Historia
SIBILINOS, LIBROS
- Las sibilas griegas
- Listas de sibilas
- Escritos sibilinos judeo-cristianos
- Libro tres
- Uso de material más antiguo
- Introducción al libro tercero
- Libros uno y dos
- Libros cuatro, cinco y ocho
- Libros seis, siete y once-catorce
- Otras colecciones

Galería Uffizi, Florencia
Las sibilas de la antigüedad griega y romana fueron profetisas que, aquí y allá, proclamaron sus predicciones denunciatorias, de las que lo que queda, sin embargo, no es sino el eco moribundo de la antigua actividad. Posiblemente hubo en Grecia en los siglos octavo y sétimo a. C. figuras como Casandra que proclamaban de ciudad en ciudad sus temibles profecías para aterrorizar a los hombres; la cuna de este arte parece haber sido Asia Menor, mencionando los primeros informes a Erytrea y Samos como centros. Informes posteriores hablan de una sibila en Delfos, una hermana de Apolo llamada Artemisa. En Roma la sibila surge solo al final del majestuoso período de las colonias griegas en el sur de Italia. Las sibilas orientales fueron conocidas primero después de Alejandro, principalmente en Asia Menor, donde el este y el oeste se encontraron y el papel de las mujeres en la religión era prominente. Pero todo el conocimiento de esos personajes es tenue y vago; aparecen como profetisas, no como personalidades, y dan su nombre a una abultada literatura seudónima en el período apocalíptico del desarrollo judío.
Listas de sibilas.
El escritor más antiguo que da el nombre de una serie de sibilas es Heráclides Póntico (citado por Clemente de Alejandría, Strom., I, xxi), quien habla de Artemisa, una sibila frigia-delfia y una heracleana llamada Herófila. Posteriormente la lista de sibilas crece y son conocidas en Delfi, Eritrea, Sardis y Cums, mientras que Clemente de Alejandría habla de una sibila egipcia y una romana; Suidas conoce nueve; Varrón cita diez: una persa, una libia, una delfiana, una cimeria (en Italia), la Eritrea, la samiana, la cumæana (Amlatea), la helespontiana, la frigia y la tiburtina, llamada Albunea. Para este catálogo de Varrón hay un número de testigos, por ejemplo Lactancio (Institutos, I, vi) e Isidoro de Sevilla (en su Originum... libri, VIII, vii), así como una serie de autoridades posteriores. Sin embargo, algunas listas contienen variantes, notablemente las de un escritor anónimo que compuso una introducción a la colección de los libros sibilinos judeo-cristianos (uno-ocho) y una serie de extractos del siglo quinto fueron conocidos como la "Teosofía de Tubinga".

en la Capilla Sixtina, Vaticano
Escritos sibilinos judeo-cristianos.
Este fue el terreno en el que creció la cosecha de la poesías sibilina judía. En Egipto comenzó la gran misión de la diáspora judía; allí los judíos se apropiaron de la cultura, filosofía y formas de la literatura griega y procuraron mediante ellas recomendar la cultura judía a los griegos. Los cronógrafos judíos intentaron mostrar una mayor antigüedad para su pueblo; los judíos obtuvieron primero y luego fabricaron testimonios de los griegos para demostrar que éstos estaban en deuda con Moisés en cuanto a lo mejor de su sabiduría y usaron la literatura sibilina como medio, poniendo en boca de la sibila declaraciones sobre el pueblo judío, su Dios, la conversión de los gentiles y la llegada de la edad dorada. Los cristianos los imitaron, aunque con menos éxito. Los Padres de la Iglesia atribuyeron valor a esos escritos (Justino, Atenágoras, Teófilo, Clemente de Alejandría, Lactancio y Agustín). Con la caída del paganismo se usaron menos, pero fueron todavía empleados hasta la Edad Media. La mayor parte de esta literatura fue recopilada por diferentes manos y ha sobrevivido, introduciéndose una especie de unidad en la misma. Dos o tres grupos de colecciones destacan, presentando tipos diferentes de texto. Un grupo (designado como Φ) consiste de los libros uno-ocho, 485; un segundo (Ψ) tiene los libros ocho y uno-siete; un tercero (Ω) tiene seis, siete 1, ocho 218-428 numerado nueve, cuatro numerado diez y luego once-catorce, siendo el conjunto una continuación de la colección existente de ocho libros. La fecha de esas colecciones es probablemente de comienzos del siglo cuarto y mediados del quinto. De las ediciones impresas las más antiguas se pueden mencionar Xystus Betuleius (1545), S. Castalio (1555), Opsopoeus (1599), Gallæus (1689), Gallandi (Bibliotheca veterum patrum, volumen i, Venecia, 1788) y Friedlieb (Leipzig, 1852). De valor permanente es la gran edición de C. Alexandre (Oracula sibyllina, 2 volúmenes, París, 1841-56); Oracula sibyllina de A. Rzach (Viena, 1891) usa los manuscritos para una reconstrucción del texto; mucho mejor es la edición de J. Geffcken (Leipzig, 1902).
