Historia

NIMES, EDICTO DE

Edicto de Nimes es el nombre de la resolución de mínimos adoptada en Francia hacia los protestantes de ese país en 1629.

Sucesos que llevaron al edicto.

Los monarcas de Francia y Navarra en los siglos XVI al XVIII

El Edicto de Nantes fue un compromiso hecho por Enrique IV de Francia entre la establecida religión católica y la confesión protestante minoritaria de sus súbditos, protegiendo a éstos, como cuerpo más débil, mediante garantías. Su protección más valiosa, sin embargo, descansaba en su lealtad a la corona y en su imparcial actitud hacia las partes en conflicto. Si el soberano tomaba una posición decidida por el lado católico o si los protestantes asumían una posición hostil, el mantenimiento del compromiso y la continuidad del protestantismo quedarían en peligro. Mientras Enrique IV vivió no hubo amenaza de ninguna de ambas cosas. Él persistió en la senda de la reconciliación y renovó la sanción de "ciudades de seguridad" para los reformados durante otros cuatro años, desde el 1 de agosto de 1605. Pero su muerte en 1610 alteró completamente la situación. Desde este momento se hicieron intentos deliberados para minar el edicto, limitar su operación o efectuar su revocación. Por encima o por debajo de la superficie, este conflicto continuó durante 75 años. Inmediatamente tras la muerte de Enrique todas las diferencias que habían estado latentes en la relación de las dos facciones y la de los protestantes con el gobierno se hicieron visibles. Los protestantes justamente desconfiaron de la fanática reina regente y de su hijo Luis XIII y aunque el edicto de Nantes fue solemnemente confirmado el 22 de mayo de 1610, pronto se sucedieron violaciones abiertas de sus provisiones. No fue hasta 1620 cuando Béarn fue incorporado al reino y el catolicismo impuesto al pueblo del pequeño Estado montañés, que se levantó en armas (1621). El conflicto que comenzó entonces fue de un carácter diferente al de las anteriores guerras de religión. En ninguna manera el conjunto del protestantismo francés tomó parte en el mismo; no había una personalidad como la de Coligny o la de Enrique de Navarra y las discordias prevalecían entre los nobles de la facción. El protestantismo alemán, luchando por su propia existencia, no pudo enviar ayuda y la que vino de Inglaterra fue mal planeada e ineficaz. Las infelices decisiones de la asamblea de La Rochelle, organizando la facción protestante sobre el modelo de los Estados Generales de los Países Bajos (10 de mayo de 1621), dieron al gobierno una excusa para tratar a los reformados como flagrantes rebeldes. La guerra, llevada a cabo con gran severidad, fue parcialmente favorable a los hugonotes en 1621 y 1622, gracias a la heroica defensa de Montauban y Montpellier, pero el levantamiento de 1625 y las campañas entre esa fecha y 1628 acabaron desfavorablemente con el sitio de La Rochelle. La Paz de Alais (28 de junio de 1629), seguida por el edicto de Nimes (julio de 1629), fue a la vez la terminación de la hostilidades y el comienzo de una nueva época en la historia del protestantismo francés.

Culto clandestino hugonote
Culto clandestino hugonote
Política religiosa bajo el edicto.
El edicto de Nimes garantizaba a los derrotados el pleno perdón por su rebelión y confirmaba el de Nantes en todo lo concerniente a la libertad de conciencia, libre ejercicio de la religión, seguridad personal y derechos civiles; pero abolió las garantías materiales para la preservación de sus derechos. Por sus términos los hugonotes cesaron de ser una facción política en el Estado y fueron reducidos a una posición de dependencia a la gracia del rey. Los pagos hechos por Enrique IV, y durante un tiempo por Luis XIII, a los ministros protestantes cesaron y el edicto subrayó las expectativas de la reunión de los secesionistas con la Iglesia católica. Ésta continuó siendo la meta de la política eclesiástica francesa, intentando por todos los medios conseguirla. Richelieu tenía una visión clara, en un tiempo cuando Francia estaba surgiendo como poder mundial, para cumplir con las demandas de Roma de suprimir la herejía por la fuerza mediante la revocación del edicto de Nantes, llevando así a la desesperación a un numeroso, inteligente e industrioso sector de la población. Pero él prefirió una política gradual. Desde el tiempo (6 de marzo de 1631) cuando el ejercicio de la religión reformada quedó prohibido en Rioux (Santonge) a duras penas pasó un año sin que alguna localidad se viera privada de la adoración evangélica. En 1633 la mitad de los colegios protestantes fueron transferidos a los católicos; en Metz a los protestantes se les prohibió (1635) construir uno; en Dijon se les mandó decorar sus casas para las festividades de la Iglesia católica; el parlamento de Burdeos prohibió a los padres reformados llevar a sus hijos a su propia adoración (1636). Tras la muerte de Richelieu y durante el resto de la minoría de Luis XIV se continuó la misma política, aunque no tan acentuada, temiendo el gobierno que los hugonotes pudieran ponerse del lado de la Fronde. Pero permanecieron tan leales que Luis XIV se vio obligado a reconocer el hecho en un decreto de 21 de mayo de 1652, que les otorgaba algún alivio. El periodo desde 1649 a 1656 fue el más feliz que ellos disfrutaron. Ese último año la persecución comenzó de nuevo. En 1659 se permitió la celebración de un sínodo nacional, con la expresa declaración de que sería el último. Esta ordenanza, que privaba a los protestantes de su entidad suprema de fe y disciplina, fue el principio de la sistemática política de represión de Luis XIV. Desde el inicio de su reinado tuvo la firme intención de aniquilar el protestantismo en su reino; todas las garantías respecto a la validez y mantenimiento del edicto de Nantes quedaron en meras formalidades. Al actuar así pensaba que en este punto estaba en armonía con la mayoría de sus súbditos católicos; estaba apoyado por sus devotos oficiales, para quienes la palabra del rey era ley y la inclinación anti-protestante del rey y del pueblo estaba respaldada por el clero.

