Historia
SINERGISMO Y CONTROVERSIA SINERGISTA

de Lucas Cranach el Viejo
Lutero veía la vida espiritual monergista, siendo el resultado de un acto divino. La fe es un don de Dios. "El libre albedrío sin la gracia no tiene poder respecto a la justicia, sino que está necesariamente envuelto en pecado." La relación de Dios hacia el hombre se considera estrictamente predestinacionista. Tras la disputación de Leipzig, Melanchthon mantuvo que "el hombre es totalmente incapaz de hacer lo bueno"; que "en la elección de las cosas externas hay algo de libertad, aunque los aspectos internos no están dentro del poder humano." "Todas las cosas que suceden, necesariamente suceden por la predestinación divina; no hay libre albedrío." La conversión es posible sólo como acto interno divino. Muerto por la ley, el hombre es "resucitado por la palabra de gracia." La fe es creada por "el Espíritu de Dios que renueva e ilumina" el corazón humano. Decir que el comienzo del arrepentimiento está en el hombre, sería invertir el orden; el hombre se vuelve a Dios porque Dios primero se ha vuelto a él. Melanchthon posteriormente modificó esta idea, primero al abandonar la concepción determinista de la doctrina de la predestinación (Scholia sobre Colosenses, 1527). Las propiedades especiales de la naturaleza con la que Dios dota al hombre a distinción de otras criaturas son "la razón" y "la elección." El hombre natural es capaz de una "justicia carnal y civil." La idea de Dios como autor del pecado que antes no se evitaba es ahora repudiada. En el comentario a Romanos (Wittenberg, 1532) enseña la universalidad de la gracia divina y elude toda investigación final del misterio de la elección divina. Ahora contempla la misericordia de Dios como la causa de la elección, pero reconoce en el no rechazo una causa negativa de aceptación. El desarrollo de su doctrina del libre albedrío y la conversión ganó fuerza con su creciente deseo de comprender el acto de la gracia divina y al mismo tiempo el proceso psicológico en la conciencia y voluntad humana, consistentemente con sus explicaciones de los poderes mentales presentados en su comentario a la Ética de Aristóteles (1529) y en De anima (1540). Además, estaba su motivo práctico de hacer al hombre responsable de su propia salvación. Con respecto a lo primero, la voluntad es el poder formal que responde, ya sea voluntaria, involuntaria o neutralmente a los temas que el intelecto le presenta; puede ir acompañada del reconocimiento de los deseos o las amonestaciones de la razón. La voluntad no produce nada original, pero asume actitudes hacia lo que se le presenta. Este poder no se perdió con el pecado original. Del mismo modo, cuando la gracia de Dios contenida en su palabra se acerca y es escuchada, el Espíritu Santo entra en el hombre y produce el efecto espiritual del arrepentimiento, quedando todavía en la voluntad la actitud alternativa de aceptación o rechazo. En este sentido, Melanchthon menciona las "tres causas concurrentes de las buenas acciones" en la regeneración: "la Palabra, el Espíritu Santo y la voluntad, no absolutamente inerte, sino batallando contra su propia enfermedad." En este sentido sostiene la definición de Erasmo: "El libre albedrío es el poder de aplicarse a uno mismo la gracia."

Este sinergismo fue enseñado en el Interim de Leipzig, que afirmó entre otras cosas que Dios no trata con el hombre como si fuera un ladrillo, sino que le regenera cooperando su voluntad. Matthias Flacius percibió en esas palabras un meritum de congruo papista y una huella del libre albedrío. Johann Pfeffinger publicó la doctrina de Melanchthon en dos disputaciones: De libertate voluntatis humanæ (Leipzig, 1555) y De libero arbitrio (1555). Las causas activas concurrentes son "el Espíritu Santo moviéndose por la palabra de Dios, la mente en el acto de pensar y la voluntad que no resiste sino que cumple todo a lo que la mueve el Espíritu Santo." Si la actitud del hombre fuera ut statua cuando el Espíritu Santo ha iluminado la razón, la voluntad y el sentimiento, no habría batalla interior para establecer la fe; si el hombre fuera ocioso o "puramente pasivo", entonces la distinción entre píos e impíos, elegidos y no elegidos, así como la imparcialidad y justicia de Dios desaparecería. "Por lo tanto, hay en nosotros alguna causa por la que asentimos y otros no asienten." La doctrina de Pfeffinger fue rechazada por V. Strigel y por Nikolaus von Amsdorf, quien la atacó abiertamente (1558) con una torcida presentación, como si Pfeffinger hubiera afirmado que "el hombre puede adaptarse y prepararse por el libre albedrío de sus poderes naturales para la recepción de la gracia, sin el don del Espíritu Santo."

