Historia

PERÍCOPA

Presentación de Jesús en el templo, Libro de perícopas de Salzburgo, c. 1020. Bayerische Staatsbibliothek, Munich
Presentación de Jesús en el templo, Libro de perícopas de
Salzburgo, c. 1020. Bayerische Staatsbibliothek, Munich
Significado del término.
La palabra perícopa, que no se encuentra en el griego bíblico, significa en griego ordinario pasaje breve. Justino Mártir cita como perícopas 5 Así dice Dios el SEÑOR, que crea los cielos y los extiende, que afirma la tierra y lo que de ella brota, que da aliento al pueblo que hay en ella, y espíritu a los que por ella andan: 6 Yo soy el SEÑOR, en justicia te he llamado; te sostendré por l[…]Isaías 42:5-13; Pero yo era como un cordero manso llevado al matadero, y no sabía que tramaban intrigas contra mí, diciendo: Destruyamos el árbol con su fruto, y cortémoslo de la tierra de los vivientes, para que no se recuerde más su nombre.[…]Jeremías 11:19 y otras secciones cortas (Trypho, capítulos lxv, lxxii, etc.). Clemente de Alejandría (Strom., III, iv, VII, xiv) también usa la palabra; Orígenes (Hom., xix sobre 1 Cuando el sacerdote Pasur, hijo de Imer, que era el oficial principal en la casa del SEÑOR, oyó a Jeremías profetizar estas cosas, 2 hizo azotar al profeta Jeremías y lo puso en el cepo que estaba en la puerta superior de Benjamín, la cual conducía[…]Jeremías 20:1-6) aplica la palabra a una selección de la Escritura leída en la adoración por designación y además divide el texto completo en perícopas, por lo que una lectura escritural puede tener varias perícopas. Maestros posteriores de la Iglesia usan la palabra en el sentido de un pasaje o selección de la Escritura. Pero ni entre los griegos ni entre los latinos la palabra se convirtió en término litúrgico; incluso los griegos llamaron a las lecturas prescritas de la Escritura anagnoseis o anagnoemata y los latinos lectiones epistolæ et evangelica. El uso de la "perícopa" para denominar un conjunto de lecturas bíblicas, la "epístola y evangelio" de la Iglesia antigua, es protestante alemán y data del siglo XVI (comp. la obra de Brenz, Pericopæ evangeliorum expositæ, 1566). En la literatura teológica la palabra tiene un significado general, poseyendo sólo en el periodo moderno el sentido de lecturas bíblicas prescritas.

