Historia

PINTURA, ILUSTRACIÓN Y ARTE DECORATIVO CRISTIANO

La pintura ha sido siempre la forma favorita del arte en el cristianismo. Tanto en la Iglesia antigua como en la medieval la escultura quedó subordinada y aunque el Renacimiento rompió con este principio su contribución más importante a la religión fueron sus pinturas, ocupando incluso la arquitectura un lugar secundario. En la Edad Media la pintura quedó prácticamente confinada a frescos y adornos de manuscritos, pero en el curso del Renacimiento se aplicó a grandes lienzos.

Etapa cristiana antigua

El Buen pastor. Catacumba de Calixto en Roma. Siglo III
El Buen pastor. Catacumba de Calixto. Roma. Siglo III
Catacumbas y manuscritos.
La pintura cristiana anterior a Constantino se conoce sólo por su relación con sitios de enterramiento. Este arte sepulcral comienza a finales del siglo primero o principios del segundo (catacumba de San Jenaro en Nápoles) y se refleja en las catacumbas de Roma, Nápoles y Siracusa, así como en otras partes, hasta que esas catacumbas cesaron de usarse en el siglo cuarto o quinto. El arte aquí preservado fue una adaptación cristiana creciente de materiales paganos, con ligeras pretensiones de mérito y procurando meramente una ilustración simple de ideas definidas y de religión práctica. Las fuentes eran el Antiguo y el Nuevo Testamento, a veces en forma simbólica, la vida religiosa y secular y la reproducción de ideas clásicas y leyendas ya fuera directamente o en adaptaciones cristianizadas. Casi en cada ejemplo aislado hay alusión a la muerte y la resurrección. Incluso el material bíblico está escogido con referencia a su adaptación a la resurrección, tal como en el tema favorito del Buen Pastor como Señor y protector de los muertos. Sin embargo, la pintura cristiana antigua no se quedó limitada a las catacumbas, pues no sólo por alusiones en la literatura sino también por el descubrimiento de una casa cristiana privada en la colina Celiana, muestra que se empleó tanto en la vida privada como en la adoración divina. Las miniaturas cristianas antiguas igualmente dependían de ideales clásicos. El uso de miniaturas para adornar los manuscritos bíblicos parece haber surgido en el siglo tercero y fue practicado hábilmente a comienzos del cuarto, como se aprecia por las miniaturas de los fragmentos de Quedlinburg de la Itala. De un siglo más tarde son las encantadoras miniaturas del Génesis de Viena, pero con el siglo quinto los motivos distintivamente cristianos tienden a desplazar a los elementos paganos, siendo los representantes más antiguos de la transición el Codex Rosano púrpura de los evangelios. Aquí la frescura artística está aniquilada por la convencionalidad y la misma tendencia general, aunque en forma menos exagerada, se aprecia en el manuscrito siríaco de los evangelios de Rábula (finales del siglo sexto). La última fase de la batalla entre lo antiguo y lo nuevo se puede trazar hasta las miniaturas de Cosmas Indicopleustes del período de Justiniano, donde las influencias clásicas quedan sometidas totalmente al arte eclesiástico, mientras que los ecos finales de la miniatura cristiana antigua se encuentran en un evangeliario latino de Cambridge del siglo séptimo y en el casi contemporáneo Pentateuco Ashburnham.

