Historia

NANTES, EDICTO DE

Edicto de Nantes es el nombre del documento que reguló las relaciones entre la Iglesia reformada de Francia y el Estado, promulgado por Enrique IV en 1598 y revocado por Luis XIV en 1685.

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La Iglesia reformada de Francia, formada en 1559, halló difícil mantener sus derechos frente a la mayoría católica. Al fin, en 1589, cuando Enrique de Navarra fue rey de Francia, todas las dificultades parecían haber sido vencidas. Sin embargo, en 1593 Enrique adoptó la fe católica y la existencia de la Iglesia protestante pareció estar de nuevo en peligro. Pero la apostasía de Enrique de la fe reformada estuvo motivada exclusivamente por motivos políticos y los temores de los hugonotes no tenían base; el rey estaba todavía inclinado a dar a la Iglesia reformada una existencia estable en su país. Los diputados de las iglesias reformadas se reunieron en septiembre de 1593 en Nantes y el siguiente año en Montauban para proteger sus intereses. También se reunió en Sanite-Foy en 1594 una convención política de miembros de todas las provincias, donde los reformados crearon una organización para defender sus derechos. Se constituyó un sínodo general, al que le fue otorgada toda autoridad en materia religiosa y bajo su jurisdicción fueron puestas todas las provincias. Consistía de diez miembros, uno por cada provincia, cuatro de la nobleza, cuatro del tercer estado y dos del clero. También fueron escogidos consejeros provinciales, de cinco a siete miembros, de los cuales al menos uno era un pastor. Esta organización rindió un gran servicio y mostró el poder de los hugonotes contra sus enemigos. La siguiente convención tuvo lugar en 1595 en Saumur. Solicitó en vano la libertad de adoración en el reino. Al año siguiente, en la convención de Loudun, la causa protestante tuvo mejor éxito. Du Plessis-Mornay prestó grandes servicios por sus negociaciones entre el rey y los protestantes. El encuentro sólo pretendía la libertad de conciencia; no representaba a una facción, sino a una Iglesia. Hacia finales de 1597 ambas partes acordaron los principales artículos y el 13 de abril de 1598 el rey firmó el Edicto de Nantes. El 30 de abril y luego el 2 de mayo firmó artículos complementarios secretos.

Mapa de los conflictos religiosos en el siglo XVI
Mapa de los conflictos religiosos en el siglo XVI

Los derechos otorgados a los reformados por este edicto no diferían materialmente de los de edictos anteriores; la posición de los protestantes era todavía muy diferente a la de los católicos; el edicto no permitía la libertad de adoración; los reformados estaban satisfechos con "una cierta libertad de religión y algo de justicia en los tribunales." La libertad de conciencia otorgada no era de gran importancia, mientras los derechos civiles y políticos no fueran los mismos para todos y mientras no existiera libertad de adoración. El servicio católico fue reinstituido en el reino entero; las iglesias y posesiones eclesiásticas fueron devueltas al clero; los reformados quedaban obligados a pagar diezmos a los sacerdotes, a observar las fiestas y ayunos de la Iglesia católica y a conformarse a sus leyes de matrimonio; se les permitía celebrar sus servicios sólo en ciertos lugares bajo restricciones. Pero obtuvieron la admisión a las universidades, escuelas y hospitales y el rey hizo accesibles todos los oficios del Estado a ellos. Se establecieron tribunales mixtos para casos en los cuales los litigantes fueran de diferentes confesiones. El edicto anuló la autoridad de los consejeros provinciales y generales instituidos por la convención de Sainte-Foy. Prohibió los encuentros políticos sin el consentimiento del rey y llevar armas. Los hijos de los refugiados serían reconocidos como franceses. Todas las familias fueron restituidas en sus derechos, honores y posesiones; los reformados tenían el derecho a tener consistorios, coloquios y sínodos provinciales y generales, abrir escuelas en las ciudades, donde la libertad de adoración les fue otorgada y a imponer tasas para el apoyo de su clero, los gastos de sus sínodos y semejantes.

La ratificación del Edicto por los parlamentarios presentó muchas dificultades. El clero católico puso objeciones a cada uno de los artículos. Los parlamentarios se opusieron especialmente al establecimiento de los tribunales mixtos y a la admisión a oficios públicos, logrando hacer un número de importantes modificaciones. La ratificación tuvo lugar sólo por la presión del rey. La ejecución del Edicto fue incluso más difícil que su ratificación. Los reformados no quedaron satisfechos con su forma modificada. Apelaron a las antiguas promesas y concesiones del rey, pero éste prestó poca atención a las quejas, aunque hizo algunas promesas secretas respecto a unos pocos artículos. Mientras tanto, el Edicto fue introducido en algunos territorios por comisarios señalados por el rey. Los diputados de los reformados se reunieron para vigilar y apresurar la ejecución del Edicto. Para evitar problemas, el rey les ordenó que se dispersaran y que no convocaran nuevas convenciones. Los reformados resistieron hasta donde fue posible y lograron el permiso de reunirse en Sainte-Foy en octubre de 1601, para nombrar diputados generales que residieran en la corte real y atendieran las quejas de las provincias y les representaran ante el rey.