Lectura de la Escritura en la Iglesia antigua.
El desarrollo de lo que la "perícopa" significa depende de los leccionarios y éstos a su vez de la práctica de leer la Escritura en la antigua Iglesia. Ante la incertidumbre asociada con la historia antigua de las liturgias y los leccionarios, se debe depender de noticias incidentales. Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza.[…]1 Timoteo 4:13 no se refiere a la lectura privada de Timoteo, sino a su actividad hacia la congregación en la lectura de las Escrituras (del Antiguo Testamento). Cuando esta carta se haya leído entre vosotros, hacedla leer también en la iglesia de los laodicenses; y vosotros, por vuestra parte, leed la carta que viene de Laodicea.[…]Colosenses 4:16 y Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas que están escritas en ella, porque el tiempo está cerca.[…]Apocalipsis 1:3 se refieren a otros pasajes que han de ser autoritativos para la comunidad. Un pasaje en la liturgia de Santiago menciona la lectura de las sagradas palabras del antiguo pacto y los profetas, pero habla de la exposición de la encarnación, la pasión, etc., durante la adoración divina. Aquí hay una distinción entre lectura ante la congregación y la instrucción; el Antiguo Testamento se lee, el Nuevo se expone. Pero Justino Mártir (1 Apol., lxvii) habla de lectura también del Nuevo Testamento en el culto del domingo, usando las palabras "las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas." La expresión de Tertuliano (Hær., xxxvi): "(La iglesia) une la ley y los profetas en un volumen con los escritos de los evangelistas y los apóstoles", va en la misma dirección, al mostrar una fuente autoritativa de enseñanza cristiana. De estas prácticas se desarrolló la costumbre de leer del Antiguo y el Nuevo Testamento. En el este está el testimonio de Cirilo de Jerusalén ("Lecturas Catequéticas" iv. 35; las Escrituras "que leemos abiertamente en la Iglesia"), Constituciones Apostólicas (VIII, v. 5) y Basilio (Hom., xiii sobre el bautismo) y en el oeste Ambrosio (Epist., xxii. 2) y Agustín (Sermón xxix. 1) suponen la lectura de la Escritura en el servicio divino. No es necesario acumular más testimonios. Probablemente en tiempos de Justino la iglesia en Roma tuvo sus lecturas prescritas de ambos Testamentos, teniendo la posterior iglesia romana su "epístola y evangelio." Pero la costumbre variaba, incluso en la misma iglesia (comp. Agustín, Sermón xlv). Un sistema determinado y fijo de lecturas no se puede todavía asumir (comp. la expresión de Justino "hasta donde el tiempo lo permite", 1 Apol., lxvii, mostrando que la extensión definida no estaba todavía prescrita). Por otro lado, Crisóstomo ("Sobre Lázaro" iii. 1 y también en su Hom. Sobre En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador.[…]Juan 10:1) apremió a sus oyentes a leer por adelantado las selecciones que serían leídas ante ellos en la adoración y en su Hom., lvii. 1 añade una serie fija de lecturas recurrentes año tras año. Está establecido el hecho de que en ciertas épocas del año determinados libros bíblicos proporcionaban las lecturas en el servicio divino. En algunos distritos eclesiásticos durante Cuadragésima, el Génesis era el libro leído (comp. Crisóstomo en su séptima "homilía pilar"); es probable que las homilías de Basilio sobre el Hexámeron fueran pronunciadas en la época de ayuno, cuando se predicaba diariamente. Posiblemente se escogiera el Génesis porque en algunas partes de la Iglesia griega el año eclesiástico comenzaba en primavera. Otro libro que sirvió como base para las selecciones en la época de ayuno fue Job (comp. Orígenes sobre Job, en el principio; Ambrosio, Epist. ad Marcellum, xx. 19); posiblemente aquí pertenezca el principio de la homilía atribuido a Crisóstomo, que supone un retorno anual a ese libro como fuente de lecturas). Un tercer libro usado en esta forma fue Jonás (Ambrosio, Epist. ad Marcellum, xx. 25: "Según la costumbre, la lectura será de Jonás"; en un leccionario galicano proporcionado por Mabillon, 1 Vino palabra del SEÑOR a Jonás, hijo de Amitai, diciendo: 2 Levántate, ve a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella, porque su maldad ha subido hasta mí. 3 Pero Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR. Y descendi[…]Jonás 1 es la lectura para el Sábado Santo; en la liturgia mozárabe se especifica el libro entero). En algunos comunidades la práctica fue leer del libro de los Hechos entre Pascua y Pentecostés, algo de lo cual Agustín testifica (Tract. 6 sobre 1 Después de haber dicho esto, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto en el cual entró El con sus discípulos. 2 También Judas, el que le iba a entregar, conocía el lugar, porque Jesús se había reunido a[…]Juan 18).

Serie de lecturas no fijadas.
Pero la lectura de libros no se resolvió tan definitivamente como para prescribir extractos fijos. En este aspecto las 67 homilías de Crisóstomo sobre Génesis son instructivas. Las primeras 32 tratan con 1 1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra. 2 Y la tierra estaba sin orden y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. 3 Y dijo Dios: Sea la luz. Y hubo luz. 4 […]Génesis 1-12; en la vigésimo tercera el autor dice que la serie ha quedado interrumpida por la llegada de la celebración (de la semana de pasión) y luego continúa las otras 35 homilías sobre porciones escogidas del libro. Es decir, la lectura en serie de Génesis se vio interrumpida por la época de pasión; es evidente que épocas especiales tenían sus lecturas apropiadas (Crisóstomo, Cur. in Pentec..., in Princ. Act., Hom. iv; Agustín sobre 1 Juan); Agustín habla del "orden de la lectura", la historia indispensable de la celebración y la libre elección del predicador. Agustín además dice (Hom. ccci. cap. 1) que "en el día de la resurrección, según la costumbre, hay lecturas tomadas de todos los libros del santo evangelio" y una descripción más detallada de la lectura se encuentra en Hom. ccxxxii, cap. 1, pero aún el orden dado no es absolutamente vinculante y él mismo hizo cambios para descontento de algunos que no escucharon lo que ellos estaban acostumbrados a oír. El predicador tenía una cierta independencia sobre la lectura, que tenía que ver con el interés de su discurso o las necesidades de la congregación (Agustín, Sermón ccclxii). El primer intento, al menos para una diócesis, de fijar lecturas definidas para una parte del año se produjo en la Galia, a mediados del siglo quinto. Genadio (De scriptoribus ecclesiasticis, lxxix) relata que Museo de Marsella extrajo de las Escrituras lecturas para el año apropiadas para los días celebrados. El segundo intento procede de la actual Clermont, donde el obispo Sidonio Apolinar relata en un epitafio que un tal Claudiano preparó lecturas para las celebraciones anuales. Sin embargo, ambos casos son sólo para épocas especiales, no para el año entero. El Lectionarium Gallicanum pertenece a un período posterior y a Burgundia. Del mismo período se conoce un leccionario griego. Pero en general, hasta donde alcanza el conocimiento actual, la lectura en serie nunca se extendió, en este periodo antiguo, a todas las Escrituras; no obstante, quedó fijada la costumbre de leer gradualmente ciertos pasajes o ciertos libros en determinadas épocas, aunque la selección no estaba todavía limitada estrechamente.

