Historia
SOLIO

Con el comienzo de la Edad Media se hace frecuente la mención del solio. Entre los servicios del papa Sixto III, Platina menciona que adornó el solio o suggestus en la basílica Liberiana, ubi evangelium et epistola canitur. La denominada liturgia de Juan Crisóstomo dispone la lectura del evangelio en ese lugar por el diácono. El uso del solio para el canto de los Salmos se evidenció por el canon decimoquinto del concilio de Laodicea (341) que reza: "Aparte de los cantores designados, que suben al solio y cantan del libro, no cantarán otros en la iglesia." Mientras que en tiempos primitivos el obispo era el único predicador y enseñaba al pueblo desde su trono o desde el altar, en los siglos siguientes aumentaron los casos en los que se encomendó el oficio a otros clérigos, que escogieron el solio para predicar. Las cartas pastorales de los obispos se leían desde el mismo lugar. El solio de Santa Sofía en Constantinopla tuvo un uso especial, sirviendo para las coronaciones imperiales. Con toda la variedad del uso de la Edad Media, no se olvidó el propósito original del solio. Inocencio III, al mandar que el diácono subiera al mismo para leer el evangelio, extrae un paralelo con el monte desde el que Jesús enseñó al pueblo. Prescribe dos accesos; uno para el diácono y otro para el subdiácono. Se consideró apropiado que el evangelio fuera leído desde un escalón más alto que la espístola, para mostrar, como dijo Hugo de San Víctor, que la enseñanza de Cristo es mayor que la de los .
La norma antigua fue tener un único solio en cada iglesia, continuando así en la Edad Media, salvo en las iglesias más grandes. La posición del solio en las iglesias primitivas y medievales no puede determinarse con certeza; presumiblemente estaba en la nave, frente a la división entre nave y coro. Donde hubo dos, estaban colocados en cada lado contra las columnas que dividían la nave de los pasillos. Algunas veces, como en San Clemente en Roma, el solio formaba parte integral de la verja que dividía el clero de los laicos. En cuanto al material el solio estaba hecho frecuentemente de madera. El que restauró el abad Suger de Saint Denis a mediados del siglo XII estaba decorado con placas de marfil y el emperador Enrique II regaló uno a la catedral de Aachen que no sólo tenía marfil sino piedras preciosas y caligrafía dorada en la madera. La mayoría de los solios existentes son de mármol, adornados frecuentemente con mosaicos o relieves a los lados hacia la congregación. Hasta donde es posible formarse una noción general de su estructura, consistían de una base plana, ya fuera cuadrada, oblonga, hexagonal o circular, soportada por columnas o un pedestal, descansando en ocasiones sobre figuras de leones o de hombres. El acceso al solio se hacía por una o dos filas de escaleras, estando rodeado por una baranda y ocasionalmente coronado por un dosel. La decoración se superponía en el frente, siendo de infinita variedad y frecuentemente de gran riqueza. Especialmente bellos son los relieves de mármol con escenas alegóricas y bíblicas hechas para las iglesias del norte y centro de Italia por los artistas de los siglos XII y XIII, con Niccolò Pisano a la cabeza. La mayoría de los solios existentes están en Italia; ejemplos notables septentrionales son el ya mencionado en Aachen, uno en Halberstadt y otro en Windisch-Matrei.