Libro tres.
De esos escritos el más antiguo, más importante y rico en contenido es el tercero, líneas 97-829, que tiene tres divisiones, 97-294, 295-488, 489-795 (796-829 siendo meramente comentarios concluyentes). El primero trata con la edificación de la torre de Babel, la guerra de los hijos de Saturno y los titanes, un breve repaso de la historia del mundo, la predicción del reino salomónico hasta el surgimiento de los romanos y el séptimo rey de Egipto y una notoria descripción de Israel desde Moisés hasta el regreso del exilio. Una parte es una serie de oráculos sobre las naciones: Babilonia, Egipto, Etiopía, Libia, occidente, varias ciudades, Macedonia, Asia, Frigia, Ilium (y una polémica contra Homero); luego una composición de predicciones mezcladas. La tercera contiene una predicación del arrepentimiento a los griegos humillados por los romanos, el relato de las venideras eventualidades para los judíos, el juicio que ha de venir sobre el mundo externo, el reino mesiánico y la vana guerra contra el mismo, la predicación del arrepentimiento de nuevo y una descripción de las bendiciones futuras. Tres veces el séptimo reino (rey) de Egipto aparece (192-193, 314-318, 608-615) interpretado en Ptolomeo VII Physcon, con la duda de si ha de ser fechado en 170-164 o 145-117; muchos fechan el libro hacia el 140 antes desde Cristo. Pero el relato puede ser tomado de la inclusión de piezas más antiguas, cuya correcta comprensión hace posible otra fecha, dependiendo de una diferente interpretación de ciertas partes introducidas. En cualquier caso, esta parte debe haber surgido en el periodo macabeo, pues la condición descrita es la de un estado judío independiente mientras que la predicación va dirigida contra los romanos que han sometido al helenismo. No obstante, se indica una parte posterior del período macabeo, ya que 470 y sig. señala a Sulla y su campaña en Asia y 350 y sig. trata con la guerra contra Mitrídates hacia el año 88 a. C., citando un oráculo sobre el asunto. Ya que el autor usa esos documentos, debe haber escrito después de 88 a. C., probablemente en el tiempo de la reina Alejandra. Trabajó, como lo hicieron los escritores apocalípticos, sólo en parte con su propio material, tomando la mayor parte de material existente. Probablemente su propia composición ha de ser hallada en el tres, 211-294, que describe al pueblo judío, del que 271-272 específicamente adecua la diáspora judía al período de Alejandra. Sin embargo, esa parte está estrechamente relacionada con el pasaje en 520-795, que por tanto también puede ser contemplada como propia del escritor judío. Es dudoso si los sermones a los griegos pertenecen a esta parte, ya que igualmente son apropiados para los tiempos de Sulla y de la guerra Mitrídata, siendo la única indicación de una fecha posterior su avanzada escatología. Probablemente hay que atribuir al mismo autor las líneas 162-166, 194-210, 295-336, 489-519, todas ellas introductorias de secciones más largas y con alguna probabilidad toda la conclusión; también en general 156-166, 196-294, 489-795 salvo 608-615.
Uso de material más antiguo.
