Historia
TEMPLARIOS, CABALLEROS
- Origen de la orden
- Crecimiento, poder y constitución
- Organización y carácter
- Destrucción de la orden
- Disolución final

detalle de un fresco en la capilla templaria en Cressac, Francia
Los templarios formaron bajo la regla agustina una de las órdenes espirituales de caballería que deben su origen a las cruzadas, siendo una sociedad militar sobre bases espirituales con fines espirituales. El rey Balduino II de Jerusalén, Hugo de Payens y Godofredo de San Omer, junto con seis caballeros, se unieron bajo un solemne voto de proteger a los peregrinos que fueran desde la costa a Jerusalén. Balduino les dio lugar en su palacio, llamado "templo de Salomón", de donde vino su designación "Caballeros pobres del templo." Durante sus años iniciales los caballeros ejecutaron su vocación con simplicidad. La expansión, firme organización y aprobación papal se obtuvieron primero por el sínodo de Troyes en 1128. Gracias a Bernardo de Clairvaux la orden recibió sanción oficial del papa Honorio II. La elaboración de unos nuevos estatutos se encargó a Bernardo. Según esta regla, los caballeros estaban obligados a observar las horas canónicas o a repetir un número de Padrenuestros; las comidas eran en común, acompañadas de lecturas espirituales; la comida era sencilla y la décima parte era dada a los pobres. Según la regla más antigua la vestidura era un manto blanco, como señal de pureza del corazón. El papa Eugenio III otorgó a los templarios un manto con una cruz roja, vistiendo los acompañantes una capa negra. Ningún caballero podía tener más de 3 caballos y un siervo. Todas las necesidades de los miembros quedaban suplidas por la orden y cada individuo debía remitir sus necesidades al maestre; este último, a su vez, estaba obligado a la obediencia. A ningún hermano le era permitido escribir cartas o recibirlas; la conversación con mujeres estaba estrictamente prohibida. El castigo por delincuencia grave era la exclusión de relación con los hermanos y el impenitente obstinado era expulsado. Tras el sínodo de Troyes, Hugo de Payens visitó Francia, Inglaterra y España en favor de la orden, recibiendo en todas partes bienvenida y apoyo. Al crecer la orden, su propósito se amplió y los templarios se convirtieron en el ejército de la Iglesia en el este. Pero el lado espiritual y monástico de la orden se debilitó más y más, hasta el punto de ser una obstrucción para el lado militar predominante.

La manifestación más considerable de favor papal fue la del papa Alejandro III. Por la bula Omne datum optimum del 18 de julio de 1163, la orden fue autorizada a instituir su propio clero, que sería consagrado por cualquier obispo. Bajo el favor papal, la orden se convirtió en una corporación de nobles rica y poderosa. Sus emplazamientos en el este fueron divididos en cinco provincias principales: Jerusalén, Trípoli, Antioquía, Chipre y Romania-Morea. En el oeste sus cuarteles fueron Francia, los reinos españoles, Portugal e Inglaterra. En Alemania no estaba tan fuertemente representada y no tuvo posesiones en las tierras septentrionales. Los emplazamientos más grandes fueron llamados "cortes del templo" y los más pequeños comandancias. Debido a los privilegios papales, la orden se convirtió en una institución firmemente cimentada, con grandes propiedades; una organización dinámica, con amplio alcance en la administración y su propio cuerpo de clérigos, por lo que provocó la envidia de obispos y la enemistad de príncipes. Como se desprende de los estatutos (artículo 77-685, que datan de los siglos XII y XIII), la constitución de la orden se había expandido todavía más. Según esos datos el núcleo de la orden estaba compuesto de caballeros, que debían ser de noble nacimiento, matrimonio legal, no culpables de graves crímenes y sanos mental y físicamente. La recepción a la orden no estaba sujeta al noviciado, siendo acordada por el dignatario que presidía en el capítulo, reunido en forma solemne y sin estar extraños presentes. Los caballeros vestían el manto blanco con una cruz roja octogonal. Estaban asistidos por los hermanos servidores, de menor rango. Desde el tiempo de la bula de Alejandro III (1103) los capellanes del templo formaron la tercera clase de la orden.

