Historia

ÓRGANO

El órgano es un instrumento musical de viento usado en la adoración religiosa.

organo
Historia antigua.
El término órgano, del griego organon, se aplicó primero a instrumentos de toda clase, luego a instrumentos musicales restringidos y finalmente (según la descripción de Casiodoro, 489-570) a un instrumento de al menos diez tubos afinados según los tonos de la escala diatónica. Tertuliano afirma (De anima, xiv) que el inventor fue Arquímedes († 212 a. C.), pero Vitruvio y Plinio citan a Ctesibius († 170 a. C.). Al ser el órgano un medio de entretenimiento para la sociedad en general, su uso fue rechazado en los círculos cristianos antiguos. Al principio se empleaban pequeños órganos antes de las clases de canto, especialmente en los claustros, para fijar el tono correcto y el primer gran órgano del que hay conocimiento certero fue el fabricado bajo Carlomagno en la catedral de Aix-la-Chapelle. El primer órgano ampliado a ocho claves cromáticas, además de las catorce diatónicas, pertenece probablemente al siglo XIII y la adición de pedal, hacia 1426, supuso un importante avance. Fue usado en las iglesias, primero, para dar el tono clave, luego para acompañar alternativamente la música vocal y finalmente para prefijar un preludio a los himnos. El acompañamiento del órgano contribuyó especialmente, en grandes cánticos de acción de gracias, al efecto festivo.

El órgano en las iglesias católicas.
En los concilios de Constanza (1414) y Basilea (1431) el Te Deum se cantó con acompañamiento de órgano. Fue un abuso cuando pasajes completos de la misa se quitaron a los cantores y se asignaron al órgano, ya fuera para liberar a los primeros o para suplir su lugar cuando estaban ausentes; o cuando el órgano interrumpía el cántico sacerdotal, para acortar la misa y de esta manera la privaba de largos pasajes, tales como el Credo, Præfatio y el Pater Noster. A Sebaldus Grave de Nördlingen en 1474, se le exigió "que tocara el órgano en St. Jürgen con celo piadoso en todas las bodas y festividades, y, cuando se le ordenara, en misa y vísperas y otras ocasiones." Para frenar su uso excesivo, una serie de sínodos se vieron obligados a tomar medidas contra la preponderancia indebida del órgano (Tréveris, 1549; Augsburgo, 1567; Roermund, 1570; Thorn, 1600 y otros). Las directrices de la Cæremoniale de 1600 han de tomarse como concesiones al uso del órgano, que ya se había establecido ampliamente. Esas regulaciones permitían el empleo del órgano en la interpretación de varios cantos de la misa (por ejemplo, en la letanía, el Christe Eleison, el Gloria in excelsis y otros). En el sentido estricto del término el órgano no era entonces ni es ahora contemplado como un instrumento litúrgico necesario, pero como auxiliar de la música litúrgica tenía su lugar en la adoración pública hasta donde hacía falta. Como instrumento para la música artística, ya fuera solo o en combinación con la música coral técnica, está sujeto a las mismas restricciones que la música de la misa.

El órgano en las iglesias protestantes.
Según la idea evangélica el órgano no es un instrumento estrictamente litúrgico y no es esencial; ha sido admitido como una añadidura bienvenida al culto, mientras no desplace la predicación del evangelio del lugar central en el servicio divino y no distraiga la atención de la adoración, sino que más bien la estimule. De ahí la oposición de los reformadores, incluso de Lutero mismo al principio, ante el peligro de abusar de las ventajas desmedidas. El órgano entró primero en estrecho contacto en la adoración de la Iglesia evangélica como dirigente del canto congregacional, musicalmente encuadrado en las devociones corales. Sin embargo, esta relación también es actual, no esencial ni necesaria, debiéndose a las necesidades prácticas y siendo resultado de la conveniencia. De hecho, el servicio evangélico fue durante mucho tiempo llevado a cabo sin órgano, no sólo en la Iglesia reformada sino durante más de un siglo en la Iglesia luterana. El canto congregacional estaba bajo dirección del maestro del coro y sus alumnos, sin acompañamiento de órgano. La costumbre de ese acompañamiento no se hizo general hasta el siglo XVIII.

