Historia

MORALISTAS BRITÁNICOS

Introducción

Los moralistas británicos de los siglos XVII y XVIII realizaron en el campo de la ética lo que los deístas ingleses del mismo periodo hicieron en el campo de la religión. Los deístas se emanciparon de la concepción ideal de la religión fundada en la psicología y metafísica y establecieron un análisis de la religión fundado en el estudio psicológico de sus fenómenos. Los moralistas británicos se emanciparon de un sistema de ética fundado dogmáticamente, que controlaba al Estado, la Iglesia y la vida privada, fundando un sistema autónomo de ética científica moderna. En ningún caso ambos movimientos fueron aislados, siendo parte de un fenómeno social en una época en la que, entre otras cosas, se tendió a elaborar un tratamiento independiente de las diversas ciencias. Específicamente, la obra de los moralistas británicos se puede distinguir de este modo: Primero, dieron una forma científica al material práctico que les proporcionaba la ética cristiana, con la que a veces estuvieron en una relación hostil, otras ampliando sus conceptos y en otras incorporando intereses y objetivos puramente seculares. En segundo lugar, en lugar de derivar la moralidad de la enseñanza dogmática y del sistema dualista sobrenatural de salvación y gracia, introdujeron el método del análisis psicológico.

Desarrollo de la autonomía de la ética.

La teoría católica.
La combinación del cristianismo con la cultura del mundo antiguo desplazó el primitivo sistema de ética cristiana, que tenía que ver con el fin del mundo y una vida de total dirección divina. El gran proceso de amalgama resultó en la objetividad del cristianismo, concibiéndose la Iglesia como una institución sobrenatural de gracia. En el proceso de combinación se adoptaron varios elementos. La participación en lo divino quedó asegurada por las teorías neoplatónicas, mediante las cuales quedaba cubierto el intervalo entre lo natural y lo sobrenatural. Cada una de esas dos esferas tenía su legítima existencia, haciéndose un lugar para un sistema ético que descansaba principalmente sobre la ley tradicional natural, tal como se encuentra en la filosofía de los estoicos, mientras que la concepción aristotélica del Estado quedaba también incorporada en el esquema. La ética estética de la antigüedad desapareció completamente. La ley natural quedó igualada con el Decálogo, por lo que la esfera de una auténtica ética política y civil era muy limitada. La ética eclesiástica tenía la preeminencia. Se dio un valor diferente a la moralidad del laico que a la del clero. Al pasar el tiempo, los puntos débiles de este sistema quedaron bajo crítica y el elemento secular fue acentuado, surgiendo al mismo tiempo protestas contra la concepción prevaleciente de la ética como un sistema de leyes y regulaciones impuestas por la Iglesia.

La posición protestante.
El movimiento protestante logró minimizar el dualismo entre lo sobrenatural y lo natural. Pero la distinción entre poderes naturales debilitados por el pecado original y la moralidad sobrenatural de la gracia todavía permanecía. Es verdad que en la concepción protestante la perfección religiosa se podía obtener en el mundo, no en el claustro. El hombre normal, no el asceta, es el objeto de la gracia salvadora. El Estado, con sus diversas funciones, quedaba liberado de prescripciones eclesiásticas; aunque representa a la naturaleza humana caída, puede ser inspirado por un cristianismo auténtico. De ahí que el cristiano como ciudadano pueda vivir como cristiano, sin realizar algunas obras especialmente divinas bajo la supervisión de sus superiores eclesiásticos. Calvino tenía una idea optimista sobre la posibilidad de vivir una vida cristiana en el Estado según las normas cristianas. La autoridad primaria se basaba en la identidad de la ley natural con el Decálogo, del que la primera tabla contenía las demandas de un carácter espiritual y la segunda controlaba las formas naturales de vida en un Estado civilizado. El propósito del cristianismo es restaurar la ley natural en esta forma, pues se suponía que el paganismo se había olvidado de la ley natural en ambas direcciones. Los protestantes evitaron añadir a esta ley natural contenida bíblicamente los denominados consejos evangélicos. Pero la idea de ley secular iba a ser aceptada como guía sólo para los no regenerados. El cristiano no podía aceptarla como norma de conducta; era válida sólo para una forma natural de vida. Sus prescripciones y de hecho todas las formas y actividades del Estado eran contempladas como una especie de disciplina preparada y ordenada por Dios, como parte de ese sistema terrenal por el cual el cristiano tiene que pasar como peregrino en su viaje al cielo. En cuanto al derecho de resistencia a las prescripciones del Estado, el luteranismo y el calvinismo diferían. Sin embargo, ambos coincidían en negar cualquier propósito ético propio al Estado y a la sociedad civilizada per se. Todos sus derechos en esta esfera venían de la ordenanza divina, tal cual está establecida en la segunda tabla del Decálogo.

