Historia
TRENTO, CONCILIO DE

En réplica a la bula Exsurge Domine de León X (1520) Lutero había quemado el documento y apelado a un concilio general. Desde 1522 las dietas alemanas promovieron la solicitud y Carlos V la secundó y estimuló, como medio de resolver la controversia comenzada por la Reforma y reunificar la Iglesia. Tras los pronunciamientos de Pío II en su bula Execrabilis (1460) y su réplica a la universidad de Colonia (1463), rechazando la teoría de la supremacía de los concilios generales establecida por el concilio de Constanza, la política papal consistió en evitar los concilios y las discusiones libres. Sin embargo, incapaz de resistir la insistencia de Carlos V, Pablo III, tras proponer Mantua como lugar de encuentro, convocó un concilio exclusivamente romano en Trento (en aquel momento una ciudad libre del Sacro Imperio Romano bajo un príncipe-obispo) el 13 de diciembre de 1545; fue trasladado a Bolonia en marzo de 1547 por el temor a la peste; prorrogado indefinidamente el 17 de septiembre de 1549, reabierto en Trento el 1 de mayo de 1551 por el papa Julio III, interrumpido por la súbita victoria del elector Mauricio de Sajonia sobre el emperador Carlos V y su marcha hacia el Tirol el 28 de abril de 1552 y convocado de nuevo por Pío IV por última vez el 18 de enero de 1562, continuando hasta su clausura el 4 de diciembre de 1563. Se cerró con "anatema a todos los herejes, anatema, anatema." La historia del concilio se divide en tres períodos distintos; desde 1545 a 1549, desde 1551 a 1552 y desde 1562 a 1563. El último fue el más importante y el número de miembros existentes en los tres períodos varió considerablemente. Aumentó hacia el final, pero nunca alcanzó el número del primer concilio ecuménico en Nicea (que tuvo 318 miembros) ni el del Vaticano I (que alcanzó 764). Los decretos fueron firmados por 255 miembros, incluyendo cuatro legados papales, dos cardenales, tres patriarcas, 25 arzobispos y 107 obispos, de los cuales dos tercios eran italianos. Las listas de los firmantes están añadidas a las mejores ediciones de los decretos. Inglaterra estuvo representada por el cardenal Reginald Pole, Richard Pate, obispo de Worcester, y tras 1562 por Thomas Goldwell, obispo de St. Asaph; Irlanda por tres obispos y Alemania en ningún momento por más de ocho. Los prelados italianos y españoles eran preponderantes en poder y número. En la aprobación de los más importantes decretos no más de 60 prelados estuvieron presentes.

Propósitos y resultados generales.
El objeto del concilio era doble: (1) Condenar los principios y doctrinas del protestantismo y definir la doctrina de la Iglesia católica en todos los puntos disputados. Es verdad que el emperador intentó que fuera un concilio estrictamente ecuménico, en el que los protestantes pudieran ser oídos. Logró, durante el segundo periodo del concilio, 1551-52, una invitación, emitida dos veces, a los protestantes para que estuvieran presentes y el concilio promulgó una carta de salvoconducto (sesión decimotercera), ofreciéndoles el derecho de discusión, pero negándoles el voto. Melanchthon y Johann Brenz, con algunos otros luteranos alemanes, se pusieron en camino a Trento en 1552. Brenz llevaba una confesión y Melanchthon, que no pasó más allá de Nuremberg, una pacificadora declaración conocida como Confesión Sajona. Pero el rechazo a dar a los protestantes el derecho a votar y la consideración producida por el éxito de Mauricio en su campaña contra Carlos V en 1552 pusieron fin a la cooperación protestante. (2) Efectuar una reforma en la disciplina o administración. Este propósito había sido una de las causas que convocaron los concilios reformistas, siendo tratado ligeramente por el quinto de Letrán bajo Julio II y León X. La corrupta administración de la Iglesia era una de las causas secundarias de la Reforma. Se celebraron 25 sesiones públicas, pero casi la mitad de ellas se pasaron en formalidades solemnes. La principal tarea se hizo en comités o congregaciones. El manejo total estuvo en manos de los legados papales. La corte de Roma, mediante la diplomacia y la intriga, eludió a todos los elementos liberales. El concilio abolió algunos abusos sangrantes e introdujo o recomendó reformas disciplinarias que afectaban a la venta de indulgencias, la moral de los conventos, la educación del clero, la no residencia de los obispos, la descuidada fundación de censuras y prohibió el duelo. Esas decisiones tuvieron una influencia saludable sobre la Iglesia católica, pero en cuanto a la doctrina, aunque hubo declaraciones en la línea evangélica por algunos de los más capaces miembros en favor de la suprema autoridad de las Escrituras y la justificación por la fe, no se hizo concesión al protestantismo. Las decisiones doctrinales del concilio se dividen en decretos (decreta), que contienen la declaración positiva de los dogmas católicos y en cánones cortos (canones), que condenan las ideas protestantes con el concluyente "anathema sit". Están formulados con gran claridad, precisión y sabiduría. El decreto sobre la justificación delata especial habilidad y circunspección teológica. Sin embargo, las doctrinas protestantes se muestran casi siempre en forma exagerada y mezcladas con auténticas herejías, que los protestantes condenan tan firmemente como la Iglesia de Roma.

Las actas doctrinales son como siguen: Tras reafirmar el credo niceno-constantinopolitano (sesión tercera) se aprobó el decreto (cuarta sesión) que ponía los apócrifos a la par que los otros libros del canon y coordinaba la tradición de la Iglesia con la Escritura como norma de fe. La traducción de la Vulgata fue declarada autoritativa para el texto de la Escritura. La justificación (sesión sexta) se ofrece sobre la base de las buenas obras, en oposición a la doctrina protestante de la fe sola, considerándose la fe una obra progresiva. Se afirmó el carácter sacramental de los siete sacramentos y la eucaristía fue declarada sacrificio propiciatorio, además de sacramento, en el que el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo (sesiones decimotercera y vigesimosegunda). Se ofrece a la vez por los muertos y vivos y al dar a los apóstoles el mandato "haced esto en memoria de mí", Cristo les otorgó el poder sacerdotal. La práctica de retirar la copa a los laicos quedó confirmada (sesión vigesimotercera), al ser un mandato que la Iglesia había mantenido desde antiguo por buenas y suficientes razones; sin embargo, en ciertos casos el papa fue hecho árbitro supremo en cuanto a si la norma sería mantenida estrictamente. A la ordenación (sesión vigesimotercera) se le dio un carácter indeleble. El sacerdocio del Nuevo Testamento toma el lugar del sacerdocio levítico. Para la realización de sus funciones no es necesario el consentimiento del pueblo. En los decretos sobre el matrimonio (sesión vigesimocuarta) se reafirma la excelencia del celibato y se condena el concubinato, dependiendo la validez del matrimonio de su realización ante un sacerdote y dos testigos. En el caso de un divorcio se niega el derecho de la parte inocente a casarse de nuevo mientras la parte culpable viva, aun cuando haya cometido adulterio. En la vigesimoquinta y última sesión se reafirmaron las doctrinas del purgatorio, la invocación de los santos y la adoración de reliquias, así como la eficacia de las indulgencias dispensadas por la Iglesia según el poder que le ha sido dado, pero con algunas recomendaciones de precaución. El concilio designó, 1562 (sesión decimoctava), una comisión para preparar una lista de libros prohibidos (Index librorum prohibitoum), pero posteriormente dejó el asunto en manos del papa. La preparación de un catecismo y ediciones revisadas del breviario y misal también quedaron en manos del papa.

Museo del Louvre, París