, lo suscribió.'
A Sergio le sucedió un patriarca de ideas semejantes, Pirro (638-641). En Italia la política religiosa del emperador halló gran oposición. Severino, quien sucedió a Honorio como papa, (638) y su sucesor Juan IV dirigieron la oposición. La Ekthesis fue condenada en un sínodo romano (641; Mansi, x. 607). Juan pidió a los nuevos emperadores, los hijos de Heraclio, Constantino y Heracleón, que retiraran el documento y escribió explicándose y disculpándose por la aceptación de Honorio de la teoría de la única voluntad (Mansi, Concilia, x. 682-686). Los cambios políticos desembocaron en la caída de Pirro, quien halló refugio en el norte de África tras una disputa con Máximo Confesor, cuyos registros son de la máxima importancia para esta controversia, abandonando sus ideas monotelitas. Las iglesias africanas respaldaron cálidamente la protesta papal contra el monotelismo y apelaron al emperador para que abandonara la falsa enseñanza. Pirro, ahora en Rávena, fue inducido por la influencia de la corte a volver a la posición monotelita. El papa le excomulgó y declaró a su sucesor, Pablo, patriarca de Constantinopla, destituido. Pablo intentó resolver la dificultad abandonando la Ekthesis e induciendo al emperador a publicar un nuevo documento religioso llamado Typus (628), que prohibía, bajo severos castigos, discutir la cuestión de si Cristo tenía una o dos voluntades (Mansi, x. 1029-32). La cuestión llegó a su apogeo en un sínodo romano de amplia asistencia celebrado en el año 649 bajo Martín I. Se adhirió especialmente a la doctrina del credo de Calcedonia de las dos voluntades y dos energías, explicándolo como deducción de la enseñanza de Cirilo sobre la encarnación de que hay una naturaleza del Dios-Logos encarnado y que la palabra "encarnado" indica una plena naturaleza humana, exceptuando el pecado. La unidad de las voluntades unidas estrechamente se hace dependiente de la operación de una naturaleza que quiere la salvación del hombre. Martín envió los decretos a Constantinopla y dio pasos activos en la Galia, norte de África e incluso en el este para lograr apoyo. Fue acusado de relaciones traicioneras con el exarca de Rávena, siendo llevado por la fuerza a Constantinopla y desde allí enviado al exilio donde murió (655). Su sucesor, Eugenio (654), se inclinó al compromiso, permitiendo la concepción de dos voluntades así como de una voluntad, interpretándose los términos desde diferentes puntos de vista. La unión hipostática constituyó una, pero el hecho de la conjunción de las dos naturalezas permitía hablar de dos. Máximo Confesor, quien ya ha sido mencionado tomando parte prominente en la controversia desde el principio, fue apelado como autoridad por esta última declaración, pero él negó en varias cartas públicas que hubiera sostenido alguna vez tal enseñanza, siendo activo en suscitar a la opinión pública en el oeste contra la misma. Durante un tiempo la comunión entre Roma y Constantinopla quedó restaurada; Vitaliano trabajó en armonía con el emperador Constancio, quien fue lealmente recibido en Roma en 663. Mientras que el imperio oriental estaba resistiendo los ataques de los ávaros, búlgaros y musulmanes, las dificultades surgieron de nuevo entre las dos sedes. El entendimiento entre Roma y Constantinopla quedó interrumpido y Adeodato rechazó el Synodikon de Constantino I de Constantinopla. El nombre del papa Vitaliano (657-672) fue borrado de los dípticos en Constantinopla. El emperador Constantino Pogonato (668-685) intentó hacer una reconciliación. El papa Agatón (678-681) aprovechó la ocasión para tener el apoyo de la Iglesia occidental, proclamándose representante de la enseñanza ortodoxa y declarando que los patriarca de Constantinopla habían introducido tendencias heréticas en la Iglesia. Como el patriarca Teodoro (676-678) resistió la política conciliadora del emperador, fue destituido y Jorge fue designado en su lugar, llevando a cabo las directrices imperiales para convocar y consultar a los metropolitanos y obispos de su patriarcado.
Los concilios de Trullo.