Hugo Grocio
Hugo Grocio
El Estado y la ley natural.
Lo que había sido reprimido por el catolicismo, esto es, la libre esfera y subjetividad de la idea cristiana de la ética, fue más plenamente desarrollado, aunque en ningún aspecto puede ser denominado completo tal desarrollo. Se reconoció la existencia del Estado y el valor de la actividad del Estado como entidad religiosa, no en oposición a los intereses espirituales. Lo que se omitió fue el reconocimiento de que el Estado y las instituciones sociales eran derivaciones de la idea cristiana. No le fue adjudicado al Estado un objetivo necesariamente ético. El Estado era parte de un orden natural, con el deber que le era impuesto de mantener la supremacía de la verdad y la ley moral bíblica. Sobre esta base sus formas especiales de actividad fueron reconocidas legítimas. Solo le fueron asignados fines seculares, tales como el establecimiento de un sistemas de leyes y las provisiones para la prosperidad económica. Una etapa posterior en la emancipación del Estado vino por la concepción de la ley natural, que había sido parte del sistema religioso de católicos y protestantes. Esta concepción de la ley natural podía adquirir un color conservador total si se hace una mera abstracción de las ordenanzas políticas existentes y de los principios legales y éticos comúnmente reconocidos. Los tales se asumen que son un sistema natural divinamente creado, los postulados de toda vida social. Este fue el punto de vista de la ética para los reformadores y sobre el mismo se edificó el sistema político y el sistema teórico ético de la Reforma. Pero la ley natural es susceptible de ser tratada como un instrumento de crítica de lo actual y lo existente. En esta forma la usó Grocio, quien le proporciona un espacio libre, aparte del Decálogo o de cualquier otra sanción teológica. Su poder vendría de la razón, incluso si no hubiera Dios y ha de ser referida a Dios solamente porque él es la fuente de la actividad humana, en la que las ideas de la razón trabajan. De esta forma se abrió una senda para la idea ética del Estado y de la ley. Grocio deseaba preservar esta idea sobre una base sólida, independiente de las luchas confesionales e inasequible a las sutilezas teológicas. De hecho esta ley de las naciones es el enemigo de la batalla confesional y religiosa. La idea, tal como la desarrolló Grocio, fortaleció la unidad y soberanía del Estado, dio independencia ética y legal al individuo y procuró por la derivación racional de las condiciones políticas y sociales en el Estado, hacer legítimo su cuidado para el bienestar de los ciudadanos y también constituir su objetivo ideal, la realización de la idea de la ley. Pero incluso aquí los profundos objetivos éticos de la vida del Estado quedaron fuera de consideración. La moralidad no eclesiástica todavía tenía limitaciones, pero el sistema proporcionaba buenos servicios al ser la médula de la independencia ética de la que la civilización moderna se deriva. La emancipación del Estado mediante la discusión y gracias a los defensores de la teoría de la ley natural se completó. Junto con el pleno reconocimiento de la soberanía del Estado como un fin en sí, vino también el reconocimiento del derecho del individuo en el Estado a compartir los propósitos de la vida del Estado. El resultado de los movimientos políticos ingleses del siglo XVII fue una separación definida entre libertad política y teología. Sobre esta base, Inglaterra se convirtió en un modelo, proporcionando ideas prácticas y teorías políticas al continente.

Influencia del Renacimiento.
Menos importante para la cuestión bajo consideración es la influencia del Renacimiento. Es verdad que proclamó la independencia de la moralidad secular respecto a las teorías tradicionales éticas trascendentales de la Edad Media y produjo una nítida expresión de individualismo. Pero a los dirigentes del Renacimiento les faltó un sistema; estaban inclinados al escepticismo y la anarquía y representaban un tipo de pensamiento exclusivo y aristocrático. A través de su gran representante Maquiavelo, el Renacimiento ejerció fuerte influencia sobre Hobbes y su crítica. El análisis ético del Renacimiento con su dependencia de un tratamiento psicológico de la ética es de importancia, pero en conjunto sus ideas éticas tuvieron una influencia ligera y eran demasiado estéticas en carácter para admitir una aplicación amplia. De este modo, la influencia del Renacimiento fue indirecta y de una importancia menor.

