Historia

OPTIMISMO

Optimismo, filosóficamente, es la teoría de que el universo es el mejor posible y la existencia esencialmente buena. El término es relativamente moderno, aunque su carácter y disposición son tan antiguos como la humanidad. Como teoría distintiva fue propuesta hacia el mismo tiempo por Lord Shaftesbury, el arzobispo King y Leibniz.

El columpio, de Fragonard. Colección Wallace, Londres
El columpio, de Fragonard. Colección Wallace, Londres

Shaftesbury primero la expuso en su Inquiry concening Virtue, escrita en 1692 y clandestinamente publicada en 1699, King en su De origine mali (1702) y Leibniz en su Theodicée (1710). Surgió independientemente de Leibniz, pues antes de que él publicara su obra había leído lo que Shaftesbury y King habían escrito. El Essay of Man de Pope (1732-34) defendió la doctrina en verso; Voltaire en Candide (1759) la ridiculizó. Según Leibniz: "Hubo una infinidad posible de maneras para crear el mundo, según los diferentes designios que Dios pudo formar, y cada posible mundo depende de las condiciones de ciertos designios o fines principales de Dios apropiados para ello." De este infinito número posible de mundos, Dios escogió traer a la existencia el sistema existente de cosas. Y dado que Dios es un ser no sólo de infinito poder, sino de infinita sabiduría y bondad, bajo la ley de la razón, el presente mundo debe ser el mejor posible. El optimismo así presentado descansa sobre una suposición sobre la naturaleza de Dios y su propósito en la creación e interpreta las particulares experiencias y sucesos a la luz del concepto del mundo. La teoría del optimismo ha sido también presentada inductivamente, con el propósito de mostrar que el bien o la felicidad tienen preponderancia sobre el sufrimiento y el mal en la vida humana y que la conciencia animal es mucho menos susceptible al dolor de lo que ha sido comúnmente supuesto. Más aún, las experiencias que, contempladadas separadamente, parecen totalmente malas, cuando son puestas en relaciones instrumentales con los fines éticos son percibidas como indispensables para la virtud o el bien.

El optimismo ha provisto una clave para un difícil problema que acosaba a la teología de Nueva Inglaterra desde 1750 en adelante, esto es, la relación del pecado con la bondad y el gobierno divino, o la sabiduría de Dios al permitir el pecado. El principio general fue que el pecado es un medio necesario para el bien más grande. Según Joseph Bellamy el pecado fue un medio por el que la gloria de Dios se manifestó y el bien del universo progresó, una doctrina extraída de Leibniz, basada en la suposición de la naturaleza divina solamente (Works, volumen ii, Boston, 1850). Samuel Hopkins, razonando a partir de las mismas premisas, enseñó que el pecado, incluso el más odioso y abominable, fue necesario para la gloria de Dios y el bien de la criatura, pudiendo Dios disponer las cosas para que cualquier número de hombres sean pecadores, cuando es mayormente para su gloria y el bien general (Works, i. 140, 220, Boston, 1852). Stephen West mantuvo la ventaja de que los pecadores y el mal moral existan, pues Dios puede ejercer y manifestar su misericordia y también su odio hacia el pecado (Moral Agency, p. 204, New Haven, 1772). Leonard Woods declaró que en cada ejemplo en que el pecado ocurre, Dios lo prefiere a la santidad. N. W. Taylor negó que el pecado fuera el medio necesario para el mayor bien, pero sostuvo que este mundo contenía el mayor bien posible para Dios (Moral Government, ii. 276, Nueva York, 1859). L. F. Stearns afirmó que Dios permitió una cierta cantidad de pecado en su mundo por causa de un mayor bien (Present Day Theologiy, p. 244, Nueva York, 1893). Las últimas cuestiones surgidas sobre el pecado y el mal existen en otras formas y asociadas con otros intereses, como una actitud general hacia la vida (Goethe, Emerson y Stevenson) y en las implicaciones de la evolución (J. Le Conte, Evolution and its Relation to Religious Thought, Nueva York, 1888), de la filosofía idealista (J. Royce, The World and the Individual, Nueva York, 1899-1901) y de la paternidad de Dios (G. A. Gordon, Inmortality and the New Theodicy, Boston, 1897).