Historia

TAQUIGRAFÍA E HISTORIA DE LA IGLESIA

Los notarios o taquígrafos independientes (no oficiales) estaban acostumbrados a tomar nota de las palabras dichas por los primeros cristianos en las catacumbas romanas o en su examen por los magistrados. De esta forma realizaron un gran servicio, pues esas palabras, que circularon mayormente bajo apariencia de secreto, fueron instrumentales para convertir a aquellos que todavía no eran cristianos, para revivir la valentía de los que desfallecían y para trasportarlas a otros, que estaban arriesgando sus vidas para que se pudiera públicamente oír alguna expresión de sus credos adoptados. De este modo fue como la enseñanza de Cristo se difundió hasta los mismos confines del mundo romano. No fue el único servicio que la taquigrafía prestó a la nueva religión. La Iglesia le debe la preservación de las Actas de los mártires; tanto los registros que han sido preservados intactos, bajo la forma de interrogatorios legales seguidos de un veredicto, como otros procedimientos que por falta de haber sido taquigrafiados, o de haber sido distorsionados como secuela de la pérdida del original, han llegado aumentados por la tradición y adornados con milagros, en forma de cuentos y leyendas.

Extracto de un manual de taquigrafía griego
Extracto de un manual de taquigrafía griego

La taquigrafía y los juicios a los cristianos.
Los tribunales proconsulares tenían su registradores especiales, a modo de taquígrafos, que eran conocidos como exceptores, que pertenecían al officium y reproducían los debates que se seguían ante sus oídos. Como oficiales eran distinguidos de los notarios, que no tenían tal rango. Las examinaciones legales, una vez anotadas con la ayuda de notas abreviadas (en forma de abreviación silábica), eran transcritas totalmente, entregadas al juez e incluidas en el breve del caso que se juzgaba. El archivo judicial (archivum proconsulis) era el depósito de esos informes, que formaban la colección oficial de registros públicos (acta publica), a la que hay frecuentes referencias en varios escritores, incluyendo Eusebio, Cipriano, Apolonio y Jerónimo. Esas actas son preciosas no sólo porque dan los nombres familiares y cristianos de los acusados, junto con sus cualidades; pues ya fuera que el juez conociera o no a la parte que se presentaba ante él, él era el primero que debía tener conocimiento oficial de su identidad, por lo que proporcionan ciertos particulares interesantes sobre el futuro mártir y el estado de mente del procónsul. Como ejemplo se puede citar el diálogo entre Taciano Dulas y el gobernador Máximo, su juez. Dulas le dice: "Mi Dios es el verdadero Dios. Se hizo hombre, fue crucificado, puesto en el sepulcro; se levantó al tercer día, está sentado a la diestra del Padre." El gobernador responde: "Infeliz, ves claramente que tienes dos dioses." Dulas: "Te equivocas al hablar de dos dioses, pues yo adoro a la Trinidad. "Gobernador: "¿Entonces tienes tres?" Dulas: "Confieso y adoro la Trinidad. Creo en el Padre, confieso al Hijo y adoro al Espíritu Santo." Sorprendido por esas contestaciones, a las que no puede atribuir significado, Máximo entonces dice al acusado: "Intenta explicarme cómo, creyendo en un solo Dios, puedes no obstante proclamar tres." El registro del que este pasaje está tomado evidentemente es auténtico, pues tal serie de preguntas y respuestas difícilmente se puede inventar. Los cristianos procurarían obtener copias de las actas de los mártires y tuvieron que pagar caro por ellas al agente del officium. "Hemos recogido la evidencia sobre la confesión de nuestros hermanos, habiendo obtenido por 200 denarios de uno de los registradores llamado Sabasto, el derecho a copiar las actas" dice el Acta de Taraco, Probo y Andrónico. La lectura de esas copias encendía el valor y aumentaba el número de los creyentes. Por tanto los magistrados romanos dirigieron su atención al asunto, siendo tomadas medidas más de una vez para acabar con esas comunicaciones secretas. Cuando Vicente de Zaragoza fue examinado, se prohibió entregar los debates o procedimientos del caso por escrito. En la historia del martirio de Víctor el Moro, un magistrado pagano, que se aprovechaba de la corrupción de sus agentes, se esforzó en asegurarse de que las "Actas" del juicio no serían distribuidas o circularan afuera. "Anolino, el procónsul, incluso encarceló a todos los exceptores que había en el palacio, para que no pudieran esconder ninguna nota ni escrito. Esos hombres juraron por los dioses y el bienestar del emperador que nada quedaría en secreto. Todos los papeles serían enseñados; tras lo cual Anolino los quemaba en su presencia por manos del ejecutor. El emperador aprobó esta medida." (L. P. y E. Guenin, Hist. de la sténographie dans l'antiquité et au moyen âge, París, 1908).