Esta asamblea se convirtió en el sexto concilio ecuménico, llamado de Trullo porque se celebró en el salón con cúpula (troullos) del palacio imperial. Duró desde el 7 de noviembre de 680 al 16 de septiembre de 681. Macario de Antioquía defendió la posición monotelita. Apeló a la carta de Mennas a Vigilio y a la carta de éste a Justiniano y Teodoro, las cuales fueron declaradas por los representantes romanos fabricaciones de los monotelitas. El patriarca de Constantinopla, apoyado por sus obispos, estaba abiertamente en favor de las ideas de Agatón. El nombre del papa Vitaliano fue restaurado a los dípticos, Macario y su ayudante Esteban fueron destituidos por falsificación de documentos y herejía. En la sesión decimotercera el 28 de marzo, el papa Honorio, junto con varios de los recientes patriarcas de Constantinopla, todos los cuales habían sido condenados en una carta de Agatón, fueron anatematizados por el concilio. Honorio fue puesto con los otros dirigentes monotelitas, porque el concilio consideró que su carta a Sergio demostraba que él era un monotelita que estableció su impía enseñanza. Todos los planes de compromiso fueron rechazados y el sínodo nada oiría sobre los intentos del patriarca para salvar la reputación de sus predecesores. En la decimoctava sesión, se aceptó un decreto dogmático reconociendo la enseñanza de las dos voluntades y dos energías, pero señalando que las dos voluntades no se oponían. Más bien la voluntad humana sigue y se subordina a la voluntad divina. De acuerdo con la doctrina de Atanasio de que el cuerpo de Cristo es el cuerpo del Logos divino, la voluntad natural de su cuerpo es la voluntad propia del Logos; tal como su cuerpo santo, impecable, racional no está suprimido por la deificación, sino que continúa en sus propias limitaciones y relaciones, así por la deificación la voluntad humana no queda destruida, sino que es preservada. Agaton murió antes de que el concilio concluyera sus sesiones. Macario, quien fue enviado a Roma para instrucción, rehusó retractarse y con sus seguidores fue encarcelado en un monasterio. El segundo concilio de Trullo de 692 aceptó los hechos del primero. Un emperador, Filípico Bardanes (711-713), intentó restablecer el monotelismo, pero fracasó.
Bases en la dogmática patrística.
La discusión monotelita puede considerarse una secuencia de la controversia monofisita. Sin embargo, un punto importante a tener en cuenta es que la opinión correcta duofisita no había desembocado previamente en consecuencias duotelitas. Sergio en su carta a Ciro de Fasis trata el asunto extensamente e insiste que no se puede encontrar evidencia para la expresión "dos energías" en los maestros anteriores. Aunque esta declaración no era verdadera, ya que varias autoridades la usaron, como Eustacio, sin embargo Sergio tenía razón en señalar la falta de ejemplos patrísticos reconocidos. Su caso es aún más relevante en lo que concierne al uso del término "dos voluntades." En principio no había sido un asunto de debate de gran extensión; Eulogio de Alejandría es el único escritor que hizo de la cuestión asunto de discusión polémica. El interés en ella parece haber quedado limitado a Alejandría. Sergio no era consciente de la existencia de esta obra de Eulogio y de la misma incluso Focio no tuvo conocimiento. No puede decirse que la cuestión monergista se decidió en el tiempo de Justiniano sobre idénticas líneas con el caso de sus últimas resoluciones. No obstante, es verdad que la enseñanza de León sobre la naturaleza dual lógicamente admite las dos energías naturales. De hecho, Sergio puede ser acusado de buscar tres pies al gato cuando apela a León por apoyo, ya que el papa nunca había usado la expresión "dos energías." Aunque ha de concederse que el punto de partida de la idea monergista no era anti-ortodoxo. Es justo contender que desde el mismo momento de la encarnación el centro personal en el que la naturaleza humana subsiste y crece es la persona del Logos; todo lo que Cristo dice o hace se puede atribuir a la única energía del Dios-hombre. Hay buenos precedentes patrísticos de esta posición, especialmente el pasaje apelado por Sergio y sus seguidores de Dionisio, donde se usa la expresión "una energía teándrica" y el pasaje de Cirilo donde, al comentar Pero El, tomándola de la mano, clamó, diciendo: ¡Niña, levántate![…]Lucas 8:54, habla de Cristo "mostrando a través de ambos, es decir, la palabra de mando y el toque con la mano, una energía correlativa". La idea de los monergistas fue que hay una sola fuente para todas las acciones del Dios-hombre, que es, la naturaleza divina. Los impulsos de esta fuente son llevados a cabo por el alma racional humana y el cuerpo humano. Los actos y actividades de Cristo, afirmaban, no tienen su origen en la naturaleza humana, ya que no subsiste por sí misma. Hay una energía, siendo su creador Dios y su instrumento hombre; hay una voluntad y es la divina. Sergio pudo afirmar su ortodoxia por su declaración de que el cuerpo del Señor, dotado de alma y espíritu, ejecutó sus mociones naturales según la medida de la voluntad divina y pudo decir que como el cuerpo del hombre está controlado por su alma racional, así con Cristo toda su naturaleza humana está siempre bajo el control de la Deidad.