Cristo multiplicando los panes y los peces. Mosaico en San Apolinar el Nuevo. Rávena. 520
Cristo multiplicando los panes y los peces.
Mosaico en San Apolinar el Nuevo. Rávena. 520
Mural mosaico.
Una empresa mayor que las miniaturas fue la pintura decorativa de las iglesias construidas durante y después del reinado de Constantino. La pintura había sido usada para embellecer esos edificios, como se aprecia por el canon 36 del sínodo de Elvira, pero ahora la necesidad surgía de rivalizar con los ricamente adornados templos de la creencia pagana conquistada. La forma especial de arte adoptada fue el mosaico, que se empleó ampliamente para la decoración mural en contraste con su uso clásico principalmente en pavimentos. Los primeros ejemplos, los fragmentos del mausoleo de la hija de Constantino, Constantina, en la vía Nomentana antes de Roma, todavía son predominantemente paganos en motivo, aunque, como en el arte sepulcral, los elementos cristianos van ganando terreno. Los elementos paganos son todavía esenciales, aunque sólo en esquema, en el bautisterio del siglo quinto de Nápoles y el oratorio de San Juan evangelista cerca de Letrán, así como en el bautisterio ligeramente posterior de Letrán, el mausoleo de Galla Placidia que y el bautisterio ortodoxo de Rávena; en los grandes mosaicos de las basílicas los elementos clásicos casi han desaparecido totalmente. El Salvador glorificado, rodeado de apóstoles y santos entre las maravillas del paraíso, con la santa ciudad al fondo, y los ángeles o las figuras simbólicas de los cuatro apóstoles, llenan el ábside. En los muros de las arcadas hay escenas de la Biblia, o solemnes procesiones de los santificados hacia la bóveda. Solo raramente se describen escenas del mundo presente, como en la iglesia de San Vitale en Roma. Se preserva mosaicos en las iglesias de San Apollinare Nuovo en Rávena y Santa María la Mayor y Santa Constanza en Roma, llegando a su culminación en la gran estructura de Justiniano de Santa Sofía en Constantinopla. Pariente cercano del mosaico fue la pintura mural. Se usó probablemente en las iglesias más humildes y los pocos ejemplos existentes están principalmente en Egipto, mostrando algunos de ellos una curiosa similitud con las miniaturas de los papiros egipcios.

El período carolingio y otoniano.

El emperador Otón III
El emperador Otón III, evangelios de Otón III
Biblioteca estatal de Baviera, Munich
Los pueblos occidentales que entraron en contacto con la cultura romana poseían un tipo distinto de arte, que consistía en el desarrollo de la espiral, perteneciendo el uso de figuras de animales a un período posterior. Este arte quedó ejemplificado principalmente en las miniaturas, mostradas en manuscritos irlandeses como el evangeliario de Lindisfarne, el libro de Kells y el salterio Cathach. El objeto era puramente caligráfico y la importancia artística yace en el desarrollo fantástico de la fundamentación y el delicado sentido del color. La miniatura anglosajona es casi idéntica en espíritu con la irlandesa, mientras que las miniaturas francas muestran una cierta aproximación al arte cristiano antiguo. La influencia es perceptible primero en el reinado de Carlomagno, como en el evangeliario de Godescalco en París, el manuscrito de Ada en Tréveris y el evangeliario de Carlomagno en Viena; adquiere preponderancia en el reinado de Ludovico Pío, enriquecido por influencias siríacas y tipificado en las Biblias de Alcuino, alcanzando su cima en la Biblia de Carlos el Calvo en París. La escuela se caracteriza por una feliz mezcla de lo nacional y lo clásico, por la originalidad y la imaginación y por el admirable color y fantasía en la combinación de pintura y ornamentación. Tours, Metz y Reims fueron los principales centros, tomando la corte misma parte. El efecto general es de uniformidad, aunque en lugares más remotos, como Saint-Gallen, Fulda y Corvey, es perceptible un cierto grado de independencia y naturalismo. La caída del poder carolingio hizo posible que la pintura se desarrollara más libremente y bajo los Otones germanos trascendió su antiguo desarrollo, alcanzando su pináculo en los reinados de Otón III y Enrique II. Los principales centros, con sus producciones destacadas, no sólo fueron Tréveris (donde el arzobispo Egbert promovió la vida artística), Colonia (el manuscrito Otho de Aachen) y Echternach (el evangeliario de Echternach en Gotha), sino especialmente el Reichenau (el Codex Egberto en Tréveris y el Salterio Egberti en Cividale) y Regenesburgo (evangeliario de la abadesa Uota en Munich). La técnica es cristiana antigua y el sombreado delicado es raro. Las fuentes literarias muestran que la pintura en mural también se empleó con gran frecuencia, aunque no se han preservados ejemplos del período carolingio y sólo unos pocos del período siguiente. Sin embargo, a éste pertenecen las pinturas murales de la iglesia de San Jorge en Oberzell en Reichenau, que datan supuestamente de finales del siglo sexto y están ciertamente influenciadas fuertemente por el arte cristiano primitivo. Al mismo tiempo poseen una franqueza y verdad, combinadas con un hálito conceptual, que sitúan a esas pinturas morales entre las más importantes de principios de la Edad Media para la historia del arte.