Culto clandestino hugonote
Culto clandestino hugonote

Los hugonotes no estaban satisfechos con el edicto de Nantes porque les dio mucho menos de lo que ellos pensaban que tenían derecho, mientras que los católicos estaban furiosos porque les dio a los hugonotes demasiado. Pero el edicto es un mojón en el camino al ideal: una Iglesia libre en un Estado libre. Los hugonotes tenían mucho más que lo que el más liberal soberano católico podía o quería darles y Enrique mostró un valor y amplitud de pensamiento que le sitúa entre los grandes gobernantes de la historia. Durante muchos años los hugonotes tuvieron pocas razones para quejarse sobre el modo en que el Edicto fue impuesto. Les protegía y ellos progresaron en gran manera, especialmente en los tranquilos años entre 1629 y 1665, al punto que ser rico como un hugonote fue un refrán en Francia. Pero tal libertad religiosa y la prosperidad material eran demasiado para el clero católico que se quejó al rey, Luis XIV, quien en 1665 tomó una actitud inamistosa hacia los hugonotes. Entonces promulgó la primera de casi doscientas órdenes y leyes que quitaban todo vestigio de protección dado por el Edicto a los hugonotes. Durante veinte años continuó esta legislación gradualmente usurpadora. Por ejemplo, una de esas órdenes del 20 de julio de 1665 prescribía castigos para el que habiendo sido "convertido" al catolicismo recayera; otra del 24 de octubre de 1665 declaraba que los niños fueran reclamados por los sacerdotes de haber sido "convertidos", esto es, si hubieran usado palabras que fueran interpretadas como una preferencia hacia la fe católica, aunque en los tiernos años de los niños es dudoso si saben lo que están diciendo, los tales niños eran quitados por la fuerza a sus padres y llevados a la fe supuestamente preferida; en agosto de 1669 se prohibió a los hugonotes dejar Francia; el 31 de julio de 1679 se les prohibió celebrar ningún servicio mientras el lugar estuviera siendo visitado por el arzobispo o el obispo; el 10 de octubre de 1679 se prohibió a los hugonotes celebrar sínodos sin su permiso y sin la presencia de un comisionado real; el 20 de febrero de 1680 se prohibió a las mujeres hugonotes ejercer como comadronas; en julio de 1680 se prohibieron los matrimonios entre católicos y hugonotes.

Revocación del edicto de Nantes el 22 de octubre de 1685
Revocación del edicto de Nantes el 22 de octubre de 1685
Los hugonotes vieron cómo se cerraban lentamente las puertas delante de ellos, sabiendo que era sólo cuestión de tiempo cuando serían aplastados. Mientras tanto, se hacían todos los intentos para que abandonaran su fe. Si lo hacían, sus fortunas temporales cambiaban inmediatamente y se les ofrecía un empleo lucrativo, de lo cual su fe les había excluido. Una de las maneras activas para efectuar la "conversión" de aquellos que eran indiferentes a las ventajas mundanas fueron las dragonadas, incursiones brutales de soldados, permitidas por sus oficiales para practicar el pillaje y vejar con toda crueldad, hasta que las infelices víctimas estuvieran casi, y a veces bastante, dispuestas a renegar de su fe y escapar de sus atormentadores. [De las filas de los convertidos por la fuerza y sus descendientes procedió el movimiento racionalista (representado por Voltaire, Rousseau, Diderot y otros) que tuvo tanto que ver con el desencadenamiento de la Revolución Francesa.]

Por esta combinación de persecución y privación muchos de los hugonotes fueron expulsados de Francia y muchos otros entraron en la Iglesia católica. El rey supuso que la Iglesia hugonote había sido destruida y como el Edicto de Nantes se había convertido en algo hueco, lo revocó el 17 de octubre de 1685. Entonces se produjo un gran éxodo de hugonotes. Con los corazones rotos, a riesgo de sus propias vidas, pues el éxodo estaba prohibido, y pérdida de su propiedad, dieron la espalda a la tierra que habían amado tanto y en países extraños, con dignidad, paciencia y trabajo, comenzaron una nueva vida. Enriquecieron grandemente las tierras a las cuales llegaron, pues llevaron con ellos las manufacturas y cultura, en la cual Francia era entonces preeminente.

Pero ¿qué fue de aquellos que no salieron? Privados de todo estatus legal, proscritos por el Estado, calificados de peligrosos por el cuerpo político, con una sentencia de muerte pendiente de sus cabezas si se atrevían a reunirse para la adoración (muchos ministros fueron ejecutados y muchos laicos murieron en galeras por este monstruoso "crimen"), esos hombres y mujeres, e incluso niños, mostraron las mejores cualidades de carácter a pesar de la persecución y preservaron su fe, tanto en su vida privada como en la pública; por eso, cuando después de un siglo, amaneció un mejor día para ellos, sus cifras mostraron que el protestantismo nunca había cesado en Francia. Las páginas de la historia hugonote durante este periodo están iluminadas por los fuegos de la persecución y a través de ellas se mueven figuras heroicas que la historia muestra.