Indicaciones de las liturgias.
Las liturgias confirman las conclusiones alcanzadas. No obstante, ha de confesarse que las liturgias mismas ofrecen un problema difícil en cuanto al origen y la época, al haber sido alteradas, llevando algunos nombres famosos que son supuestos o irreales en lo que a la autoría se refiere. La edición siríaca de la liturgia de Jacobo cita la lectura de Pablo y el evangelio. La liturgia armenia menciona las lecturas profética, apostólica y el evangelio. La de los jacobitas coptos omite la lectura del Antiguo Testamento, pero tiene dos de las epístolas, una de los Hechos y otra del evangelio y la liturgia etíope concuerda con ésta. La liturgia nestoriana para el Día de la Ascensión tiene lecturas de 2 Corintios, Hechos, 1 Timoteo y Lucas. Renaudot (Liturgiarum orientalium collectio, ii. 61-62, París, 1716) refiere que entre los sirios las Escrituras eran leídas en siríaco siguiendo una traducción en árabe; la interpretación del evangelio era doble: literal y parafrástica. Esto último confirma lo que se desprende de los sermones de los Padres de la Iglesia, que las perícopas de los sermones se desarrollaron de las lecturas. Para índices e indicaciones de los que las selecciones eran escogidas para ciertos tiempos, deben investigarse las bibliotecas de las iglesias y monasterios en el oeste; pero las lecturas del este y el sistema de perícopas del oeste no interactuaron. El Evangeliarum Hierosolymitanum se terminó supuestamente en 1030, pero probablemente depende de una colección de lecturas mucho más antigua. El leccionario está en siríaco y lo usaban los melquitas; comienza con Pascua; las lecturas hasta Pentecostés son de Juan, hasta el 11 de septiembre (fiesta de la Cruz) de Mateo, desde entonces hasta Septuagésima de Lucas y después de Marcos con selecciones de los otros evangelios. Un segundo leccionario, palestino-siríaco, tiene entre las selecciones epistolares muchos libros del Antiguo Testamento y los Hechos, mientras que una especie de series aparece para los dieciséis domingos antes de Navidad.

Leccionarios orientales y occidentales antiguos.
Las lecturas de la actual Iglesia griega retroceden hasta la Edad Media. Se hace una distinción entre synaxarion y menologion, correspondiendo la primera ampliamente al "año eclesiástico" y la segunda al calendario denominado en el uso romano De sanctis. Synaxarion puede también significar una exposición de las vidas de los santos y mártires. Allatius describe entre los libros de la Iglesia griega al leccionario, luego al evangelium, adaptado éste para uso en ciertos días y festividades (De libris ecclesiæ Graecæ, disertación uno) y tomando los domingos el nombre de la lectura, así como la semana precedente a ese domingo. La división de los evangelios entre las épocas eclesiásticas recuerda a la del Evangeliarium Hierosolymitanum. Otro leccionario es denominado por Allatius inferior en dignidad, nombrado por algunos apostolos porque en gran parte está tomado de los escritos paulinos y por otros praxapostolos, al contener también lecturas de Hechos. El tercer libro contiene selecciones del Antiguo Testamento apropiadas para los días del año y es denominado Anagnosmata o Anagnoseis. La Iglesia griega tiene una segunda serie de lecturas, para los días de los santos y los mártires, contenidas en el Menaion o Menologion, correspondiéndose con el Proprium missarum de sanctis del misal romano. Algunos leccionarios de la Iglesia occidental tienen interés particular al ser los predecesores de las lecturas o perícopas. Algunos de ellos, tal como han llegado, son de fecha antigua, pre-carolingia, como los dos leccionarios galicanos descubiertos en Luxeuil y Bobbio. Otros, como las formas mozárabe y milanesa, tiene sus principios en el período antiguo, aunque su forma actual es la que se desarrolló en la Edad Media. El más antiguo es el Liber comicus, cuya forma es del siglo sexto, siendo triple, Antiguo Testamento, epístola y evangelio, cubriendo las lecturas desde Adviento hasta Pentecostés, festividades especiales y 22 domingos. Morin afirma que es cartaginés. Esta es el ámbito de la forma mozárabe, que tiene mucho en común con el Liber comicus y también muchas divergencias. Esos leccionarios occidentales se distinguen de los griegos por el énfasis en el Adviento.

