Historia
TEÍSMO
- El término
- El pensamiento antiguo
- En el pensamiento medieval
- En el pensamiento moderno
- Relación con la razón científica

Nationalbibliothek, Viena, Codex Vindobonensis 2554
Teísmo y teísta se originaron en oposición a ateísmo y ateo en Inglaterra durante el siglo XVII, cuando "deísta" y "deísmo" eran términos generales que simplemente indicaban la creencia en Dios, habiendo perdido su reputación entre los adherentes de la Iglesia. Ralph Cudworth, en interés del racionalismo platónico y Pierre Bayle usaron teísmo en oposición al ateísmo, pero como deísmo era igualmente usado por ellos y otros, se requería una definición más precisa. Kant, quien también era de la opinión de que la diferenciación de deístas y teístas se originó en Inglaterra, la precisó de esta manera: "El deísta cree que hay un Dios; el teísta que hay un Dios vivo." La teología que él sostenía era que el conocimiento del ser original se desprende por la razón pura o por la revelación. La primera presenta a Dios mediante conceptos trascendentales puros y es denominada teología trascendental, o mediante un concepto de inteligencia suprema derivado de la naturaleza, a la que se llama teología natural. Un deísta es un adherente del primero y alguien que, además, acepta el segundo es un teísta. Más concretamente, el deísta concede el conocimiento racional de un ser original, pero niega que sea posible una determinación más cercana que el concepto de una causa universal incluyente de toda realidad. El teísta, por otro lado, afirma una determinación precisa de Dios, según la naturaleza (el alma humana), como un ser que por inteligencia y libertad, creador del cosmos, contiene dentro de sí la base de todas las cosas. La teología trascendental da origen a las pruebas cosmológica y ontológica de la existencia de Dios; la teología natural a las pruebas teleológicas y morales. Kant no incluyó la idea de personalidad en el término teísmo, mucho menos en el de deísmo, un término por el que la teología posterior distingue al teísmo de otras filosofías del universo y que, además de autoconciencia y auto-actividad, se demanda como un atributo de Dios por el hombre religioso y hace que la relación personal sea posible. Además, el teísmo contempla a Dios no meramente como creador quien, como asume el deísmo, se aparta del mundo tras darle las leyes, sino como su gobernante, incluso cambiando su rumbo.
El pensamiento antiguo.
El teísmo puede ser monista, dualista o incluso politeísta, pero el dualismo es muy frecuentemente citado como teísta. Aunque Platón hizo la idea de lo bueno equivalente a la razón y a la Deidad, que a su vez de la bondad crea el universo, sin embargo su Deidad o nous no tiene los atributos adecuados del teísmo, particularmente la autoconciencia. Aristóteles es a veces estimado como fundador del teísmo científico y especulativo, aunque omite el principal atributo del teísmo moderno, la personalidad de Dios. A Dios lo presenta como puro espíritu pensante. Es inmutable y, como absoluta energía, inmutable, en contraste con la potencia absoluta, o materia, que es capaz de asumir en sí misma todas las formas o conceptos. Dios es uno e indivisible. El sujeto de su pensamiento es lo mejor, es decir él mismo, y el contenido está compuesto de los conceptos, que como universales son inmanentes en las cosas del universo de los fenómenos. Este pensante es la vida más elevada, mejor y más feliz y la vida es la energía del espíritu. Se puede apreciar que la autoconciencia y el sentimiento se atribuyen a la Deidad, que es en efecto una implicación de la personalidad. Dios es el primer motor en el universo, pero él se mueve sin trabajar o construir. Su actividad es totalmente en pensamiento. Igual que el bien y el objeto de todo movimiento, él permanece inamovible. Cómo las formas pueden ser a la vez trascendentes e inmanentes, o cómo evolucionan, es una dificultad que permanece sin resolver, presente también en la mayoría de los otros sistemas filosóficos, no quedando excluido el monoteísmo. El dualismo de Aristóteles no fue adoptado por sus sucesores. Los filósofos cristianos, antiguos y modernos, presentaron el teísmo muy positivamente desde el punto de vista monista. Dios, el infinito y omnipotente, no puede ser limitado ni siquiera por un principio inactivo, tal como la materia. Él no sólo diseñó sino que creó el mundo, según los Padres; y según Clemente y Orígenes la creación es mediante un acto eterno. Dios no se encontró la materia preparada para usarla, sino que la creó de la nada. Como espíritu, según Orígenes, Dios es activo en el universo material como el alma está en el cuerpo. Sus sucesores siguieron toda su doctrina salvo la de la creación eterna.