Juan Calvino
Juan Calvino
Importancia de la ética reformada protestante.
De importancia realmente decisiva fue la ética protestante en la forma particular asumida en la Iglesia reformada en Ginebra, Francia, Holanda e Inglaterra, donde la supremacía del sistema calvinista de predestinación fraguó un orden civil completo. Reconoció los elementos políticos, económicos y sociales, pero su ciencia era la teología, dejando el arte totalmente fuera de su enfoque. La ley natural se identificó con la ley revelada; el Estado existía para ayudar a la Iglesia a avanzar en la enseñanza pura y establecer una vida civil correspondiente a los ideales cristianos. Por un lado, estaba la disciplina externa que mantenía a los ciudadanos en sujeción a tales ideales y por otro la denominada "vigilancia de ambas tablas", por el que la disciplina civil y la pureza de la enseñanza eclesiástica se mantenía, en una combinación de ley natural y proclamación de la salvación. La posición de Calvino sobre este punto era mucho más exhaustiva que la de Lutero, que dejaba al Estado una amplia esfera de actividad para su función natural y le asignaba considerable control en la administración eclesiástica. Calvino sostenía una teocracia, por la que las demandas y formas de vida civil deberían ser puestas en armonía con las normas exactas de la ética cristiana, proclamada por una Iglesia organizada independientemente que actuaba como intérprete de la Biblia. Los diversos elementos de la teología calvinista, su teoría de la predestinación y la gracia, se aplicaron en la práctica a la vida del individuo y del Estado. Pero la concepción política del calvinismo era aristocrática. Concebía la Iglesia como la comunión de los predestinados, cuya influencia se ejercía sobre todas las esferas de la vida; la Biblia en todos sus detalles era la norma de conducta ética, no solo una fuente de gracia y guía hacia el arrepentimiento. El calvinismo no se contentaba con la pequeña esfera del luteranismo para dirigir la conducta moral y las aspiraciones éticas del ciudadano cristiano, atacaba también directamente al control de las importantes funciones eclesiásticas por las autoridades del Estado. De hecho, el Estado estaba obligado a mantener el orden y ejecutar la ley y también por derecho natural y divino tenía que mantener la verdad y las ordenanzas bíblicas dentro de su territorio. Si fracasaba en hacer esto, la sociedad de los elegidos tenía derecho a la revuelta, derecho que fue ejercido en las guerras de los hugonotes y de los reformadores holandeses. El pueblo cristiano era soberano y la democracia cristiana era la corte suprema de apelación. Este principio era muy diferente al conservador luterano, con su principio de la obediencia pasiva práctica y su inconsistente distinción entre la Iglesia con su guía del individuo y el Estado con su derecho a ejecutar medidas de utilidad general. Con Calvino la Iglesia y el Estado trabajaban juntos para establecer el orden social bíblico.

Oliver Cromwell en oraciónantes de la batalla de Edgehill
Oliver Cromwell en oración
antes de la batalla de Edgehill
Ética inglesa bajo el puritanismo.
Este sistema encontró realización en Inglaterra sobre una base diferente que en otros países, pues había una monarquía luchando por el absolutismo y una Iglesia de tendencia católica, enfrentados con un sistema parlamentario que defendía los derechos del pueblo y una demanda popular para un sistema eclesiástico espiritual puro. Como resultado se produjo una disolución de la antigua constitución histórica. Cromwell y su ejército acabaron con ese compromiso con las instituciones históricas que prevalecían en el continente y procedió a la edificación de un auténtico Estado cristiano sobre bases revolucionarias. Las influencias escocesa y hugonote francesa se combinaron con la teoría de los derechos del pueblo y la ley natural para configurar el puritanismo. Las ideas religiosas más radicales, el deseo de autonomía, la afirmación de la tolerancia, la separación de Iglesia y Estado, encontraron su sitio en el ejército de Cromwell. Algunas de esas ideas se debían a influencias continentales, a los anabaptistas y otros. Un considerable elemento místico también estaba presente entre los defensores armados de la República. Estaban deseosos de un nivel de libertad en el dogma y la adoración, pero su idea moral había de ser estricta y absolutamente mantenida. En lo que respecta a la sociedad cristiana el Estado y la Iglesia tenían un objetivo común, la edificación de una comunidad cristiana donde la minoría piadosa tuviera el control. El nuevo sistema había de edificarse sobre la base de las tradiciones inglesas específicas y se aferraba a la antigua idea inglesa de los derechos y deberes de un Estado cristiano. Sus características especiales eran la autonomía religiosa y eclesiástica, la soberanía del pueblo, la moralidad estrictamente puritana, una política continental basada en la unión de los protestantes y la oposición al catolicismo, popularizando y cristianizando la ley y la justicia. El experimento duró sólo un corto tiempo y fracasó porque era impracticable, ya que no sólo destruía toda la organización eclesiástica existente, sino que también entraba en conflicto con los derechos e intereses del individuo. Los logros obtenidos por la República pudieron ser mantenidos en períodos sucesivos mediante el mantenimiento de la idea de la autonomía eclesiástica, enteramente distinta de la idea de libertad política. Las dos esferas, la eclesiástica y la política, tenían que separarse la una de la otra. En cuanto a la idea moral del puritanismo, que mezclaba al Estado y la ley, la guerra y la política, la propiedad y el comercio, era que todos esos asuntos y el individuo en su vida privada han de ser controlados por un pueblo temeroso de Dios y servidor suyo. Pero los dirigentes del puritanismo pronto se dieron cuenta de que esos diversos elementos no podían ser desarrollados en tal combinación. Cromwell se convirtió en un oportunista y abandonó su política internacional religiosa idealista por una política comercial realista. Milton admitió que la auténtica moralidad cristiana sólo podía ser practicada por una minoría selecta, no por el pueblo en conjunto. Entre las masas el problema se resolvió de manera diferente. Allí las diversas convicciones religiosas desembocaron en la fundación de numerosas sectas, algunas con extravagantes ideales políticos, como los hombres de la Quinta Monarquía o los cuáqueros y ranters, que eran indiferentes a las formas políticas y ordenanzas seculares. En esta confusión se produjo una severa crisis de una ética puramente cristiana. Los elementos tradicionales hubieron de ser sacrificados, los problemas éticos en su configuración práctica reconsiderados y, en la Restauración, la conciencia ética fue investigada objetiva y científicamente, siendo contemplados los objetivos cristianos y seculares bajo nuevas perspectivas y la oposición, combinación o compromiso entre ambos tratados desde el punto de vista científico.

