Historia
TEOLOGÍA MORAL CATÓLICA
Noción.
La revelación divina contiene en todo tiempo, además de las verdades que han de ser creídas y aceptadas como procedentes de Dios, ciertos preceptos a los que hay que someterse por ser la expresión de su voluntad. Esos mandatos divinos, que subrayan la ley natural y la complementan en vista de la condición más elevada a la que el hombre ha sido levantado y de los medios prometidos para la obtención de su fin sobrenatural, constituyen, cuando se ordenan sistemática y lógicamente, la ciencia de la ética cristiana, o, como es comúnmente denominada en las escuelas, la teología moral. Incluye en principio, además de los preceptos de la ley natural y divina, las ordenanzas que emanan de la autoridad eclesiástica y civil y abarca todo el campo del deber moral y religioso. En un sentido amplio a veces se incluye en ella lo que se conoce como teología ascética y mística, pero, estrictamente hablando, tiene como objeto las leyes de lo correcto y lo incorrecto que deben gobernar la vida cristiana, mientras que la teología ascética y mística trata con las leyes de la perfección cristiana y con el proceso más elevado de la unión espiritual del alma con Dios. La importancia asociada a esta rama de la ciencia eclesiástica en las escuelas teológicas católicas está basada en la convicción de que nada es tan prácticamente esencial para el cristiano como un correcto conocimiento de su deber hacia Dios y sus semejantes, de cuyo apropiado ejercicio depende su salvación eterna.
División.
La teología moral se divide generalmente en dos partes. La primera se tratan las cuestiones generales o fundamentales que pertenecen al fin último del hombre, la auténtica naturaleza y norma de lo correcto e incorrecto, la moralidad de los actos humanos, la ley y autoridad, la conciencia y semejantes. En la segunda parte, que es denominada especial, se discuten varias categorías de medios, esto es, las diferentes virtudes cristianas (teológicas y morales con los preceptos del Decálogo), las obligaciones pertenecientes a ocupaciones particulares o estados de vida e igualmente los sacramentos, ya que son las fuentes reconocidas de las gracias necesarias para el apropiado (es decir, sobrenatural) cumplimiento de todos los deberes cristianos.
Fuentes.
Las fuentes de la teología moral son mayormente las mismas que las de la teología católica en general, esto es, la Sagrada Escritura, la tradición y autoridad eclesiástica y la razón. Al ser la Escritura el principal depósito de la revelación divina es naturalmente la fuente más importante de ciencia moral, pues "toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra." (16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra. […]2 Timoteo 3:16-17). Las Escrituras de hecho abundan en instrucción material en forma de precepto y ejemplo. Pero hay que tomar en cuenta el carácter constantemente progresivo de la revelación divina y, consecuentemente, los textos y preceptos aislados, para ser de valor real, deben ser considerados a la luz de esa evolución doctrinal y ética. Más aún, los preceptos ceremoniales y judiciales del judaísmo, al ser de naturaleza temporal, se consideran abrogados bajo la nueva dispensación, y, aunque los preceptos morales y los ejemplos concretos de virtud retienen un verdadero valor, deben no obstante ser usados con discreción y con el debido miramiento para los ideales más elevados de la ética cristiana. Incluso al tratar el Nuevo Testamento, una cierta progresión doctrinal y ética ha de ser admitida, aunque naturalmente en un grado mucho menor y finalmente el principio de desarrollo progresivo, bajo la guía del Espíritu Santo que mora en la Iglesia, es reconocido durante las edades que han pasado desde el cierre, con la muerte de los apóstoles y los escritores inspirados, de lo que puede ser denominada la era final de la revelación auténtica u oficial. Ha de hacerse notar también en relación con la importancia ética del Nuevo Testamento, que contiene, además de preceptos formales que obligan bajo pena de pecado, consejos de perfección (como, 16 Y he aquí se le acercó uno y dijo: Maestro, ¿qué bien haré para obtener la vida eterna? 