Colecciones para las Actas de los Mártires.
En el año 92, Clemente, obispo de Roma, ordenó una compilación de la primera Acta de los mártires. En 237, el obispo Antero continuó la obra de Clemente. Hizo una investigación cuidadosa de las actas de los mártires entre las compilaciones de los exceptores y notarios, que luego depositó en la custodia de las catorce iglesias que constituían la Roma cristiana. En una pintura de la catacumba de San Calixto, Arrenghi informó haber visto al obispo Antero representado rodeado de notarios, que aparecen entregándole rollos o volúmenes llevados en cestos. Acusado por el prefecto Máximo, Antero pagó con su vida el celo que había demostrado al recoger los materiales acumulados durante dos siglos por los exceptores del procónsul. Su sucesor Fabián retomó la obra con nuevo ardor. El Liber Pontificalis menciona que este papa reforzó los siete notarios con siete subdiáconos que recogían las actas intactas y las referían a los diáconos. Él sufrió el martirio en el tiempo del emperador Decio. Todos los obispos de Roma, en ese asunto, se emplearon a fondo para compilar las actas que eran tan preciosas para los cristianos. En una carta a un obispo de Vienne, uno de los obispos del siglo segundo avisa que la colección sea tratada con no menos cuidado que los huesos de las víctimas que describen. Las Actas de los santos fueron compiladas por los bolandistas, formando 56 folios enormes, que fueron publicadas desde 1659 a 1794. Cuando finalmente, tras 300 años de lucha, Constantino adoptó el cristianismo y abjuró de los antiguos dioses a los que su derrotado rival había invocado en vano, la Iglesia en triunfo desempeñó entonces otro papel; de una Iglesia perseguida surgió la Iglesia dominante y los grandes hombres puestos a su cabeza procuraron la supremacía sobre la sociedad civil y los emperadores mismos.

Uso por los Padres de la Iglesia.
El cristianismo debió tanto a la palabra hablada y su adjunta inseparable, la taquigrafía, como dos elementos muy poderosos para llegar a las masas con efectos prácticos, que no dejó de emplearlos; los notarios, cuya función ya se ha visto desde el principio de la batalla entre la Iglesia y el imperio, potencialmente ayudaron a los oradores cristianos en la difusión de su doctrina. En particular los Padres de la Iglesia tuvieron taquígrafos a su servicio y en las más variadas condiciones [comp. la declaración de Jerónimo en Epist., cxvii)]; mientras que otros notarios, practicando libremente su profesión, copiaban los sermones de los Padres en las iglesias y vendían las copias a los ricos de entre los fieles que no podían asistir a causa de su salud u otros motivos para escuchar la palabra sagrada. Esos grandes oradores no elaboraban sus obras durante su ocio; sus discursos fueron casi siempre improvisados, siendo pronunciadas sus homilías en la iglesia ante el pueblo y posteriormente esos discursos, recogidos por los notarios, se convirtieron en libros. Por tanto pertenecen a la historia de la predicación cristiana y muestran su modelo primitivo. Un texto seleccionado de la Biblia y comentado es el origen de toda la literatura homilética del cristianismo; mientras que los temas constantes de esos esfuerzos informales fueron la huida de las riquezas, la caridad en todas sus formas, el temor de Dios y la práctica de las virtudes domésticas. Los retóricos paganos rechazaron y despreciaron la improvisación. Se negaban a hablar largamente sin larga preparación ante los emperadores y grandes de este mundo. Entre los oradores cristianos, al contrario, el hablante se habría ruborizado de preparar o refinar por adelantado las frases de una homilía. Un Padre de la Iglesia subía al púlpito con el evangelio o el Antiguo Testamento, leía un versículo y hablaba lo que su corazón y mente le inspiraban. Los notarios, tomando nota de sus palabras, las reproducían y las difundían a los cuatro vientos. Más aún, ¿habría tenido tiempo un orador cristiano para elaborar un acabado discurso? Los obispos no sólo tenían que hablar, como los retóricos, sino que estaban obligados a bautizar, instruir, administrar la iglesia, gobernarla, luchar por sus intereses contra príncipes o magistrados; tenían que cuidar de los pobres y cautivos y, en horas críticas, llevar toda la carga de las persecuciones. Por esta misma actividad, esta abundancia en el hablar y la acción, esos hombres se llevaron la palma sobre los retóricos. Mientras estos últimos, desprovistos de convicciones, se encerraban en sus escuelas y laboriosamente elaboraban sus discursos, las muchas veces poco pulidas, pero siempre vivas, palabras de los sacerdotes cristianos, llegaban a los corazones.

