Historia

NICEA, CONCILIOS DE

Concilios de Nicea es el nombre de dos grandes asambleas eclesiásticas celebradas en esa localidad.

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Presentación del credo de Nicea a Constantino
Presentación del credo de Nicea a Constantino
Primer concilio, 325.
El primer concilio de Nicea es conspicuo al ser el punto de partida de las grandes controversias doctrinales de la Iglesia en los siglos cuarto y quinto. Aquí se efectuó una unión entre el poder eclesiástico de los concilios y el Estado, invistiendo a la deliberación con el poder imperial. Sínodos anteriores habían contendido para protegerse contra las doctrinas heréticas, pero el concilio de Nicea se caracteriza por pasar de una posición defensiva a una ofensiva y elaborar minuciosamente los artículos de fe. Con la controversia arriana se ponía un gran obstáculo a la realización de la idea de Constantino, de un imperio universal que fuera logrado mediante la ayuda de la uniformidad en la adoración divina. Por tanto en el verano del 325 los obispos de todas las provincias fueron citados al primer concilio ecuménico en Nicea, en Bitinia, un lugar fácilmente accesible para la mayoría de los obispos, especialmente los de Asia, Siria, Tierra Santa, Egipto, Grecia y Tracia. El número de los miembros no se puede especificar con seguridad; Atanasio cita 318, Eusebio sólo 250. Por supuesto, los obispos orientales formaban el número preponderante; el primer rango lo ostentaban los tres arzobispos, Alejandro de Alejandría, Eustacio de Antioquía y Macario de Jerusalén y también Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea. A este concilio se le dio una especial prominencia también porque las persecuciones acababan de terminar y se asumía que casi todos los Padres congregados habían permanecido firmes en el testimonio de la fe. De occidente no vinieron más que cinco representantes en igual distribución de las provincias, Marcos de Calabria en Italia, Ceciliano de Cartago en África, Osio de Córdoba en España, Nicasio de Dijon en la Galia y Domno de Stridon en la provincia del Danubio. Esos dignatarios eclesiásticos por supuesto no viajaron solos, sino que cada uno tenía su séquito, de manera que Eusebio habla de un séquito casi innumerable de sacerdotes, diáconos y acólitos acompañantes. Entre los ayudantes estaba Atanasio, joven diácono y compañero del obispo Alejandro de Alejandría, quien se distinguió como el "más vigoroso luchador contra los arrianos" y similarmente Alejandro de Constantinopla, un presbítero, representante de su anciano obispo. Los puntos a ser discutidos en la asamblea fueron: (1) la cuestión arriana, (2) la celebración de la Pascua, (3) el cisma meleciano, (4) el bautismo de los herejes y (5) el estatus de los lapsed en la persecución bajo Licinio.

Mapa de las iglesias representadas en el concilio de Nicea, en 325
Mapa de las iglesias representadas en el concilio de Nicea, en 325

Procedimiento.
El concilio se abrió formalmente el 20 de mayo en el edificio central del palacio imperial, ocupándose principalmente con discusiones preparatorias sobre la cuestión arriana, en la que Arrio, con algunos seguidores, especialmente Eusebio de Nicomedia, Teognes de Nicea y Maris de Calcedonia, parecen haber sido el espíritu dirigente; sin embargo, las sesiones regulares comenzaron sólo con la llegada del emperador. Tras prescribir el curso de las negociaciones confió el modo de procedimiento a un comité señalado por él mismo, consistente de los miembros más prominentes. Se debe indudablemente a este paso por parte de Constantino que el concilio, tras estar reunido en sesión durante un mes entero, promulgó el 19 de julio el credo niceno. Al principio los arrianos y los ortodoxos se enfrentaron sin compromiso entre sí. Los arrianos encomendaron la representación de sus intereses a Eusebio de Cesarea, cuya erudición y discurso florido hicieron una gran impresión sobre el emperador. Su lectura de la confesión de los arrianos provocó una tormenta de resentimiento entre los oponentes; dos minorías vívidamente centradas en opiniones contrarias se opusieron la una a la otra, aunque aparte de ellas reinaba la indiferencia. Eusebio, en su interés y también por su propia causa, tras haber cesado de representar a los arrianos, se presentó como mediador y al afirmar que el principal propósito a ser logrado debería ser el establecimiento de la paz en la Iglesia, concordó al mismo tiempo con su exaltado protector. Presentó una nueva fórmula, el símbolo bautismal de su propia congregación de Cesarea, por medio del cual las diferentes opiniones podrían ser reconciliadas. El emperador, quien tenía intenciones puramente políticas de un fruto pacífico, dio la bienvenida a la propuesta e inmediatamente la confirmó haciéndola suya. De esta forma no sofocaba a la mayoría, aunque probablemente cumplía sus deseos; porque si los ortodoxos hubieran sido capaces de contar con una mayoría preponderante, incluso la predilección del emperador no habría impedido que hubieran expuesto su propia confesión en la forma propuesta por el obispo Alejandro en su primera carta circular. Pero lejos de atreverse a tal intento, la mayoría (sin resistencia) se conformó, afirmando su derecho sólo en las cláusulas modificadas. Aunque tal modo de procedimiento es más característico de minorías que de mayorías, su uso por éstas no necesariamente excluye la victoria, como de hecho en este caso no la excluyó. Habiendo sido aceptadas todas las proposiciones de los ortodoxos durante el resto de la controversia hicieron más evidente, primero: que las convicciones de los arrianos estaban en minoría; segundo: que la mayoría (o cuerpo decisorio) no poseía, y de ahí que no afirmara, convicciones de naturaleza dogmática.