17 Y El le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Sólo Uno es bueno; pero si deseas entrar en la vida, guarda los mandamientos. 18 El le dijo*: ¿Cuále[…]Mateo 19:16-21) y, aunque a veces están dispuestos en términos de mandato, no deberían ser confundidos con los anteriores; de ahí que en teología moral exista la distinción entre precepto y consejo. La determinación final de lo que pertenece a cada esfera yace en la autoridad de la Iglesia católica y el consenso general de la tradición y los teólogos. De manera semejante también se determina cuáles de los preceptos del Nuevo Testamento tienen fuerza vinculante universal y permanente y cuáles son sólo de carácter local o temporal (comp. 28 Porque pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros mayor carga que estas cosas esenciales: 29 que os abstengáis de cosas sacrificadas a los ídolos, de sangre, de lo estrangulado y de fornicación. Si os guardáis de tales cosas, bien ha[…]Hechos 15:28-29). Aquí, como en los asuntos de fe, los datos bíblicos se interpretan oficialmente, cuando es necesario, por la enseñanza de la Iglesia, ayudada por el testimonio de la tradición y por las opiniones expertas de reconocidos teólogos. De este modo los decretos papales y conciliares, proposiciones condenadas y pronunciamientos autoritativos similares se convierten en fuentes de teología moral. Principal entre las congregaciones católicas que, con la aprobación del papa, emiten decisiones sobre la ciencia moral, son la Congregación del Concilio, la Congregación para la doctrina de la fe y la Sacra Penitentiaria. La primera está capacitada para interpretar oficialmente los decretos del concilio de Trento en asuntos disciplinarios. Sus decisiones relativas al significado de esos decretos son vinculantes y se aplican en todos los casos que cubren, pero su aplicación del decreto a un caso particular no necesariamente obliga en todas las contingencias similares. La Congregación para la doctrina de la fe (antigua Inquisición) tiene jurisdicción en asuntos de herejía y cisma, apostasía, abuso de los sacramentos y semejantes y ha publicado muchos decretos sobre los aspectos morales y dogmáticos de esas cuestiones. La autoridad doctrinal de esta congregación es muy grande, pero sus decisiones no se consideran irreformables a menos que estén respaldadas por el papa al hacerlas suyas propias mediante una bula o breve especial. La Sacra Penitentiaria no trata con cuestiones o controversias morales especulativas. Su función es resolver casos prácticos y concretos de conciencia y sus decisiones, aunque útiles, no poseen en sí mismas una fuerza legal vinculante. El lugar ocupado por los escritos de los Padres de la Iglesia y los teólogos como fuente de teología moral es semejante al que tienen en asuntos doctrinales. Su consenso como testigos de una tradición constante es más importante que como exponentes de sus propias ideas y su testimonio está, en todos los casos, sujeto a las normas autoritativas de la Iglesia oficial. Finalmente, ya que Dios es el autor de la razón humana así como de la revelación, y que incluso los preceptos revelados deberían ser entendidos razonablemente, la teología moral hace extenso uso de los principios éticos de la ley natural a modo de comparación, ilustración y prueba. De hecho, sus principios nunca pueden estar en oposición real a las expresiones reveladas de la voluntad divina, aunque ésta los complementa y eleva. Igualmente, las imposiciones de la autoridad civil se utilizan como fuente remota y secundaria de la ciencia moral.
Aunque el valor de la razón humana es debidamente reconocido por los teólogos y la enseñanza eclesiástica en cuestiones de ciencia moral, su independencia en el sentido racionalista se niega consistentemente; permanecen en acuerdo con la luz más elevada de la revelación divina apropiadamente entendida o interpretada por la autoridad eclesiástica. Además de la gran utilidad de la ética racional en el estudio de la teología moral, otras ramas de la ciencia tienen un importante aunque menos directo impacto sobre sus diversos problemas. Entre ellos se pueden mencionar la psicología, tanto especulativa como experimental, la sociología, la economía política, la jurisprudencia civil y la historia.
Historia hasta el siglo XIII.
