Historia

REDENCIÓN

Redención es un término central en el cristianismo, aunque no exclusivamente suyo, al que le ha dado su especial exactitud y posición dominante.

Cristo y la mujer con flujo de sangre, en la catacumba de San Marcelino y San Pedro, Roma
Cristo y la mujer con flujo de sangre,
en la catacumba de San Marcelino y San Pedro, Roma
Si el término se toma en su sentido más amplio, como liberación de peligros y males en general, es evidente que está presente en casi cualquier religión. Sin embargo, asume una importante posición sólo cuando los males en cuestión forman parte de un gran sistema contra el cual el poder humano es impotente. La doctrina asume una forma más elevada cuando considera principalmente la liberación del mal. La esencia del cristianismo contempla la redención primordialmente como la liberación del pecado, de la cual la libertad de otros males sigue como consecuencia. Donde se da una importancia decididamente ética al término, se desprenden dos líneas separadas de pensamiento, relacionada cada una con una concepción diferente del pecado. Por un lado, el pecado es una condición que se presenta a la luz de la religión como una carga dolorosa y por otro es un acto personal de la voluntad, que conlleva la conciencia de culpa. Ya que con ésta está asociado el perturbador conocimiento de la separación de Dios, el deseo de su eliminación se convierte en el pensamiento dominante. La cuestión fundamental de la religión, por tanto, es la posibilidad de la reconciliación, siendo el pecado el primero de los males de los que el hombre procura liberación. En la forma más desarrollada de una religión redentora ética el pensamiento de la reconciliación es por tanto preeminente. Tal religión es portadora del concepto más profundo del pecado, que es una ofensa contra la autoridad de Dios, y de la idea ética más elevada de salvación, que es una relación de paz que descansa sobre la gracia de Dios.

Redención en el Antiguo Testamento.
Si la idea de redención se busca en las Escrituras, la creencia en el poder y propósito redentor de Dios se encuentra en el mismo inicio de la existencia nacional de Israel. Esta existencia está establecida por la redención del pueblo de la esclavitud de Egipto, que es el memorial de su elección como pueblo de Dios y la prenda de futuras liberaciones. La idea de redención en ese sentido es originalmente política; el objeto de la redención es la nación y los enemigos de los que hay que ser redimidos son adversarios nacionales. El tema de 40 1 Consolad, consolad a mi pueblo--dice vuestro Dios. 2 Hablad al corazón de Jerusalén y decidle a voces que su lucha ha terminado, que su iniquidad ha sido quitada, que ha recibido de la mano del SEÑOR el doble por todos sus pecados. 3 Una voz cla[…]Isaías 40-66 son los actos redentores de Dios, pasados y futuros, señalando todos los profetas su demostrada fidelidad como fundamento para la esperanza. Pero en esos mismos profetas hay anuncios de que esa esperanza tendrá una naturaleza nueva y espiritual. La culpa de Israel separa el pueblo de Dios y sólo el arrepentimiento puede abrir el camino a una nueva salvación. Si Dios restaura a su pueblo es una señal de que los perdona y quita su culpa. Este perdón está basado sobre el amor gratuito de Dios; no se obtiene por los sacrificios de la ley, sino que ha preparado el sacrificio de su Siervo, sobre el cual ha puesto la iniquidad de ellos. De esta manera se llega a la idea, en el punto más elevado de la doctrina de la redención en el Antiguo Testamento, de una expiación que no está condicionada a los sacrificios legales y no está limitada a transgresiones menores. Las aspiraciones políticas no faltan ni siquiera aquí, pero la idea fundamental es la de un cambio interior del pueblo (6 ¿No es éste el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las coyundas del yugo, dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo? 7 ¿No es para que partas tu pan con el hambriento, y recibas en casa a los pobres sin hogar; p[…]Isaías 58:6-14). El pecado es ahora reconocido como la raíz del mal, siendo prometida la victoria, no meramente sobre enemigos nacionales, sino sobre el peor enemigo hereditario del hombre, el tentador. Pero una redención de estas características ya no puede quedar confinada a un pueblo; la luz de Israel se difundirá hasta los paganos. Y con esta ampliación de la concepción viene también su individualización; la persona que confía en Dios es redimido por la intervención de Dios del peligro y opresión e incluso adquiere una esperanza de resurrección de la muerte.