Relación con las declaraciones del Nuevo Testamento.
Las objeciones a la unidad de la "energía" están relacionadas con la necesidad involucrada de que el elemento humano distintivo, con su actividad auto-determinante, quedaría eliminado; la naturaleza humana sería reducida a un órgano muerto, sin alma, o, al menos, sin razón. Por esta razón los monotelitas fueron acusados de ser seguidores de Apolinar. A causa de las oscuridades y ambigüedades envueltas en el término "energía", Sergio y su escuela abandonaron su uso y concentraron su atención en el meollo de la cuestión, la unidad de la voluntad, pues dos voluntades parecen implicar dos sujetos. Cuando se citaron pasajes como Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras .[…]Mateo 26:39, con su contraste de la voluntad humana y la divina, ellos argumentaron contra la teoría de las dos voluntades sobre la base de que con la apropiación de la naturaleza humana por el Logos personal, una voluntad que se hace a sí misma conocida en el sujeto personal del Dios-hombre, en distinción a su voluntad divina, se debe a una dirección no divina en la naturaleza que ha sido asumida. Apelaron a la declaración de Gregorio de Nisa (Oratio ii, De filio) "pues su acción de la voluntad en ninguna manera es contraria a Dios, sino que es totalmente de Dios." Insistieron en la imposibilidad de dos voluntades mutuamente distintas, aunque tuvieran el mismo contenido, y citaron el dicho de Macario: "Es imposible que pueda haber en uno y el mismo Cristo, nuestro Dios, dos voluntades juntas y al mismo tiempo contrarias, aunque sean semejantes." Autoridades patrísticas más antiguas en sus comentarios a este pasaje de Mateo lo tratan como si el Dios-hombre, al condicionarse a sí mismo a una voluntad humana, la asumiera como si hubiera voluntariamente un carácter especial en ello como acto peculiar de salvación. Los monotelitas hicieron uso de esta explicación, pues ellos no negaban una operación humana, sólo afirmaban que se expresaba por la voluntad divina. Por tanto, en relación a la energía divina, la manifestación humana es pasiva más que activa. Cuando Gregorio de Nisa, hablando de Cristo, dice que el alma quiere, quiere decir, según la explicación monotelita, que el querer del alma tiene lugar por el querer divino de la Deidad, que está personalmente unida a ella. Por tanto, es la voluntad divina en forma humana. La concepción monotelita no se apartó de la posición de la Iglesia sobre la enseñanza de la encarnación. Incluso Máximo mismo, una vez que el término "una energía" había sido abandonado, no puso objeción esencial al punto de partida de Pirro. Pero de los esfuerzos de Máximo, se extrajeron las consecuencias lógicas de los decretos de Calcedonia. La voluntad fue tratada como una parte esencial y característica de la naturaleza humana. El que niega la voluntad humana en Cristo, niega el alma humana en él. Si Cristo no tomó una voluntad humana, sino sólo tuvo una, él mismo ocupó el lugar de un sujeto humano con voluntad; en ese caso habría que tomar todas las demás características de la humanidad en la misma categoría, con lo que la encarnación se convierte en docetista. No obstante los oponentes del monotelismo fueron cuidadosos para no otorgar a Cristo una voluntad gnómica, esto es, que no se decidía por el bien mediante el contraste entre argumentos a su favor y en contra; la unidad de la naturaleza humana con el Logos divino desemboca necesariamente en la decisión hacia la elección de lo bueno. Máximo no tuvo temor de decir que el Dios-hombre tuvo, según su naturaleza, una voluntad humana, pero según su esencia, una divina. Esta declaración es difícil de reconciliar con los pasajes escriturales aducidos para demostrar la dualidad de la voluntad (Al día siguiente Jesús se propuso salir para Galilea, y encontró* a Felipe, y le dijo*: Sígueme.[…]Juan 1:43; 5:21; 17:24; 19:28; le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero después de probar lo, no lo quiso beber.[…]Mateo 27:34; ¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste![…]Lucas 13:34) y muestra cuán estrechamente Máximo se aproximó a la terminología monotelita.