Nationalbibliothek, Viena, Codex Vindobonensis 2554
Un representante principal del teísmo fue Agustín. Para él Dios era summa essentia y a las diversas cosas creadas de la nada las invistió con el ser en diferentes grados. Dios creó por un acto libre, no por necesidad, sino sólo en virtud de su bondad. Nada se opone a él, ni siquiera el mundo, salvo que la no entidad y el mal surjen de ello. Él hizo la materia y le impartió la bondad constituyendo su forma y orden. De ahí que Agustín pueda difícilmente ser llamado un dualista. Como sustancia creativa Dios está en todo el mundo y la creación es un proceso continuo por el cual sostiene el universo; pero es eterna sólo en el consejo de Dios. Dios es inconcebible, aunque un gran despliegue de atributos es tratado por Agustín, pero no de manera exhaustiva, para dar expresión a sus aspiraciones. Algunos de los mismos son mutuamente contradictorios y hasta exclusivos; tales como siempre trabajando y sin embargo siempre en descanso, o buscando pero poseyendo todas las cosas. Esto con su sentido de inmanencia indica una tendencia al misticismo y se parece al panteísmo. Pero Agustín permanece firme en su trascendentalismo, manteniendo el principio y fin del mundo y la eternidad de Dios sólo con las almas de los hombres y los ángeles. El escolasticismo fue fuertemente teísta a pesar de algunas tendencias panteístas. Anselmo enseñó que el mundo, como existencia contingente, presupone una existencia absoluta que es de sí y en sí. Lo contingente no fue hecho de lo absoluto sino mediante ello y de la nada. La continua presencia de Dios es necesaria para sostener el mundo; de ahí que en Anselmo no se pueda mostrar claramente ni el dualismo ni el deísmo. En la determinación de la Deidad se aproxima al antropomorfismo. Además de los atributos metafísicos están los éticos: justicia, misericordia y amor. El amor en el hombre tiene su fundamento en la fe viva que supone sumisión y aspiración hacia su objeto, con la esperanza de obtenerlo. Alberto Magno siguió las ideas de Agustín. Tomás de Aquino se adhirió más a Aristóteles. El hecho de que el mundo así como la materia fuera creada era filosóficamente demostrable; el comienzo del mundo en el tiempo era un asunto de fe. La preservación era una creación continua. Siguiendo a Aristóteles considera a Dios absoluto, forma simple, actualidad pura, inmutable. Su esencia es auto-conocimiento implicando el conocimiento de todas las cosas. Por lo tanto como el bien absoluto debe quererse a sí mismo, él no querrá obtener una cosa buena, sino por causa de lo bueno para darlo por amor. El gozo divino es su suprema autosatisfacción. Con referencia a la relación del hombre con Dios, aparte de su continua preservación, la meta moral más elevada no puede ser alcanzada sin la ayuda divina. La felicidad perfecta del hombre consiste en la intuición del ser divino. Descartes enseñó que él había encontrado más pruebas certeras para la existencia de Dios que las usadas en matemáticas. El dualismo se le atribuye ya sea porque concibió a Dios en contraste con el mundo, o porque se opuso exclusivamente contra las otras dos sustancias creadas, el pensamiento y la extensión, no necesitando nada más para su existencia y mantenimiento, sino a Dios. Es evidente que esto no es dualismo propiamente dicho. Si se observa también que Dios es perfección absoluta, produciendo la luz natural o entendimiento en el hombre y que uno de sus primeros atributos es la verdad, entonces Descartes puede parecer teísta. Dios es trascendente, aunque en la más íntima relación con el mundo y el hombre. La personalidad está también supuesta en la veracidad, por lo que Descartes es más deísta que teísta. El universo es un mecanismo puesto en marcha mediante una primera causa trascendente; todas las cosas son movidas por causas secundarias y la cantidad de energía es invariable, lo cual junto con la validez y persistencia de la ley material parece derivarse de la inmutabilidad de Dios. Según Leibniz, Dios es la mónada más elevada, que es absolutamente perfecta. Él creó las demás mónadas, que se convirtieron en auto-existentes y tienen a Dios como objeto de su aspiración. El mundo es un mecanismo en el que Dios no interfiere; de otra manera no sería el mejor. Por lo tanto Leibniz es un deísta. Además, sostiene la creencia en la revelación y el milagro, mediante la doctrina de lo súper-racional en contraposición a lo contra-racional. Sólo los sucesos contingentes, tal como los sucesos naturales, pueden ser alterados por Dios quien es su fundamento. Con esta interferencia en la unidad de la naturaleza Leibniz pasó del deísmo al teísmo. La trascendencia no está sostenida, pero el contacto divino inmediato con el universo se asume, aumentando la inmanencia en las esferas religiosa y metafísica. Wolff sigue a Leibniz estrechamente y la Ilustración es deísta.