Hay también piezas más antiguas del tiempo de Ptolomeo VII trabajadas en la composición del conjunto, como 167-195, 314-318, 608-615. Este escritor también ha tomado en su obra una serie de oráculos paganos, un proceso que estimó apropiado para impresionar al mundo no judío. Hay testimonio expreso en fuentes paganas (Varrón, Bocchus y Pausanias) de una tradición de que la sibila de Erytrea (delfiana) predijo la caída de Ilium y acusó a Homero de mentiras y plagio de sus versos (comp. tres, 414-432 de la actual colección); el oráculo precedente sobre Frigia da la impresión de derivar de una fuente pagana, como lo hace 381-187, habiendo testimonio de que la sibila persa (caldea) habló sobre Alejandro; similarmente el oráculo contra Roma (350 y sig.) no está en el estilo del presente escritor, sino que es pagano y de gran interés político; por tanto las características sibilinas antiguas brillan en las líneas 337-349, 433-438. En esos pasajes los oráculos de varias fuentes paganas parecen haber sido recogidos y arreglados en forma artística. Tal préstamo aparece en la primera parte de este libro, siendo 105-154 indudablemente gentil. En Lactancio (Institutos, I, xiv. 2) hay un paralelo con el tono euhemerístico de pensamiento en el conflicto entre los krónidos y los titanes. Pero este pasaje está en relación estrecha con el de la torre de Babel y la hablante como sibila se identifica con la antigua sibila (tres, 809 y sig.); se esperaría que esta hablante usara profecías más antiguas y Alejandro Polyhistor (Eusebio, Chronicon, I, xxiii), Josefo (Ant., I, iv. 3) y Abydeno (Eusebio, Chronicon, I, xxxiii-xxxiv) cita un oráculo en forma pagana sobre este asunto. La sibila original pudo haber derivado el relato de la tradición o el folklore hebreo. Este libro parece proceder del tiempo de la reina Alejandra y usa fragmentos antiguos de origen judío y de origen pagano desde los erytreos y otros oráculos griegos. Las líneas 211-294 y 520-795 son valiosas por la situación religiosa al final del periodo macabeo.
Introducción al libro tercero.
En tres, 1-95 son evidentes dos manos, mostrando 46-62 y 63-92 diferencias distintivas. La primera pertenece al período del primer triunvirato, según la fecha usual; pero en 46-50 parece hablar un cristiano. Con 46-62 puede posiblemente ser situado 1-45, editado por un cristiano hacia el año 70 d. C. El pasaje 63-92 es más difícil de fechar, pero puede pertenecer al 25 a. C., ya que Sebaste será el origen del Anticristo. Pero puede referirse a Simón el Mago y por tanto sería de la segunda mitad del primer siglo. La mención de la viuda ha sido especialmente desconcertante, ya que no puede sostenerse que se refiera a Cleopatra. Los libros primero y segundo deben ser tenidos en cuenta para fijar la fecha; fueron los primeros en asumir una unidad y lo conforman dos libros; aparecen en los manuscritos de Φ, que llama a los libros uno y dos "el primer Logos", de los que el libro tres fue "el segundo." Los libros uno y dos están bosquejados en uno 1-323, y exponen la fortuna del mundo en 10 familias, de las que sólo aparecen siete, siendo eliminadas las tres últimas en el proceso de elaboración. Esta parte, generalmente reconocida como de origen judío, fue separada en dos partes por un editor de carácter expresamente cristiano. Pero las fechas de esas ediciones separadas no son fáciles de determinar; las estimaciones varían desde principios de la era cristiana hasta el tercer siglo, estando la última fecha basada sobre el dudoso dato de la existencia de la pausa masculina. Otras indicaciones aducidas son igualmente elusivas. La ruina predicha al comienzo del tercer libro concuerda con el origen del fundamento de los libros uno y dos. El libro uno maneja el tema que con toda probabilidad fue tratado en la parte desgajada cuando se añadió el tercero, esto es, la creación del diluvio; en el uno hay ecos de la versión babilónica del diluvio (líneas 230-260), mostrando que el informe del diluvio del libro uno estuvo al menos una vez en el libro tres e igual que el tres, 96-154, dependía del Sambete babilónico. Los manuscritos indican 1.034 líneas para el libro tres, de las que solo existen 829 (895), una indicación que muestra la extensión de la composición desgajada del comienzo del libro tercero.
