Historia
SARABAÍTAS
Las fuentes más antiguas sobre los sarabaítas están invariablemente prejuiciadas contra ellos, deseando reemplazarlos por los que seguían la vida cenobítica. Sin embargo, las características distintivas que los separan de los ermitaños y los cenobitas son claras. Eran generalmente considerados monjes, que como ellos eran célibes, ayunaban, cantaban en el coro y llevaban hábito. Por otro lado, no vivían en monasterios o desiertos, sino en ciudades o lugares fortificadas, algunas veces en sus propias casas. No formaron comunidades como los cenobitas, sino que vivían solos o en grupos de dos o tres sin superior; no estaban rígidamente separados del mundo como los ermitaños y cenobitas. Como otros monjes, se ganaban la vida mediante el trabajo manual, pero vendían los productos independientemente. En el tiempo de Casiano los sarabaítas de Egipto igualaban a los cenobitas en número, pero en otras tierras eran incluso más numerosos, por lo que eran casi la única clase de monjes, una declaración que también era verdadera en los días de Jerónimo. Hacia mediados del siglo sexto su número había declinado en Italia.
Los sarabaítas fueron esencialmente los sucesores de los primitivos ascetas y mantuvieron su existencia en el oeste a pesar de la difusión de la vida solitaria y el monasticismo desde el este, especialmente desde Egipto, explicándose de esta manera el intenso odio sentido por los ermitaños y monjes hacia ellos. Sin duda su modo más libre de vida dio ocasión para las acusaciones dirigidas contra ellos, probablemente con alguna exageración por sus oponentes. En el curso del tiempo declinaron ante los más rígidos ideales ascéticos del monasticismo.
En este pasaje de Regla de Benito hay una mención a los sarabaítas:
I. Los tipos de monjes: Es bien sabido que hay cuatro tipos de monjes. El primero es el de los cenobitas, o sea los que viven juntos en un monasterio militando bajo la regla y el abad.
El segundo tipo es el de los anacoretas, llamados también ermitaños, o sea los que mediante la ayuda de Dios se bastan para luchar contra los vicios de la carne y de los pensamientos, sólo con su mano y su brazo, pues ya aprendieron antes a pelear contra el diablo ayudados por la compañía de otros muchos gracias a la prueba cotidiana del monasterio, y al contrario, no dejándose llevar del fervor primerizo del cambio de vida, bien enseñados así en la milicia fraterna y seguros sin la ayuda de nadie para la batalla solitaria del desierto.
El tercer tipo de monjes, y por cierto pésimo, es el de los sarabaítas, que sin ser probados como lo es el oro en el crisol por la experiencia maestra de ninguna regla, sino flojos como el plomo que se ablanda, siguen entregados por sus obras al mundo, estando a la vista que mienten a Dios con su tonsura, los cuales, por parejas o tríos o incluso solos, sin pastor, no son parte de los rebaños del Señor sino de los suyos propios, tomando a capricho sus deseos por ley, calificando de santo cuanto piensan o prefieren y sosteniendo que no es lícito lo que no les apetece.
El cuarto tipo es el de los monjes llamados giróvagos, que se pasan toda la vida vagabundeando por tierras diversas, hospedándose en distintos monasterios por tres o cuatro días, siempre errantes y nunca estables, al servicio de sus propios caprichos y de las avideces de la gula, y más indeseables que los sarabaítas en todo. Por lo cual será mejor callarse que seguir hablando de la vida miserable de todos éstos. De manera que, pasándolos por alto, vamos a ocuparnos con la ayuda de Dios de regular el vigorosísimo tipo de los cenobitas. [...]
XXI. El mayordomo del monasterio: Será elegido mayordomo del monasterio uno de la comunidad que sea sensato, de conducta prudente, sobrio, no dado a la glotonería, ni vanidoso, ni inquieto, ni pendenciero, ni perezoso, ni pródigo, sino temeroso de Dios y que para toda la comunidad sea como un padre. Cuidará de todo, no hará nada sin orden del abad, cumplirá lo que le manden, no perturbará a los hermanos, y si alguno de ellos le pide algo que no sea razonable no le entristecerá menospreciándole sino que razonablemente y con humildad le denegará la petición desconsiderada. Y que guarde su alma, acordándose siempre del dicho apostólico según el cual quien administra bien se conquista un buen escaño. Tenga cuidado con todo celo de los enfermos, de los niños, de los huéspedes y de los pobres, sabedor sin duda ninguna de que habrá de dar cuenta en el día del juicio por todos ellos. [...] Si la comunidad es numerosa denle ayudantes que le alivien la carga para que desempeñe con ánimo el oficio a su cuidado. Y dense las cosas que han de darse y pídanse las cosas que han de pedirse en el momento oportuno para que nadie sea perturbado ni se entristezca en la casa del Señor.
(La Regla de San Benito, versión de A. Linage Conde, Silos, 21994, páginas 4142 y 73-74.)