La amplia difusión del protestantismo en Francia hizo que la reina regente, Catalina de Médicis, quisiera establecer algún tipo de acuerdo pacífico entre las dos confesiones. Tras la asamblea de notables en Fontainebleau en agosto de 1560 y la asamblea general de los estados en Orleáns (13 de diciembre de 1560 a 31 de enero de 1561) la nobleza y el tercer estado se reunieron en Pontoise, mientras la corte y el clero se reunían en la abadía de Poissy. La asamblea, que fue parcialmente para preparar la esperada reapertura del concilio de Trento, parcialmente como una especie de concilio nacional para promover la reforma de la Iglesia francesa y parcialmente para disminuir la deuda del Estado mediante el tesoro de la Iglesia, fue convocada el 28 de julio de 1561. La garantía, en nombre del rey y del canciller Michel de L'Hospital a los obispos y arzobispos, de que habría una reforma no solo de los abusos sino también de la doctrina, recibió una aprobación limitada y todavía más la de que los reformadores también serían escuchados. Hay que hacer un repaso de los preliminares para entender la convocatoria del coloquio.
Theodore BezaTheodore Beza y sus colegas llegaron a Worms en 1557 en favor de los evangélicos encarcelados por Enrique II en París y cuando los alemanes solicitaron una confesión de fe, los franceses dieron una declaración de entero acuerdo con la Confesión de Augsburgo, a excepción del artículo sobre la Cena, ofreciendo la posibilidad de un futuro acuerdo. El resultado fue que el elector Otto Heinrich intercedió ante el rey francés. Mientras tanto, las relaciones se tensaron cada vez más; Federico se pasó al calvinismo, siendo el luteranismo estricto subrayado en Württemberg. Cuando el rey Antonio de Navarra solicitó delegaciones intercesoras ante la corte en favor de los protestantes se le aconsejó que aceptara la Confesión de Augsburgo, especialmente sobre la Cena. El duque Christopher de Württemberg, el 12 de junio, envió a Antonio y al duque de Guisa un enviado con copias de la Confesión de Augsburgo, la nueva Confesión de Württemberg y varios libros de los teólogos luteranos. El enviado de Christopher se encontró con la convención de prelados ya en funcionamiento y la sugestión del duque de que los teólogos protestantes tomaran parte en los procedimientos obtuvo aprobación real. Los católicos, por su parte, esperaban refutar a los protestantes por la Biblia y los Padres de la Iglesia, poniendo a los reformados entre la espada y la pared. Beza y Pietro Martire Vermigli fueron los teólogos reformados invitados al coloquio. A los príncipes alemanes también se les pidió que enviaran teólogos, pero fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre alguna instrucción homogénea a sus delegados, siendo el plan abandonado. Beza disfrutó de una cordial bienvenida tanto en París como en la corte de St. Germain y el domingo por la tarde, tras su llegada, fue invitado por Antonio a una reunión en la que estaban Catalina, Condé y los cardenales de Borbón y Lorena. Entre este último y Beza hubo una conversación en la que aquel minimizó las diferencias que había entre él y Beza sobre la doctrina eucarística, invitando al teólogo reformado a que le visitara para poder cooperar en algún acuerdo entre católicos y protestantes. Poco después se rumoreó animosamente en St. Germain y otras partes que Beza fue vencido en argumentos por el cardenal. Unos días antes de la llegada de Beza los predicadores reformados habían presentado un memorial agradeciendo al rey por su segura dirección y solicitándole que sometiera a la consideración de los prelados la confesión reformada francesa. Esta petición fue gustosamente recibida por el rey el 17 de agosto y el 26 los prelados, sometidos a la voluntad de Catalina, decidieron escuchar a los reformados. Se hicieron intentos de evitar que el rey asistiera, pero fueron en vano y el 9 de septiembre la conferencia comenzó en el refectorio del gran convento de monjas en Poissy. Estaban presentes el rey, su madre, los príncipes y princesas, altos dignatarios de la corona y muchos cortesanos; mientras que entre los eclesiásticos estaban presentes los cardenales de Tournon, Lorena, Chatillon, Armagnac, Borbón y Guisa, los arzobispos de Burdeos y Embrun, treinta y seis obispos, representantes de prelados ausentes, muchos diputados de abadías y monasterios y teólogos y profesores de la Sorbona. Los reformados estaban representados por veinte delegados y catorce ancianos.
Sesiones.