Libros uno y dos.
Es probable que tres, 46-62 y 63-92 fuera introducido después de la compilación del resto del libro; si 46-92 pertenece al período hacia el año 70 d. C., la destrucción del principio del libro tres y el surgimiento del fundamento de los libros uno y dos es anterior a esa fecha. La sección dos, 167-176 es una parte de redacción cristiana, en la que el tema es el regreso de las 12 tribus del oriente para tomar venganza del "príncipe asirio." Este tema es favorito en los escritos apocalípticos judíos tardíos, como en el IV de Esdras, el Baruc siríaco y otros escritos fechados desde finales del primer siglo al tercero. En este apologético siglo tercero la predicción del Anticristo Belial es prominente. El "príncipe asirio" que persigue a los judíos a duras penas puede ser otro que Odenato, rey de Palmira, contra quien las predicciones del libro trece van dirigidas, que también en el Apocalipsis de Elías aparece como el principal Anticristo opuesto al judaísmo. Esto sitúa la redacción de los libros uno-dos en la segunda mitad del siglo tercero. Pero tres, 63-92 está relacionado con dos,167 y sig. y el editor del libro dos y escritor del tres, 63 y sig. debe haber sido la misma persona o haber pertenecido al mismo entorno; la viuda de tres, 77-78 debe ser Zenobia de Palmira, que reinó después de Odenato. A este mismo entorno pertenece el libro octavo, que es un conglomerado de piezas de carácter variado. Las líneas 1-216 son antiguas, antes de la muerte de Marco Aurelio; 217-250 es un acróstico (sobre el griego Iesous Christos theou huios soter stauros) y va seguido por una sección cristológica 251-323, y ésta por una mezcla, recordando el estilo total al editor de los libros uno-dos, repitiéndose la serie completa de líneas del uno en el otro, especialmente al tratar con la destrucción del mundo por fuego, la purificación por el mismo medio, etc. Si los editores de esas partes no son los mismos, sus métodos y el tiempo en que trabajaron son muy próximos. Posiblemente este editor escribió ocho, 169-177. El editor de los libros uno-dos, el autor de tres, 63-92 y el compilador del libro ocho en su forma actual se han de situar en el tiempo de Odenato y Zenobia o inmediatamente tras la muerte de Zenobia.
Libros cuatro, cinco y ocho.
Un segundo grupo de piezas relacionadas está compuesto por los libros cuatro, cinco y la parte más antigua del octavo y en el contexto este grupo se construye alrededor del libro cuarto, que es judío. El hecho de que el templo y las ofrendas y sacrificios estén en pasado (líneas 27-28) se explica porque tras la caída del templo los judíos perdieron pronto la idea del sacrificio. A consecuencia de la caída de Jerusalén el escritor odia a Roma e Italia y debe haber escrito poco después de 79 d. C., deseando el regreso de Nerón para vengarse de Roma, proporcionando así el testimonio más antiguo para la saga de Nerón. En 49-114 el compilador ha usado un oráculo más antiguo y probablemente griego; 97-98 está atestiguado por Estrabón. Las diez familias reaparecen aquí y esta sección puede ser pre-cristiana. Hacia el final la destrucción por fuego del mundo reaparece con la resurrección de los muertos. El libro cinco es difícil, aunque las críticas concuerdan en que el fundamento es judío, mientras que se plantea la cuestión de si su origen es de solo un redactor. La sección 1-51, una enumeración tediosa y poco interesante de los emperadores romanos hasta Adriano, demanda por su carácter una autoría diferente del resto. Tres secciones, 137-178, 214-285, 361-446, parecen estar relacionadas estrechamente la una con la otra y presentan tres temas: el regreso de Nerón, las amenazas contra Roma y la Nueva Jerusalén. La cuarta sección se halla en 93-110, cuyo tema es Nerón y su regreso. Todas ellas parecen haber surgido prácticamente del mismo contexto y la ira del autor contra Roma se alimenta por su experiencia en la destrucción del templo, a la vez que espera una Nueva Jerusalén con su nuevo templo. El carácter diverso de la descripción de Nerón, unas veces humano, otras fantasmal, puede proceder del temperamento cambiante del autor, quien estuvo influenciado también por los oráculos paganos que él incorporó; vivió una generación después de la caída de Jerusalén. En el resto del libro quinto están los oráculos que delatan el tipo egipcio. Especialmente característica es la sección 484-510, que indudablemente señala al templo judío en Leontópolis; la concepción en esta parte, de que un gran templo sería edificado en el futuro en Egipto es inteligible cuando se recuerda que el templo de Leontópolis permaneció hasta 73 d. C. Un judío egipcio esperaba su reconstrucción y su destrucción en el último periodo antes del gran juicio. El libro parece la obra de un redactor, comenzado en el reino de Marco Aurelio, con interpolaciones por un cristiano. En esta misma relación pertenece ocho, 1-216, que trata del regreso de Nerón, cuyo autor fue un cristiano que escribió hacia finales del reinado de Marco Aurelio e introdujo en su obra un número de oráculos antiguos, aunque el estilo ha sido en algunos casos considerablemente cambiado.
