Historia

TRADICIÓN

Tradición es el conjunto de fe y práctica que descansa sobre el testimonio oral, en distinción al registro escrito de las Escrituras. Esta limitación del término no era conocida en la Iglesia primitiva. Los cristianos primitivos recibieron el mensaje apostólico mediante la palabra oral así como por la pluma y la pasaron oralmente de generación en generación, mediante la predicación pública y la instrucción catequética (comp. Ireneo, Hær., III, iii, iv. 1-2; G. Thomasius, Dogmengeschichte, i. 37 y sig., Erlangen, 1874). Por tanto, de forma natural ellos consideraron y llamaron al mensaje completo y entero "tradición" (traditio de tradere, "entregar"), sin contemplar la forma en la que era entregado o preservado. La forma de transmisión era más bien de libre reproducción, aunque el asunto recibido adquirió desde el principio una forma más o menos fija; y un destacado acuerdo en el contenido esencial, que tuvo sus comienzos al menos antes de la controversia con el gnosticismo (comp. Ireneo, Hær., I, x. 2), está atestiguado casi contemporáneamente y en diversas secciones separadas de la Iglesia por Ireneo, Tertuliano y Orígenes (comp. Thomasius, ut sup., p. 38). No hay una declaración expresa del contenido de esta tradición oral; pero más allá de toda duda está resumida en la confesión bautismal (el denominado Credo de los Apóstoles) y la "regla de fe". El siglo tercero tampoco hizo distinción entre tradición escrita y oral.

Los Padres de la Iglesia que defendieron la autenticidad y validez de la tradición no obstante avisaron contra una estimación demasiado elevada de ella (Tertuliano, De virginibus velandis, i; Cipriano, Epist. lxxiv. [lxxv.]). También reconocieron la suficiencia de la Escritura (Atanasio, Oratio adv. gentes (volumen i, parte, i; Agustín, De doctrina Christiana, ii. 9). No obstante, Agustín declaró "no creería en la Escritura si la autoridad de la Iglesia católica no me impulsara a ello" (Contra epist. Manichæi, v), queriendo decir que la opinión de la Iglesia católica determinó los libros que pertenecían propiamente a la Escritura (comp. F. Loofs, Dogmengeschickte, xliv. 1, Halle, 1906). La Iglesia fijó el canon del Nuevo Testamento por medio de la tradición y al ser estimada apostólica, la tradición llegó a ser la prueba de apostolicidad, lo que desembocó fácilmente en una sobreestimación de la misma. Se convirtió en fuente de verdad cristiana junto a las Escrituras y fue apelada en apoyo de proposiciones que no se encuentran en la Biblia o se hallan sólo dudosamente. Crisóstomo estimó los "pronunciamientos no escritos" de los apóstoles como asunto de fe en sus cartas (sobre 2 Tesalonicenses, Homilia iv) y antes de él el ortodoxo Epifanio expresamente enseñó la validez de la tradición junto a las Escrituras (Hær., lxi. 6). Esto se convirtió en doctrina de la Iglesia oriental (Juan de Damasco, De fide orthodoxa, iv. 12). Agustín, ya citado, representa la misma tendencia en el oeste y su oponente Vicente de Lérins, declaró que "la línea de interpretación de los profetas y apóstoles debe seguir la opinión de la Iglesia católica"(Commonitorium, ii) y formuló el canon de catolicidad ("es católico lo que ha sido creído siempre, en todas partes y por todos" ib. iii).

Durante la Edad Media fue doctrina ortodoxa que la revelación divina fluye en dos corrientes, la Biblia y la tradición. No hubo avance en la enseñanza sobre la revelación general, salvo que en el oeste, tras ser dado a conocer Aristóteles por los eruditos musulmanes, la razón natural fue añadida como una tercera fuente del mismo conocimiento de Dios (por ejemplo, de su existencia y unidad). En el este la tendencia tendió a hacer la Biblia secundaria a la tradición oral. Es verdad que hubo individuos aquí y allá en el oeste, influenciados por diferentes motivos, que levantaron su voz de protesta contra la supremacía de la tradición, pero fracasaron en producir un efecto de largo alcance o permanente. Abelardo expuso declaraciones contradictorias de los Padres una al lado de la otra en 157 rúbricas en su Sic et non, siendo condenado por ello. Los valdenses fueron más allá, cuando promovieron la lectura de la Biblia y por lo tanto en cierta medida se salieron de la tradición (comp. Los edictos de los concilios de Toulouse en 1229 y Tarragona en 1234). Fueron los denominados reformadores antes de la Reforma quienes primero desafiaron la tradición claramente como segunda fuente de verdad cristiana (comp. Wycliffe, Trial, iv. 7, p. 199; Loofs, ut sup., lxxii. 5), siendo en la Reforma cuando la doctrina de la Escritura fue plena y seriamente desarrollada.

La Reforma no comenzó con una teoría especial de la Escritura. Pero al desarrollar Lutero su doctrina de la justificación por la fe se vio obligado constantemente a apelar más y más a la palabra escrita y a desechar todas las tradiciones de la Iglesia. Que el testimonio seguro de la revelación de la salvación se ofrece sólo en la Biblia, se convirtió en doctrina fundamental de la Reforma. Sin embargo, ya que el protestantismo cree que el Espíritu Santo ha estado siempre presente en la Iglesia, no rechaza indiscriminadamente toda tradición. Retiene todo aquello que tiene apoyo en la Escritura y en asuntos de rito y ceremonia mantiene lo que no es contradictorio con la Escritura. Por otro lado, la Iglesia católica decretó en Trento (sesión cuarta) que la verdad divina se deriva de dos fuentes, Escritura y tradición, y que la última ha de ser contemplada con la misma reverencia que la primera. Prácticamente hizo de la tradición la primera fuente, al declarar que la Biblia ha de ser interpretada por ella, siendo la razón que algunos de sus dogmas y ritos, la misa y sus ceremonias, la consagración sacerdotal, la tonsura, el sacramento matrimonial, la extremaunción y el purgatorio no tienen fundamento bíblico y deben ser justificados por la tradición extra-bíblica. Al promulgar los dos últimos dogmas católicos, la inmaculada concepción y el episcopado universal del papa, la Iglesia católica se ha apartado de Vicente de Lérins y para cubrir el dogma de la infalibilidad papal la teología jesuita ha hecho una nueva definición: "Tradición es lo que ha sido enseñado como tal en la Iglesia de Roma." Más aún, el papa se convierte en la Iglesia. Pío IX declaró: "La tradición soy yo" y escribió al arzobispo de Colonia que el mero hecho de que un dogma sea definido por el papa es prueba suficiente y segura para todos de que está fundado en la Escritura y la tradición.