El Comes como leccionario.
En la historia del sistema de perícopas alemán ha de recordarse que Lutero retuvo selecciones de la epístola y el evangelio usadas antes de la Reforma en domingos y festividades. Hay también restos de un leccionario medieval que se derivó probablemente del introducido en el territorio franco por los fundadores de ese reino, que fue sustituido por los posteriores leccionarios nacionales eclesiásticos. La actual opinión es que Jerónimo no fue el compilador, como el prólogo (o título) señala (comp. E. Ranke, Das kirchliche Pericopensystem, apéndice III, Berlín, 1827). Morin (Revue Bénédictine, 1890, páginas 416 y sig.) sospecha que Víctor de Capua fue el compilador para el obispo Constancio de Aquino. El libro es interesante al enseñar lo que se entiende por el término Comes, que tantas veces se halla en esta relación. La palabra ocurre en el título de ese libro y del prefacio; aparece también al marcar una colección especial junto a "códices, evangelios, el apostolum y el salterio" y claramente significa una colección de "lecturas celestiales" y no meramente un índice con la fecha del día, lugar en la Escritura y extensión. De esta manera el Liber comicus era un comes, que contenía las selecciones completas. Se llega a la misma conclusión por el Comes Albini, corregido para Carlomagno, cuyo copista resalta que el Comes está en muchas manos, pero principalmente en forma defectiva; por esta razón el rey hizo que Alcuino lo corrigiera y el copista, habiendo hecho un ejemplar correcto, espera que será mantenido en esa forma por los siguientes transcriptores. La palabra comes, "compañero", surge por el uso del libro en el servicio, siendo el uso privado sólo secundario. Los clérigos lo usaban en el altar ya que el sacramentario no contenía las lecturas. De tal "comes", de hecho de un leccionario que puede ser llamado "el comes", se derivan las antiguas perícopas eclesiásticas alemanas. Pero esta fuente se apoya en diferentes recensiones: el Comes Albini, Comes Theotinchi, Liber Comitis secundum Pamelii codices expressus y el Lectionarius missæ juxta ritum ecclesiæ Romanæ. Aunque no retroceden a la época de Carlomagno, incorporan leccionarios antiguos, de hecho el leccionario romano pre-carolingio es su raíz. Las actuales perícopas incorporan la epístola y el evangelio, como hizo la misa. Con ello concuerda el Sacramentarium Gregorianum. Dos lecturas para la misa es la norma con las recensiones completas del comes. El comes tiene más selecciones simplemente porque Lutero eliminó muchas ocasiones del servicio especial.

Sistema occidental antiguo de perícopas.
Con la excepción de Milán, que retuvo el antiguo leccionario con la antigua misa, y algunas iglesias españolas que retuvieron la liturgia mozárabe, la Iglesia occidental tuvo un sistema de perícopas esencialmente idéntico, no derivado inmediatamente de las necesidades del periodo medieval sino del uso pasado de la iglesia en Roma. Si retrocede hasta Gregorio Magno o su tiempo es incierto, aunque en su tiempo se usaba un sistema de lecturas (comp. el prefacio a las cuarenta homilías de Gregorio sobre los evangelios). Los expositores medievales tampoco dan una clave. El grupo de Adviento de perícopas encuentra explicación en la definición de Isidoro de Sevilla, de que Adviento se refiere primero al nacimiento de Cristo y después a su venida en un sentido más amplio. Las epístolas se seleccionan a partir de un punto de vista similar. Los evangelios de Navidad son auto-explicativos; el evangelio de la huida a Egipto y de la matanza de los inocentes cae en los días que preceden al evangelio de la Epifanía; también, ya que la segunda parte de la narrativa precede a la primera, se indica que la primera perícopa no ha de ser estimada como continuación de las otras. Con 1 Después de esto, Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias. 2 Y le seguía una gran multitud, pues veían las señales que realizaba en los enfermos. 3 Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. 4 Y estaba cerca la Pas[…]Juan 6, denominado en el comes "teofanía" y en el homiliario "epifanía", se introduce un nuevo punto de vista: la revelación de la gloria de Jesús.