Libros seis, siete y once-catorce.
Los libros seis-siete van juntos. Ambos son de autores cristianos, pero su tipo es apócrifo o herético. El libro seis es antijudío, está escrito en alabanza al Hijo de Dios, es adopcionista y subraya el bautismo de Jesús. Su fecha es dudosa, pero pudo ser sido conocido para el editor de los libros uno-dos. El autor del libro siete fue probablemente judío, escribió en imitación de los escritores sibilinos vecinos antiguos y donde es independiente es bastante interesante (por ejemplo, 64-95, 118-162). Su cristología es herética en sabor, pero se adhiere al tipo de cristología del Logos; pudo haber sido un gnóstico judeo-cristiano y posiblemente escribió hacia el año 150 d. C. Los libros once-catorce tienen una unidad expresa. El libro once es el más antiguo, judío en origen, y ha sido estimado del siglo tercero d. C., aunque tal fecha podría ser demasiado tardía, ya que su obra tendría poco significado para ese tiempo. Describe la época de Cleopatra y el fin del reino egipcio, pero sus profecías son sin valor; más probablemente pertenece al tiempo de Augusto. El libro doce, describiendo en narrativa tranquila a los emperadores romanos desde Augusto hasta Alejandro Severo, no pudo proceder de un cristiano sino que tiene que ser de un judío, leal al imperio, no ortodoxo, pero cosmopolita, que vivió después de Alejandro Severo. Como oriental, respecto al imperio está a veces interesado en sus ideas. Pero las líneas 28-34 deben haber sido adaptadas por un cristiano, que trató del nacimiento de Cristo. El libro trece, comenzando donde el libro doce lo deja, es extremadamente interesante. Desarrolla la historia desde Alejandro Severo a Galieno. Son posiblemente reconocibles Gordiano I y III, Felipe el Árabe y su hijo, Galio, Emilio Emiliano, Aureliano y Galieno. Odenato es el salvador que nace del sol y es el león que da muerte al pastor persa y a los usurpadores romanos. Se ha sospechado que el interpolador del libro doce es el editor del trece; en ese caso trabajó sobre once y doce con su propia colección. En este tiempo se originó el Apocalipsis hebreo y probablemente el fundamento del Apocalipsis copto de Elías, mientras que fue también el período del editor de los libros uno, dos y ocho del Carmen apologeticum de Comodiano y los dichos apocalípticos de Lactancio. El sibilista cristiano hace de Odenato un héroe, a quien el Apocalipsis judío le caracteriza como Antimesías. El libro catorce es de un hombre ignorante que intenta dar un bosquejo de la historia imperial romana pero desesperadamente confusa; posiblemente escribió en los difíciles tiempos que sacudieron Egipto [sic] tras el tiempo de la muerte de Odenato y Zenobia y difícilmente fue judío. Su obra es una polémica contra los reyes malvados, rapaces e impíos. La "nación santa" de la línea 360 se refiere no a los judíos sino a los cristianos.
Otras colecciones.
