Historia

SANTOS, VENERACIÓN DE LOS

De acuerdo con el uso del Antiguo Testamento (por ejemplo, "Pero los santos del Altísimo recibirán el reino y poseerán el reino para siempre, por los siglos de los siglos."[…]Daniel 7:18 y sig.) el nombre "santo" (griego, hagioi, latín, sancti) se aplica en el Nuevo Testamento a los miembros de la comunidad cristiana. Este uso ocurre hasta Hipólito.

Antes de Constantino.
Pero ya en un tiempo anterior la atención se dirigió a individuos que por sus hechos y vidas de extraordinaria piedad parecían revelar la presencia del Espíritu en plenitud excepcional. Naturalmente este carácter se atribuyó a aquellos cuyas vidas estuvieron coronadas con la gloria del martirio, una idea nítidamente expresada por vez primera en el relato realizado por la comunidad en Esmirna de la muerte de Policarpo (c. 155). El reproche lanzado por los judíos de que los cristianos de Esmirna parecían deseosos de adorar a Policarpo en lugar de a Cristo, hizo que la comunidad definiera su actitud hacia los mártires a quienes declararon "no adorar como hacían con Cristo el Hijo de Dios, sino estimarlos con tierno afecto como testigos e imitadores del Señor." No obstante, Luciano da testimonio de la reverencia con la cual los confesores fueron estimados incluso en vida. Entre ellos, como representantes de los ideales más elevados de santidad cristiana, y los oficiales de la Iglesia prevaleció una cierta medida de rivalidad; por la teoría de que su mérito superabundante podía expiar los fracasos de otros, llegaron a ejercer una cierta extensión del poder de las llaves.

Un obispo trasladando las reliquias de un santo a un nicho del altar; de un pontifical inglés, c. 1420-1430. Lansdowne MS 451, f. 136v.
Un obispo trasladando las reliquias de un santo a un nicho
del altar; de un pontifical inglés, c. 1420-1430.
Lansdowne MS 451, f. 136v.
Surgimiento del culto.
Con la conversión de Constantino y el cese de la persecución en el Estado, los antiguos confesores junto con los profetas y apóstoles obtuvieron una autoridad sin precedentes y los nombres en boga locales pasaron a recibir veneración en toda la Iglesia. A través de la veneración de los santos el paganismo se abrió paso en la Iglesia que le había suplantado. La adoración pagana de los muertos se convirtió en la martirolatría cristiana y las fiestas de aniversario de los mártires no eran sino modificaciones de los banquetes que señalaban la pagana parentalia (V. Schultze, Geschichte des Untergangs des griechisch-römischen Heidenthums, ii. 351-353, Jena, 1892). Afrodita se convirtió en la fuente de leyendas relacionadas con los nombres de Pelagia, María, Marina, Margarita, Antusa, Eugenia y durante los últimos años de un paganismo moribundo marcado por la amplia adoración de divinidades femeninas se puso el mayor énfasis en la adoración de la "Madre de Dios." Con los godos vinieron también los héroes; el himno al mártir no fue sino el sustituto del himno al héroe, la traslación de uno era la deificación del otro y la estatua pagana fue reemplazada por la reliquia cristiana, en cuya adoración se comprometieron espíritus tan ilustrados como Gregorio de Nisa. La hueste de santos, incrementada por la inlcusión de una nueva categoría, la de ascetas, la conciben Gregorio de Nacianzo, Basilio y Jerónimo como intercesores entre los hombres y Dios. No solo los huesos, sino sus tumbas y santuarios son instrumentos de bendición; aparecen a quienes les invocan o están representados por ángeles que asumen su forma y aunque Agustín avisa contra la adoración de los muertos y argumenta que los santos han de ser reverenciados como modelos y no adorados como dioses, para él, también, las oraciones por los santos en la oblación eucarística se transforman en una apelación a los santos para su intercesión. Juliano pudo reprochar a los cristianos haber abandonado los servicios de los dioses por el de los hombres. En su tiempo todo altar tenía sus reliquias y los enfermos eran colocados en las capillas de los santos igual que anteriormente fueron puestos en los templos de Esculapio. La oposición de un Eunomio, un Eustacio o un Vigilancio no pudo frenar el rápido incremento del culto. Portar reliquias como amuletos se hizo común, invocándose la ayuda de los santos antes de tomar importantes medidas y rindiéndosele gratitud formal al concluir una aventura. Tierras particulares y determinadas profesiones adoptaron sus santos patronos.

Veneración de la Virgen María en la Edad Media
Veneración de la Virgen María en la Edad Media
En la Edad Media.
La veneración de los santos fue sancionada formalmente por el segundo concilio de Nicea (787) que distinguió entre la proskynesis o douleia, la reverencia debida a los santos y la adoración absoluta, latreia, debida a Dios solamente. En el oeste, aunque los Libros Carolingios se pronunciaron a favor de la veneración de los santos, Carlomagno no era amigo del culto en su forma extrema y el sínodo de Francfort de 794 se declaró contra la adición de nuevos nombres a la lista de los ya venerados. Pero bajo Ludovico Pío (814-840) la traslación de los santos se hizo común y aunque hubo protestas contra los abusos relacionados con el culto después de 1104, el principio de la práctica ya no fue atacado. En el caso de un Bernardo o un Francisco de Asís la veneración les fue otorgada incluso mientras estuvieron vivos. Era la voz del pueblo la que primero otorgaba el título de santidad; Ulrich de Augsburgo fue el primero en recibir la canonización papal. El escolasticismo suplió las bases dogmáticas para la adoración de los santos, al describirlos como amigos de Dios e intercesores ante su trono. La distinción entre douleia y latreia se preservó y los santos fueron divididos en seis categorías: patriarcas y profetas, apóstoles, mártires, confesores, vírgenes y santas mujeres. De hecho, el epílogo de la Edad Media estuvo marcado por la aparición de muchos nuevos santos, siendo la adoración de Ana, la madre de María, en ese tiempo la base de un culto separado en Alemania.

La Reforma y después.
La Reforma al transformar el ideal de la vida religiosa y moral golpeó la raíz de la adoración de los santos. La certeza de la salvación obtenida por la fe en Cristo hizo la intercesión de los santos no sólo superflua sino derogatoria del carácter de Cristo como único abogado. La Confesión de Augsburgo se declara claramente sobre este punto. La Apología permitiría la transmisión de honor a los santos, aunque no encuentra base bíblica para su invocación y Lutero en los Artículos de Esmalcalda se declara contra la práctica. El concilio de Trento se contentó con declarar la práctica "buena y útil" y rechazó decididamente una propuesta sobre su abandono. De hecho, la adoración de los santos continuó siendo una parte esencial de la vida religiosa de los pueblos europeos meridionales. En la Iglesia ortodoxa griega los santos son invocados "no como dioses sino como amigos de Dios." Los altares no se dedican a ellos. En la práctica el adorador se dirige a su santo después de la Virgen y sus días festivos han desplazado al domingo a un segundo plano. La Iglesia rusa ha añadido muchos santos a los recibidos de la Iglesia griega, pero no tiene un proceso de canonización. Considera la marca más importante de santidad el retraso o la total ausencia de descomposición física tras la muerte, junto con la exhibición de poderes milagrosos.