Historia
SIMONÍA

Directamente en consonancia con el concepto primitivo de simonía, dar y recibir dinero o su equivalente no simplemente para el sacramento mismo, sino también para la administración de sacramentos y actos sacramentales, también fue estimado como simonía. No obstante, pronto se hizo claro que un regalo voluntario en señal de gratitud por tales dispensaciones y su aceptación no debería ser etiquetado de esa manera; de hecho, donde una costumbre se ha establecido para demostrar el agradecimiento mediante regalos adecuados, no reconocer el favor puede ser una ofensa. Una clase especial de simonía, que sólo puede ocurrir en la Iglesia católica, es el otorgamiento u obtención de admisión a un orden espiritual mediante dinero o su equivalente.
Varios ejemplos de corrupción simoníaca en la más alta instancia eclesiástica después del papado, la púrpura cardenalicia, se dieron en los años inmediatamente anteriores a la Reforma. Por ejemplo, cuando en el año 1500, Alejandro VI creó doce cardenales cuyos nombramientos valieron a César Borgia 420.000 ducados, circunstancia que basta por sí sola para poner de manifiesto cuál sería el nivel moral de los agraciados. En 1503, fueron creados nueve más con el mismo objeto, negocio que puso en manos de César de 120.000 a 430.000 ducados. El mismo Julio II, en su creación de cardenales de abril de 1511, llevó su falta de escrúpulo hasta el punto de hacer pagar a algunos a muy buen precio su promoción, conducta que imitó en 1517 León X, en aquella ocasión famosa en que zozobró el Sacro Colegio. De aquí a la venta de la misma tiara no había más que un paso, no faltando quienes afirmen que llegó a darse, fundándose en que tanto Alejandro VI como Julio II, apelaron al cohecho para escalar el solio pontificio. Tan pública era la venalidad del Sacro Colegio, que a la muerte de Inocencio VIII, ocurrida en 1492, se dijo de público que Carlos VIII depositó 200.000 ducados, y Génova 400.000, en un Banco romano, con objeto de asegurar la elección de Giuliano della Rovere, pero que Rodrigo Borgia pujó la suma. Cuando, en el año 1511, creyó todo el mundo que Julio II no se levantaría de su lecho de muerte, y Maximiliano concibió el proyecto de asegurar en su propia persona la elección para la vacante, la primera medida que adoptó fue contratar con los Fugger un empréstito de 200.000 o 300.000 ducados con garantía de sus joyas e insignias.
Una extensión de la idea de simonía se encuentra cuando la Iglesia trata como simonía la venta y compra del derecho de patrocinio para su propio beneficio. Según el derecho canónico, la simonía demostrada supone en la Iglesia católica para todas las partes culpables la excomunión, de la cual sólo el papa puede dar la absolución. Sin embargo, si el acto ha permanecido secreto los obispos pueden absolver. En relación con la ordenación, la simonía somete al ofensor ordenado a la suspensión de los derechos recibidos de consagración y a la irregularidad. Igualmente el ordenador queda suspendido de sus prerrogativas pontificales. Todas las transiciones provisorias que han sido realizadas son inválidas. Cualquiera que haya procurado un beneficio mediante la simonía se convierte en irregular, desposeído del oficio e incapaz de obtener otro nombramiento. La prohibición del oficio afecta incluso al que lo ha obtenido por un acto de simonía forjado por otros sin su conocimiento, consejo o aprobación, pudiendo recobrar tal beneficio sólo por dispensa, salvo en caso de elección simoníaca. Al interno de un claustro que es culpable de simonía en relación con la admisión al claustro se le castiga con suspensión de todos los oficios capitulares y de todo derecho de jurisdicción.
En la Iglesia protestante todas las transacciones que afectan a nombramientos oficiales donde haya ocurrido simonía se cuentan como vacías, por lo que cualquier concesión resultante del oficio queda cancelada. En el caso de patronos el acto es castigado por la retirada del derecho personal de presentación.