Teófilo de Antioquía (Ad Autolycum, ii. 36) da dos citas de un comienzo de los libros sibilinos que exaltan al Dios verdadero y censuran la idolatría. La idea general es que Teófilo ha citado de la introducción antigua al libro tercero, pero Geffcken ve en los fragmentos una elaboración de la actual introducción al tercero y los deriva de una antología de versos dedicados con un propósito apologético, apoyando esto porque en el siguiente capítulo Teófilo depende de tal obra y que Clemente de Alejandría cita algunos versos de este fragmento (Strom., V, xiv), derivados de una antología (Elter, De gnomologiorum Græcorum historia atque origine, Bonn, 1894-95). Sin embargo, hay factores contra esta conclusión, tales como que Lactancio debe haber estimado esos versos pertenecientes al proemio del libro tres. Y, a pesar de la afirmación de Geffcken de que son de origen cristiano, no hay nada que vaya contra una derivación judía, aunque no del autor del libro tres. Bajo el nombre de la sibila tiburtina una confusa masa de dichos de la Edad Media ha sido una y otra vez sometida al proceso de edición. El desarrollo de este conjunto de material lo ha trabajado E. Sackur (Sibyllinische Text und Forschungen, Halle, 1898), trazando la fuente a un núcleo que procede poco después de la muerte de Constancio II (361 d. C.). Pero R. Basset (Les Apocryphes éthiopiens, volumen x., La Sagesse de Sibylle, París, 1899) sugiere una historia posterior, haciendo evidente que el material que publica y la sibila tiburtina retroceden a una fuente común y trata con nueve épocas del mundo. La sibila arábiga-etiópica es conocida también en una redacción del período de Harun al-Rashid. El documento base puede retroceder hasta finales del siglo tercero, período cuando la métrica sibilina pasó a prosa. Incluso en la Edad Media la sibila siguió siendo una figura popular, como en las líneas iniciales del poema Dies iræ, dies illa, solvet sæclum in favilla, teste David cum Sibylla. Sobre la literatura bizantina y medieval comp. F. Kampers, Die deutsche Kaiseridee in Prophetic und Sage, Munich, 1896.
El siguiente texto es de Agustín de Hipona en su obra La Ciudad de Dios, XVIII, 23:
'1. Por estos tiempos dicen algunos que lanzó sus profecías la Sibila de Eritrea. Varrón nos dice que existieron muchas, no una sola sibila. Esta Sibila de Eritrea escribió algunas profecías bien claras sobre Cristo; lo que yo mismo he leído en latín en unos versos defectuosos, debido, según supe después, a la impericia de cierto traductor. En efecto, el ilustre Flaciano, que fue procónsul, hombre de gran facilidad de palabra y de vasta erudición, hablando un día conmigo de Cristo me presentó un códice griego que decía contener las profecías de la Sibila de Eritrea, donde mostró cómo en determinado lugar el orden de las letras en el comienzo de los versos expresaban en acróstico claramente estas palabras: 'Iησoΰς Xρεiσtòς uίòς Θεoΰ Σωtήρ, que en latín significan: Jesucristo, Hijo de Dios Salvador (Iesus Christus Dei Filius Salvator).
Estos versos latinos, cuyas primeras letras nos dan el sentido que hemos transcrito, tienen el siguiente contenido, según los tradujo un autor a la lengua latina y en verso: «Señal del juicio: la tierra se humedecerá de sudor. Vendrá del cielo el Rey que reinará por los siglos; es decir, estará en la carne para juzgar al orbe, por donde el incrédulo y el fiel, al final ya de los tiempos, verán al Dios excelso con sus santos. Con su carne estarán presentes las almas, que juzga él mismo, mientras yace el orbe en enmarañados zarzales. Los hombres rechazarán sus simulacros, y también toda riqueza. Buscando el mar y el cielo, quemará el fuego, las tierras; desbaratará las puertas del sombrío Averno. En cambio, se otorgará una luz brillante al cuerpo de los santos, mientras a los culpables les abrasará eterna llama. Descubriendo los actos ocultos, cantará entonces cada uno sus secretos, y abrirá Dios los corazones a la luz. Habrá entonces también lamentos, rechinarán todos con sus dientes. Se arrebatará al sol su resplandor, desaparecerá el coro de los astros. Se transformará el cielo, morirá el esplendor de la luna; derribará las colinas, levantará desde el hondo los valles. Nada sublime o elevado quedará en las cosas humanas. Ya se igualan los montes con los campos, y acabará por completo el azul del mar; desaparecerá la tierra resquebrajada; así también el fuego abrasará fuentes y ríos. Pero entonces la trompeta lanzará triste sonido desde el alto orbe, lamentando el miserable espectáculo y los múltiples agobios, y abriéndose la tierra dejará ver el caos del Tártaro. Aquí se presentarán los reyes juntos ante el Señor. Bajará fuego del cielo y un torrente de azufre».
