Historia
TEOPASQUITAS
Tras la muerte de Anastasio la controversia teopasquita estalló de nuevo. Al principio del año 519 aparecieron en la capital muchos monjes (llamados en las fuentes monjes escíticos, quienes en el cisma entre Roma y Constantinopla se pusieron del lado de Roma) con el lema: 'Uno de la Trinidad ha padecido en la carne', que parecía provocaría la oposición. Pero hallaron apoyo para su fórmula en las frases del Henoticon. En Constantinopla en ese tiempo todos los pensamientos iban dirigidos a la consumación de la unión con Roma. Tras el detenimiento de las negociaciones bajo Anastasio, Justiniano no descansó hasta que alcanzó una acuerdo con Hormisdas; en el momento de la llegada de los monjes, se esperaba a los legados del papa y tras su llegada el 25 de marzo de 519 el cisma se terminó. Aunque los monjes estaban lejos por varias razones de tener la simpatía de los legados papales, éstos, no obstante, actuaron bajo la dirección del papa, en el sentido de no involucrarse en nada que no fuera el núcleo de su misión: la unión. Los legados también tomaron la posición de que ellos podían recibir solo lo que los cuatro concilios habían afirmado y lo que las cartas de León contenían; su dirigente, Dióscuro, dio su opinión contra la fórmula de los monjes, pero estos enviaron a Roma partidarios (Juan Majencio, Leoncio, Aquiles, Mauricio y tal vez otros) para interceder por su causa ante el papa. Su dirigente, en un escrito dirigido a los legados, había contradicho la posición de Dióscuro quitando algunas adiciones de las declaraciones de fe y apoyando a los monjes al citar a Cirilo, Agustín, Flaviano, Proclo y otros. Él no veía ningún problema trinitario ni cristológico, sino que quería ilustrar un artículo de fe establecido. Cartas de los legados y de Justiniano al papa colocaron a los monjes en una situación desfavorable, exigiendo el emperador que fueran enviados de regreso. El papa se halló en un dilema; no quería airar a sus legados en favor de los monjes y no quería desagradar a Justiniano; por otro lado no le importaba desechar a los monjes. Por lo tanto contemporizó; una carta de Justiniano en julio la respondió el 2 de septiembre diciendo que esperaba el regreso de los legados y a éstos les dijo que estaba refiriendo el asunto a Juan de Constantinopla, mientras que los legados repetían sus acusaciones a los monjes. Justiniano comenzó a pensar que los monjes estaban siendo tratados mal, pero no deseaba mezclarse en un asunto dogmático y escribió de nuevo al papa para que se decidiera, ya que el asunto era de palabras solamente, y los monjes no tenían que tener temor de regresar. En diciembre el papa escribió a sus legados, mostrando las cartas de Justiniano (19 de enero de 520) y del papa (finales de marzo) que la cuestión era trinitaria. Los monjes apelaron al senado y también buscaron apoyo fuera de Roma, donde obtuvieron confirmación de la ortodoxia de su posición. En una carta al obispo africano Posesor, que estaba entonces en Constantinopla, el papa expresó su pesar por el espíritu pendenciero manifestado, lo que provocó una dura réplica de Majencio, siendo la última huella de los monjes escíticos. El 9 de julio de 520, Justiniano apeló de nuevo a una decisión del papa, afirmando que era ambiguo hablar de 'uno de la Trinidad' sin prefijar el nombre de Cristo. No fue hasta el 25 de marzo de 521 que Hormisdas replicó, evitando comprometerse en el punto en controversia, aunque afirmó que según las conclusiones alcanzadas en los sínodos contra Nestorio y Eutiques y según los pronunciamientos del papa León, no eran viables nuevas distinciones dogmáticas. Aunque era la última palabra del papa, Justiniano no abandonó el caso; la fórmula de los monjes le parecía digna y la usó como medio de vencer a los severianos, recibiendo la sentencia en la confesión de fe incorporada al códice que en 533 envió al papa Juan II, confesión que ese papa (534) y su sucesor Agapito I (536) confirmaron, mientras que los monjes acoimitas fueron excomulgados por Juan, pronunciando el quinto concilio ecuménico de Constantinopla la excomunión contra los que no confesaran que 'el Señor Jesucristo, crucificado en la carne, es verdadero Dios y Señor de gloria y uno de la santa Trinidad.' No se hizo mención al derecho de admisión de la nueva sentencia ampliamente aceptada en el trisagion. La extensión del trisagion quedó como posesión peculiar de los monofisitas y en 692 el concilio de Trullo la anatematizó (canon 81).