La nueva base psicológica.
Esta reconstrucción científica de la ética depende antes de nada de un análisis psicológico que deja a un lado toda presunción metafísica de la esencia del alma y la acción de Dios sobre ella y se dedica a descubrir las leyes de su propia acción y naturaleza a partir de un estudio y clasificación de su peculiar proceso. Esto constituye una separación de la antigua ética teológica. El análisis psicológico de una clase totalmente diferente a la forma en la teología escolástica asume el principal rol, diferente, también, de la antigua psicología, que era un compromiso entre el lenguaje religioso de la Biblia y la psicología científica de la filosofía griega. El antiguo sistema insistía en el valor externo, la unidad y el aislamiento del alma de las cosas de los sentidos; las causas trascendentes eran contempladas como sus influencias -Dios, ángeles y demonios- así como todos los procesos naturales extraordinarios fueron referidos a la actividad inmediata del poder divino o del diabólico. Este sobrenaturalismo psicológico había sido trasmitido como parte del sistema tradicional de la revelación, que trabajaba sobre el alma en una forma milagrosa por su asociación con los medios de la revelación en los sacramentos y ordenanzas eclesiásticas. Se echó mano de la antigua psicología para que fuera su apoyo y se hizo un hueco para la explicación psicológica inmanente, que, sin embargo, jugó un papel muy subordinado. El principal interés de la ética, tanto católica como protestante, se enfocaba en el proceso de salvación y la revelación del poder de la gracia. La oposición a este sistema comenzó ya en el siglo XIII. Tenía dos fuentes, el estudio estoico de las emociones y el temperamento y la libertad poética y el análisis artístico del hombre, tal como se halla en la literatura y el arte del Renacimiento. Acabó en el principio del análisis psicológico universal, basado en la inducción histórica y sostenido por los logros en el estudio de la naturaleza. Especialmente original en este aspecto es Maquiavelo, con su análisis psicológico, su comparación histórica y su generalización empírica. Hombres como Descartes, Gassendi, Malebranche y Bayle contribuyeron también por su estudio de las emociones y las pasiones. Pero el principal impulso vino de Hobbes, el fundador de un análisis puramente psicológico cuyo propósito era construir una concepción original de la moralidad. Junto con Hobbes hay que situar a Spinoza, el creador del método mecánico de tratar las emociones y las pasiones. Estas fueron las tendencias que los pensadores ingleses popularizaron. Uno de los efectos de este método fue un cambio en la concepción de la historia. El asunto de la historia había sido estudiado sólo en relación a las concepciones sobre el carácter y el propósito de un mundo derivado de la revelación de la Iglesia y la Biblia. No se intentó Una determinación causal de los hechos en sí mismos; pero con esta nueva idea de la psicología vino una explicación causal de la historia, con su estudio de los caracteres históricos sobre la base del análisis psicológico. Sin embargo, nada consistente se podía alcanzar a menos que hubiera un nuevo fundamento de normas éticas derivadas inductivamente de los hechos sociales e históricos. Esto era realmente una extensión del principio del consenso de la humanidad que había de ser reconocido como válido para la ética teológica. De esta manera procedió desde este fundamento psicológico un denominado sistema racional de ciencias intelectuales, en las que el siglo XVIII produjo la obra más original, tal como el siglo XVII mantuvo el primer lugar en el análisis científico de las ciencias naturales. Incluso cuando se hizo una distinción entre procesos causados natural y sobrenaturalmente, el punto fijado de partida fue el resultado del análisis psicológico, basado en el postulado de la regularidad y normalidad del fenómeno bajo consideración. La moralidad ya no fue contemplada como un milagro de la gracia, no identificándose más la ley moral con la ley revelada. Todos los antiguos problemas dogmáticos escolásticos o bien desaparecieron o pasaron a ser de interés subordinado, siendo a partir de entonces de primordial importancia un nuevo conjunto de problemas fundamentales.