Icono bizantino
Icono bizantino
Bizantino.

Al contrario que el occidental, con sus vicisitudes políticas, el imperio oriental mantuvo una continuidad con la cultura clásica y en este mismo hecho yace la distinción entre el arte medieval de Bizancio y el de las tierras latinas y teutónicas. Incluso las tormentas de la controversia iconoclasta no pudieron destruir el espíritu artístico, típicamente panhelénico que unía motivos clásicos y cristianos, que había crecido desde la misma fundación de Constantinopla, y especialmente tras el reinado de Justiniano. Más bien sucedió lo contrario, pues el tiempo cuando en el oeste se producía el triunfo del arte nacional sobre el clásico, en el este, bajo la dinastía macedónica (comenzando en el año 867), fue testigo de un maravilloso renacimiento del clasicismo. La evidencia la proporcionan las miniaturas, especialmente las de un salterio, probablemente del siglo X, y un manuscrito más antiguo de las homilías de Gregorio de Nacianzo, escrito por Basilio, el primero de la dinastía macedonia (867-886), ambos en la biblioteca nacional de París. Las características son la fresca expresión del tema, la ejecución cuidadosa del detalle, el magnífico colorido y la influencia clásica, delatando al copista sólo la convencionalidad en la indumentaria. Hacia finales del siglo XI comienza un declive en la creatividad artística, apareciendo el convencionalismo en la figura y dando paso el naturalismo a una elevada pompa; pero incluso entonces el arte clásico permaneció vigoroso hasta la captura de Constantinopla por los cruzados, llegando el arte bizantino a un final sin romper con el pasado. Las pinturas murales del arte bizantino ya no existen, aunque un sustituto lo proporcionan las pinturas del Monte Athos después del siglo XVI. Los mosaicos son raros. Casi todos los de Santa Sofía, escondidos ahora bajo el muro posterior, parecen pertenecer al primer período macedonio, mientras que los mosaicos de los siglos XII y XIII, respectivamente, están preservados en las iglesias de los monasterios de Dafni cerca de Atenas y Chora en Estambul. La última fase del arte bizantino está estrechamente relacionada con el "Libro del pintor" del monte Athos, cuyo autor, el monje Dionisio (que destacó después del año 1500), indudablemente usó materiales antiguos, aunque se pueden percibir elementos escogidos y preferencias personales. El arte bizantino ejerció escasa influencia en el oeste, aunque ejemplos excepcionales se pueden trazar, especialmente en Italia, como en la Capella Palatina y en la catedral de Palermo, la catedral de Cefalù y San Marcos en Venecia.

Edad Media.