óleo sobre lienzo de Francis Danby, Nueva York
Kant, cuya definición se dio antes, postula la existencia de Dios desde la relación infinita de virtud y felicidad. El acuerdo de esta última con la primera ha de ser asumido a priori como necesario y como base para ser postulada una causa moral que subsiste en la razón y la voluntad y trasciende la naturaleza, es decir, la existencia de Dios. Para la razón teórica la asunción de Dios es meramente hipotética; para la razón práctica, es un asunto de fe racional. En filosofía moral esta fe se basa en la conciencia en la forma de una personalidad dual de defensor y juez. Este último debe ser un ser omnipotente, Dios; pero si es una persona real o ideal permanece incierto. En la "Crítica del juicio" la existencia de Dios se postula por la concepción teleológica. La presencia del designio contingente en la multiplicidad de la naturaleza y su subordinación mediante la razón a un ser incondicionado más elevado supone un objetivo final en la creación, que es trascendente a la naturaleza y su base está en la inteligencia suprema. El hombre como ser moral debe ser aceptado como este objetivo, proporcionando la primera condición sobre la cual observar la unidad del mundo y un principio mediante el cual considerar la naturaleza y atributos de tal causa. Con referencia a alguien más elevado, es decir, la existencia de seres racionales bajo leyes morales, tal ser debe ser omnisciente, al que todas las mentes están abiertas. Debe ser omnipotente, para adaptar toda naturaleza a su propósito; todo misericordioso y justo como condiciones de una causa suprema en un mundo bajo leyes morales. Todo el resto de los atributos trascendentales vienen a continuación, tales como eternidad y omnipresencia, como suposiciones para tal propósito final. En el lado del conocimiento de Dios, Kant no es ni deísta ni teísta; en el lado de la fe racional es teísta. Sin embargo él niega una relación personal con Dios, tal como se expresa en la oración. Entre sus seguidores que se inclinaron más al panteísmo en varias formas esta idea de la "Crítica del juicio" prevaleció principalmente, esto es, Herbert y M. W. Drabisch (Religionsphilosophie, Lepizig, 1840). Schleiermacher, a pesar de su tremenda influencia religiosa, no puede ser considerado teísta, sino alguien que oscila entre deísmo y panteísmo. No presenta un Dios personal, sino una Deidad viviente y los atributos acostumbrados aparecen no como propiedades de su ser sino reflejo de su actividad en la conciencia religiosa. Decididamente en favor del teísmo especulativo ha de ser reconocida la serie de filósofos que incluyen a T. Hoffman y C. H. Weisse y teólogos como A. Neander y R. Rothe, quienes se enfrentaron al panteísmo de Hegel y se unieron en la fundación de la Zeitschrift für Philosophie und spekulative Theologie, publicado principalmente por I. H. Fichte. Éste en sus escritos individuales, en interés de un teísmo ético, avanzó la doctrina de la personalidad absoluta. Lotze reemplaza el infinito metafísico por el concepto de Dios, constituyendo una especie de prueba ontológica. Como base de la realidad para lo finito, Dios posee los atributos metafísicos de sabiduría, justicia y santidad. Una suposición indispensable debe ser la personalidad, ya que el yo viviente y auto-existente es la necesaria presuposición y el único asiento posible de lo bueno y de todas las cosas buenas.
Relación con la razón científica.
Sobre la cuestión de su justificación hay que admitir que una idea teísta no puede pretenderse científicamente. El pensamiento científico no se somete a la suposición de un Dios personal arropado de atributos éticos. Un ser universal o incondicional debe por necesidad ser un postulado. Al ser más elevado se deben atribuir los atributos universales, tales como omnipresencia y unidad. La omnisciencia es dudosa en tanto implica lo espiritual, que puede no ser atribuido al ser sin condiciones sin la presunción de una idea filosófica que no necesita obtener validez universal. Sin embargo, no sólo la razón ha de quedar satisfecha sino también el anhelo del alma. El ser humano devoto necesita por encima de todas las cosas un Dios viviente, no sólo omnisciente, sino también sabio. Debe ser una persona, que es al mismo tiempo amor, por medio del cual está dispuesto a crear al hombre, cuyas necesidades entiende, ejercitando al mismo tiempo la justicia y trayendo la felicidad de acuerdo con la virtud, ya sea en este mundo o en el próximo. Esos atributos pueden multiplicarse según el hombre se cualifica a sí mismo hacia él y pueden ser llamados éticos. Traen a Dios cerca del hombre, o Dios baja en medio de lo fenoménico, al atribuirle cualidades magnificadas, que son inconsistentes con la naturaleza de lo infinito y universal. La ciencia, si de hecho no tiene voluntad para protestar contra el antropomorfismo de lo más elevado, nada puede hacer para ayudarlo y no puede concurrir con el teísmo al desear atribuir esas propiedades a Dios. Por tanto, la fe debe mantener lo que la razón no puede alcanzar y así abarca al teísmo.