Al bosquejar la historia de la teología moral de la Iglesia católica es costumbre distinguir entre el período de los Padres y el de los teólogos. El primero se extiende desde los tratados morales más antiguos hasta el tiempo de Bernardo de Clairvaux, quien es llamado el último de los Padres. Sin embargo, la historia ética de este periodo pertenece más bien a la historia de las fuentes patrísticas de la teología moral, pues los Padres no hicieron ningún esfuerzo para enseñar doctrinal y moralmente en una manera sistemática o científica. El período de la teología moral propiamente denominado comienza con los primeros escolásticos del siglo XII. Su obra fue preparatoria para el gran desarrollo de la ciencia escolástica en el siglo siguiente, llamada la edad de oro del escolasticismo. Es suficiente mencionar la escuela monástica de Bee en Normandía, fundada por Lanfranco y hecha ilustre por Anselmo, quien fue uno de los primeros en introducir los métodos escolásticos. La escuela de Abelardo, quien en su Introductio ad theologiam expone un resumen de teología general y en su Scito teipsum traza un compendio de ética desde la noción de la razón humana; la escuela de San Víctor en París, que aunque más mística que didáctica, contribuyó no poco al progreso de la ciencia moral. Principal entre los escritores de esta escuela está Hugo de San Víctor, quien en su tratado De sacramentis incorpora una breve discusión de casi todos los temas pertenecientes a la teología moral. Sin embargo, el doctor más famoso de este periodo fue Pedro Lombardo, profesor de teología y posterior obispo de París. En Quatuor libri sententiarum discute en forma escolástica todo el ciclo de la teología moral así como de la dogmática derivado de las Escrituras y de los escritos de los Padres.
Hasta el Renacimiento.
En el siglo XIII las escuelas monásticas fueron sustituidas por las grandes universidades, dándose un poderoso ímpetu al estudio de la teología, que en su tratamiento exhaustivo absorbió casi todas las otras ramas del conocimiento. Su aspecto práctico moral no quedó tan claramente diferenciado del especulativo como en tiempos posteriores y de este modo los grandes teólogos dogmáticos de la época fueron también los grandes maestros de la ciencia moral. Este período estuvo marcado por el surgimiento de las grandes escuelas rivales teológicas de los dominicos y los franciscanos. Entre los teólogos dominicos dos merecen especial atención: Alberto Magno y Tomás de Aquino. El primero, que fue profesor sucesivamente en París y Colonia, además de discutir muchos de las cuestiones fundamentales pertenecientes a la teología moral en su Summa theologiæ, tiene mucho que decir sobre el mismo asunto en su Summa de creaturis. Tomás de Aquino, quien enseñó filosofía y teología en París y en algunas de las universidades italianas, es considerado el mayor de todos los teólogos medievales. Fue el primero en aplicar sucesivamente la filosofía aristotélica a la elucidación sistemática de las verdades reveladas y su lúcido orden lógico y claridad de exposición nunca fueron igualados por ninguno de los escolásticos. Su gran obra es la Summa theologica, que es un clásico en las escuelas teológicas católicas hasta el día actual. La segunda parte de la Summa está dedicada a la teología moral en su más elevado y amplio sentido, así como en sus aspectos más prácticos. Al tratar de las virtudes no limita la discusión meramente a lo que constituye lo correcto o incorrecto (pecado), sino que trata igualmente con los ideales más elevados de la perfección cristiana, combinando de esta manera la teología moral y la ascética. Entre los ilustres maestros de la escuela franciscana se pueden mencionar, además de Alejandro de Hales, quien se unió a la orden cuando ya tenía una edad avanzada, al místico Buenaventura y a Johannes Duns Escoto, cuyos principios morales y doctrinales, considerados especulativamente, son a veces divergentes de los de Aquino, surgiendo muchas controversias sutiles entre los representantes de la escuela dominica y la franciscana. El clero secular de esta época está bien representado por escritores como Guillermo de París († 1249), que compuso diversos tratados sobre asuntos morales, por ejemplo, Summa virtutum et vitiorum, De fide et legibus, De remedius tentationum, De claustra animæ, De pænitentia y otros. Durante el período que cubre los siglos XIV y XV el escolasticismo sufrió una notable decadencia debido a varias causas, entre las cuales se pueden reconocer la rivalidad y controversias entre escuelas, particularmente las disputas sobre nominalismo y realismo y el Cisma de Occidente con su influencia desmoralizadora. El tratamiento amplio y sintético de las cuestiones teológicas quedó abandonado y la discusión escolástica quedó sobrecargada con sutilezas dañinas y distinciones tomadas por los pelos. La teología moral participó de la decadencia general, no produciéndose obras de importancia durante esos dos siglos.
