Historia
SUPEREROGATORIAS, OBRAS
La doctrina católica de las buenas obras tiene una base triple. Primero descansa en la doctrina agustiniana de la gracia junto con la idea de la operación universal de Dios. Considerada de esta manera, en sentido estricto, una obra meritoria es inconcebible; pero otra idea complementaria es que el hombre es libre de adquirir mérito ante Dios y por ello hacer satisfacción de sus pecados. Esta idea, que ya se encuentra en Tertuliano, es producto del legalismo judío y el moralismo estoico. Un tercer elemento procede de la distinción estoica entre los medium y los perfectum, por no hablar del énfasis judío en las virtudes especiales y extraordinarias (comp. Tobías 12:8). Una aparente sanción para la graduación en el valor de las obras se halla en 16 Y he aquí se le acercó uno y dijo: Maestro, ¿qué bien haré para obtener la vida eterna? 17 Y El le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Sólo Uno es bueno; pero si deseas entrar en la vida, guarda los mandamientos. 18 El le dijo*: ¿Cuále[…]Mateo 19:16-22 y en 25 En cuanto a las doncellas no tengo mandamiento del Señor, pero doy mi opinión como el que habiendo recibido la misericordia del Señor es digno de confianza. 40 Pero en mi opinión, será más feliz si se queda como está; y creo que yo también tengo e[…]1 Corintios 7:25,40. Posteriormente, la doctrina de los 'consejos evangélicos' se desarrolló y echó profundas raíces en el establecimiento de la vida ascética.
Por lo tanto, mientras la importancia práctica de las obras de supererogación está relacionada con las indulgencias, su base teórica se halla en la conexión de mérito y en la naturaleza de la perfección cristiana. El protestantismo, al disolver esa asociación, acabó con la idea totalmente. Si las buenas obras de los hombres son producto de la libre gracia de Dios, queda excluida la idea de mérito; si Cristo es el único mediador y su muerte la única expiación, no se puede seguir hablando de la posibilidad de satisfacción por parte del hombre; si Cristo es la única cabeza de la Iglesia, tal cosa como un tesoro de obras superfluas arbitrariamente administradas por una cabeza terrenal es un producto de la imaginación.