Historia
RATISBONA, CONFERENCIA DE

La Conferencia.
Fue continuación de las negociaciones en Hagenau (junio de 1540) y Worms, donde las deliberaciones comenzaron el 14 de enero de 1541, basadas en la Confesión de Augsburgo y en la Apología, pero después de cuatro días fue aplazada por el emperador a la sesión de la dieta que se reuniría pronto en Regensburgo. El 15 de diciembre de 1540 tuvo lugar una conferencia secreta entre Johann Gropper, canónigo de Colonia, y Gerhard Veltwick, secretario imperial por un lado, y Bucero y Capito, delegados de Estrasburgo, por otro. Se alcanzó un acuerdo sobre las cuestiones del pecado original y la justificación, pero la concesión hecha por los católicos en Hagenau para negociar sobre la base de la Confesión de Augsburgo y la Apología fue retirada. El 5 de enero Bucero presentó un borrador en alemán ante el landgrave sobre las conclusiones alcanzadas, quien lo aprobó como preliminar a un acuerdo y lo envió a Joaquín II, elector de Brandeburgo, con la solicitud de comunicarlo a Lutero y a los otros príncipes de la liga protestante. El documento era esencialmente idéntico con el posterior denominado Libro de Regensburgo, que fue la base de la Conferencia de Ratisbona en lugar de la Confesión de Augsburgo. Estaba dividido en veintitrés artículos, algunos de los cuales eran muy próximos a la idea evangélica; pero no decidía sobre cuestiones dogmáticas y no excluía las concepciones católicas. El 13 de febrero de 1541 el libro estaba en las manos de Lutero. A pesar de las aparentes concesiones hechas sobre la doctrina de la justificación, él percibió que los artículos de acuerdo propuestos no podían ser aceptados por ninguna parte. El 23 de febrero el emperador entró en Regensburgo. En consideración a su difícil situación política, especialmente por la amenaza de guerra con los turcos y las negociaciones del rey francés con los evangélicos, su deseo era pacificar Alemania. La conferencia se inauguró el 5 de abril. Los interlocutores eran Gropper, Pflug y Eck, por un lado, y Bucero, Johannes Pistorius el Viejo y Melanchthon, por otro. Además de los presidentes, el conde palatino Federico y el cardenal Granvela, estuvieron presentes seis testigos, entre los cuales estaban Burkhardt y Feige, cancilleres de Sajonia y Hesse, y Jakob Sturm de Estrasburgo. Los primeros cuatro artículos, sobre la condición e integridad del hombre antes de la caída, el libre albedrío, la causa del pecado y el pecado original se aprobaron sin dificultad. El artículo sobre la justificación halló gran oposición, especialmente de Eck, aunque se llegó a un acuerdo; ni el elector Juan Federico ni Lutero quedaron satisfechos con este artículo. Con respecto a los artículos sobre la autoridad doctrinal de la Iglesia, jerarquía, disciplina, sacramentos, etc., el acuerdo no fue posible, siendo todos pasados por alto sin resultado. El 31 de mayo el Libro, con los cambios acordados y nueve contrapropuestas de los protestantes, fue devuelto al emperador. A pasar de la oposición de Maguncia, Baviera y el legado imperial, Carlos V todavía tenía esperanzas de un acuerdo sobre la base de los artículos que habían sido aceptados por ambas partes, posponiendo en los que diferían para un tiempo posterior. Como se percibió que todas las negociaciones serían en vano si no se obtenía el consentimiento de Lutero, una diputación encabezada por John de Anhalt, llegó a Wittenberg el 9 de junio. Lutero contestó en forma educada y casi diplomática. Expresó su satisfacción en referencia al acuerdo sobre algunos artículos, pero no creyó en la sinceridad de sus oponentes y condicionó su consentimiento a condiciones que sabía no serían aceptadas por los católicos. Antes de que la diputación hubiese regresado, la facción católica había destruido completamente toda esperanza de unión. La fórmula de justificación, que Contarini había enviado a Roma, fue rechazada por el consistorio papal. Roma declaró que el asunto solo sería resuelto en un concilio, siendo compartida esta opinión por la facción más estricta en los Estados. Alberto de Maguncia exhortó al emperador a que tomara las armas contra los protestantes. Carlos V intentó en vano inducir a los protestantes a aceptar los artículos disputados, mientras que Joaquín de Brandeburgo hizo nuevos intentos de llegar a un acuerdo. Cada día que pasaba, la sima era mayor entre las partes, mostrando ambas, también la católica, la disposición a aliarse con Francia contra el emperador.
Su resultado.
Por tanto el destino del Libro de Regensburgo ya no estuvo más en duda. Una vez que el elector Juan Federico y Lutero conocieron su contenido, su desafección se confirmó, exigiendo Lutero que incluso los artículos acordados fueran rechazados. El 5 de julio los Estados impugnaron los esfuerzos del emperador para la unión. Demandaron una investigación de los artículos acordados y que en caso de necesidad debían ser enmendados y explicados por el legado papal. Además los protestantes fueron obligados a aceptar los artículos disputados; en caso de rechazarlos se convocaría un concilio nacional. Contarini recibió instrucciones para anunciar al emperador que toda resolución de cuestiones religiosas y eclesiásticas debían ser dejadas al papa. De esta manera el esfuerzo total por la unión ya quedaba frustrado, incluso antes de que los Estados protestantes insistieran en sus contrapropuestas sobre los artículos en disputa. Los supuestos resultados de la conferencia religiosa serían presentados ante un concilio general o nacional o ante una asamblea del imperio que sería convocada en dieciocho meses. Mientras tanto, los protestantes quedaban obligados a adherirse a los artículos acordados, no pudiendo publicar nada sobre ellos, ni abolir iglesias o monasterios, mientras que a los prelados se les exigió reformar su clero según la orden del legado. La Paz de Nuremberg se extendería hasta el tiempo del futuro concilio, pero el receso de Augsburgo se mantendría. Esas decisiones podían haber sido muy peligrosas para los protestantes y para no forzarlos a una alianza con sus enemigos extranjeros, el emperador decidió cambiar algunas resoluciones en su favor; pero los católicos no reconocieron su declaración. Como no estaba dispuesto a exponerse a una interpelación por su parte, dejó Regensburgo el 29 de junio, sin obtener un acuerdo o una humillación de los protestantes, lo que provocó que los católicos le miraran con más desconfianza que los protestantes.