Símbolo.
Examinando el símbolo en detalle es evidente que contiene decisiones sobre el Hijo de Dios que podían satisfacer a todos los miembros del concilio. Incluso los arrianos no encontraron razón para oponerse desde su punto de vista. Pero para los partidarios del obispo Alejandro las definiciones eran demasiado ambiguas, tenían que ser más concisas y si el credo niceno se compara con su modelo, el de Cesarea, parece haberse originado en algunas omisiones del segundo artículo, que fue el único cuestionado. A esas omisiones corresponden tres no menos importantes adiciones: (1) Añadir sobre el Hijo "que es de la esencia del Padre"; (2) otra adición lee "engendrado, no hecho"; (3) la más importante adición dice "de una sustancia con el Padre." En el tercer artículo sólo las palabras "y el Espíritu Santo" fueron dejadas y luego venían inmediatamente los anatemas. De esta manera la confesión bautismal neutral de la congregación de Cesarea expuesta ante el concilio por Eusebio, se convirtió en el símbolo anti-arriano de Nicea, cuyo texto está preservado en una carta de Eusebio a su congregación, en Atanasio y en otras partes. El símbolo fue finalmente aceptado, aunque los anti-arrianos o los homoousianos estaban en minoría. El emperador quiso resolver decisivamente la cuestión; al principio él probablemente no tenía predilección por ninguna de las ideas de las dos partes contendientes, pero percibiendo que la proposición original de Eusebio, que supuestamente promovía la paz, efectuó lo contrario, pudo considerar involuntariamente si no podría alcanzar su objetivo más rápidamente buscando un acuerdo con los anti-arrianos. Indudablemente no faltaron intentos de mediación personal, en primer lugar por parte del obispo Osio de Córdoba, uno de los más decididos homoousianos y en el tiempo del concilio el confidente del emperador en todos los asuntos de la Iglesia. Él está el primero en la lista de los participantes y Atanasio le atribuye el éxito del símbolo. Pero cuando se considera que grandes hombres como Eustacio de Antioquía, Alejandro de Alejandría, Atanasio y Marcelo de Ancira pertenecían a la facción anti-arriana, no es extraño que los homoousianos, a pesar de estar en minoría, ganaran la victoria. Eusebio de Cesarea, a pesar de sus simpatías por Arrio, aceptó las decisiones del concilio suscribiendo incluso las cláusulas condenatorias contra él. El número de personas de prominencia entre los oponentes no era tan considerable; pues tras los debates, que se extendieron durante cuatro semanas, había sólo dos seguidores de Arrio que permanecieron firmes, Teonas de Marmarica en Libia y Segundo de Ptolemaida; de los otros tres con los que Arrio podía haber contado, Maris de Calcedonia finalmente suscribió el símbolo completo, Eusebio de Nicomedia y Teognis de Nicea hicieron lo mismo al menos en su parte positiva, sin las cláusulas condenatorias contra Arrio. El emperador cumplió ahora ciertamente su amenaza, según la cual todo el que rechazara firmar tenía que enfrentar el exilio. Arrio, Teonas, Segundo, Eusebio de Nicomedia y Teognis fueron excomulgados. Las obras de Arrio se confiscaron para ser quemadas. Pero pronto se hizo evidente que la fuerza no podía silenciar las disputas y que bajo la presión de tales procedimientos la controversia sobre la igualdad de Cristo con Dios asumió dimensiones impensables, pues el concilio de Nicea eliminó la indiferencia de las masas hacia las disquisiciones teológicas.