Campaña anti-protestante, 1661-79.
El primer golpe fue contra el permiso de adoración pública, para lo cual se designó una comisión (15 de abril de 1661) que investigara por todo el reino. En 1663, 140 iglesias fueron cerradas, 41 en 1664 y 16 en 1666 y así año tras año, a veces con los pretextos más absurdos y arbitrarios, mientras que la construcción de nuevas estaba estrictamente prohibida. También se cerraron muchas escuelas o quedó limitada la instrucción elemental; la escuela superior en Nimes fue puesta en manos de los jesuitas y la facultad teológica suprimida. Toda posible facilidad se ofreció a los que quisieran convertirse a la fe católica; la edad en la que los niños podían declarar su conversión se fijó en los 12 años para las niñas y 14 para los niños. En las ciudades con población protestante preponderante los oficiales eran extraídos igualmente de ambas religiones, pero los protestantes nunca podían presidir. Se les permitía asistir a bautismos y bodas sólo en números limitados; cuando estaban moribundos, el sacerdote podía entrar y cerciorarse de si estaban determinados a morir en su fe; en lugares donde no había adoración evangélica pública podían ser enterrados sólo al amanecer o a la caída de la tarde, asistiendo un limitado número de acompañantes.

Prisioneras hugonotes leyendo la Biblia en la Tour de Constance (Cuadro de Jeanne Lombard)
Prisioneras hugonotes leyendo la Biblia en la Tour de Constance
(Cuadro de Jeanne Lombard)
Incremento de la opresión, 1679-1684.
Hacia 1680 la posición de los protestantes emeporó notoriamente. La Paz de Nimega (1679) había dejado a Luis XIV libre de los peligros externos y el cambio que hacia al mismo tiempo se produjo en su vida en la dirección del rigor religioso tendió a hacerle más deseoso de llevar a cabo lo que creía que era su deber. La cuestión protestante se había convertido en el problema más importante de administración interna y la tendencia del rey, ahora que estaba en la cúspide de su poder y contemplaba la defección de sus súbditos de su fe como una injuria personal, tendió más y más hacia una solución por la fuerza. Esta tendencia se vio animada por el implacable y violento Louvois y su padre el canciller Le Tellier, así como por el confesor del rey, Père la Chaise. El cierre de iglesias continuó con frecuencia creciente; ordenanza tras ordenanza excluían a los hugonotes de cada vez más funciones públicas. En 1681 la edad para la conversión voluntaria de los hijos se bajó a siete años. Un fervor de celo por la conversión de los protestantes recorrió el país; las clases superiores especialmente rivalizaban entre sí para intentar ganar a sus parientes y subordinados; huestes de misioneros predicaban por todo el país, fundándose casas para la recepción y apoyo de convertidos de ambos sexos por todas partes. Los hechos de violencia contra los hugonotes también crecieron en número. Las iglesias eran destruidas y las Biblias quemadas. A principios de 1681, a sugerencia del intendente Marillac, Louvois comenzó a predicar en Poitou el método de acuartelar soldados principalmente entre los protestantes, quienes podían escapar de la carga durante dos años por la conversión a la Iglesia católica. Este método se abandonó casi nueve meses más tarde, cuando la inmigración había comenzado a asumir proporciones alarmantes y la noticia hubo llegado al parlamento inglés; pero mientras tanto los reformados habían quedado casi aniquilados en la provincia. Sin embargo, por todo el país la mayoría de los hugonotes mostraron una constancia admirable, tanto ante la violencia como ante las invitaciones seductoras, como fue la estipulada por la Asamblea Nacional del clero en julio de 1682. El fin no estaba lejos. En el verano de 1683 católicos y protestantes se enfrentaron en Cévennes, Vivarais y Dauphiné y el gobierno aplastó la rebelión sin misericordia.

