Historia

NORTEAFRICANA, IGLESIA

Región y población.
Agrupado con los países mediterráneos por razón de su posición, límites y peculiaridad de población, el norte de África se convirtió en escenario de un desarrollo político, religioso y económico que, desde temprano, puso a esa región en relaciones con el Imperio romano, y, a su vez, con la Iglesia de Roma. Limitando al norte y al oeste con el mar Mediterráneo y el océano Atlántico, al sur y al este con el Sahara y el desierto libio, separada del resto de África, la región comprende la actual Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. La población estaba compuesta de tres elementos: los bereberes, un término aplicado comúnmente a los nativos; la invasión fenicia, que se difundió especialmente por las regiones costeras, fundando muchas pequeñas localidades dentro del territorio y la colonización romana.

Entrada y crecimiento del cristianismo.
El cristianismo debe haber llegado a África en el primer siglo; en tiempo de Tertuliano los cristianos ya eran bastante numerosos. Las puertas de entrada, además de Cartago, las constituyeron las localidades de la costa, facilitándose la expansión en el interior por las expediciones militares, que penetraron en todo el territorio. Posiblemente los soldados y oficiales romanos fueron principalmente los pioneros del cristianismo, una sugerencia favorecida por el fuerte elemento militar en el lenguaje eclesiástico de África. Aunque Tertuliano sólo nombra cuatro localidades, además de Cartago, con congregaciones cristianas (Hadrumetum, Thysdrus, Lambasis, cuartel de la tercera legión, y Utina), hubo cristianos en ese tiempo también en Mauritania. Pero el elemento cristiano debe haber crecido muy considerablemente desde ese período hasta 249, ya que Cipriano (Epist., lxxiii. 3) habla de "tantos miles de herejes." Con referencia a la fuente, toda indicación señala a Roma. El norte de África proporcionaba un peculiarmente suelo productivo para el cristianismo. Bajo la expansión de las grandes posesiones territoriales romanas, los en otro tiempo cultivadores libres cayeron más y más en la condición de siervos, formando de este modo, junto con los esclavos, el gran conjunto entre los que el evangelio halló aceptación, de los cuales también fueron reclutadas aquellas huestes, que, como los monásticos errantes, hicieron causa común con los donatistas. Los elementos religiosos que ya se encontraban allí fueron combatidos por el cristianismo. Tertuliano y Cipriano repudiaron la veneración dada a los príncipes bereberes. Todavía mayor peligro procedía de la religión púnica, sostenida por sus sacrificios humanos sangrientos y ritos inmorales. En relación a la religión púnica, se manifestó, de nuevo, la gran adaptabilidad del paganismo romano: el Baal fenicio se convirtió en el Saturno romano; Astarté (Tanit) se convirtió en "la gran diosa", "Diana celestial", "gran diosa virgen celestial." La lengua púnica se mantenía junto al latín, pero la Biblia no fue traducida ni al púnico ni a la lengua bereber. De hecho, al usar la lengua latina el cristianismo prestó a los romanos un importante servicio auxiliar en la colonización.

Mapa de la extensión del cristianismo a mediados del siglo III
Mapa de la extensión del cristianismo a mediados del siglo III

Organización del cristianismo.
La gradual difusión del cristianismo por el norte de África, avanzando desde el África proconsular a través de Numidia, se vio grandemente ayudada con la formación de numerosas congregaciones y tal como su conexión política era con Roma, así su organización eclesiástica reflejaba la misma influencia. En el reinado de Diocleciano se formaron seis provincias: Proconsular (Zeugitana), Byzacium (Byzacena), Numidia, Tripolitana, Mauritania Sitifensis y Mauritania Cesarensis y con ellas coincidían las provincias eclesiásticas. A la cabeza de cada una estaba el primado, un rango desempeñado por el obispo más anciano de la provincia, quien llevaba la designación senex, salvo en la Proconsular, donde el primado estaba constantemente asociado con Cartago, la sede metropolitana. Los cristianos sufrieron muchos problemas de los vándalos arrianos, en Cartago y en la Proconsular, quienes secuestraban iglesias y posesiones. Otro factor de influencia sobre el estado de la Iglesia fue la expansión de los moros, que durante el período vándalo recuperaron una gran parte de las antiguas posesiones romanas. El número de congregaciones bajo control directo episcopal era considerable. En tiempos de Agustín había, al menos, 500, aunque la instalación de obispos en los distritos rurales y localidades pequeñas estaba prohibida. El gran número de obispos se ha explicado por la tendencia municipal de los africanos y por las muchas localidades rurales. En las grandes posesiones territoriales, además, incluso las "fortalezas" separadas a veces tenían obispos propios. Es posible también que, debido al conflicto entre católicos y donatistas, en muchos lugares se enfrentaran obispos rivales. Donde no había obispo, la congregación era dirigida por un presbítero, asistido por un diácono. Para la mejor administración eclesiástica, Cartago se dividió en regiones, según el precedente de Roma. La organización y alcance del poder episcopal supuso la adición de ese "penitenciario" eclesiástico, que comenzó con Tertuliano y alcanzó su terminación bajo Cipriano. Como defensor de la primitiva teoría cristiana de la moralidad y como montanista, Tertuliano se opuso a la innovación que fue introducida en Roma por Calixto, por la que los pecados de lascivia, previamente clasificados con la idolatría y el asesinato como pecados mortales, fueron reconocidos como pecados perdonables. En Cipriano la Iglesia norteafricana tuvo un obispo que, por un lado, estaba en sintonía con Roma, al terminar con la influencia del clero y de la congregación, reforzando la del obispo, pero por otro lado firme y fructíferamente guardó, en oposición a Roma, la independencia de la Iglesia africana, llegando a ser él mismo prácticamente, si no legalmente, el primado de la Iglesia en el norte de África. Esto se debió a la vez a su imponente personalidad y a la importancia atribuida al obispo de la capital del territorio. A esto contribuyeron los sínodos generales, que se celebraron con autoridad sobre los sínodos provinciales, abarcando estos últimos alguna o algunas provincias. Peculiares a la Iglesia del norte de África fueron los seniores plebis, ("ancianos del pueblo"), que eran considerados una especie de dirigentes congregacionales. Por un lado se distinguen de los clérigos, pero, por otro, son designados ecclesiastici veri, "hombres de Iglesia."