Redención
Redención
En el Nuevo Testamento.
La forma que publica el Nuevo Testamento para la idea de redención es el resultado de la revelación de Dios en Cristo. Aunque el Redentor no se corresponde inmediatamente con las expectativas de un gobernante poderoso del linaje de David, los milagros de sanidad y otros portentos que realiza y el amor paternal de Dios del que testifica, le proclaman como el Salvador enviado del cielo. Él mismo estima su expulsión de demonios una señal de que ha llegado un nuevo período de salvación, de la venida del reino de Dios. Finalmente da su vida en rescate por muchos, haciendo posible una remisión de la culpa al llevar voluntariamente sus consecuencias. Sus apariciones tras su resurrección convencen a sus discípulos de que él todavía está con ellos, como cabeza de su reino invisible, hasta el fin del mundo. Su proclamación de su segunda venida tras la cual vendrá el juicio, la liberación de su pueblo de toda opresión y un cambio en todas las condiciones de la vida humana (Y Jesús les dijo: En verdad os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.[…]Mateo 19:28), no alteran el hecho de que la redención, en su más pleno sentido, es la obra de su primera venida. Por tanto, en la predicación apostólica los puntos principales son la muerte de Cristo como base de la expiación, su resurrección como fundamento de una nueva y espiritual vida para sus discípulos y su segunda venida, que removerá la opresión del mal. En otras palabras, la idea del Nuevo Testamento de la redención presenta primero la idea de liberación de la culpa, luego la liberación del poder del pecado y finalmente la de la presencia misma del pecado. Esta redención por supuesto no puede quedar limitada a una nación, sino que comienza a realizarse allí donde la fe en el Redentor está presente, con la que se obtiene entrada en su reino.

En la Iglesia antigua y en el este.
La idea de redención sostenida por el cristianismo primitivo es predominantemente escatológica. Los creyentes se consideraban a sí mismos extranjeros en el mundo, cuya destrucción estaba cercana y esperaban sus bendiciones en el reino mesiánico venidero. El Redentor había traído a su pueblo conocimiento y vida (Didaché, ix, x); pero ésta es más un objeto de esperanza que una experiencia; el perdón de pecados está relacionado con el cambio moral y el cumplimiento de la nueva ley. La concepción helénica del mensaje cristiano por los apologistas presentó prominentemente el conocimiento impartido por Cristo quien, como el maestro perfecto, muestra el camino a la "incorrupción", al dar a sus discípulos el poder para vencer los malos espíritus y caminar en la senda de la pureza moral. Esta concepción intelectual-moral de la redención, típicamente representada por Justino, tuvo una larga vida en la Iglesia oriental, pero sólo una influencia subsidiaria. El desarrollo del dogma quedó determinado por la concepción místico-realista, desarrollada por Ireneo en fraseología paulina. Para él, también, la inmortalidad es la meta, que es conseguida por una reconstrucción total de la humanidad en un plano más elevado; la humanidad es puesta una vez más en la correcta relación con Dios y recibe de nuevo su imagen y comparte su propia inmortalidad. Ireneo trata sobre la reconciliación, pero pone más énfasis en la remoción de la muerte. Cuán poco la teología griega, con su falta de una conciencia profunda de la culpa, estaba cualificada para desarrollar esto último se puede apreciar en Orígenes, para quien el oficio didáctico de Cristo es todavía central. El tratado de Atanasio sobre la encarnación se acerca más a la idea de reconciliación que Ireneo, pero incluso en él las ideas centrales reducen la restauración el verdadero conocimiento de Dios por la vida y la abolición de la muerte por la muerte de Cristo. Un lugar especial se sostuvo en la doctrina oriental por la noción de que la muerte de Cristo fue un precio de compra pagado al diablo para poder liberar al hombre, quien había caído en su poder. Esta idea, ampliamente difundida en el este, fue defendida por Orígenes y Gregorio de Nisa, mientras que Gregorio de Nacianzo y Juan de Damasco la repudian; en el oeste fue aceptada por Ambrosio, Agustín, León Magno y Gregorio Magno. En el fondo hay sólo una extensión de la idea común griega de liberación de la ignorancia pagana y del dominio de la muerte, aunque es consciente de la necesidad de un fundamento equitativo para la redención y prepara el terreno para las teorías jurídicas desarrolladas en el oeste.

En el oeste hasta la Reforma.
Los escritores occidentales fueron guiados, por su idea del pecado como culpa, a contemplar la remoción de la culpa como la principal característica en la obra de redención. Incluso ya Tertuliano y Cipriano la interpretaron en términos legales y poco después surgió la concepción de una satisfacción legal hecha por Cristo a Dios. Esto comienza con Cipriano y lo desarrollan Hilario y Ambrosio. Agustín toma la idea legal en conjunción con una doctrina mística de la salvación y de este modo la debilita en alguna medida. Para él la redención es un cambio en el estado religioso-ético, que supone la libertad del poder del diablo y una progresiva investidura con la fuerza divina. Él tuvo en mente una relación personal de paz con Dios, pero este aspecto de la salvación no lo lleva a conclusiones dogmáticas definidas. La idea jurídica de la teología occidental la desarrolló posteriormente Anselmo, quien, sin embargo, no logró deducir de la remisión del pecado un cambio interior del pecador. El tratamiento jurídico formal no penetra en las profundidades del proceso religioso-ético. La teoría de Anselmo, por tanto, provocó la teoría opuesta de Abelardo, que descansaba completamente en el amor de Dios, siendo aceptada por los teólogos medievales posteriores, con modificaciones y adiciones. Tomás de Aquino estima que los resultados de los sufrimientos de Cristo son el perdón de pecados, la liberación del poder del diablo, la remoción del castigo del pecado, la reconciliación y la apertura de las puertas del cielo. Él relaciona las ideas de reconciliación y redención, pero considera la "remisión de la culpa" menos importante que la "infusión de la gracia" y el consecuente movimiento ético de la voluntad. Presenta la obra redentora histórica de Cristo sólo como una condición distante precedente a la salvación, de cuya realización auténtica se sigue la concesión de la gracia a través de la Iglesia. Aunque el misticismo intentó satisfacer el deseo de redención parcialmente eludiendo la mediación de la Iglesia y parcialmente subrayando el servicio de la vida interior, fracasó en alcanzar una concepción ética personal de la redención, porque puso la unión mística y ética con Dios por encima de la remisión del pecado.

