Historia
REGALÍA
En Alemania.
Las alusiones más antiguas a la pretensión en Alemania proceden del reinado de Enrique V († 1125) y Conrado III († 1152), exponiendo expresamente Federico Barbarroja en 1166 sus pretensiones a la regalía, tanto de ingresos como de servicio, sobre la archidiócesis de Colonia, basando sus demandas en la costumbre y en las antiguas leyes imperiales y reales. Es evidente que este emperador, hacia finales de su reinado, extendió el término de regalía hasta un año y un día después de la toma de posesión de un nuevo diocesano. Por oro lado, la curia procuró acabar con la regalía y hacer de los ingresos en cuestión causa propia, siendo el resultado el sistema de las anatas. Sin embargo, no fue hasta el pontificado de Inocencio III que los monarcas germanos sometieron sus pretensiones a la regalía, siendo Felipe de Suabia, en 1203, el primero en hacerlo. Su ejemplo fue seguido no solo por su rival, Otón IV (1209), sino también por Federico II (1213, 1219), subrayando el último su renuncia por el privilegio de Würzburgo de 1216.
Sin embargo, la práctica y la profesión no armonizaron, probablemente porque el sometimiento de la regalía se ideó para aplicarse a las anatas solamente. Por lo tanto, en 1238 una decisión de la corte de Federico II afirmó explícitamente el derecho imperial a todos los ingresos de una sede vacante, hasta la elección de un nuevo obispo y se supusieron prerrogativas similares por el sexto canon del segundo concilio de Lyón (1274). Es evidente que la regalía se extendió incluso a iglesias más pequeñas y es igualmente cierto que la fuente última del sistema fue la institución del patrocinio, pues el patrono que recibía ciertas entradas y servicios del titular naturalmente reclamaría todas las entradas durante una vacante. La costumbre que había estado en boga desde mucho antes recibió el nombre de regalía en el siglo XII. Entonces, cuando el viejo principio de control de la Iglesia basado en los derechos de propiedad hubo decaído, la pretensión de regalía evolucionó desde los sistemas antiguos, como los de usufructo, y recibió su nombre al incluir todas las posesiones seculares y prerrogativas otorgadas como feudos locales a los obispados y abadías tras el concordato de Worms en 1122. La regalía ya no se aplicó a las iglesias más humildes, como originalmente había sido el caso, sino a las iglesias imperiales, probablemente por sus relaciones feudales desde el surgimiento de la casa de Hohenstaufen. El nombre, pero no el derecho asociado, se transfirió posteriormente a las iglesias no reales. La teoría de la regalía, al igual que el concepto estrechamente relacionado de derecho de investidura, procedió de la idea de que la diócesis, abadía o parroquia es propiedad del patrón, es decir del señor temporal. Las regalías deben haberse extendido a las iglesias imperiales en un periodo antiguo. Las etapas iniciales pueden trazarse al periodo carolingio, cuando durante la vacante de las sedes hubo un doble sistema de administración eclesiástica y real; el posterior desarrollo de la ley de regalía en Francia prueba concluyentemente que había evolucionado plenamente un uso similar sobre las sedes y abadías en Franconia occidental antes del decaimiento de los Carolingios y el surgimiento de los Capetos, probablemente, por tanto, en el curso del siglo X.
En Francia e Inglaterra.