Mapa de las iglesias de Numidia durante el cisma donatista
Mapa de las iglesias de Numidia durante el cisma donatista
Cisma, doctrinas y persecuciones.
El tranquilo desarrollo de los asuntos eclesiásticos se vio perturbado por las muchas divisiones y sectas, que hallaron un suelo favorable en África septentrional. Los montanistas y maniqueos ganaron para su causa a los dos principales teólogos del territorio; los montanistas a Tertuliano y los maniqueos, durante un tiempo, a Agustín. Sin embargo, fue el donatismo el que infligió las heridas más profundas a la Iglesia africana, produciendo tal movimiento no sólo una Iglesia nacional numidia, sino también esparciéndose a otras provincias. Durante más de un siglo después del año 312, este gran cisma dividió a la Iglesia norteafricana en dos campos, en ocasiones de casi igual fuerza. La importancia de la Iglesia norteafricana en relación al desarrollo de la doctrina cristiana se aprecia mejor por los escritos de Tertuliano, de quien Cipriano depende y sobre el que Agustín trabaja. También hubo apologistas activos como Arnobio y Lactancio. Un escrutinio del estado moral lo proporcionan Tertuliano (De spectaculi; De pænitentia y De pudicitia) y Cipriano (Ad Donatum; De habitu virginum); también Agustín en las "Confesiones". Una valiosa contribución sobre el estado de los claustros en las diversas provincias eclesiásticas lo proporciona la "Vida" de Fulgencio de Ruspe. La tolerancia acordada por el gobierno romano a las religiones extranjeras favoreció el avance de los cristianos del norte de África hasta el edicto del emperador Marco Aurelio, en 177, que produjo las primeras víctimas de persecución en el caso de Nanfamo y sus compañeros; aunque no mucho después (180), los mártires escilitanos sucumbieron al mismo destino. De particular importancia fue el martirio de Perpetua y Felicidad, en el tiempo de Septimio Severo. Las operaciones de la persecución de Decio son conocidas por la obra de Cipriano, De lapsis, y por la historia de la disputa penitenciaria, mientras que de la persecución final bajo Diocleciano hay un recordatorio en la inscripción que habla de los "días de ofrenda" [de sacrificio a los dioses paganos]. Tras la paz entre el gobierno romano y la Iglesia cristiana, se afianzó un celo por construir en todas partes, como se muestra por las muchas ruinas de edificios eclesiásticos.

Conflicto final con el paganismo; caída bajo el islam.
El cristianismo y el paganismo cambiaron sus papeles. Desde el año 341 las leyes contra la adoración pagana se multiplicaron. Los templos fueron cerrados y sus bienes incautados. Un decreto del año 399 prohíbe la destrucción de sus templos que no serían más usados para la adoración de ídolos. Un concilio en Cartago en el año 401 resuelve que los emperadores extirparán la idolatría y demolerán, o harán que sean demolidos, tales templos al no poseer valor artístico. Los altares e imágenes de los dioses fueron depositados en museos. Algunos de ellos, con la inscripción Translata de sordentibus locis, "trasladado de lugares ignominiosos", están ahora en el museo en Cesarea en Mauritania. En las ciudades, el paganismo todavía tuvo un apoyo temporal de ciertos oficios municipales con funciones sacerdotales asociadas; sin embargo, gradualmente fueron despojados de su colorido sacerdotal. Según la manera de Tertuliano, el antagonismo controversial contra el paganismo, así como contra otras sectas cristianas, fue especialmente defendido por Agustín. Pero el norte de África nunca llegó a ser un territorio completamente cristiano. Las tribus nativas nunca llegaron a ser alcanzadas por la fe, siendo una de las razones la inexistencia de una traducción de la Biblia en su lengua vernácula. Por eso, aun con todo el territorio conquistado por el cristianismo en el norte de África, el paganismo no quedó completamente extirpado, y sobrevivió no sólo en los períodos romano y vándalo, sino también en la era bizantina, para finalmente derrumbarse en un destino común con el cristianismo ante el islam, que efectuó la conquista del territorio en los años 627-717, junto con la aniquilación de la Iglesia norteafricana.