Texto del credo de Nicea.

Creemos en un solo Dios
Texto del credo de Nicea

'Creemos en un solo Dios,
Padre todopoderoso,
creador de todo lo visible
e invisible.
Y en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo de Dios,
engendrado del Padre como
unigénito,
o sea, de la esencia del Padre,
Dios de Dios,
Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero;
engendrado, no creado;
consustancial con el Padre,
por quien todo fue hecho,
lo que hay en el cielo y en la tierra,
que por nosotros los hombres
y por nuestra salvación
bajó y se hizo carne,
se hizo hombre,
padeció
y resucitó al tercer día,
subió al cielo,
viene a juzgar a vivos y muertos.
Y en el Espíritu Santo.
A los que dicen: "Hubo un tiempo en el que él no existía"
y "antes de ser engendrado, él no existía"
y que él resultó de lo no existente,
o dicen que él es de otra hipóstasis
o naturaleza,
o hecho
o variable
o mutable, el Hijo de Dios,
a esos anatematiza la católica
y apostólica Iglesia.'

Otros problemas.
Tras la resolución el 19 de junio se abordó el más importante asunto de discusión, la cuestión de la Pascua. Según Duchesne (Revue des questions historiques, xxviii. 37), quien saca sus conclusiones de (1) la carta conciliar a los alejandrinos preservada en Teodoreto Hist. eccl., I, ix. 12; Sócrates, Hist. eccl., I, ix. 12; (2) la carta circular de Constantino a los obispos tras el concilio, Eusebio, Vita Constantine, III, xviii. 19; Teodoreto, Hist. eccl., I, x. 3 y sig.; (3) Atanasio, De Synodo, v; Epist. ad Afros, ii, las Iglesias orientales de Siria, Cilicia y Mesopotamia se adhirieron al reconocimiento judío del 14 de Nisán, en lugar de basar los cálculos para la Pascua en el equinoccio, según el modelo de Alejandría y Roma. El concilio asumió el objetivo de regular esas diferencias en conformidad con los usos de las otras iglesias, porque la dependencia de algunas congregaciones sobre una peculiaridad judía era ofensiva. Sin embargo, el concilio de Nicea no declaró el ciclo alejandrino de Pascua como el único canónico, sino que dio al obispo de Alejandría el privilegio de anunciar anualmente la fecha de Pascua a la curia romana. Aunque el sínodo acometió la regulación de la fecha de la Pascua, procuró comunicar su decisión a las diferentes diócesis, en lugar de establecer un canon; esto suscitó la oposición sobre este punto a su debido tiempo. Luego comenzaron los procedimientos contra el cisma meleciano, que, a causa de la gran popularidad del movimiento, tuvo un desarrollo extremadamente suave y le costó a su fundador sólo la suspensión del cargo, pero no la degradación. Finalmente siguió la prescripción de 20 cánones o reglas de disciplina: (1) Prohibición de la auto-castración; (2) establecimiento de un término mínimo para catequizar; (3) prohibición de la presencia, en la casa de un clérigo, de mujeres que pudieran ponerle bajo sospecha; (4) consagración de un obispo en la presencia de al menos 3 obispos provinciales y confirmación por el metropolitano; (5) provisión para los sínodos provinciales a ser celebrados anualmente; (6) posición excepcional otorgada a las sedes episcopales de Alejandría y Roma; (7) reconocimiento de los derechos honorarios de la sede de Jerusalén; (8) provisión de un acuerdo con los novacianos; (9-14) provisión para un procedimiento suave contra los lapsed durante la persecución de Licinio; (15-16) prohibición de la remoción de sacerdotes; (17) prohibición de la usura entre el clero; (18) precedencia de los obispos y presbíteros sobre los diáconos al tomar la eucaristía; (19) declaración de la invalidez del bautismo de los herejes; (20) actitud de oración en Pentecostés.

El 25 de julio de 325 los padres del concilio celebraron el vigésimo aniversario del emperador y luego se dispersaron. En su alocución el emperador de nuevo informó a sus oyentes de cuán molesto estaba por todas las controversias dogmáticas y en una carta circular anunció el cumplimiento de la unidad de práctica por toda la Iglesia en el asunto de la celebración de la Pascua. Pero la ilusión de la victoria no duró mucho, experimentando el emperador un choque tras otro de desilusión y desgracia. La continuidad del sínodo en 327 cuestionó cada resultado alcanzado en 325. Arrio y sus amigos condenados con él y los melecianos obtuvieron de nuevo todos los derechos que habían perdido.