Evangeliario de Maguncia
Evangeliario de Maguncia
Miniaturas y libros.
Hasta mucho después del cénit de la Edad Media el arte fue cortesano y clerical. Los temas seculares se consideraban de importancia secundaria y eran comparativamente raros. Bajo Enrique II la pintura de miniaturas floreció, pero hacia mediados del siglo XI una tendencia a la mera imitación, desprovista de auténtica simpatía con sus modelos y su espíritu, desembocó en un súbito declive. La técnica se deterioró y el colorido se hizo tosco, mientras que los colores corporales a veces se abandonaron totalmente, siendo ejemplos de esta decadencia el evangeliario de Wyschehrad en Praga y el antifonario de la abadía de San Pedro en Salzburgo (primera mitad del siglo XII). Sin embargo, hacia mediados del siglo XI comienza el cambio que había de dominar en la Edad Media hasta su final: el surgimiento de los caballeros y burgueses, con una tendencia creciente resultante a secularizar y popularizar el arte. La figuración se hace ahora más estilizada y delicada y en mejor proporción; se expresan más claramente los procesos psicológicos y los pinceles se adaptan mejor al nuevo estilo de arte que el colorido corporal. Esta transformación, con su mezcla de arte laico y clerical, está ejemplificada en el Hortus deliciarum, terminado hacia 1175 (destruido en el asedio de Estrasburgo en 1870). Manuscritos no religiosos fueron también iluminados, produciendo el resultado un avance en el arte religioso, siendo el conjunto fomentado y promovido por el surgimiento del arte gótico. Los temas favoritos del nuevo arte popular fueron las crónicas y las obras devocionales, que directamente llegaban a los intereses del pueblo, así como la Biblia pauperum. Junto con este arte popular va de la mano el arte cortesano que, inspirado por las iluminaciones francesas que estaban de moda con Luis IX, promovieron el interés espiritual de círculos más cultos. Aquí los pinceles se desestimaron en favor del modelo plástico francés, mientras que en la escuela fundada por Carlos IV en Praga y que se extendió a Viena, Tréveris y otras partes, hubo un marco característico de letras iniciales o miniaturas. Sin embargo, con el comienzo del siglo XV la iluminación alemana entró en un declive que pronto desembocó en su total extinción.

Pantocrator del ábside de San Clemente de Tahull
Pantocrator del ábside de San Clemente de Tahull
Decoración mural.
El surgimiento de la arquitectura románica proporcionó una oportunidad para la pintura mural. La escasez de ejemplos existentes ahora muestra, por un lado, una ruptura con la convencionalidad carolingia y otoniana con una incertidumbre consecuente, y, por otro lado, un individualismo creciente del tratamiento e intensidad de percepción. Los ejemplos más notorios de este estilo son las pinturas murales en la Unterkirche de Schwarzrheindorf cerca de Bonn (1151-56), los frescos del muro capitular de Brauweiler (de unas pocas décadas más tarde), las decoraciones murales de la catedral en Brunswick y las pinturas del coro de las monjas de la catedral de Gurk en Carintia. Sin embargo, la arquitectura gótica frenó este desarrollo al eliminar los espacios murales y las bóvedas, por lo que en el período gótico las pinturas murales son la excepción, aunque se pueden ver ejemplos en los ábsides de la iglesia en Braunweiler, de la iglesia de Ramwersdorf, trasladada a Bonn, y en la cripta de la catedral de Basilea. Un nuevo elemento se introdujo en este ciclo por la Danza de la muerte, inspirada por las terribles pestes del siglo XIV, permitiendo el tema plena libertad del artista para ejercer una individualidad ilimitada, como en Basilea, Berlín y Lübeck. En Francia la iluminación y la pintura mural fueron inferiores a las producciones alemanas durante el período románico, pero en la segunda mitad del siglo XIV el país latino alcanzó un alto grado de auténticos méritos artísticos, como los dos salterios del duque de Berri.

Vidrieras.
Aunque impedida por la arquitectura gótica para desarrollarse completamente, la pintura pudo todavía manifestarse en obras sobre lienzos y vidrieras. Las primeras ocurren esporádicamente en el período románico, pero su auténtica existencia comienza sólo hacia finales de la Edad Media. Los centros alemanes fueron Praga (fundada, como ya se ha mencionado, por Carlos IV), Nuremberg (siglos XIV y XV), Soest (maestro Conrad, primera mitad del siglo XV) y especialmente Colonia (maestros Wilhelm y Stephan Lochner, siglos XIV y XV respectivamente).