Período moderno.
Los teólogos católicos fueron impulsados a la actividad de nuevo por las sátiras de los humanistas y todavía más por las controversias doctrinales con la Reforma protestante. La ciencia moral también recibió un renovado ímpetu que duró hasta casi el final del siglo XVII. Entre los escritores distinguidos sobre este y otros asuntos se pueden mencionar al cardenal Tomás Cayetano, Francisco de Vitoria († 1546), Bartolomé Medina († 1581), Domingo de Soto, Pedro de Soto, Johannes a S. Thoma († 1664), J. B. Gonet († 1681) y Juan Martínez Prado († 1668), todos dominicos. La escuela franciscana estuvo representada por Antonius Cordubensis († 1578), Em. Rodriguez († 1613), Martinus de S. Josepho († 1649), J. M. de Castilento († 1653) y Petrus Marchant († 1661). Los jesuitas contaron con muchos teólogos y moralistas ilustres, entre los cuales se puede mencionar a Pedro Canisio, Francis Tolet, E. Sa († 1596), Luis Molina, Gregorio de Valencia († 1603), Johannes Azor († 1608), Francisco Suárez, Gabriel Vázquez († 1604), Tomás Sánchez († 1610), Juan Martínez de Ripalda († 1648), y, tal vez el más grande de todos como teólogo moral, el cardenal Juan de Lugo († 1660). Entre los moralistas de los benedictinos estuvieron Ludovicus Blosius († 1566), J. Graffius († 1620) y José Sáenz de Aguirre. El clero secular estuvo representado durante este período de avivamiento por escritores tales como Carlo Borromeo, obispo de Milán, y Francisco de Sales, obispo de Ginebra, que trabajaron por la reforma de la disciplina eclesiástica y la moral. Hacia finales del siglo XVII y en adelante la ciencia de la teología moral declinó de nuevo, a causa de la tendencia prevaleciente en las escuelas a reducirla a mera casuística. La discusión de los principios subyacentes se perdió de vista, dándose la atención a la solución de casos concretos de conciencia, con el resultado de que esta rama de la teología perdió mucha de su dignidad y carácter científico. No quedó completamente separada de la teología ascética y se ocupó casi exclusivamente en trazar una línea entre lo que debe ser considerado pecaminoso y lo que puede ser tolerado como libre de pecado y en definir el grado de pecado (mortal o venial) involucrado en un acto dado de transgresión. La discusión de las virtudes y los principios de la vida y perfección cristiana fue pasada por alto, por pertenecer a la teología dogmática o a la ascética. No pocos de los casuistas fueron acusados de laxismo en sus decisiones y la situación no mejoró por las largas y enconadas controversias entre rigoristas, probabilioristas y probabilistas. De ahí el oprobio que ha quedado asociado con la palabra casuística. Durante este último período de la historia de la teología moral no surgió ningún escritor comparable con los grandes maestros de las épocas previas. El único que se acerca a esa norma, aunque a mucha distancia, es Alfonso María de Ligorio, fundador de la orden redentorista. Sus obras comprenden un tratado completo de teología moral y otros tratados prácticos para el uso de confesores, Praxis confessarii, Homo apostolicus, Examen ordinandorum, etc. Procurando una vía media entre los probabilioristas y los ultra-laxos exponentes del probabilismo, él desarrolló un sistema conocido como equiprobabilismo. Por esta causa y por el reconocimiento otorgado a sus obras por la Iglesia oficial, sus escritos y su interpretación han sido asunto de no poca controversia. Posteriormente hubo una abundancia de producción de manuales condensados de teología moral principalmente de tipo práctico o casuístico para el uso de confesores y estudiantes teológicos. Entre los más populares se pueden mencionar los de Jean Pierre Gury, Augustinus Lehmkuhl, Edward Genicot y dos destacados tratados, De theologia morali fundamentali y De virtutibus theologicis, por Thomas J. Bouquillon († 1902), profesor de la Universidad Católica de América.