A la taquigrafía se debe, y a ella sola, la enorme masa de material de tanto uso para la historia de la Iglesia y, consecuentemente, para la historia de la sociedad, que la antigüedad nos ha transmitido en esta esfera de la predicación y el discurso. Se puede mencionar a Tertuliano, Cipriano, Atanasio, cuyos "Discursos contra los gentiles", "Cartas a los obispos", "Apología contra los arrianos", "Exposición de la fe", "Vida de San Antonio" y otras obras, llenan cuatro volúmenes en folio (Padua, 1778), Orígenes, el más prolífico de los autores sagrados o profanos, que tenía con él siete notarios, escribiendo incesantemente bajo su dictado, además de jóvenes muchachas capacitadas que le ayudaban como copistas. Este fue el Orígenes de quien Jerónimo pudo decir en su carta a Paula: "¿Quién puede atreverse a leer todo lo que él ha escrito?" (Carta 29) y de hecho, incluso la pequeña porción de sus obras trasmitidas a los tiempos modernos no ocupa menos de 15 volúmenes en octavo (Würzburgo, 1780-1794). Se puede aducir además a Ambrosio, quien dictaba a sus taquígrafos día y noche y las obras de Basilio, que están contenidas en tres volúmenes en folio (París, 1721-30); dos volúmenes en folio se atribuyen a Gregorio de Nacianzo (edición benedictina, París, 1768-40). Tres en folio a Juan Crisóstomo (edición benedictina, París 1718-1738), cinco folios enormes para Jerónimo (edición benedictina, París, 1696-1706), los únicos restos de los 6.000 "volúmenes" que este gran orador se supone haber dictado según Isidoro de Sevilla (la palabra volumen en este sentido ha de ser tomada según la idea antigua, por lo que, por ejemplo, cada libro de la Eneida, o de las obras de Homero, formaba un volumen). Los escritos de Jerónimo proporcionan un estudio interesante desde el punto de vista profesional. Descubren una intensidad de animación que desnuda a todo el que los lee. En todas partes se percibe al hombre que proclama y cuya alma se difunde a través de esas palabras brillantes. El estilo es incorrecto; ciertas expresiones parecen extrañas; la forma a veces sorprende; pero todo eso se equilibra por la animación intensa y vívida a causa del "apretujamiento del escritor", obligado por el dictado; pero ante esto seguramente Jerónimo no tiene razón para quejarse, al evitarle que tuviera que escribirlo él mismo. El hecho es que, mientras improvisaba y dictaba, su pensamiento, fluyendo de sus labios, era anotado por los notarios e inmediatamente "traducido" a sus notas, entregando una obra para la posteridad. En lo que respecta a Agustín, 11 volúmenes en folio (edición benedictina, París, 1679-1700) son necesarios para acomodar esa parte de sus obras que ha sido trasmitida.

Por tanto, ningún autor de la antigüedad, ni Aristóteles, ni siquiera Cicerón (aunque él estuvo en deuda inmensa con la taquigrafía), ha dejado una masa de documentos comparable a la que los Padres de la Iglesia han dejado.

En los concilios de la Iglesia.
Con el arte de la taquigrafía están en deuda aquellos que están relacionados con la historia de la Iglesia por documentos de otra clase. La mayoría de los debates de los concilios y sínodos y, en particular, los del sínodo de Cartago en el año 411 fueron preservados por taquígrafos. El sínodo de San Basilio, llamado así por la basílica de ese nombre cerca de Reims, convocado el 17 de junio de 991, que pronunció la destitución de Arnulfo, arzobispo de Reims, fue uno de los últimos, si no el último, cuyos procedimientos fueron tomados taquigráficamente. El taquígrafo, en este caso, fue Gerberto, quien llegó a ser papa con el nombre de Silvestre II.

Abandono medieval y moderno.
Junto con la lengua latina, las notas taquigráficas, o un sistema de escritura silábico aplicado al latín, se empantanó en la oscuridad medieval (comp. E. Guénin, Les Notes tironiennes et la sténographic syllabique latine, París, 1909); el arte de la taquigrafía no hace su aparición de nuevo hasta mucho después y entonces basado en principios totalmente diferentes.