Historia
RECLUSO

La práctica se hizo común en el occidente, aunque informes en el este sobre enclaustramientos temporales o permanentes de ermitaños varones y mujeres no faltan. Gregorio de Tours († 593 o 594) es el primero en occidente en mencionar a internos de ambos sexos, habiéndose extendido esta clase de vida ampliamente en la Galia durante el siglo sexto. Protasio vivió de esta manera en Combronde en Auvergne (Vitæ patrum, v), Juniano († 530) en Limoges (Gloria confessorum, ciii), la viuda Monegundis en Tours (Vita patrum, xix), Leobardo († 583) en Marmoutier cerca de Tours, Hospicio en Vienne (Hist. Francorum, vi. 6) y otros. Gregorio además cuenta del enclaustramiento de un muchacho de 12 años, Anatolio, cerca de Burdeos (Hist. Francorum, viii 34). También describe (Hist. Francorum, vi. 29) el acto solemne de enclaustramiento, en el claustro de la Santa Cruz en Poitiers, durante el tiempo de Radegonda († 587). Habiendo sido la celda debidamente preparada, la abadesa Radegonda, entre cánticos de salmos, introdujo a la nueva interna en su celda, asistida por el resto de monjas que portaban velas. Una vez que la interna se despedía de las monjas con un beso, se sellaba la puerta. La iglesia occidental preparó una regulación eclesiástica y sometió a los internos religiosos a las autoridades de la Iglesia. Los sínodos de Vannes, 465 (canon vii), Agde, 506 (canon xxxviii), Toledo, 648 (canon v) y Francfort, 794 (canon xii) decretaron que el permiso para llevar la vida reclusa sería concedido sólo a los que hubieran sido regularmente educados y aprobados en el claustro.
Clases de reclusos.
A pesar de todos los esfuerzos por parte de la Iglesia para regular el sistema, se retuvo una cierta libertad y diversidad. Los reclusos sólo en parte se afiliaron con los benedictinos u otros claustros; existió un sistema de reclusos laicos, independientes de las órdenes, en algunos casos con sus celdas anexionadas a claustros o a las iglesias catedrales. Finalmente, hubo otra clase de reclusos, que debieron ser los menos aceptables a la Iglesia, ya que vivían aislados como ermitaños en el bosque o en el desierto, sin estar sujetos a ninguna regla. La Iglesia los toleró, principalmente porque el pueblo los veneraba por sus supuestos dones de milagros y sanidad; pero no faltaron las controversias sobre ellos. Hubo reclusos asociados con el claustro benedictino de Saint Gall en los siglos IX y X. Hubo también reclusos en relación con otros claustro benedictinos, como los de Fulda, Messobrunn, Göttweig, St. Emmeram, Nieder-Alteich y en otras partes. Había también reclusos en los monasterios de priores obedientes a la regla agustina y en los monasterios cistercienses y premonstratenses. Los más renombrados reclusos no asociados que vivieron en soledad en el bosque son Liutbirga, quien habitó en una cueva del denominado Rosstrappe, en el Bodethal inferior, desde 830 a 860 (Vita en B. Pez, Thesaurus anecdotorum, ii. 146–178, 6 volúmenes, Augsburgo, 1721–1723) y Sisu de Drubeck en Westfalia, quien habitó en su ermita durante 64 años (Thietmar, Chronicon, ix. 8).
Reglas.
No faltaron los esfuerzos para regular la vida de los monjes y monjas solitarios relacionados con monasterios. La regla más antigua fue elaborada por Grimilach, un eclesiástico franco, probablemente antes del término del siglo noveno (L. Holstenius, Codex regularum, edición de M. Brockie, i. 291–344, Augsburgo, 1759). Está basada en la regla benedictina y la de Aachen fechada desde 817. Sólo a los monjes que hubieran pasado por el monasterio o hubieran aprobado estrictas pruebas de eclesiásticos seculares, y sólo con permiso del obispo o abad, se les permitía ser reclusos. En medio del repique de campanas, el solitario entraba en la celda preparada para él y el obispo la sellaba con su anillo. El privilegio de recibir la comunión diaria se le permitía también al recluso laico. Con la "vida contemplativa" que, juntamente con la observancia de las acostumbradas horas canónicas, le obligaban incesantemente a la oración interior, combinaba una vida de acción, para ganarse su sustento por el trabajo manual y distribuir, de sus excedentes, limosnas a los pobres. Esta regla prohíbe el ayuno exagerado e incluso permite el vino. Finalmente, el recluso podía tener hasta tres discípulos que le sirvieran, mientras que a los reclusos ancianos y enfermos se les permitía un asistente, que también cuidaba sus baños. Hay una regla muy completa para solitarios de la jurisdicción agustina de Baumburgo, que parece pertenecer al siglo XI y que tenía como objetivo principalmente las necesidades de los reclusos laicos (M. Rader, Bavaria sancta, iii. 114 y sig., Munich, 1624; B. Haeften, Disquisitiones monasticæ, p. 83, Amberes, 1644). Da directrices precisas con referencia a la naturaleza y conjunto de la celda, que ha de ser construida de piedra, de 3 metros cuadrados, con tres ventanas, una abierta al coro de la iglesia para la recepción de la comunión, una segunda para la introducción del alimento y bebida y la tercera, con cristal, que permitiera la entrada de la luz. Además de esas reglas para reclusos masculinos, hay dos para mujeres. Hacia mediados del siglo XII, Ethelred († 1166), abad cisterciense de Revesby en la diócesis de York, a solicitud de su hermana, reclusa, escribió una regla titulada Aelredi regula sive institutio inclusarum (Holstenius-Brockie, ut sup., i. 418–440). En ella atacaba los síntomas de declive moral y de graves abusos en la vida contemporánea reclusa de Inglaterra. Manda un completo aislamiento del mundo externo y enérgicamente prohíbe la distribución de limosnas a los pobres y la recepción de huéspedes. Su ideal es una vida contemplativa pura. Incluso en este aspecto su "Institución", como el monasticismo benedictino en conjunto, lleva un sello aristocrático. La monja reclusa tiene a su servicio una mujer mayor y una doncella joven, ayudando ésta a las tareas menores. Medio siglo antes existió la Ancren Riwle ("Regla ancorita"), compuesta probablemente por el obispo Richard Poor († 1237), de Salisbury (B. ten Brink, Geschichte der englischen Litteratur, i. 251–257, Berlín, 1877), para tres nobles damas que vivían como reclusas en Tarrant en Dorsetshire.
Declive y desaparición.
Al final de la Edad Media los solitarios fueron desplazados por las órdenes mendicantes y las comunidades beguinas. Sin embargo, esporádicamente persistieron incluso hasta el periodo de la Reforma. León X concedió los mismos favores a cuatro reclusas de la capilla de San Andrés en la iglesia de San Pedro que las que había concedido a las clarisas (Wadding, Annales minores, ad. 1515 n. 4). En el siglo XVII desaparecieron completamente, siendo uno de las últimas Johanna de Cambry, quien se aisló como reclusa en la iglesia de San Andrés, Lille, en 1625 y murió allí en 1639 (Helyot, Ordres monastiques, iv. 338 y sig.).
En la Iglesia evangélica, un intenso celo ascético impulsó a ciertos reformados extremistas holandeses a restaurar la vida reclusa medieval, siendo el mejor conocido el solitario Johann Gennuvit de Venningen sobre el Ruhr († 1699), quien arrendó una cabaña aislada para tal menester (Zöckler, p. 576).