Problemas presentados.
Los primeros en orden fueron los problemas psico-genéticos. Aquí se discutían las fuentes del fenómeno moral, si tienen base fuera de su propia esfera, como el utilitarismo declara, o si su fuente es exclusiva e independiente, según la idea del intuicionismo idealista. Esta es una cuestión crucial para la moralidad cristiana en su conjunto; todas las demás, tales como la conexión de la moralidad con la gracia y su dependencia de la revelación, le conciernen en último término. Otra clasificación primordial surge de la cuestión del determinismo; no el determinismo del antiguo sentido de la predestinación divina, sino ese plan que sitúa la moralidad dentro de un nexo causal fijado de leyes psicológicas. El determinismo parece destruir el valor de la ética en su conjunto, mientras que el indeterminismo puede armonizar con el reconocimiento de la gracia. También quedan por determinar los límites del principio de autonomía, esto es, si la conducta está necesariamente subordinada a los principios de la percepción racional o a los efectos de los motivos psicológicos. Desde este punto de vista, todos los individuos están en la misma posición. Es realmente una aplicación de las convicciones de igualdad política y tolerancia eclesiástica que fueron desarrolladas en el curso del siglo XVII. El siguiente problema tiene que ver con la relación de moralidad y religión. Bajo el antiguo sistema eran idénticos, no pudiendo haber verdadera moralidad sin fe. El nuevo punto de vista trataba la religión como una especie de subproducto, una modificación especial de una moralidad natural común. La religión misma se convirtió en el sujeto del análisis psicológico. Surge la cuestión en cuanto a la relación necesaria entre sanción divina o el destino del hombre en el mundo venidero y la lucha y voluntad del hombre en éste. Finalmente, se hizo necesario establecer una formulación del contenido de la ley moral como principio psicológico, en tal forma que sus obligaciones pudieran ser establecidas como derivados últimos de los principios anteriormente clasificados y analizados. Si las normas bíblicas ya no eran necesariamente autoritativas ¿en qué modo podría la ética cristiana ser relacionada con este análisis general desarrollado? El problema se resolvió finalmente al dirigir la discusión de la ética cristiana a la teología, aunque al principio la formulación general de las ideas morales quedó ciertamente influenciada por los tipos cristianos de pensamiento. Pero esos intentos fueron insatisfactorios, estimándose las antiguas concepciones escolásticas como faltas de claridad y en proporción al grado de eliminación de elementos extraños en la idea moral su autonomía se hizo más evidente e independiente por derecho. Éstos eran los problemas que la condición política y social de Inglaterra en el siglo XVII impuso en la atmósfera del pensamiento y la discusión, representados en las especulaciones de Hobbes, las ideas de los levellers y el programa práctico de los erastianos.

Contribuciones específicas.

Thomas Hobbes
Thomas Hobbes
Hobbes y Mandeville.
Fue Hobbes, escribiendo bajo la influencia del renacimiento francés e italiano, quien se opuso al trabajo práctico del ideal reformado independiente, al espiritualismo rigorista de su orden social cristiano e intentó fundar la moral sobre una base puramente sensual. Su ideal político del Estado fue el de Maquiavelo y las armas que empleó contra el espiritualismo fueron las ideas sensualistas de Pierre Gassendi. Pero la estructura completa de su pensamiento está basado en un agudo análisis psicológico. Él realizó una revolución completa y radical en la ética, encontrando la fuente de la ley moral en la esfera secular. La ley de la naturaleza y la ley divina las interpreta en una forma totalmente novedosa. La ley de la naturaleza se diferencia de la ley natural, lo que en sí mismo implica una primitiva guerra de todos contra todos. La ley de la naturaleza se mantiene porque el interés del hombre lo exige. El Estado absoluto que viene a la existencia a través de su operación tiene también el derecho de establecer la verdadera religión, pues la ley divina tiene también sus sanciones de la existencia de ese sistema político absoluto que el hombre, surgiendo de su original confusión y discordia, descubre como la única condición de su existencia social. Hobbes pone al cristianismo en total conformidad con su Estado absoluto. El Estado decide qué forma de cristianismo será adoptada por sus súbditos; incluso los Estados paganos tienen el derecho de mantener religiones falsas por causa del bien común y no deben ser resistidos por esta causa. La originalidad de Hobbes consiste en su concentración en los intereses seculares, su análisis psicológico y su introducción de las ilustraciones históricas en su sistema. Mandeville (1670-1733) es importante porque intentó mostrar que los conceptos morales son creaciones artificiales que tienen como fin mantener a la masa del pueblo en sujeción y por su argumento de que las ideas específicas de la ética cristiana no se pueden acomodar a las necesidades políticas, sociales y comerciales.

