Historia

PRAGMATISMO

Pragmatismo es la palabra que en su uso técnico se originó con C. S. Peirce en 1878 ("How to Make Our Ideas Clear," en Popular Science Monthly, xii. 286–302), que decide el significado de una idea o un objeto en términos de su repercusión.

William James
William James
Un objeto es conocido en tanto es considerado en sus efectos. En 1898 el profesor William James amplió el término para incluir consecuencias futuras particulares en la experiencia, bien sean activas o pasivas (Journal of Philosophy, i. 674). De ahí que la verdad o significado de una idea se agota en los resultados de ella, en una experiencia que es o bien recomendada o bien esperada. Si las consecuencias de una idea no cabe la posibilidad de diferenciarlas de las de otra idea, las dos son esencialmente la misma. El pragmatismo no trata ni con lo abstracto ni con el Absoluto puramente metafísico, sino sólo con lo concreto. Se aparta de las primeras causas para contemplar los resultados finales. Es una teoría para unificar la experiencia a través de sus consecuencias y de esta manera llegar a la verdad. Los principales representantes de esta doctrina en general concuerdan en subrayar de alguna manera diferentes aspectos del asunto. El profesor James, por ejemplo, se mantuvo cerca del pragmatismo-experiencia cotidiano; Ferdinand Canning Scott Schiller acentuó el lugar del sentimiento en relación a la fe religiosa humanista y personalista; el profesor John Dewey se interesó más en la aproximación científica inductiva al conocimiento, el instrumentalismo o empirismo inmediato, es decir, las teorías son instrumentales al derivar de la conducta y guiar a ella, en la cual podemos descansar; las cosas son lo que son al ser experimentadas y son válidas hasta donde son viables. La verdad es una pretensión que ha de ser demostrada y confirmada por la validez de sus consecuencias o al menos por la verificación de las mismas. Por tanto no es estática sino progresiva, no es absoluta sino un compromiso continuo en el cual se comprueban intereses encontrados, hasta que valores más amplios emergen en la experiencia en la que quedan ajustados y armonizados. Por lo tanto, la autoridad no es final sino evolutiva y transitiva, en la que la coerción externa da lugar a la auto-dirección racional. Las consecuencias de esta doctrina sobre la ética y la religión son de gran importancia. Si el mundo entero es lo que nosotros hacemos, la vida humana misma debe compartir esta potencialidad. Lo real es lo que nosotros realizamos y en tanto lo realizamos; nuestro deseo es la condición de su existencia. Tanto nuestros ideales como nuestro carácter los creamos nosotros. El monoteísmo no es el inevitable y exclusivo postulado de la religión, sino que hasta donde funciona como hipótesis satisfactoriamente, puede ser estimado como verdadero. De esta manera se señala un lugar para la "voluntad de creer". El Absoluto, si ha aceptarse, no debe ser concebido como una perfección estática incambiable, sino funcional, con infinitas potencialidades de cambio, siendo real no más allá sino dentro de la experiencia. El pluralismo en tanto interpretación del universo no se puede excluir. Si hay algo personal en el corazón de las cosas, nuestra proyección hacia ellas condicionará naturalmente sus efectos sobre nosotros. Actuar como si Dios existiera puede por tanto ser la única senda hacia el conocimiento y realización de Dios en la conciencia. La vida futura puede igualmente estar condicionada por nuestra conducta hacia ella como una posibilidad. En última instancia el mejoramiento puede ser el credo y empresa del individuo. La relación del pragmatismo con el movimiento introducido por Kant no ha de ser infravalorado.

El siguiente párrafo es de la obra de Peirce.

Charles Sanders Peirce, c. 1870
Charles Sanders Peirce, c. 1870
'La postura del pragmatismo es conocida desde hace mucho tiempo porque es la misma que la del empirismo, pero que lo presenta, a mi entender, de forma más radical y, sin embargo, de forma tal que levanta menos objeciones que cualquiera de las formas asumidas hasta ahora por el empirismo.
El pragmatismo da la espalda decididamente y de una vez por todas, a una ingente multitud de hábitos inveterados, caros a los filósofos de profesión. Se la entrega a la abstracción de todo aquello que torna inadecuado el pensamiento, es decir, a las soluciones puramente verbales, a las razones a priori, a los sistemas cerrados y a todo lo que pretende ser un absoluto o un principio, para dirigirse hacia el pensamiento concreto y adecuado, hacia los hechos, hacia la acción eficaz.
Así, el pragmatismo se opone tanto a la dirección empirista común como a la dirección racionalista. Una atmósfera cargada de libertad, la naturaleza con todo lo que puede encerrar en sí: eso es el pragmatismo, el cual toma posesión contra el dogma, contra las teorías artificiosas y contra la falsa apariencia del carácter teológico que se presume descubrir en la verdad.
Al mismo tiempo, cabe poner de relieve que el pragmatismo no se inclina por ninguna solución particular. Es sólo un método. Pero el triunfo universal de este método determinaría un cambio notable en lo que he llamado temperamento filosófico. Así como vemos al típico hombre de la corte momificarse en una república, y al típico cura ultramontano esterilizarse en un país protestante, así veremos momificarse al típico profesor ultrarracionalista. Entre la ciencia y la metafísica habría un valiosísimo acercamiento: las veríamos trabajar en la más estrecha colaboración.
Habitualmente, la metafísica ha adoptado un método muy primitivo en la investigación. Sabéis que la magia, este fruto prohibido, siempre ha sido para los hombres objeto de oscuros deseos. Sabes también qué importancia han tenido siempre las palabras en la magia: las fórmulas mágicas.
Conociendo el nombre de un espíritu, de un genio, de un demonio, de una potencia oculta, mediante la fórmula del hechizo al que esta potencia obedece, disponéis de ella a vuestro placer...
Así, el mundo siempre ha aparecido como una especie de enigma cuya clave debía buscarse y descubrirse bajo la forma de una palabra, de un nombre que habría arrojado luz completa o conferido todo el poder deseado. Esta palabra designa el principio del mundo, y el poseerla, en cierto modo, equivale a poseer el mundo mismo. Dios, la materia, la Razón, el Absoluto, la Energía: he aquí nombres que son otras tantas soluciones. Una vez poseídos estos nombres, no queda nada por hacer: Habéis alcanzado el término de vuestra investigación metafísica.
¿Seguís, en cambio, el método pragmático? Entonces os será imposible considerar estas palabras como el término de vuestra investigación. Es preciso que le quitéis a cada palabra el valor que tiene en el uso común, y que hagáis que adecue su función al campo de vuestra experiencia. Entonces, más que una solución, vemos en ella el programa de un nuevo trabajo a iniciar y, más particularmente, vemos en ella una orientación sobre los diversos modos en los cuales se pueden modificar las relaciones existentes.
Así pues, con el pragmatismo las teorías se convierten en instrumento de investigación, en lugar de ser la respuesta a un enigma y el fin de toda investigación. Las teorías no nos sirven para descansar, sino para avanzar y, si es preciso, nos permiten reconstruir el mundo. Todas nuestras teorías estaban cristalizadas: el pragmatismo les ha dado una elasticidad que nunca habían tenido y las ha puesto en movimiento.
Puesto que el pragmatismo no tiene en sí nada de nuevo, coincide con un gran número de antiguas corrientes filosóficas. Por ejemplo con el nominalismo, refiriéndose siempre a los hechos particulares; con el utilitarismo, a causa de la importancia que atribuye al aspecto práctico de los problemas; con el positivismo, a causa de su desprecio por las soluciones verbales, por los problemas sin interés, por las abstracciones metafísicas.'