En estos versos latinos, vertidos mal que bien del griego, no puede corresponderse el latín con el griego en los versos que empiezan en griego con la letra Ψ, ya que no se pudieron encontrar las correspondientes palabras latinas que comenzaran por esa letra y se adaptaran al sentido. Sólo ocurre esto en tres versos: el quinto, el decimoctavo y el decimonoveno. En resumidas cuentas, si resumimos las letras iniciales de cada verso, sin contar las de estos tres versos, y recordamos que en esos lugares está puesta la Ψ, vemos escrito en esas cinco palabras: Jesu-Cristo Hijo de Dios Salvador; claro que en griego, no en latín. Y son en total veintisiete versos, que es el cubo del número tres, ya que tres multiplicado por tres nos da nueve, y multiplicando nueve por tres tenemos veintisiete, como si tratáramos de elevar la figura superficial a lo alto. Si se unen las cinco primeras letras de las palabras griegas 'Iησoΰς Xρεiσtòς uίòς Θεoΰ Σωtήρ que en latín nos dan Jesu-Cristo Hijo de Dios Salvador, tenemos la palabra ιχθύς, esto es, pez, con la que místicamente se significa a Cristo, porque sólo El ha podido mantenerse vivo, es decir, sin pecado, en el abismo de nuestra mortalidad, tan semejante a la profundidad de las aguas.2. Por otra parte, esta Sibila de Eritrea o, como piensan otros, de Cumas, en toda la profecía -de la que es una mínima parte lo citado- no tiene parte alguna que pueda referirse al culto de los dioses falsos o fabricados. Antes bien, habla tan abiertamente. contra ellos y contra sus adoradores que parece debe ser catalogada entre los que pertenecen a la ciudad de Dios. También Lactancio incluye en una obra suya algunos vaticinios de la Sibila sobre Cristo, aunque sin decir de quién son.
He creído oportuno reunir en una sola cita, aunque un tanto prolija, las breves que él nos dejó aisladas. Dice: «Caerá después en las manos inicuas de los infieles: con manos impuras propinarán bofetadas a Dios, y con su inmunda boca escupirán envenenados salivazos; y él ofrecerá sencillamente su santa espalda a los azotes. Y callará al ser abofeteado, a fin de que nadie conozca que es el Verbo y de dónde viene para hablar a los muertos y ser coronado de espinas. Como alimento le dieron hiel y como bebida vinagre; tal es la mesa hospitalaria que le ofrecerán. Y, necia de ti, no conociste a tu Dios, que se presenta disfrazado a las mentes de los mortales, antes le coronaste de espinas y le preparaste una mezcla de horrible hiel. Se rasgará el velo del templo, y en la mitad del día dominará una tenebrosísima noche durante tres horas. Dormirá con un sueño de tres días, y tornará entonces el primero desde los infiernos a la luz, siendo una demostración del principio de la resurrección para los oprimidos».
A través de sus elucubraciones, Lactancio, según lo exigía la cuestión que trataba de probar, empleó a trozos estos testimonios, que yo, sin interponer nada, sino reuniéndolos en una serie ordenada, he procurado distinguirlos por sólo las primeras palabras, si los escritores posteriores no descuidan su conservación. Es verdad que algunos autores escribieron que la Sibila de Eritrea no existió en tiempo de Rómulo, sino en el de la guerra de Troya.
(Biblioteca de Autores Cristianos, traducción de Santos Santamarta del Río y Miguel Fuertes Lanero, Madrid 1978.) >