Evidencias de una planificación ordenada.
No es el propósito mostrar cómo cada perícopa de las epístolas y de los evangelios quedó fijada para su día, sino ilustrar meramente que, al escoger la época de ayuno por excelencia, ciertos grupos muestran una planificación ordenada. Un doble punto de vista surge: la preparación para la pasión y la resurrección y la disciplina del ayuno. No se puede decir que los evangelios para la época del ayuno tengan referencia exclusiva al ayuno y la disciplina penitencial de los catecúmenos, pues en Quincuagésima el pensamiento se dirige hacia la pasión (31 Tomando aparte a los doce, Jesús les dijo: Mirad, subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre. 32 Pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burla, afrentado[…]Lucas 18:31-43) y en Cuadragésima en el siglo XVI algunos lugares leen en el primer o segundo domingo la transfiguración en lugar de la tentación. Se pueden citar otros puntos de anticipación del periodo de la pasión. El segundo punto de vista, la disciplina del ayuno, aparece en otras perícopas del evangelio de este periodo. Por esta razón la historia de la tentación se pone al principio de Cuadragésima (Gregorio Magno, Hom. Sobre los evangelios, xvi, capítulo 5); las dos siguientes perícopas dominicales tratan con la expulsión de demonios; no es improbable que el propósito de esas selecciones fuera, al llamar la atención a los ataques y poder del diablo, exhortar a los fieles a ayunar, dar limosna y la oración (comp. Agustín, Sermón ccx, capítulo 6). Las perícopas de las epístolas soportan esta interpretación y por tanto caben en el plan general. Los ejemplos citados muestran que estaban seleccionadas con el debido cuidado y que el punto de vista envuelto es en parte todavía válido, aunque también en parte está obsoleto. No es improbable que las otras porciones de las lecturas, cuyo plan no es ahora perceptible, no fueran puestas juntas caprichosamente. En el homiliario los evangelios para el período de Trinidad están en cuatro grupos: después de Pentecostés, después del 29 de junio, después del 10 de agosto y después del 29 de septiembre. En la segunda sección, que es la de Pedro y Pablo, en el primer domingo se leía el llamamiento de Pedro y en los domingos siguientes las alocuciones y comisiones de Jesús a sus discípulos. Aunque esta última construcción sólo es hipotética, si es verdadera, muestra el propósito dentro de ciertos grupos.

Efectos del uso del latín en la adoración.
En el oeste durante los siglos en los que se desarrolló el sistema de perícopas, ocurrió una segunda transformación que tuvo la mayor importancia para la lectura de la Escritura como lectura en la adoración. La lengua del servicio cesó de ser inteligible para el pueblo. La alta estimación de la lectura retenida en la Iglesia antigua se demuestra fácilmente: el lector era un profeta a quien le era concedido en la ordenación el Espíritu Santo y el don profético (Constituciones Apostólicas, viii, 27). Agustín declara (Sermón clxx, capítulo 1) que las lecturas armonizan porque todas proceden de una boca, no la del ministro, sino de la del que llena la boca del lector. La lectura tan altamente valorada en la Iglesia antigua se convirtió en la Edad Media en algo sin valor para la población porque era en latín. Entonces surgió la exigencia de que el sermón fuera en una lengua inteligible a los oyentes, haciéndose esto una costumbre fija. Sin embargo, se puede preguntar hasta donde en la primera parte de la Edad Media la lectura era comprensible para el pueblo. Walafrido indica (De exordio, vii) que esto se hacía entre los godos y Eneas Silvio informa (Historia Bohemica, cap. xiii) de una práctica semejante entre los eslavos. Juan VIII mandó en 880 que el evangelio se leyera en latín y luego fuera traducido. Lingard (History and Antiquities of the Anglo-Saxon Church, i, 307, Londres, 1825) habla de la traducción de la epístola, el evangelio y el sermón en la lengua vernácula, lo que es confirmado por el evangeliario de Cuthbert, donde el texto latino va acompañado por una traducción anglosajona, cuyo propósito puede haber sido ayudar a la inteligibilidad de la lectura al pueblo. Según Harduin (Concilia, vi. 1, p. 783) se esperaba de los sacerdotes que fueran capaces de leer bien la epístola y el evangelio y darle sentido. El segundo punto se refiere al sermón, que era entonces en parte la interpretación de las perícopas en lengua vernácula o la paráfrasis de las mismas. Muchos predicadores prefijaban una interpretación de las perícopas. Tras el surgimiento de la imprenta aparecen las "plenarias", las precursoras de los manuscritos que en Inglaterra contenían los evangelios y las epístolas para el año eclesiástico. Las plenarias impresas contenían mucho más material, por ejemplo, la traducción de la liturgia, el sermón, la epístola y el evangelio, procurando dar conocimiento a aquellos que no eran capaces de entender el latín del servicio (comp. el prefacio al plenario impreso en Basilea, 1516). Pero la Iglesia perseveró en la lectura de las perícopas en latín. Los delegados husitas en Basilea procuraron en vano permiso para usar la lengua vernácula en el evangelio, la epístola y los Hechos de los apóstoles.