Las dragonadas.
Ya en agosto de 1684 la revocación del edicto de Nantes fue definitivamente contemplada en círculos gubernamentales y para el próximo enero los protestantes de visión aguda habían comenzado a familiarizarse con la idea. Foucault, intendente de Béarn, comenzó a apretar la cuerda cuando por autoridad real cerró las 20 iglesias de su provincia, expulsó a los pastores y pidió a las tropas que apoyaran a los misioneros (18 de abril de 1685).

Hugonotes sorprendidos leyendo la Biblia, colección Samuel Bastide, Musée des Vallées Cévenoles, St. Jean du Gard
Hugonotes sorprendidos leyendo la Biblia, colección Samuel Bastide, Musée des Vallées Cévenoles, St. Jean du Gard

Esto fue el comienzo de las dragonadas generales, que sembraron el terror en el corazón de todos los reformados; para mediados de julio 16.000 habían hecho sumisión y en agosto Béarn, el antiguo baluarte del protestantismo, podía contar sólo 300 o 400 profesantes de fe evangélica. El 7 de julio el método de conversión por la fuerza militar se extendió a los distritos de Burdeos y Montauban y a partir de ahí se esparció por toda Francia. Las conversiones en masa se sucedieron en una escala sin precedentes, llevando sólo una semana cambiar la fe de Montauban; Montpellier fue convertida por Bâville con 16 compañías en 24 horas. Para el otoño el protestantismo como cuerpo religioso organizado había sido destruido; nada quedaba sino un puñado de individuos o familias dispersas. El tiempo había llegado para el golpe final. Si no quedaban prácticamente protestantes en Francia, el edicto de Nantes había perdido su raison d'être y por lo tanto podía ser revocado. Los teólogos reunidos en presencia del rey declararon la revocación un deber religioso, declarando el procurador general del parlamento de París la revocación legalmente inobjetable. Le Tellier elaboró el borrador del nuevo decreto, que Luis leyó y alteró en ciertos puntos el 15 de octubre, firmando en Fointenebleau un día o dos más tarde. Fue registrado en el parlamento el día 22, obteniendo de esta manera fuerza legal. Según sus términos, los edictos de abril y mayo de 1598 y julio de 1629 fueron declarados nulos y vacíos; todos los "templos" de la denominada religión reformada serían destruidos y la adoración evangélica prohibida, incluso en casas privadas; todos los pastores recalcitrantes tenían que salir del reino en el plazo de una noche; las escuelas evangélicas quedaron enteramente suprimidas; los niños serían bautizados según el rito católico y la emigración fue prohibida bajo severos castigos. Estas decisiones fueron aplaudidas por el conjunto de la Francia católica, incluso por los espíritus más elevados, tales como Fénelon, Massillon, La Fontaine, La Bruyère y Madame de Sévigné, mientras que el papa se congratuló en un breve especial el 13 de noviembre. Sus terribles consecuencias fueron visibles mucho después.

Retrato de Luis XIV armado, de Hyacinthe Rigaud, Museo del Prado, Madrid
Retrato de Luis XIV armado,
de Hyacinthe Rigaud,
Museo del Prado, Madrid
Resultados para el protestantismo y Francia.
Aunque Luis XIV y su cohorte de la Iglesia católica lograron la aniquilación del protestantismo como cuerpo eclesiástico reconocido y mientras la sangre de los protestantes fluyó como agua, no obstante miles de protestantes permanecieron fieles, adorando firmemente, a veces a escondidas, según los dictados de su conciencia. A pesar de toda la persecución, amenazas, opresión persistente y maligna, importunidades y torturas a las que todos los protestantes, no importa donde estuvieran, estaban sujetos, los fanáticos seguidores de la Iglesia católica no lograron destruir al protestantismo mismo. Ni lograron aniquilar el testimonio de la fe protestante, tal como está atestiguado por las vidas y hechos de hombres tales como Brouson, Court y Rabaut. Cuando en 1787 Luis XVI publicó su edicto de tolerancia, el número de protestantes en el reino, estimado en 1660 entre 1.600.000 y 1.700.000, no era más que de 600.000 y su influencia en la vida nacional se había perdido. El nivel general de la piedad francesa bajó, en la proporción de vidas de hipocresía compulsiva, instigada por las conversiones forzosas; la teología francesa, con la aniquilación de la oposición, perdió su seriedad y profundidad y el lugar de los grandes teólogos del reinado de Luis XIV fue ocupado por los cortesanos de la regencia. Incluso más obvia fue la pérdida para la nación por la emigración (estimada en más de 300.000 entre 1680 y 1700) de tan gran número de súbditos inteligentes y trabajadores, recibiendo el comercio y la manufactura francesa un golpe del que nunca se recuperaría completamente. Teniendo en cuenta las secuelas políticas, tales como la supresión del catolicismo en Inglaterra por la revolución y el ascenso de Guillermo de Orange en oposición a Francia, el año 1685 puede seguramente ser llamado el punto sin retorno en la fortuna de Luis XIV, que comenzó a declinar desde ese tiempo.