Henry More, por Peter Lely
Henry More, por Peter Lely
Escuela de Cambridge, Cudworth, More y Cumberland.
En la Restauración hubo una fuerte reacción contra el sensualismo y nominalismo de Hobbes, mostrándose en un intento de establecer la necesidad y la prioridad de las ideas morales por la metafísica y más particularmente por el platonismo. Esta fue la obra de la escuela de Cambridge que se alineó con el racionalismo anglicano y el arminianismo y fue antagonista del positivismo y el rigorismo calvinista. La ley natural alcanza su culminación, según esta escuela, en la ley divina. Se pone el énfasis sobre el elemento necesario de la ética y la imposibilidad de un fundamento puramente psicológico. El cabeza de esta escuela fue Cudworth, quien, como Kant y Platón, insistió en el carácter absoluto de la moralidad. Pregunta si la mente como fuente de toda verdad necesaria es el primer factor y la experiencia de los sentidos, siendo el segundo el material simple de la mente; o si lo contrario es verdad, por lo que lo espiritual y lo necesario se deben derivar de lo accidental y ocasional. Por supuesto, él defiende lo necesario de las ideas éticas sobre la base de las eternamente necesarias relaciones de las mentes entre sí, relación que está basada finalmente en Dios y está, en una forma fragmentaria, reflejada a partir de la mente de Dios en la mente del hombre. Henry More introduce el elemento del análisis psicológico, aplicándolo a los sentimientos y emociones y combinando la moralidad con la felicidad de toda la comunidad y del miembro individual. En lo que él llama la "facultad boniforme" encuentra la esfera especial para los principios morales. La coincidencia de la felicidad con la conducta moral se desprende del plan divino del mundo. Richard Cumberland (1631-1718), cuyo interés especial estuvo en responder a la idea de Hobbes de la condición original del hombre, muestra el carácter a priori de las demandas morales, demostrando que el mantenimiento del contrato de Hobbes entre el individuo y el Estado depende de un elemento moral previamente existente. Las operaciones y procesos de los sentidos sólo surgen de algún elemento latente, mientras que la coincidencia de la felicidad con la moralidad es teleológico. La buena voluntad, el amor al semejante, el altruismo, el campo total de la moralidad cristiana, trabajan para el bienestar común.

Samuel Clarke, detalle de un retrato por John Vanderbank; en la Galería Nacional de Retratos, Londres
Samuel Clarke, detalle de un retrato por
John Vanderbank; en la Galería
Nacional de Retratos, Londres
Clarke, Hartley y Price.
Samuel Clarke está relacionado con la escuela de Cambridge y acepta una norma absoluta para todas las leyes positivas. Las distinciones morales por tanto no son accidentales; la norma que está representada en las ideas típicas del bien, la justicia, la verdad, etc., el juicio moral del hombre sencillo, procede de las relaciones necesarias entre las partes del mundo, surgiendo todas como relaciones matemáticas de la idea del conjunto, que, a su vez, depende de la voluntad de Dios. Esas relaciones es estiman normales porque el bienestar y el mantenimiento del conjunto depende de ellas. La ley natural está basada tanto en la ley humana positiva como en la ley divina positiva, incorporando esta última la culminación de felicidad por la idea de inmortalidad. David Hartley (1705-57) deriva de un original amor propio el juicio moral en su modelación objetiva; las obligaciones asociadas con los mandatos aparte del individuo tienen la urgencia de un instinto. Esos diferentes productos del proceso psicológico son partes del cumplimiento del propósito divino en el hombre, de ahí que la ley moral tenga un carácter necesariamente divino, representando un panteísmo determinista. Richard Price (1723-91) representa la defensa de un carácter intuitivo de los juicios morales de aprobación y desaprobación. Lo que originalmente es confundido en el instinto es clarificado en el pensamiento. Esos juicios no se apoyan en consideraciones de interés, siendo bastante distintos de cualquier sentimiento sensual de placer y descansando últimamente en el sistema de valores establecido en la mente divina. Esta ética cristiana racionalista procura establecer la derivación de las ideas morales individuales y sociales de la presencia de Dios en el alma del hombre. No reconoce distinción entre propósitos religiosos y seculares y no tiene relación íntima entre la enseñanza de la gracia y el pecado original, sino que presenta la coincidencia en el mundo venidero del valor moral y la felicidad. La autonomía y la naturaleza divina de la ley moral no se pone en relación con los actos o hechos de la vida social individual. Esos pensadores no estaban preocupados por la construcción de un Estado cristiano ni en la separación entre una moralidad religiosa y la moralidad del hombre como ciudadano y súbdito de la ley.