Católicos y luteranos.
El hecho de que la demanda para el uso de la lengua vernácula viniera de los oponentes, fue más influyente para los posteriores teólogos papales que el interés en instruir al pueblo. Por eso Clichtoveus (Propugnaculum ecclesiæ contra Lutheranos, libro primero, capítulo cuatro, 1526) expresa el temor de que el laicado pueda forzar las Escrituras para su propio daño, aunque no se prohíbe que las lecturas sean hechas inteligibles. Éste fue el tenor de las conclusiones del concilio de Trento, pero el leccionario fue revisado. De ahí que, a pesar de su origen común, el sistema de perícopas evangélico y el romano no coinciden, aunque las diferencias no son grandes; algunas lecturas han sido eliminadas del sistema evangélico porque las observancias a las que estaban ligadas desaparecieron, haciéndose transposiciones, incorporándose adiciones o nuevas secciones. Cuando Lutero acometió por primera vez la mejora del servicio eclesiástico, por causa de los entendidos deseaba retener la misa en latín y consecuentemente las lecturas latinas, aunque posteriormente estuvo dispuesto a permitir el uso de otras lenguas en la adoración; para la congregación deseaba la lectura en la lengua vernácula. Probablemente su traducción de la Biblia fue hecha con esta idea, aunque no hay prueba directa de ello. Era también consciente de los defectos de las perícopas existentes. En la Formula missæ distingue entre las selecciones para el evangelio y las epístolas, contemplando las primeras mucho mejor escogidas que las segundas. De hecho, las epístolas son usualmente escogidas de la porción exhortativa del libro de las que son tomadas. A partir de ahí Lutero expresó la necesidad de reformarlas, pronunciándose sobre las lecturas individuales y mostrando las ideas erróneas de la autoridad que las había escogido, aunque en otros casos admitió la idoneidad de las lecturas. Por tanto, se pueden señalar numerosos ejemplos en los que la elección del reformador resultó en una mejora de la selección. En algunos casos, aunque se retuvo la lectura, se añadieron nuevas secciones a las que ya estaban en uso. Se puede alegar que una nueva elección completa habría sido mejor en algunos de esos casos, tal como el que va de Pascua a Pentecostés, cuya importancia es notoria, pudiéndose dar enseñanza al respecto sobre la resurrección de los muertos usando 1 Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, 2 por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano. 3 Porque yo o[…]1 Corintios 15.