El uso del órgano se hizo necesario sólo cuando el número de melodías aumentó, hasta tal extremo que la congregación no podía conocerlas todas familiarmente, y cuando el primer entusiasmo del antiguo canto evangélico amainó, por lo que se requería más ayuda desde el coro. El primer libro de coro de órgano para acompañamiento en el canto, congregacional, o del órgano solo, es el Tabulatarbuch de Samuel Scheidt (Halle, 1650), que de hecho no presupone el canto congregacional con acompañamiento de órgano, sino que prepara el camino. Al principio el órgano sólo acompañaba el canto de la congregación durante unas pocas líneas y luego se paraba, cuando el himno ya estaba en proceso. Posteriormente, al causar confusión, se permitió al órgano acompañar al himno completo y finalmente el instrumento eclipsó al canto congregacional. Éste quedó alterado en su ritmo original, al ser la continuidad de la melodía rota por los interludios entre los versos, quedando el canto congregacional absorbido en la música de órgano. A causa de esas circunstancias se produjo una reacción opuesta a su uso. El órgano no es sólo un auxiliar para el canto congregacional, sino que también sirve para delimitar y reforzar las devociones. Aúna las voces de la multitud al unísono, armoniza la música con el entorno y la época del año y por la modulación de pausa y cadencia dirige las olas de devoción hasta la impresión más profunda. Debe preparar a la congregación para el himno que ha de ser cantado e incitar a la devoción mediante la obertura o preludio; debe integrar la oración coral de la congregación con el resto del servicio mediante el interludio y llevar el espíritu avivado de adoración a una cadencia apropiada para el postludio. Hay una multitud de formas artísticas a disposición del instrumento, tales como el preludio, motete, figuración, fantasía y fuga.

Organistas y compositores.
La adaptación del órgano a la música sagrada, que puede contemplarse a la vez como la espiritualización e idealización suprema de la música de órgano, es la obra y también la distinción característica de los maestros de órgano alemanes, cuyo gran maestro fue Jan Pieterszon Sweelinck (1562-1621), mientras que el más grande compositor clásico es Johann Sebastian Bach. Se puede mencionar a los alumnos de Sweelinck, Jacob Prätorius de Hamburgo († 1651), Heinrich Scheidemann en Hamburgo († 1663), Samuel Scheldt en Halle (1587-1654), autor de Tabulaturbuch de 1650 (ut sup.), quien fue el pionero en la adaptación de la música coral al órgano. En esa dirección fue seguido por Strunck, Theile, Alberti, Jan Reinken (1623-1722), Dietrich Buxtehude (1637-1707) y, finalmente, por Johann Pachelbel (1653-1706), quien combinó la inclinación a la gracia y la suavidad heredada de los alemanes meridionales con las formas más estrictas de los alemanes septentrionales. Bach hizo de la coral con todas sus características litúrgicas el tema de una transfiguración pura y artística; contempló el canto de la congregación como un bello don de la naturaleza para su arte. Se trataba de arte para el órgano en el sentido más elevado de la palabra; poseyó un dominio de todas sus formas y las saturó con su individualidad. Su estilo, aunque firmemente fundado en la tradición, comunica no obstante el sello de su personalidad, siendo total, verdadera y genuinamente protestante.

La modernización del estilo.
La etapa posterior ha suavizado y modernizado este estilo en relación con el desarrollo técnico de la fabricación de órganos, que ha hecho el instrumento más flexible y lo ha sacado de su aislamiento estrecho. En el siglo XVIII el órgano aprendió a hablar el lenguaje de Mozart, en el XIX el de Mendelssohn y en el XX comenzó a asimilar el elaborado colorido de la música de Wagner y Liszt. La modernización del estilo está involucrada con la cuestión de la música y la estética en general. La adaptabilidad congregacional se apropiará de cada avance que se haga para la edificación. Sin embargo, el estilo del órgano debe ser consistente con la cualidad esencial del instrumento mismo. La música de órgano ha de conservar los límites impuestos por la naturaleza del instrumento; por ejemplo, no debería invadir los dominios de la voz, el piano o la orquesta. En tal caso siempre será inferior al instrumento al que imita y, al mismo tiempo, sacrifica sus propios poderes peculiares y valor artístico. Sería artísticamente falso y lo que es falso en arte no es permisible en liturgia. Por otro lado, no todo lo artísticamente verdadero es al mismo tiempo apropiado para la adoración pública, por lo que la música de órgano se puede corregir en estilo y adaptar al instrumento, aunque no sea litúrgica en el sentido propio. Además el estilo del órgano debe llevar el sello de la música eclesiástica y mostrar claramente su relación con el himno congregacional, para reforzar el lugar que tienen en la adoración.