La Reforma y la doctrina posterior.
Lutero, por otra parte, hizo de la remisión de la culpa realizada por la intervención de Cristo el principio fundamental. Él soportó la ira de Dios y satisfizo su justicia; pero él es también el conquistador poderoso que nos libra de nuestros tiranos: la ley, el pecado, la muerte, el diablo y el infierno, aboliendo, con el pecado y la culpa, todos los poderes del mal cuyo dominio estaba fundado en la caída del hombre. Su gran concepción fue sólo parcialmente adoptada por los dogmáticos protestantes. Melanchthon meramente desarrolló la noción de expiación legal como una condición necesaria de la justificación forense. Osiander fue incapaz de desarrollar claramente la relación entre el hecho objetivo de la redención y la justificación subjetiva. Cuanto más dominada estaba la doctrina de la redención por la idea de satisfacción, menos posible era incluir en un sistema dogmático las saludables consecuencias que Lutero relacionó con ella. La doctrina del oficio real del Salvador exaltado le dio amplia ocasión para ello; pero consideró la redención suplementaria a la obra histórica de salvación. El pietismo, en oposición a esto, con su interés especial en la santificación y en la escatología, prestó gran atención a la doctrina de la redención. El racionalismo, con su seca moralidad, perdió todo entendimiento de la remisión del pecado y por tanto de la redención. La concepción moral más profunda de Kant se acercó postulando esta gracia para la erradicación del mal; pero su principio directriz de la autonomía moral le hizo reducir lo que para él era el lenguaje simbólico del dogma al proceso moral interior. Schleiermacher enseñó a sus seguidores a reconocer el punto central de la fe cristiana, pero su concepción optimista del pecado como una etapa inevitable en el desarrollo humano, su idea semi-panteísta de Dios y su noción estética-naturalista de la vida religiosa y moral le impidió un conocimiento pleno de la doctrina cristiana de la redención. Los escritores dogmáticos posteriores han luchado en gran parte para recuperar más plenamente las ideas bíblicas y de la Reforma sobre el asunto.

Requerimientos de la doctrina.
Es esencial para la totalidad de la doctrina cristiana de la salvación que se enseñe no solo una reconciliación del hombre con Dios, sino una redención también que transforma la vida toda del redimido y su relación con el mundo. La redención es, en su sentido religioso más profundo, reconciliación, el cambio en la relación del hombre con Dios por la remoción de la culpa del pecado. La redención en sus significados ético y escatológico es la consecuencia de ello. Pero la estrecha relación de esos elementos puede ser preservada sólo cuando la expiación es contemplada como la prenda y el comienzo de un nuevo desarrollo para la humanidad. El creyente, con sus pecados perdonados, es trasplantado con su Señor resucitado al reino sobrenatural de Dios; el dominio del pecado es quebrantado para siempre; la fuente de su vida no está en este mundo sino en el que ha de venir. Tal redención conlleva la abolición del mal, que ya ha sido, en tanto es el castigo positivo del pecado, removido con el pecado. Los males comunes de la vida no son más castigos para el creyente, ya que no pueden dañar su relación con Dios. Incluso la muerte ya no tiene para el cristiano carácter de castigo, ya que su auténtica vida pertenece al otro mundo. La remoción total del mal está impedida parcialmente por los resultados de los pecados pasados y parcialmente por la coexistencia en el mundo de aquellos que rechazan la salvación. Por tanto, los antiguos teólogos protestantes en armonía con el Nuevo Testamento buscaron la conclusión del proceso de la salvación tras la segunda venida de Cristo. Los escritores posteriores, inclinados a disputar la conexión universal del mal con el pecado y a buscar con Schleiermacher una conquista meramente subjetiva del mismo, no se sintieron inclinados a incluir una abolición positiva del mal en la idea de redención. Pero la esperanza es inseparable de la creencia cristiana de que Dios creará un nuevo entorno para la nueva vida de sus hijos, que se corresponderá con su naturaleza más elevada y les permitirá desarrollarla libre y plena. En este aspecto de la redención yace el auténtico fundamento de la escatología cristiana.