Posición de Lutero; sus consecuencias.
Para entender rectamente la posición de Lutero con respecto al sistema de perícopas se debe hacer distinción entre lecturas y textos del sermón. Hasta donde las perícopas existentes servían como selecciones para la lectura, las puso aparte o al menos las revisó radicalmente, aunque como base sermonaria las retuvo, con mejoras, si bien no fue un decidido defensor de las perícopas prescritas. Ya en 1523 no puso objeción al predicador para que usara en la mañana el evangelio usual y en la tarde la epístola, aunque el predicador podía usar uno o dos libros que le parecían a él más útiles. De hecho, en la Deutsche Messe de 1526 desechó la crítica sobre asuntos particulares de esta clase. Reconoció que predicar de acuerdo a las líneas de las perícopas tenía sus propios derechos, pero como él mismo predicó un gran número de sermones en serie, está claro que prefería exponer libros en sermones sucesivos más que predicar sobre las perícopas. Si el leccionario, del que las perícopas dominicales y de festividades eran sólo tomadas en una pequeña parte, hubiera sido usado, al menos por el clero, en su totalidad (suponiendo que realizara su deber conscientemente), entonces se habría perdido completamente una singular propuesta por medio de la cual Lutero introduciría una serie de lecturas que evitaban la monotonía. Para los días de la semana estableció una serie de lecturas para la adoración: lunes y martes el catecismo, miércoles el evangelio de Mateo, sábado el evangelio de Juan, jueves y viernes las lecturas diarias para la semana en las epístolas y otro material del Nuevo Testamento. Un recuerdo de este desacertado arreglo ha continuado en algunos lugares hasta el presente, en la costumbre de leer semanalmente un capítulo de algún libro bíblico en serie. Desafortunadamente, el proyectado leccionario no fue proporcionado por Lutero ni por ningún otro, sino que por medio de los órdenes eclesiásticos las lecturas tradicionales del domingo y festividades fueron puestas en autoridad, aunque a veces con mejoras. Éste fue el caso con el orden eclesiástico de Bruswick de 1528 y la agenda de Pomerania de 1568. Había demanda para más Escritura en el servicio dominical que lo que las antiguas lecturas proveían, lo que fue proporcionado por el orden eclesiástico de Brandeburgo-Nuremberg de 1533 y por el de Württemberg de 1536. Se hizo provisión para los sermones sobre libros enteros junto a los del evangelio del domingo, proporcionando la agenda de Pomerania para los sermones en los libros más útiles de la Biblia. Sin embargo, en general en el servicio principal las antiguas perícopas permanecieron como fundamento principal. A este fin condujeron no solamente consideraciones pedagógicas y necesarias, sino que las confesionales también tuvieron su influencia. Carlstadt en 1522 retuvo la misa como una concesión a los débiles en la fe, por lo que se usó el introito, la epístola y el evangelio. Thomas Müntzer se declaró en 1523 en favor de los capítulos enteros en lugar de la epístola y el evangelio. En Suiza la abolición de las perícopas ya había comenzado; en Zurich, Zwinglio predicó sobre libros enteros: Mateo, 1 El primer relato que escribí, Teófilo, trató de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, 2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de que por el Espíritu Santo había dado instrucciones a los apóstoles que había escogido. 3 A éstos ta[…]Hechos 1 y 2 Timoteo, Gálatas, Pedro, Hebreos y en 1525 comenzó Génesis; Bullinger, en el curso de sus primeros doce años, predicó sobre casi todos los libros de la Biblia. La abrogación oficial de las perícopas no se puede fechar, pero prácticamente habían dejado de ser usadas, siendo éste el caso con Calvino.

Sistema anglicano.
En la Iglesia anglicana la lectura y el sistema de perícopas tuvo un desarrollo singular. Una especie de precursor fue el Reformatio ecclesiarum Hassiæ (1526), que dirige la lectura por el Antiguo Testamento en el servicio de la mañana y por el Nuevo en el de la tarde. Pero esta obra nunca fue introducida y puede haber sido desconocida por los compiladores de la liturgia anglicana. Su modelo fue el sistema de lecturas en la interpretación de Franciscus Quignonius (1536), que propone leer la Escritura en un año y los salmos una vez al mes. La primera edición del Libro de Oración Común destaca la decadencia del antiguo sistema de lecturas y el uso del latín. Su nuevo sistema sigue principalmente la traducción latina de 1549; cada día tiene un servicio matutino y vespertino, en el que se lee una selección de cada Testamento, siendo leídos los libros bíblicos en serie (por ejemplo, el 2 de enero por la mañana se lee 1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra. 2 Y la tierra estaba sin orden y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. 3 Y dijo Dios: Sea la luz. Y hubo luz. 4 Y […]Génesis 1 y por la tarde 1 Así fueron acabados los cielos y la tierra y todas sus huestes. 2 Y en el séptimo día completó Dios la obra que había hecho, y reposó en el día séptimo de toda la obra que había hecho. 3 Y bendijo Dios el séptimo día y lo santificó, porque en él re[…]Génesis 2; el Nuevo Testamento se divide para que en el servicio matutino se lean los evangelios y los Hechos y en el vespertino las epístolas), salvo Crónicas, Cantares y parte de Levítico; desde el 5 de octubre al 27 de noviembre la lectura es de los apócrifos. El Nuevo Testamento, salvo Apocalipsis, se lee tres veces al año y los Salmos una vez al mes, por lo que hay una ruptura completa con el sistema de perícopas. En el calendario desaparecen casi todos los días de los santos, aunque la antigua terminología dominical se retiene con las perícopas relacionadas. Las ediciones posteriores tienen además lecturas especiales para domingos y festividades, principalmente del Antiguo Testamento; las alteraciones en las ediciones posteriores siguen el mismo principio: leer mucho de la Escritura y retener al menos la lectura de las antiguas perícopas.