Vidriera de la Thomaskirche, Leipzig
Vidriera de la Thomaskirche, Leipzig
Las vidrieras se usaron casi contemporáneamente en la segunda mitad del siglo X en Tegernsee en Alemania y en St. Remy en Francia, sirviendo originalmente como sustituto para los tapices que antiguamente adornaban los muros y servían de cortinas a las ventanas, por lo que los diseños de tapices todavía se preservan. Los ejemplos más antiguos de vidrieras, o más bien de mosaicos en cristal de este tipo son cinco figuras individuales en la catedral de Augsburgo, fechadas hacia el año 1000. Aunque al principio sólo se consideró la figura, pronto se introdujo una riqueza de detalle ornamental, como en el monasterio cisterciense del siglo XII de Kremsmünster. Los grandes ventanales exigidos por el estilo gótico dieron un nuevo impulso a las vidrieras tanto en el siglo XIII (Estrasburgo y Friburgo) y en el XIV (Regensburgo, Oppenheim y la catedral de Colonia), especialmente al mejorarse la técnica, particularmente por el descubrimiento del vidrio y la extensión de la escala cromática. Sin embargo, hacia finales del siglo XIV la rivalidad con la pintura hizo que el mosaico en vidrio fuera sustituido por la vidriera, siendo en el siglo XV la forma original totalmente abandonada. Los ejemplos mejores de esta última fase son las vidrieras en San Sebaldo y San Lorenzo en Nuremberg, mientras que en Francia (Chartres, Le Mans y Bourges) también existen ejemplos excelentes. Por otro lado, Italia presenta aquí poco interés. En este país la pintura en mosaico tuvo modestas proporciones y en los siglos XII y XIII y disfrutó de un marcado desarrollo, como se aprecia por las iglesias romanas de San Clemente y Santa María en Trastevere. Las fuentes para los temas de la pintura medieval eran primordialmente bíblicas, con una notoria influencia de las tradiciones de la Iglesia y la exégesis metafórica de los teólogos medievales. El culto de la Virgen igualmente proporcionó imaginación para la alegoría y la tipología, mientras que la leyenda, la liturgia, las creencias populares y las sutilezas escolásticas se combinaron para la riqueza y diversidad al arte.

Período moderno.

El Renacimiento; Florencia y Roma.
El arte medieval estaba esencialmente basado en la tradición, pero con la llegada del siglo XIV, especialmente en Italia, se produjo una auténtica revolución en el surgimiento del individualismo, no menos en el arte que en las esferas de la política y el saber. La fuerza motriz era la brillante República de Florencia. El comienzo está marcado por Giotto (nacido hacia 1266; pinturas murales en Asís y Padua) y un avance distinto se aprecia en Masaccio († 1428) y Masolino († c. 1447). El ex-monje Filippo Lippi († 1469), maestro del colorido, representó la historia sagrada en un plano secular, aunque sin perder el sentimiento religioso, siendo seguido su ejemplo por su hijo, Filippo Lippi († 1504) y Sandro Botticelli († 1510). La primera etapa del Renacimiento en Florencia se cerró con Domenico Ghirlandajo († 1494), aunque la tradición todavía tuvo al menos un defensor parcial en Giovanni da Fiesole o Fra Angélico († 1455). Umbria también continuó en esa línea, aunque con más atención hacia las ideas medievales. Aquí los grandes nombres son Piero dei Franceschi († 1492) y su alumno, Luca Signorelli († 1523; pinturas escatológicas en Orvieto) y el más independiente Pietro Perugino († 1524), maestro de Rafael. Finalmente, en la Italia superior se debe mencionar al milanés Andrea Mantegna († 1506) y al veneciano Giovanni Bellini († 1516).