Retrato de John Locke, de la escuela del pintor de cámara Godfrey Kneller, hacia 1680. King's College Cambridge
Retrato de John Locke, de la
escuela del pintor de cámara
Godfrey Kneller, hacia 1680.
King's College Cambridge
John Locke.
Contra tales teorías a priori idealistas, John Locke elaboró su sistema sensualista a posteriori, se opuso por su filosofía a todas las ideas innatas, poniendo el fundamento de la ética y del conocimiento en la investigación de los elementos más simples de la experiencia, esto es, el sentimiento de placer y dolor y el poder de reflexión. Según él, no hay criterio de conocimiento intuitivo; esto se demuestra por la gran variedad de ideas éticas en el campo de la etnografía y la historia. Sobre los elementos más simples de la conciencia basó sus principios de conducta. Es esta común y sencilla base la que proporciona el carácter de necesidad a la moralidad. La ley natural es sólo una abstracción de los actos de los hombres dirigidos hacia la felicidad. Pero la ley moral depende de una voluntad legislativa positiva, añadiendo placer y dolor al cumplimiento de sus mandatos e imponiéndolos por el castigo y la recompensa. De esta forma la ley divina de Moisés y de Cristo se introducen en su sistema ostentando el lugar supremo y tras ella la ley de la sociedad civil en el Estado y la justicia, con sus ordenanzas apoyándose expresa o inconscientemente en un contrato social. Un tercer tipo de ley, que está fuera de estas dos, se desarrolló del libre intercambio y juicio de la sociedad, teniendo su sanción en la opinión pública y su motivo en el respeto social. Ésas son las principales reglas de la acción humana, porque el objetivo más elevado de la felicidad viene de su consecución; se corresponden con la ley de la naturaleza y armonizan con la ley revelada de Dios; representan los principios por los que la ley del Estado asegura el bienestar social. La ley del Estado busca la unión de la autonomía religiosa y política del individuo con el bienestar del conjunto, mientras que los otros dos tipos de ley requieren el autocontrol y benevolencia. En el sistema de Locke el carácter cristiano de moralidad se preserva, pero tiene una relación muy poco precisa con la base fundamental de su pensamiento. Se aprecia principalmente en su discusión de la tolerancia, la libertad de la Iglesia y la libertad política del individuo. Pero la ética de Locke fue el punto de partida para dos movimientos, uno que posteriormente redujo el elemento religioso del deísmo contenido en ella, mientras que por otro lado fue apelado por los anti-deístas, que establecieron un sistema de utilidad y ley ética caracterizado por elementos racionales sobrenaturales (William Warburton, 1698-1779 y William Paley, 1743-1805). Pero antes de nada, en el deísmo el punto principal era su crítica de la religión positiva, más que su enseñanza ética; tampoco se puede mostrar ningún progreso real mediante los oponentes del deísmo, en su combinación de un eudemonismo natural y racional con uno sobrenatural. La grandeza de la obra de Locke consiste en su negación de las ideas innatas y en su establecimiento de reglas morales adecuadas para los múltiples ejemplos de moralidad histórica. Él amplió la esfera de la ética también al dar lugar a la moralidad política y social. El lado práctico de su enseñanza le hizo popular en Inglaterra, aunque al apreciar el auténtico carácter del estudio ético fue menos profundo que la escuela de Cambridge.