Tras las sesiones preliminares dirigidas por el rey y el canciller, Beza pronunció una larga alocución en la que quiso demostrar el patriotismo y pacifismo de su facción, dando un breve resumen de las doctrinas reformadas para mostrar que diferían en cada punto esencial de principios previamente sostenidos y que ellos no rechazaban cada principio fundamental del cristianismo en comparación con las doctrinas de los judíos y musulmanes. Esta presentación contenía muchas citas de autoridad de los Padres. Pero cuando Beza habló de la eucaristía y declaró que el cuerpo de Cristo estaba tan lejos del pan como el cielo de la tierra, fue interrumpido con vehemente desaprobación. Le siguió el cardenal Tournon, quien expresó su total desaprobación a la actitud de Beza y cerró la sesión pidiendo una copia escrita de la alocución del dirigente reformado, que fue supuestamente alterada por Beza antes de ser impresa. Para la segunda sesión los prelados encargaron al cardenal de Lorena que refutara a Beza. La respuesta católica comprendía las siguientes cuatro doctrinas: la Iglesia y su autoridad; el poder de los concilios para representar a toda la Iglesia, la cual incluye no solo a los elegidos, sino también a los no elegidos; la autoridad de las Escrituras y la presencia real y sustancial del cuerpo y sangre de Cristo en la eucaristía. A esto siguió la presentación de un credo contradiciendo la confesión reformada y pronunciando la condenación de los predicadores si rechazaban aceptarlo, tras lo cual la conferencia terminó. Los protestantes expresaron su queja al rey, quien obligó a los prelados a posponer su condenación y aplazamiento. La segunda sesión tuvo lugar el 16 de septiembre, siendo abierta por el cardenal de Lorena. Expresó el placer de los prelados de saber que los reformados estaban en armonía con el Credo de los Apóstoles, pero llamó la atención a otros puntos en los que se habían desviado de la enseñanza católica. En su discusión sobre la eucaristía el cardenal evitó cuidadosamente toda fraseología ofensiva e incluso evitó referencias a la transubstanciación en la misa, hablando de la presencia real en un sentido cuasi-luterano. Se negó la discusión y la entrega de una copia de la alocución, para desagrado de Beza. La siguiente tarde Catalina citó a Beza y Pietro Martire, expresando éste su esperanza de alcanzar un acuerdo si el problema de la eucaristía era omitido de la discusión y si a cada uno se le permitía creer y predicar según estaba convencido por la palabra de Dios. La reina expresó su intención de hacer todo lo que estuviera en su poder para llegar a tal entendimiento. (Es interesante que en el transcurso de la conferencia los prelados católicos estaban sentados, mientras que los protestantes tenían que estar de pie).
Resultados.
El curso posterior de los acontecimientos fue determinado por la intervención del legadopapal, el cardenal de Ferrara, tío de la duquesa de Guisa. Advirtió a la reina que restringiera al rey, al cardenal de Tournon y a la mayoría de los prelados, de asistir a posteriores conferencias, argumentando que se alcanzaría más fácilmente un acuerdo si los espíritus irreconciliables estaban ausentes. El 24 de septiembre se convocó una conferencia con doce representantes de cada facción, concluyendo el debate, sin resultado, con la pregunta del cardenal de Lorena de si los reformados podrían suscribir la Confesión de Augsburgo. Al día siguiente Montluc, obispo de Valence y D'Espence conferenciaron, por mandato de la reina, con Beza y Nicolas des Gallards en una fórmula de compromiso. El resultado fue el siguiente:
'Creemos que el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Jesucristo real y sustancialmente, esto es, en su propia sustancia, están, en una manera espiritual e inefable, presentes y ofrecidos en la santa comunión, siendo recibidos por el creyente que participa.'
Diego LaínezCuando el 26 de septiembre continuaron las negociaciones públicamente, Beza declaró que los reformados no podían aceptar esta fórmula. El último fracaso del compromiso se debe, tal vez, al general jesuitaLaínez, quien fue admitido al coloquio el 26 de septiembre y vehemente y ásperamente atacó a los protestantes, replicándole Beza. El debate continuó hasta la noche, señalándose un comité de cinco por cada lado para una discusión posterior; entre los católicos estaban Montluc y D'Espence y entre los reformados Beza y Pietro Martire. Tras tres conferencias (29 de septiembre, 1 de octubre y 3 de octubre) se alcanzó una fórmula que señalaba la presencia real, de la que la sustancia era dada por la operación del Espíritu Santo, siendo el cuerpo de Cristo recibido espiritualmente por la fe. Toda la corte quedó satisfecha, pero cuando la fórmula fue sometida a los prelados el 9 de octubre, la mayoría declaró que era una fórmula herética. Inmediatamente se elaboró una fórmula rígidamente católica, resolviéndose no conceder más oportunidades a los reformados para hablar tras su rechazo a suscribirla, exhortando al rey a proscribir a los recalcitrantes. Ese día, 9 de octubre, se rompieron las negociaciones en Poissy. Diez días más tarde cinco teólogos alemanes llegaron a París, Michael Diller, Pierre Bouquin, Jakob Beurlin, Jakob Andreä y Balthasar Bidembachco convocados para explicar la Confesión de Augsburgo. Su dirigente Beurlin murió el 28 de octubre y el 8 de noviembre el resto fue recibido en audiencia por el rey de Navarra, quien expresó su deseo de que pudieran dar testimonio de la armonía entre la Confesión de Augsburgo y la fórmula de compromiso en la conclusión de las negociaciones en Poissy. Tras muchas inútiles conferencias sobre la unión del protestantismo alemán y francés y tras haber explicado al rey el significado de la Confesión de Augsburgo, exhortándole a aceptarla, los enviados fueron finalmente despedidos el 23 de noviembre. La conferencia en Poissy había mostrado que la reconciliación entre católicos y protestantes, haciendo mutuas concesiones, era imposible y que la única alternativa era la mutua tolerancia o una guerra abierta.