El camino estaba preparado para la siguiente etapa del Renacimiento, en la que Florencia dejó paso a Roma, a la vez que se desarrolló un arte que perseguía lo monumental y enorme, en el que la composición y el modelado eran estimadas más importantes que el colorido. Los artistas se consideraban los dirigentes de la humanidad y los príncipes y prelados eran rivales. El Renacimiento posterior, que, aunque exaltaba el presente sobre el pasado, sin embargo reconoció su parentesco con la antigüedad, halló su culminación en tres artistas: Leonardo da Vinci († 1519), Rafael († 1520) y Miguel Ángel († 1564), cuya influencia se hizo sentir en toda Italia, con la excepción de Venecia, donde Bellini era todavía supremo. De hecho, Venecia fue realista más que clásica, pero su bello colorido obtuvo una perfección más elevada por esta misma limitación, como se muestra por las producciones de los maestros de la escuela veneciana, Giorgione († 1510), Palma Vecchio († 1528), Tiziano († 1576) y Paolo Veronese († 1588).

Cristo muerto, por Andrea Mantegna, 1480. Milán
Cristo muerto, por Andrea Mantegna, 1480. Milán
Aparte de los venecianos destaca el gran Correggio († 1534), perteneciente la escuela de Ferrara y Bolonia. El Renacimiento presentó a sus artistas enormes tareas en los frescos, alcanzándose en esta rama los mayores resultados. Pero al mismo tiempo se hicieron ahora más populares los lienzos, de ahí que el Renacimiento marcara el comienzo de una nueva época.

Los Países Bajos.
En el curso del siglo XV los Países Bajos desarrollaron, independientemente de Italia, un género que, aunque inferior al arte italiano en modelado, fue superior tanto en realismo y colorido, ayudado excepcionalmente por la alta técnica en el uso de óleos. Se desconocen las etapas iniciales, pero la pintura de los Países Bajos aparece en la obra de los hermanos Hubert († 1426) y Jan van Eyck de Maaseyck († 1440), ejemplificada en el altar de Gante, terminado en 1432 y preservado en Gante, Bruselas y Berlín. Esta escuela flamenca fue superada por la escuela de Brabante, altamente desarrollada por Roger van der Weiden († 1464), quien influenció al alemán Hans Memling († 1495), pintor del dramático Juicio Final en Danzig. Junto con la pintura sobre lienzo, la miniatura alcanzó un alto grado de perfección en los Países Bajos y aunque en el siglo XVI la influencia italiana se hizo más poderosa, las antiguas tradiciones fueron dignamente mantenidas por una escuela nacional que incluía a Quinten Massys, Pieter Brueghel el Viejo y Lucas de Leiden. La influencia de los Países Bajos se difundió a Alemania, especialmente a Colonia. Fue también potente en la escuela del Rin superior centrada en Kolmar, aunque el papel prominente lo tuvo Martín Schongauer († 1491) que demostró su independencia y una devoción emotiva a la naturaleza. La escuela suaba alcanzó su cima en Bartholome Zeitblom de Ulm († después de 1517), en Hans Holbein el Viejo de Augsburgo († 1524) y Hans Burgkmair († 1531), pero la escuela franca, con Nuremberg como centro, ocupó sólo un rango mediocre en la pintura con Michel Wolgemut († 1519) aunque en escultura fue prominente.