Joseph Butler, por John VanderbankNational Portrait Gallery
Joseph Butler, por John Vanderbank
National Portrait Gallery
Shaftesbury, Butler y Hutcheson.
La separación de este eudemonismo empirista sensual de la ética cristiana fue llevado más allá por Lord Shaftesbury, quien trató el asunto como una especie de aritmética de los sentimientos. Su obra muestra el concepto estético de los tiempos antiguos y el Renacimiento, especialmente al reproducir muchos puntos de vista históricos. Se opone al racionalismo de la escuela de Cambridge y rechaza el lugar dado a la reflexión por Locke. El hombre aprueba los impulsos y sentimientos altruistas que tienden al progreso social en el Estado y la sociedad y desaprueba lo que perturba la armonía de la sociedad o de su propia naturaleza. La ética asume la armonía, interna y externa, entre naturaleza y hombre. Pero no hay relación en el sistema ya sea ética o metafísicamente con la religión positiva. El poder de reflexión y el contenido de la conciencia fueron clara y poderosamente expuestos por el obispo Joseph Butler. Los impulsos naturales, el sentimiento de amor propio y benevolencia, se distinguen mediante los diferentes objetos a los que se refieren. Los juicios morales surgen sólo una vez que la reflexión ha establecido su relación con otro y su lugar en la economía y constitución del hombre. De esos pensamientos surge la autoridad de la conciencia, que actúa como un gobernador sobre el intercambio de sentimientos. La idea central de la conciencia es amar al semejante, o el ideal de la armonía de la sociedad en conjunto, de la que el ego individual forma una parte. La idea de Dios está incluida en la idea de moralidad, pero el poder de la moralidad se fortalece por la revelación y salvación, tal como se desarrolla en el cristianismo. Locke prácticamente ejerció su influencia en Inglaterra, Shaftesbury en el pensamiento alemán y escocés. El fundamento puramente humano de su sistema nunca fue reconocido en Inglaterra o en cualquier caso recibió limitaciones y aplicaciones estrechas. A la cabeza de la escuela escocesa estuvo Francis Hutcheson (1694-1746), con su desarrollo de la vida del alma desde el principio del amor propio. Distingue los principios morales del sentimiento sensual. Una tendencia instintiva admira la benevolencia dondequiera que se halle y la conducta del hombre es controlada por este sentimiento de admiración. La aprobación de actos altruistas se capta por la reflexión añadida que no excluye una clase justa de amor propio. Esta reflexión se expresa en una formulación casuista y matemática de los juicios morales en general, sobre los que se ordena la vida familiar, la privada, la sociedad y el Estado. Por ello se explican también las diversas normas históricas de moralidad. No hay diferencia en el sentimiento mismo, produciéndose las variaciones únicamente por reflejo sobre el sentimiento, o la conquista del sentido moral por las pasiones egoístas.

David Hume, óleo pintado por Allan Ramsay, 1766; en Scottish National Portrait Gallery, Edimburgo
David Hume, óleo pintado por Allan Ramsay, 1766;
en Scottish National Portrait Gallery, Edimburgo
Hume y Adam Smith.
Es a este sentido moral intuitivo al que David Hume se opone. Como empirista no desea introducir nada, salvo las sensaciones y sentimientos de placer y dolor por el establecimiento de principios morales. La imaginación, simpatía, asociación, hábitos y costumbres son el fundamento de todos los actos y juicios éticos. El hombre puede simpatizar con la acción de otros, incluso cuando esa acción no le concierne personalmente y puede llegar a una concepción de la clase de acción que beneficia al individuo y la sociedad. Así se logra el carácter de un ideal objetivo que usa como norma para su propia conducta. De esta forma se obtiene una norma común para todos los tipos de conducta. Por educación, cultura, tradición y ley positiva, este ideal tiene un poder objetivo, ya sea como ley o como instinto de la conciencia; su origen se olvida. De esta manera se aprecia que la simpatía no procura la satisfacción del amor propio común como tal, sino obtener lo que es útil para los hombres en conjunto. Por eso Hume acaba con la idea de humanidad de Shaftesbury y su moralidad asume un carácter utilitarista. El sistema de Hume nada tiene que ver con una religión positiva o cristianismo, pues la moralidad es destruida por la superstición; el teísmo o el panteísmo formarían una mejor combinación con ella. La teoría de Hume de la moralidad fue desarrollada posteriormente y aplicada por Adam Smith (1723-1790), quien puso el fundamento de la sociedad en el amor propio iluminado. La ética constituye sólo una parte de un conjunto; la importancia social de la ética sobre ese conjunto ha de ser determinada. Las ideas morales pueden surgir sólo por la asociación con otros. Al reflexionar en el juicio de otros simpáticamente, surge la idea de un observador imparcial simpatizando con nosotros con el que nosotros también podemos simpatizar; esto establece la conciencia común corporativa, proporcionando un carácter necesario a la moralidad. Las normas para la conducta del hombre son al mismo tiempo las normas para obtener la felicidad y la armonía de la sociedad. Por tanto la ética, aunque no creada por consideraciones de felicidad, incrementa su poder al ser puesta en relación viva con la organización armoniosa del conjunto de la naturaleza. De ahí que la idea de simpatía fuera transferida a la esfera de la psicología social y su fundamento individual quedara virtualmente abandonado. Esta filosofía social se estimó que coincidía con el altruismo cristiano.

Resultados.
De esta manera surgió la concepción de la ética moderna científica. Grandes maestros continentales como Kant y Schleiermacher hicieron sus diversas contribuciones, contemporáneas con el progreso del pensamiento ético inglés. Pero el impulso del conjunto vino de fuentes inglesas. Por las consecuencias sobre la teología, una nueva filosofía religiosa, dependiente de la psicología moral, vino a la existencia. La ética teológica quedó establecida como una nueva forma de estudio, hecha independiente de la teología dogmática con una esfera de interés más amplia que la antigua; al establecer las líneas de la ética cristiana por procesos analíticos sin sacrificar los impulsos sobrenaturales, intentó unir la determinación cristiana del valor ético, originada en otro mundo, con una humana "de este mundo."