En Francia la institución de la regalía, con su extensión a un año tras la toma de posesión de un nuevo obispo, es mencionada por Bernardo de Clairvaux en 1143 y por Luis VII en 1147. Alusiones posteriores son frecuentes, aunque todas las diócesis no estaban sujetas a la ley de regalía, ni era la regalía prerrogativa exclusiva del rey. Desde Normandía el derecho de regalía se extendió a Inglaterra, donde fue expresamente declarada por Guillermo II en 1089. Esta fecha confirma la teoría de que la ley de regalía evolucionó durante el periodo de propiedad privada de las iglesias y que no comenzó a existir por la terminación de la controversia de las investiduras o el reconocimiento de la regalía como un feudo. Existió desde mucho tiempo antes en Inglaterra, con limitaciones temporales y abrogaciones, como se muestra por ejemplo en el capítulo doce de las Constituciones de Clarendon (1164). En Francia, hasta la unión de los grandes feudos con la corona, el derecho de regalía fue detentado por los duques de Normandía, Bretaña, Borgoña y otros, además de los condes de Champagne y durante un tiempo de Anjou. Toda la situación durante el dominio de los Capetos parece indicar que se heredó de los Carolingios. Por otro lado, las provincias eclesiásticas de Burdeos, Auch, Narbonne, Arlés, Aux, Embrun y Vienne quedaron exentas. El derecho de regalía en Francia fue controlado por administradores y normalmente quedó restringido a los emolumentos temporales de la sede, mientras que los derechos de los legados de los obispos fallecidos fueron escrupulosamente reconocidos. Al mismo tiempo, los reyes franceses sostuvieron vigorosamente la regalía espiritual, es decir, la designación, durante la vacante de una sede, de cualquier beneficio que no supusiera cuidado pastoral. Esta fase de la regalía es trazable hasta la relación feudal entre el obispo y su clero comenzando en el siglo IX, dando oficialmente oportunidad al rey para poner en el oficio clerical a clérigos leales a sus intereses y en última instancia, a través de cánones de esta clase, a influir en las elecciones episcopales. No obstante, todo esto dio origen a graves disputas, juzgadas primero en la corte del rey y después del siglo XIII ante el parlamento de París. La regalía espiritual puso a los reyes de Francia en conflicto con las pretensiones papales del derecho general de designación para cargos eclesiásticos. Bonifacio VIII, por su bula Ausculta fili (5 de diciembre de 1301), procuró en vano obligar a Felipe el Hermoso a que confirmara sus pretensiones a la regalía y en 1375 Gregorio XI admitió sin reservas el derecho real a la regalía.
La ley de regalía recibió significativa extensión e intensificación en Francia en el siglo XVI, cuando el poder de la monarquía se hizo absoluto. La regalía, interpretada ahora por los juristas del parlamento de París como 'leyes reales', en lugar de 'prerrogativas reales', abarcaban todo el reino. El clero protestó, pero aunque por su edicto de diciembre de 1606 Enrique IV restauró la regalía a su tradicional límite, el parlamento rechazó acatarlo. Una ordenanza similar de Luis XIII en 1629 fue igualmente infructuosa y finalmente el edicto de Luis XIV, fechado en febrero de 1673, obligó al clero a someterse a la extensión universal de la ley. En dos breves (21 de septiembre de 1678 y 27 de diciembre de 1679) Inocencio XI exigió al rey francés que abrogara su edicto, pero el clero de Francia, incluyendo a jansenistas como Antoine Arnauld, movido por una variedad de motivos, uno de los cuales era el galicanismo, se puso del lado real, siendo su actitud proclamada por la famosa Asamblea general del clero de Francia en París en 1681-82. En un edicto de enero de 1682 el rey repitió sus pretensiones sobre la regalía con la debida consideración a los requerimientos del derecho canónico, pero Inocencio XI (breve de 2 de abril de 1682) y Alejandro VIII (constitución Inter multiplices de 31 de enero de 1691) condenaron las medidas adoptadas por la Asamblea general y el 14 de septiembre de 1693 el rey y su clero sometieron formalmente a Inocencio XII el decreto de 22 de marzo de 1682, que quedó formalmente revocado. Sin embargo, hubo poca alteración práctica en la actitud real hacia las regalías, siendo las leyes en cuestión abrogadas solo mediante la confiscación de la propiedad eclesiástica en la Revolución Francesa. Las regalías fueron reavivadas durante breve tiempo por Napoleón en su decreto de 6 de noviembre de 1813 (art. 33-34, 45) y desde 1880 hasta la separación de la Iglesia y el Estado en Francia, que tuvo efecto el 1 de enero de 1906, la Tercera República aplicó la ley con aumentadas exigencias.