Virgen con el Niño (Virgen de la pera), 1526. Uffizi, Florencia
Virgen con el Niño (Virgen de la pera), 1526.
Uffizi, Florencia
Alemania; Durero.
En la primera mitad del siglo XVI la pintura alemana alcanzó su cumbre, no sólo en la invención alemana de planchas de cobre y grabados, sino también en la pintura propiamente dicha. En ese sentido Alberto Durero (nacido en Nuremberg el 21 de mayo de 1471 y muerto en esa ciudad el 6 de abril de 1528) marcó una época, dándole sus extensos viajes la inspiración que hicieron de él el auténtico creador del paisaje, que hasta entonces había sido un mero accesorio. Su primera gran obra, quince grabados en la Heinliche Offenbarung Johannis (1498), le revelan como maestro, mientras que su perfección artística se evidenció por sus veinte pinturas de la vida de la Virgen, que comenzó en 1504. Durante largo tiempo estuvo sumergido en la Pasión. La "Gran Pasión" (12 grabados terminados en 1511) no llega a obtener la dignidad plena por la rudeza del gusto popular, estando el artista frecuentemente frenado por el grabado, aunque la fuerza dramática todavía es poderosa. La "Pequeña pasión" (37 pequeños grabados terminados en 1511) busca la simplicidad, miemtras que la "Pasión de plancha de cobre" (16 pequeñas planchas, 1507-13) y la "Pasión verde" (doce dibujos en claroscuro sobre fondo verde, hechos en 1504 que están en Viena), logran fructíferamente un tono suave y armonioso. Durero logró su mayor efecto por una unión de sombreados y realismo. Entre sus mejores obras están el Hijo pródigo, la Madonna con manzana, San Eustaquio, Adán y Eva, Cristo en la cruz, el Caballero con la muerte y el diablo, Jerónimo en su celda, Melancolía y la Meditación de San Antonio. Fue también el fundador del retrato en plancha de cobre (Melanchthon, Pirkheimer, Federico el Sabio, etc.) y la autenticidad y cuidado también caracterizan sus pinturas de Adán y Eva (en Madrid), la Adoración de la Trinidad por todos los santos (en Viena), la Adoración de los tres reyes (en Florencia) y el mayor de todos, los Cuatro temperamentos.

Crucifixión, panel central del retablo de Isenheim, de Matthias Grünewald, 1515; en el museo Unterlinden, Colmar, Francia
Crucifixión, panel central del retablo de Isenheim,
de Matthias Grünewald, 1515;
en el museo Unterlinden, Colmar, Francia
Alemania; siglo XVI.
Durero inspiró a pintores mucho más toscos, como Georg Pencz, Hans Sebald Beham, Barthel Benham y también a representantes de la escuela del alto Rin como Mathias Grünewald († c. 1529). Éste, un firme realista, halló un seguidor en Hans Baldung, comúnmente llamado Grien († 1525), mientras que Durero y Grünewald influenciaron a Albrecht Aldrofer († 1538), cabeza de la escuela de Regensburgo y representante de un movimiento romántico. El lazo entre la escuela suaba y el Renacimiento italiano y la creación de un Renacimiento alemán lo efectuó Hans Holbein el Joven (nacido en Augsburgo en 1497 y muerto en Londres en 1543). Intenso realista y carente de ética, destacó como retratista de Erasmo, Amerbach, el arzobispo Warham y Georg Gisze, aunque no tuvo rival entre sus compatriotas como colorista, como se aprecia por su Madonna del burgomaestre Meyer. En sus cuadros de pasión le faltó simpatía con su tema y es repelentemente naturalista, como en Cristo en la tumba, pero en sus noventa y cuatro pinturas del Antiguo Testamento reproduce el tono épico con admirable simplicidad. Ardiente protestante promovió la causa de su doctrina no sólo por su Vendedor de indulgencias y Cristo la verdadera luz, sino también por su pasión satírica pictórica, en el que monjes y sacerdotes figuran como jueces y ejecutores de Cristo, perteneciendo también a este dominio, en un sentido, su Danza de la muerte (45 planchas realizadas hacia 1525). Rompió totalmente con la tradición, pero aunque sobrepasó a Durero en color y modelado, es inferior en profundidad y nacionalidad. Lucas Cranach el Viejo († 1553) forma un vínculo entre el arte de la alta Alemania y Sajonia. Firmemente protestante, pintó retratos de los reformadores y príncipes que le eran afines y también ayudó a la causa protestante con pinturas como la Crucifixión (en Weimar), la Ley y el Evangelio (en Scheneberg) y la Pasión de Cristo y el Anticristo. Sus primeras obras son ricas en color, pero sus últimos años hizo de su arte un mero comercio, ejemplo que fue seguido por su hijo, Lucas Cranach el Joven († 1586).