Defensa y ataque en el continente.
En el continente la cuestión de la retención o abolición de las perícopas tradicionales derivó en una controversia confesional. Westphal propuso a Calvino en la controversia sacramental que las perícopas fueran sancionadas como base sermonaria y Calvino replicó con un ataque sobre ellas (Defensio II contra Westphalum), siendo la base de su retención su conveniencia para el predicador. Los luteranos entraron en la batalla como defensores, aunque no estaban ciegos respecto a los defectos de las perícopas; no podían dispensar el sistema a la vez que consideraban los intereses de la congregación, a los que las perícopas servían en gran medida. Los predicadores necesitaban ayudas, existiendo colecciones de sermones sobre perícopas; las apostillas estuvieron en gran uso por los predicadores. Los luteranos demandaban que la predicación debería tratar con las verdades necesarias de la salvación, un resultado que se obtiene mejor al tratar con selecciones que con libros enteros; por eso el sermón luterano tenía afecto por las antiguas perícopas (comp. Simon Saccus, Erklärung über die Sonntagsevangelien, 1599). La misma repetición se suponía que mejoraba la instrucción del oyente. El ataque de Calvino sobre el sistema de perícopas y la defensa de Saccus sobre las mismas contienen prácticamente todo lo que se puede decir a favor y en contra de ellas. Entre los luteranos, la posición libre de Lutero fue olvidada. Habermann comenzó sus sermones sobre las perícopas para el cuarto domingo de Adviento con la declaración de que los maestros de la Iglesia antigua eran guiados, no sin propósito o inconscientemente, sino por causas de peso, a leer ese texto en ese día. Sin embargo, Spener lamentó la restricción que al predicador le imponía el uso de las perícopas, de forma que a veces lo esencial tenía que ser tomado por los pelos. Entre los luteranos emergió una oposición creciente. Mosheim (Anweisung erbaulich zu predigen, Erlangen, 1771) captó que las perícopas proporcionaban solo una base parcial y que a veces no eran apropiadas. De hecho, muchos maestros prominentes deseaban que la establecida costumbre con respecto a ellas pudiera ser abolida. Mosheim señaló, además, el peligro para la formación del sermón inherente en el sistema, al quedar limitado el predicador, atado a ciertos textos, a modelar su alocución en una determinada manera; el texto se repite a veces, aunque el sermón debe cambiarse. Reinhard resalta que la consecuencia es despertar y afilar la inventiva. Herder se opuso al sistema, aunque no con nuevos argumentos (Revision der Liturgie, 1787); no obstante, mantuvo que la lectura del evangelio es necesaria a causa del campesinado, para el cual suponía un medio de instrucción a la vez que también servía como especie de calendario; la extensión de las lecturas, razonaba, abría un campo más amplio para una enseñanza más rica de la doctrina. Aunque esas objeciones se basaban en consideraciones de utilidad, dificultad o limitaciones en las perícopas, la facción racionalista objetó a causa del contenido de las lecturas; las estimaban como un legado de la oscura Edad Media, de la que sólo pocas eran consideradas dignas mientras que el resto promovía la superstición u ofendían el buen gusto o provocaban alguna otra ofensa.

Conclusiones históricas.
Esas conclusiones descansan sobre experiencias personales, consideraciones prácticas y doctrinales e impresiones subjetivas. Se puso poca atención a la cuestión de los orígenes, incluso Mosheim quedó satisfecho con los resultados más generales. Ernst Ranke fue el primero en acercarse al asunto desde este lado (Das kirchliche Prikopensystem aus den ältesten Urkunden der Römuschen Liturgie, Berlín, 1847) y llegó a la conclusión de que, aparte de algunas lecturas para las principales festividades, una gran parte de las perícopas fueron designadas para propósitos, días, fiestas y actos que hubieran caído en desuso o incluso en el olvido y que pertenecían a un año eclesiástico que coincidía sólo en parte con el nuestro propio. Entonces cayó en la cuenta de lo que se podía aprender de Lutero, de que de las antiguas perícopas sólo se habían sido retenido fragmentos para el servicio luterano. Schleiermacher (Praktische Theologie, p. 137, Berlín, 1850) continuó en esta línea, al afirmar que no había sabiduría especial que sustentara al sistema. Pero esta oposición no tuvo resultados duraderos, no llegando a las congregaciones en sus efectos. Más aún, las lecturas, especialmente los evangelios, habían sido establecidas como parte esencial del culto, siendo más que lo que Herder denominó "un calendario." Llegaron a ser una especie de Biblia para los laicos, conteniendo una gran cantidad de verdades necesarias y preciosas, hechas vivas a través de la predicación en serie sobre ellas. La misma escasez de instrucción en las escuelas ayudó a hacer que el antiguo sistema permaneciera en la mente del pueblo. El orden eclesiástico de Ulm de 1747 ordenó el uso del evangelio como base sermonaria los domingos y otras celebraciones y estableció la lectura de la epístola, proclamando la utilidad para la congregación de la instrucción dependiente de ciertos textos recurrentes conocidos y afirmando que en ellos se proporcionaba oportunidad suficiente para el verdadero maestro.