Para la defensa de Pfeffinger, Flacius replicó en su Refutatio, publicada en Disputatio de originali peccato et libero arbitrio, páginas 367 y sig. (Weimar 1560). Apeló a las palabras de Lutero y además afirmó que en la regeneración, cuando el viejo hombre "es hecho una nueva criatura", es peor que un ladrillo o una piedra, porque no sólo es pasivo sino al contrario, reacio y hostil hacia la obra de Dios", igual que un trozo de madera nudoso es totalmente inadecuado para el que lo corta. El despreciado héroe adiaforista recibió el apelativo peyorativo de "sinergista." Otra polémica se añadió con De originali peccato et libero arbitrio (ut sup., páginas 398 y sig.) y una disputa en Jena el 10 y 11 de noviembre de 1559. Flacius logró publicar su denuncia en la segunda parte del "Libro de la Confutación" de Weimar Illustrissimi principis Jo. Friderici secundi solida et ex verba Dei sumpta confutatio et condemnatio præcipuarum corruptelarum, sectarum et errorum hoc tempore grassantium (Jena, 1559). Denuncia a aquellos que enseñan que por la caída los poderes del hombre "no fueron totalmente pervertidos y corrompidos por lo que, animado por la ayuda y apoyo de la gracia, es capaz de todo en la conversión por su propio libre albedrío; que atribuyen al libre albedrío tal gracia en su arbitrario poder que puede aceptarla o rechazarla"; y que describen la razón y la voluntad humanas como synergos, o co-agentes con la palabra y el Espíritu de Dios. Contra esos supuestos errores afirmó que el hombre está por naturaleza totalmente muerto y su corazón petrificado; que todo conocimiento de Cristo surge de la iluminación del Espíritu Santo y que todo lo que pertenece a la voluntad, para ser obediente a Dios, primero debe ser dado y forjado por Dios. Melanchthon, quien era el objeto del ataque, expuso sus ideas ante el elector Augusto, subrayando su motivo ético y práctico al volverse contra el delirio determinista e investigar el problema del libre albedrío. La naturaleza pecaminosa requiere algo de libertad para mantener la disciplina externa. En la conversión la palabra de Dios tiene la iniciativa, para condenar el pecado y extender el perdón y la gracia y por tanto produce temor y consuelo; pero Dios no obliga a nadie a prestar atención a la palabra. "El que rechaza a Dios lo hace por su propia voluntad y Dios no es la causa del rechazo de su voluntad" y al contrario, no hay regeneración "mientras la voluntad resiste totalmente." "Dios atrae, pero atrae a quien está dispuesto" era su frase favorita. Protestó contra el tipo de lenguaje usado por Flacius al referirse a "la compulsión de la gracia", al igual que en la disputa del 28 de noviembre de 1559, cuando criticó lo mismo como indicativo de errores y sofismas maniqueos.
Apoyo de Strigel.
Mientras tanto, Victorinus Strigel asumió la defensa de Melanchthon en Jena. Había logrado impedir la severidad y la adopción del "Libro de la Confutación" y el duque Juan Federico le llamó para una disputación entre Flacius y él, que tuvo lugar en Weimar del 2 al 8 de agosto de 1560. Para Flacius la conversión era el despertar en breve tiempo del pecador al arrepentimiento y su capacitación mediante la fe, mientras que la voluntad permanece pasiva. Para Strigel la conversión era el desarrollo en el estado de gracia continuado de por vida, abarcando el "arrepentimiento perpetuo, gobierno y conservación", comienzo y crecimiento de la vida espiritual. Según Flacius por el "don de la fe" se origina una nueva voluntad, capaz de motivos espirituales. Según Strigel la voluntad humana entra en acción coordinada con el comienzo de la conversión y a cada actividad espiritual se corresponde un ejercicio de la voluntad humana. La disputa fue suspendida sin juicio por el duque, quien pensó llevar el asunto ante un sínodo. La actitud de la corte, al principio favorable a Flacius, experimentó un cambio gradual, y a pesar de los intentos de Flacius para avivar las llamas y de su creciente clamor para lograr la condenación de su rival, el duque simplemente exigió una declaración doctrinal de ambos (ut sup., páginas 322 y sig.). Antes de finales de 1561, Flacius y sus compañeros fueron expulsados de Jena. En su Declaratio 3 de marzo de 1562 (ut sup., p. 591), Strigel distinguió entre el "poder" o "eficacia" (perdido en la caída) para considerar y ejecutar, voluntariamente, lo que es agradable a Dios, y la "capacidad" para el llamamiento divino que hace diferente al hombre de otras criaturas, por el que es capaz de asentir a la palabra por el Espíritu Santo y retener la bendición adquirida de la gracia. Esto fue adoptado y Strigel fue restaurado a su profesorado. El encuentro de la Declaratio, con oposición del clero, fue complementada por el visitador Johann Stoessel con una mitigadora Superdeclaratio que exigía nada más que la firma condicional, lo cual sólo sirvió para intensificar la batalla, de modo que el clero reacio fue destituido y Strigel, con la Superdeclaratio, se retiró disgustado de la discusión del libre albedrío marchándose a Leipzig. Con el gobierno del duque Juan Guillermo hizo acto de presencia el luteranismo estricto y con el mismo el énfasis en el "Libro de la Confutación" como norma doctrinal. Al romper los teólogos de Wittenberg las discusiones en el coloquio de Altenburgo desde el 21 de octubre de 1568 al 9 de marzo de 1569, los de Jena tuvieron que contentarse con una protesta por escrito consistente en las antiguas objeciones. La Fórmula de Concordia se pronunció contra los filipistas, pero rechazó el lenguaje de Flacius al identificar el pecado original con la sustancia, como un error maniqueo.