II concilio de Nicea, contra los inconoclastas
II concilio de Nicea, contra los inconoclastas
Segundo concilio, 787.
Aunque la adoración de imágenes había sido abolida finalmente por las enérgicas medidas de Constantino V, cuyas tendencias iconoclastas eran compartidas por su hijo, León IV, tras la pronta muerte de éste, su viuda Irene, como regente por su hijo, comenzó su restauración, movida tanto por inclinación personal como por consideraciones políticas. Cuando en el año 784 el secretario Tarasio fue designado sucesor del patriarca Pablo, él aceptó a condición de que la intercomunión con las otras iglesias fuera restablecida, esto es, que las imágenes fueran restauradas. Sin embargo, como un concilio declarado ecuménico había abolido la adoración de imágenes, era necesario otro concilio ecuménico para su restauración. El papa Adriano fue invitado a participar y aceptó gratamente. La invitación a los patriarcas orientales tal vez ni siquiera les fue entregada. Los legados romanos fueron un arzobispo y un abad, cada uno llamado Pedro.

En el año 786 el concilio se reunió en la iglesia de los Apóstoles en Constantinopla, pero los soldados, en entendimiento con la oposición, entraron en la iglesia y suspendieron la asamblea. El gobierno entonces recurrió a una estratagema. Bajo el pretexto de una campaña, el cuerpo de guardia iconoclasta fue enviado lejos de la capital, desarmado y desunido. De nuevo el concilio fue citado, esta vez en Nicea, ya que Constantinopla estaba todavía agitada, reuniéndose el 24 de septiembre de 787. Hubo unos 350 miembros; 308 obispos o sus representantes firmaron. Lo presidió Tarasio y consistió de siete sesiones. La prueba de la legalidad de la adoración de imágenes se extrajo de Harás además un propiciatorio de oro puro; su longitud será de dos codos y medio, y su anchura de un codo y medio.[…]Éxodo 25:17 y sig.; Y al entrar Moisés en la tienda de reunión para hablar con el Señor, oyó la voz que le hablaba desde encima del propiciatorio que estaba sobre el arca del testimonio, de entre los dos querubines, y El le habló.[…]Números 7:89; Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y el santuario terrenal.[…]Hebreos 9:1 y sig.; 1 Entonces me llevó a la nave y midió los pilares; seis codos de ancho por un lado y seis codos de ancho por el otro era la anchura de cada pilar. 2 Y la anchura de la entrada era de diez codos, y los lados de la entrada eran de cinco codos por un la[…]Ezequiel 41 y Y Raquel había tomado los ídolos domésticos, los había puesto en los aparejos del camello y se había sentado sobre ellos. Y Labán buscó por toda la tienda, pero no los encontró.[…]Génesis 31:34, pero especialmente de una serie de pasajes de los Padres de la Iglesia. La autoridad de éstos fue decisiva. Se determinó que "al igula que la sagrada cruz dadora de vida se levanta en todas partes como un símbolo, también deberían serlo las imágenes de Jesucristo, la Virgen María, los santos ángeles, así como aquellos de los santos y otros hombres piadosos y santos que han de ser representados en las manufacturas de vasos sagrados, tapices, vestiduras, etc., mostrados en las paredes de las iglesias, en las casas y en todos los lugares notorios, por los caminos en todas partes, para ser reverenciados por todos aquellos que los vean. Pues cuanto más son contemplados, más mueve a promover el fervor de la memoria de sus prototipos. Por lo tanto, es apropiado darles una ferviente y reverente adoración, aunque no, sin embargo, la misma adoración que, según nuestra fe, pertenece al ser divino sólo, pues el honor dado a la imagen pasa a su prototipo y quien adora la imagen adora en realidad lo que allí está representado."

La clara distinción entre la adoración ofrecida a Dios y la dada a las imágenes se puede considerar un resultado de la reforma iconoclasta. Los 22 cánones elaborados en Constantinopla también sirvieron para la reforma eclesiástica. Se exige el mantenimiento cuidadoso de las ordenanzas de los antiguos concilios, conocimiento de las Escrituras por parte del clero y el cuidado de la conducta cristiana, despertando su deseo por una renovación de la vida eclesiástica. Los legados papales mostraron su aprobación por la restauración de la adoración de imágenes en términos indudables. El patriarca envió un relato completo del procedimiento del concilio a Adriano, quien hizo que fuera traducido, traducción que Anastasio posteriormente reemplazó por otra mejor.