A la cabeza de la orden estaba el gran maestre, con rango principesco, quien tenía el poder de designar a los oficiales inferiores. Su posición de autoridad estaba limitada por el capítulo general, que determinaba la guerra y la paz con los sarracenos. Durante una vacante en el oficio de gran maestre, la orden era dirigida por el gran comandante. El gran maestre era escogido por el voto mayoritario de 13 electores debidamente cualificados. La vocación de caballero concordaba mal con el propósito monástico de la oración y consecuentemente los estatutos mostraron una tendencia continuada a subordinar este último deber. Lo que se aprobaba en el capítulo era mantenido en secreto estricto. Los castigos impuestos para las transgresiones de los miembros eran generalmente más suaves que en las órdenes monásticas. Sin embargo, ofensas tales como simonía, asesinato de un cristiano, robo, sodomía, perjurio, rebelión, huida cobarde ante el enemigo o deserción ante los sarracenos, suponían la exclusión de la orden. La orden mostró su generosidad y valor en la persecución de su decidido propósito de defender la Tierra Santa. Ni una sola traición a la causa cristiana puede ser aducida en su contra; aunque en el siglo XIII las quejas se produjeron por su arrogancia y extravagancia. De ahí que en 1291, cuando Acco, la última posición en Tierra Santa sucumbió, esta derrota fue injustificadamente cargada a la rivalidad entre los templarios y los caballeros de San Juan, estando el papa Nicolás V deseoso de que las dos órdenes se unieran. Tras la conquista de Tierra Santa por los musulmanes, los templarios, desde 1291 en adelante, situaron su cuartel general en Chipre, que fue transformado en una fortaleza con el fin de detener el avance musulmán en su camino hacia el oeste.

Los templarios en Francia fueron un obstáculo formidable contra la centralización del poder en las manos del rey. Tras la victoria de Felipe IV (1285-1314) sobre el papa Bonifacio VIII, el rey francés se propuso obtener las opulentas posesiones de una orden tan poco conveniente para sus intereses y tras la entronización de Clemente V en Lyón, en noviembre de 1305, planeó actuar contra los templarios. El 6 de julio de 1306 los maestres de las órdenes de San Juan y del Temple fueron invitados por Clemente a una conferencia en Aviñón, para debatir sobre una proyectada cruzada. El gran maestre de los templarios, Jacques de Molay, aceptó esta invitación, pero en una entrevista posterior en 1307 declinó la proposición de unirse a los hospitalarios. Entonces el papa Clemente consintió una investigación sobre las acusaciones contra los templarios. Pero antes de que la investigación tuviera lugar, Felipe el 14 de septiembre de 1307 resolvió el arresto de los templarios y la toma de sus bienes. Por toda Francia los templarios fueron arrestados el 13 de octubre de 1307. Las acusaciones contra ellos fueron la negación de Cristo por escupir al crucifijo, besos indecentes y la tolerancia de la inmoralidad. El 15 de octubre de 1307 el gran maestre, con varios caballeros, confesó varias acusaciones; entonces Felipe se sintió confiado para enviar cartas a los príncipes de la cristiandad, exhortándolos a imitar su ejemplo. Los procesos inquisitoriales recorrieron Francia bajo la resolución del 14 de septiembre; aquellos que confesaban recibían el perdón regresando a la fe de la Iglesia, los otros fueron sentenciados a muerte.

Disolución final.
El concilio de Vienne comenzó el 16 de octubre de 1311 y declaró a la orden con derecho a defenderse, pero el papa abrogó la orden apelando a su absoluto poder y como medida prudente para el bien general, asignando sus posesiones a los caballeros de San Juan mediante las bulas de 22 de marzo y 2 de mayo de 1312. En Francia e Inglaterra las propiedades de la orden enriquecieron al rey y al gobierno. Dionisio de Portugal, un amigo de los templarios, fundó la orden de Cristo, a la que las posesiones de los templarios fueron traspasadas, por lo que los templarios portugueses se unieron a la nueva orden. El gran maestre, con otros altos oficiales, fue sentenciado a cadena perpetua; pero él declaró que las acusaciones eran falsas, por lo que él y Godofredo de Chaney, el inspector francés, fueron quemados en la hoguera el 11 de marzo de 1314 afirmando todavía la inocencia de la orden.
El motivo para la aniquilación de la orden fue doble: La avaricia del rey francés y su deseo de aplastar la poderosa organización de los templarios dentro de su reino. Se aprovechó de la debilidad de Clemente y de la envidia episcopal. La acusación de sacrilegio en conjunto era increíble y su caída fue el resultado de la violencia vergonzosa por parte del despótico Felipe V.