Historia
RESERVA DEL SACRAMENTO
En la Iglesia antigua.
La mención más antigua de esta práctica está en Justino Mártir (I Apol., lxv, lxvii). Describiendo la adoración dominical en la Iglesia dice que se hace la distribución de los elementos que han sido bendecidos y a los que no están presentes se les envían por medio del ministerio de los diáconos. Tertuliano (200 d. C.) habla del cuerpo del Señor siendo reservado y llevado al hogar desde el servicio público para consumición privada (De oratione, xix; Ad uxorem, II, v). Eusebio (Hist. eccl., VI) cita un relato de Dionisio de Alejandría sobre un anciano que, bajo persecución, cedió a la idolatría, pero que en sus últimos momentos sinceramente deseaba la reconciliación con la Iglesia, siéndole enviada una pequeña porción del pan por un mensajero. Basilio (350 d. C.) escribe sobre la costumbre entre los anacoretas: 'Todos los que viven en soledad como monjes o ermitaños, donde no hay sacerdote, guardan la comunión en sus viviendas, tomándola con sus propias manos. Y en Alejandría y en Egipto cada uno, incluso gente laica, en su mayor parte tiene la comunión en su propia casa, tomándola cuando quiere. Pues una vez que el sacerdote ha consagrado el sacrifico y lo ha entregado, el que lo ha recibido una vez como un todo y participa del mismo día a día, debe creer que participa y recibe de la mano que se lo ha dado.' (Epist., xciii). Esta costumbre naturalmente fue recurrente en tiempos de persecución. Una alusión de Jerónimo (Epist., cxxv) implica que en algunos casos y lugares el sacramento era tomado así en la casa: 'Nadie es más rico (que un obispo de Toulouse) pues su cesto de mimbre contiene el cuerpo del Señor y su copa de cristal la sangre preciosa.' Del relato de Crisóstomo sobre el ataque a la iglesia del obispo la víspera de Pascua se desprende que el sacramento estaba reservado en ambas especies en una sacristía de la iglesia 'donde los vasos sagrados eran guardados' (Epístola a Inocencio I, iii). Ireneo (180 d. C.) da el ejemplo más antiguo conocido del envío de la eucaristía por haber sido solicitada (Fragmento iii. de su Epístola a Víctor de Roma). Esta práctica fue posteriormente prohibida por el sínodo de Laodicea (365) sustituyéndola por la eulogia (pan bendecido, pero no consagrado). Una costumbre similar fue el envío de porciones de los elementos (llamados fermentum) consagrados en la eucaristía del obispo a otras iglesias bajo su cuidado, donde eran mezclados con los elementos consagrados por el sacerdote local. Especialmente se trató de una costumbre de la Iglesia de Roma.
Uso medieval y oriental.
Además de la comunión se hicieron otros usos de los elementos consagrados. El pan fue llevado como un amuleto protector durante los viajes o al someterse a una ordalía; era sepultado con el muerto o en un altar; los documentos eran firmados con una pluma mojada en el vino. El sínodo de Cartago (397) y el de Auxerre (578) prohibieron administrar la eucaristía a los muertos. Al desarrollarse la teoría de la presencia de Cristo en el sacramento, los elementos se usaron más distintivamente en la adoración 'como centro de la oración'. Los sucesos de Semana Santa se dramatizaron, siendo la hostia llevada en procesión el Domingo de Ramos, puesta en un sepulcro el Viernes Santo y portada en procesión el Domingo de Resurrección. La festividad del Corpus Christi fue instituida en el siglo XIII en honor de la doctrina de la transubstanciación, siendo probablemente en el siglo siguiente cuando el sacramento fue por vez primera públicamente expuesto el día del Corpus Christi para veneración de los fieles. En el siglo XVI fue corriente exhibirlo en otras ocasiones. La devoción de la adoración de las veinticuatro horas del sacramento expuesto se debió a un capuchino de Milán, quien murió en 1556. En 1592 el papa Clemente VIII proveyó para la adoración pública perpetua del sacramento, en los altares de las distintas iglesias en Roma, las cuarenta horas en una iglesia, tras las cuarenta horas en otra. De la costumbre de la bendición con el sacramento J. B. Thiers (Traité de l'exposition du saint sacrament de l'autel, París, 1673) declara que no encuentra mención en ningún ritual o ceremonial anterior a cien años. En la Iglesia ortodoxa, actualmente, como en tiempos antiguos, el sacramento se reserva para la comunión solamente. Para este uso algo del pan consagrado se moja en la copa y es preservado en un recipiente tras el altar. En la Iglesia católica desde el concilio de Constanza (1414) solo el celebrante de la misa participa de la copa, de modo que únicamente la oblea queda reservada y ello en un receptáculo llamado custodia que en tiempos antiguos era puesto sobre el altar, pero que ahora (salvo cuando se usa para exposición o bendición) está contenido en un sagrario cerrado sobre el altar.
En las Iglesias protestantes.
En la Reforma las diferentes confesiones protestantes denunciaron vigorosamente esos usos del sacramento; por ejemplo Melanchthon en la Confesión Sajona declaró: 'Es una profanación manifiesta portar y adorar la Cena del Señor.' (art. xv); comp. J. W. Richard, Philip Melanchthon, páginas 353–354, Nueva York, 1898) y también la Confesión de Westminster (XXIX, iv.; comp. Schaff, Creeds, iii. 65). El artículo XXVIII de los Treinta y Nueve Artículos es mucho mas moderado en su lenguaje, declarando simplemente que 'el sacramento de la Cena del Señor no fue reservado por Cristo, portado, elevado ni adorado'. El primer Libro de Oración (1549) hizo una provisión para la reserva del sacramento para la comunión de los enfermos bajo ciertas restricciones, siendo retirada en el segundo Libro de Oración (1552), haciéndose provisión solo para la celebración privada en casa del enfermo del servicio ordinario en forma abreviada, incluyendo la consagración. La cuestión en la Iglesia anglicana de la legalidad de reservar el sacramento para los enfermos fue considerada causa formal ante los arzobispos de Canterbury y York (Drs. Temple y Maclagan) en 1899, siendo su opinión adversa. En la Iglesia episcopal escocesa ha habido una continua tradición sancionando la práctica y reconocidos teólogos anglicanos, como Herbert Thorndike († 1672), la han defendido.