Cristo crucificado, por Velázquez
Cristo crucificado, por Velázquez
Otros países.
Al revés que Alemania, Italia mantuvo un grado artístico en los siglos XVII y XVIII, cuando el idealismo de Guido Reni († 1642; Aurora en el Palazzo Rospigliosi en Roma y Ecce Homo en Dresden) y de Carlo Dolci († 1686; Santa Cecilia en Dresden) corrieron paralelos o en unión con el realismo de Caravaggio († 1609) y el Españoleto († 1656). En España la pintura alcanzó su desarrollo clásico pleno en el siglo XVII, caracterizada por una asombrosa técnica y un sentido extraordinario del color. Junto con el gran realista Velázquez († 1660), prominente como retratista, está su contemporáneo más joven, Murillo, cuyas visiones, concepciones, santos y vírgenes revelan el auténtico sentimiento religioso católico español. Igualmente Francia tiene a su más grande pintor del siglo XVII en Nicholas Poussin †(1665), quien extrajo su material de los modelos clásicos y se inspiró a la escuela del paisaje, que alcanzó su cima en Claude Lorrain († 168), mientras que Antoine Watteau adoptó el estilo rococó tanto en forma como en tema. En ese mismo siglo los Países Bajos no sólo sobrepasaron a su propio pasado, sino que lograron un alto lugar en el arte en conjunto. La escuela flamenca, con su fundamento de elementos teutónicos y romances mezclada con el reflejo del jesuítico español, está representada en el magnífico colorido y profundo sentido de la belleza de la forma, composición y poder dramático de Rubens (nacido probablemente en Siegen en Westfalia el 29 de junio de 1577 y muerto en Amberes el 30 de mayo de 1640). Sin embargo, su tendencia sensual se aprecia en sus numerosos óleos religiosos, siendo el mejor conocido el descenso de la Cruz en la catedral de Amberes, que es secular en tipo. Su mejor alumno fue Antonius van Dyck († en Londres en 1641), quien destacó en retratos pero es débil en su pintura religiosa. El naturalismo de la pintura holandesa se adaptó particularmente para el retrato, paisaje y obras de género. Los temas religiosos se modernizaron y perdieron su elevación, aunque sus defectos quedaron velados por la perfección del desarrollo holandés del claroscuro. Prácticamente el único pintor religioso de la Holanda protestante fue Rembrandt (nacido en Leiden en 1606 y muerto en Ámsterdam en 1669), con quien el arte holandés llegó a su cima. Sus numerosos cuadros bíblicos son simples en su naturalismo y más inteligibles por la modernización de sus figuras. Sin embargo, generalmente como se aprecia en su Cristo en Emaús (en París) y su Regreso del hijo pródigo (en San Petersburgo) fue fiel a la elevación de su tema y alcanzó efectos artísticos admirables. Rembrandt fue igualmente admirable en el retrato y grabado, sirviendo el paso de los años para mejorar la perfección de su arte. Su influencia, poderosa en el siglo XVIII, fue seguida, a principios del siglo XIX, por el clasicismo francés, que posteriormente sería sustituido por la escuela histórica. En Inglaterra no fue hasta finales del siglo XVIII que se hicieron los primeros intentos auténticos en pintura nacional, comenzados por William Hogarth († 1764) y Joshua Reynolds († 1851). Una escuela cercana a los "nazarenos" la fundaron los tres rafaelistas, Rosetti, Millais y Burne-Jones, que sobrepasaron a sus colegas germanos en profundidad, autenticidad y simplicidad.